Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 8 #3
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—Yo estaba ocupado intentando no caer. Si sirve como dato, me parecieron demasiados.

Ridley alzó la lámpara hacia los escalones.

—Los cuento otra vez al subir. —Fïrn ya había abierto el diario.

—Voy a poner las dos cosas.

—Pon veintitrés.

—Voy a poner que tú y yo hemos contado veintitrés y Paf Paf, veinticuatro. —Ridley frunció el ceño.

—¿No te molesta? —Fïrn terminó de escribir.

—Muchísimo. Precisamente por eso no pienso decidir cuál de los dos tiene razón.

El corredor desembocaba en una cámara circular con tres salidas.

Había alguien de pie junto a una de ellas.

Ridley levantó el escudo. La figura no reaccionó.

Parecía un hombre vestido con una túnica corta bajo los restos de una armadura de placas.

Sostenía una lanza apoyada contra el hombro, pero la luz atravesaba partes de su cuerpo como si no estuvieran completamente allí.

Lo peor era el rostro. Ridley podía distinguirlo mientras lo miraba, pero al apartar los ojos era incapaz de reconstruir sus rasgos.

La boca parecía ligeramente distinta cada vez que parpadeaba.

La figura dio cinco pasos, se detuvo, giró y regresó al punto de partida.

—No nos ha visto —murmuró Ridley.

Fïrn levantó una mano.

—Espera.

El hombre repitió el recorrido: cinco pasos, giro, una breve pausa y vuelta al inicio.

Desde otro corredor apareció una mujer translúcida que extendió ambas manos hacia una pared lisa, como si cerrara una puerta que ya no existía. Después retrocedió tres pasos y empezó de nuevo. Paf Paf apretó el mango del mazo.

—No están vivos.

—No —dijo Blaid.

Ridley observó al guardia.

—¿Muertos? —Fïrn negó despacio.

—No estoy seguro de que sea eso.

—¿Qué son, entonces?

Fïrn no respondió. Había inclinado la cabeza de la manera que Ridley ya le conocía: no estaba mirando la escena, sino escuchando cómo se repetía.

El guardia dio el primer paso. La sandalia rozó la piedra.

Después llegó una respiración corta, el segundo paso y, al tercero, el extremo de la lanza golpeó suavemente contra una hebilla.

Dos pasos más. Giro. Pausa. Fïrn empezó a seguir el ritmo con dos dedos sobre el muslo.

La figura se detuvo. Ridley ajustó el escudo.

El guardia volvió la cabeza hacia Fïrn y, por primera vez, pareció haberlos visto. La lanza descendió.

—Fïrn.

—Lo sé.

El joven tomó aire y dejó salir una única nota, baja y sostenida.

No trató de cubrir el sonido del eco ni de dominarlo.

Buscó el ritmo que ya existía y colocó la voz entre el tercer paso y el golpe de la lanza, allí donde la repetición dejaba un espacio mínimo.

La respuesta fue inmediata. La figura se estremeció y, durante un instante, recuperó un rostro: un hombre joven, con sudor en la frente y los ojos abiertos por el miedo.

Después la imagen volvió a perder forma.

La emoción alcanzó a Fïrn antes de que pudiera separarse de ella. El miedo no nació en él; llegó ya completo, ajeno, acompañado por una resistencia difícil de interpretar. Dio un paso atrás y Ridley lo sujetó por el hombro.

—¿Qué has sentido? —Fïrn respiró hondo sin apartar los ojos del guardia.

—Miedo. Y algo que no quiere moverse. —Ridley miró a la figura.

—¿Él?

—Creo que sí. No afirmó más.

La figura recuperó el movimiento, aunque la secuencia ya no era limpia. Dio dos pasos desiguales, levantó la lanza y se lanzó contra ellos. Paf Paf apenas tuvo tiempo de preguntar:

—¿Ataca?

La respuesta llegó contra el escudo de Ridley. El impacto sonó como metal golpeando piedra bajo el agua y le dejó el brazo entumecido hasta el codo.

—Sí.

La mujer de la puerta inexistente se volvió hacia ellos. Del corredor de la derecha apareció una tercera figura, un hombre envuelto en restos de una capa y armado con algo parecido a una espada corta. Blaid desenvainó con la izquierda.

—Hay tres.

—Los veo.

Ridley recibió otro golpe y tuvo que ceder medio paso.

Paf Paf interceptó a la mujer con el mango del mazo; el impacto encontró una resistencia extraña, no carne sino algo parecido a agua demasiado espesa, y Blaid aprovechó el desequilibrio para lanzar un tajo que atravesó parcialmente el hombro de la figura.

Fïrn seguía escuchando en mitad del combate.

—El primero repite una secuencia. Los otros no.

Ridley bloqueó otro ataque.

—Entonces rompe la del primero.

—Estoy buscando dónde.

La lanza resbaló por el borde del escudo y una mano translúcida atravesó parcialmente la madera hasta cerrarse alrededor del antebrazo de Ridley.

El contacto no dolió. Fue frío. Ridley miró hacia Paf Paf y supo perfectamente quién era.

Recordaba haber salido de Beregost con él, la lesión de su hombro, la forma en que sujetaba el mazo y el tiempo que dedicaba cada mañana a comprobar la pezuña de Tordo.

Recordaba su voz, su manera de negociar y aquella costumbre de reducir cualquier problema hasta dejar solo lo imprescindible.

Lo que no encontraba era su nombre. El miedo llegó de golpe. Paf Paf. El nombre regresó.

Ridley golpeó con el borde del escudo y apartó al guardia.

—¡Fïrn! ¡Me ha quitado su nombre! —Fïrn volvió la cabeza apenas un instante.

—¿Ha vuelto?

—Sí.

—Entonces dímelo después.

Ridley casi protestó.

La lanza regresó antes. Fïrn ya había encontrado dos irregularidades en la secuencia.

No intentó imponerle un ritmo nuevo, sino que introdujo una nota antes del giro y otra allí donde debería haberse producido la respiración, obligando al eco a encontrarse con algo que no pertenecía a su repetición.

El guardia se detuvo en mitad de un paso.

Su rostro volvió a adquirir definición. Ridley vio fuego detrás de él y algo semejante a una puerta.

Alguien gritaba desde el otro lado, aunque no consiguió entender las palabras.

Fïrn recibió otra oleada emocional a través de la resonancia: miedo de nuevo y, mezclado con él, algo que le apretó el estómago.

Vergüenza podía ser una palabra. Culpa, otra.

No sabía cuál. El eco se llevó una mano a la cabeza.

Fïrn sostuvo la segunda nota un instante más.

La figura dejó de repetir. No cayó ni estalló en luz.

Permaneció inmóvil durante unos segundos y después perdió consistencia.

Las otras dos figuras empezaron a deshacerse casi al mismo tiempo; Paf Paf retrocedió cuando el mazo atravesó el cuerpo de la mujer sin encontrar ya resistencia, mientras Blaid retiraba la espada y el tercer eco se confundía con la piedra.

Fïrn cortó la nota y apoyó una mano en la pared. Tenía el rostro pálido y respiraba como si hubiera corrido. Ridley fue hacia él.

—¿Estás bien?

Fïrn tardó en contestar.

—Creo que sí.

—¿Qué has sentido?

El joven se pasó una mano por la frente.

—Miedo. No era mío. Y algo más.

—¿Qué?

—No lo sé. Vergüenza, quizá. O culpa. No consigo separarlo. —Blaid guardó la espada.

—Qué alivio. —Fïrn lo miró.

El tiefling negó.

—No era sarcasmo. Aquello consiguió un pequeño silencio.

Ridley volvió la vista hacia Paf Paf. El nombre seguía allí, inmediato y completo.

—Cuando me tocó, durante un momento no recordaba cómo te llamabas.

Paf Paf se quedó quieto.

—¿Ahora?

—Sí. —El goliat asintió.

—Si vuelve a pasar, dilo. —Fïrn abrió el diario y recorrió con los ojos la lista.

Ridley. Blaid. Fïrn. Paf Paf. Tordo. Cerró el cuaderno.

—Seguimos todos. —Blaid miró hacia la siguiente cámara.

—Por ahora.

La sala que encontraron después era mayor y tenía las paredes cubiertas de escudos tallados.

Algunos apenas conservaban el contorno; otros habían sido golpeados hasta destruir el relieve central.

Ridley avanzó entre ellos sin reconocer ninguno hasta que una pequeña irregularidad en uno de los bordes lo obligó a detenerse.

Al principio no supo por qué. El emblema estaba incompleto: una línea curva, tres marcas verticales y una pequeña muesca en la parte inferior.

Ridley se acercó. Conocía aquella muesca.

Solrrak llevaba una igual en una hebilla antigua del cinturón.

El recuerdo llegó con una claridad absurda. Ridley tendría once años cuando encontró la hebilla sobre una mesa. Convencido de que la muesca era un defecto, empezó a pasarle una lima. Solrrak se la quitó de las manos.

—Está hecha así. —Ridley protestó, asegurando que parecía rota.

Su hermano guardó la lima. No explicó nada más. Ridley nunca volvió a preguntar. Ahora apoyó la mano sobre la piedra.

—Der. —Fïrn se acercó.

—¿Qué has dicho? —Ridley señaló la muesca.

—He visto esta marca antes. —Blaid permaneció a cierta distancia.

—¿Estás seguro de que era la misma?

—Sí.

—¿Dónde?

Ridley tardó un instante.

—En una hebilla de Solrrak.

Fïrn sacó papel y carbón para hacer un calco.

Paf Paf se acercó al relieve.

—¿Familia?

Ridley contempló el emblema destruido.

—No lo sé.

La respuesta le irritó más de lo que esperaba.

Mientras Fïrn terminaba el calco, Blaid encontró restos de una inscripción en la pared lateral. La mayoría de las palabras habían sido raspadas, pero algunos fragmentos sobrevivían entre los golpes.

CUSTODIA

Más abajo:

… SANGRE …

En otra línea:

… PUERTA …

Y cerca del final:

REGRESO

Fïrn se acercó cuando terminó con el escudo y estudió durante un buen rato otro grupo de letras incompletas.

—Podría decir «lanza».

Ridley se colocó a su lado.

—¿Podría?

—Sí.

—¿Lo dice? —Fïrn negó.

—No puedo asegurarlo.

Abrió el diario y escribió:

«LANZA»: lectura probable. Significado desconocido.

Ridley observó cómo remarcaba la duda. Después de la conversación del desayuno, entendía mejor por qué.

La siguiente cámara contenía cinco sarcófagos.

Cuatro estaban abiertos desde hacía tanto tiempo que el polvo cubría incluso las fracturas de las tapas.

Las raíces habían entrado por una grieta del techo y descendían hasta una de las tumbas.

El quinto permanecía cerrado. Ridley se acercó.

Blaid habló antes de que pusiera las manos sobre la tapa.

—Yo no lo abriría. —Ridley se volvió.