8 #2
—Bien. —La mujer continuó con el agua sin reparar en nada extraño.
Fïrn ya había sacado el diario. Escribió apoyándolo sobre el antebrazo, pero no interrogó a la posadera ni intentó obligarla a recuperar el nombre.
Ridley agradeció que no lo hiciera. Antes de salir, miró hacia el fondo del establo.
Los tablones seguían cerrando la antigua plaza, la madera demasiado nueva entre vigas oscurecidas por años de uso.
Nada había cambiado desde la noche anterior.
Abandonaron Mirasol por el extremo norte mientras la mañana todavía estaba fresca.
Las ruinas se veían con tanta claridad sobre la colina que Ridley esperaba encontrar algún camino que condujera directamente hasta ellas, pero tardaron poco en descubrir que no existía.
Había senderos por todas partes: uno serpenteaba entre dos campos y terminaba junto a unas terrazas de cultivo; otro seguía una acequia hasta una pequeña presa antes de desviarse hacia el oeste.
Un tercero parecía dirigirse a la colina, pero tras bordear un campo de habas desaparecía bajo una cerca que debía de llevar allí varios años. Fïrn terminó deteniéndose.
—No hay camino.
Ridley contempló la torre rota por encima de los árboles.
—Tiene que haberlo.
Paf Paf ya se había agachado junto a la cerca. Apartó algunas hojas húmedas y señaló dos marcas profundas en la tierra. Ridley reconoció las herraduras antes de acercarse. Junto a ellas había huellas de botas.
—Alguien pasó por aquí.
Paf Paf tocó el borde de una impresión.
—Hace poco.
Blaid observó la cerca. Había una parte en la que las ramas se doblaban con más facilidad y los tallos nuevos crecían hacia fuera en lugar de entrelazarse.
—No mantienen un camino, pero sí un paso. —Fïrn miró hacia las ruinas.
—Alguien sigue utilizándolo.
Ridley pasó primero al otro lado.
La pendiente comenzó poco después. Era irregular, con zonas de tierra húmeda entre raíces y piedras que obligaban a escoger dónde apoyar cada pie.
La herida del muslo empezó a recordarle su existencia antes de alcanzar la mitad del ascenso.
Paf Paf, que caminaba delante, redujo el paso. Ridley lo notó.
—No hace falta.
El goliat siguió mirando al frente.
—¿Qué?
Ridley entendió que insistir solo conseguiría alargar la subida.
Continuó.
Cerca de las ruinas la vegetación se hacía más densa.
Árboles jóvenes crecían entre los restos de antiguos muros y algunas raíces habían levantado bloques de piedra que pesaban más que un hombre.
Nadie había despejado el terreno, pero las huellas del caballo reaparecieron varias veces entre el barro.
Ridley acababa de inclinarse para examinar una cuando Paf Paf levantó la mano.
Todos se detuvieron. Algo se movía entre los árboles de la parte alta.
Primero apareció el caballo y, un instante después, el hombre que lo montaba.
Vestía tonos tan oscuros que desde aquella distancia parecían negros: una coraza sin brillo, una capa corta y ninguna insignia que Ridley pudiera distinguir.
La montura tenía espuma seca en el cuello y respiraba con esfuerzo.
El jinete los vio y redujo la marcha. Ridley se incorporó.
—¡Espera!
El hombre no respondió. Permaneció durante unos segundos observándolos desde la silla; su atención pasó por Blaid, Fïrn y Paf Paf antes de detenerse sobre Ridley. Ridley avanzó un paso.
—Solo queremos hablar.
El jinete recogió ligeramente las riendas para hacer girar al caballo.
Antes de ofrecer el costado, desplazó el peso hacia atrás y comprobó el flanco izquierdo con un movimiento rápido, casi automático, manteniendo el cuerpo de la montura entre él y quienes podían representar una amenaza.
Ridley dejó de respirar. Solrrak le había enseñado aquello cuando todavía necesitaba ambas manos para montar sin caerse.
Nunca regales el costado antes de saber qué tienes ahí.
Había visto ese movimiento cientos de veces: al entrar en callejones estrechos, al abandonar una taberna donde esperaban problemas, en caminos donde la vegetación impedía controlar los laterales.
—Ridley. —La voz de Blaid le llegó cuando el caballo ya empezaba a alejarse.
Ridley dio otro paso sin darse cuenta y el dolor del muslo lo obligó a detenerse. El jinete desapareció entre los árboles.
—¿Qué pasa? —preguntó Fïrn.
Ridley siguió mirando el hueco que había dejado.
Durante los últimos seis meses había encontrado a Solrrak en demasiada gente: en un hombre que inclinaba la cabeza de determinada forma, en un mercenario que ajustaba el tahalí en el mismo orden, incluso en un soldado al que siguió durante dos calles porque caminaba con la espalda demasiado recta.
Una maniobra aprendida no era un hermano.
—Nada. —Blaid lo observó durante unos segundos.
No insistió. Paf Paf se acercó al lugar donde el caballo había girado y estudió el terreno.
—No viene del pueblo.
Ridley consiguió apartar la mirada de los árboles.
—¿Cómo lo sabes?
—El caballo está cansado. Las huellas vienen desde arriba y siguen más allá. —Fïrn levantó la vista hacia las ruinas.
—Entonces ha pasado por ellas.
Blaid se agachó junto a una mata aplastada y recogió algo pequeño. Era un fragmento endurecido de cera azul, oscuro en el centro y grisáceo en los bordes por la tierra adherida. Ridley lo examinó.
—¿De un sello?
—Podría ser.
Fïrn sacó el diario.
—Guárdala —dijo Ridley.
Blaid envolvió la cera en un trozo de tela y la metió en una de sus bolsas.
Continuaron subiendo.
Las ruinas resultaron mucho mayores de lo que parecían desde Mirasol.
Una parte del muro exterior había desaparecido, pero su recorrido todavía podía seguirse por las elevaciones del terreno y por las líneas de piedra que sobresalían entre las raíces.
Una de las torres permanecía abierta de arriba abajo, como si hubiese sido partida verticalmente, y las enredaderas ocupaban las estancias expuestas.
Sobre el arco principal quedaba un espacio rectangular. Fïrn se detuvo debajo.
—Aquí había una inscripción. —Ridley levantó la vista.
La superficie estaba llena de marcas de herramienta. No era erosión; alguien había trabajado sobre ella hasta borrar varias líneas por completo.
—¿Hace mucho?
Fïrn estudió las hendiduras.
—No puedo saberlo.
Blaid pasó los dedos cerca de una de las zonas raspadas.
—Pero no lo hicieron deprisa. Entraron.
El patio estaba cubierto de hierba y arbustos.
Al este sobrevivían los restos de varias construcciones bajas; al oeste, una galería parcialmente derrumbada daba acceso a cámaras excavadas en la roca de la colina.
Los primeros nichos aparecieron antes de que terminara la galería.
Algunos estaban vacíos, pero otros contenían pequeños recipientes de arcilla, herramientas oxidadas y fragmentos de cerámica colocados con demasiado orden para ser consecuencia del derrumbe.
En una hornacina había una hoz tan corroída que apenas conservaba el filo; en otra, una aguja de hueso y restos de hilo deshecho.
Fïrn recogió con cuidado un fragmento de cuenco y lo examinó bajo la luz.
—Lo rompieron antes de dejarlo aquí. —Ridley miró alrededor. Había otros recipientes con una parte semejante del borde ausente.
—¿Cómo lo sabes?
—Todos están rotos de una manera parecida. Si fuera el derrumbe, las fracturas no coincidirían así. —Ridley observó una copa pequeña colocada junto a un nicho funerario.
—¿Qué significa? —Fïrn sostuvo el fragmento unos segundos antes de devolverlo exactamente al lugar donde lo había encontrado.
—No lo sé. —Ridley esperó por costumbre.
Fïrn no añadió nada. Siguieron avanzando.
En una cámara lateral encontraron un antiguo hogar. Las cenizas no pertenecían a la misma época que las ruinas; Paf Paf las removió con un palo y observó los restos oscuros bajo la capa superior.
—Días.
Blaid encontró junto al muro restos de comida seca y otro fragmento de cera azul. Lo comparó con el que llevaba guardado.
—Probablemente la misma.
Fïrn anotó exactamente aquello.
Probablemente.
No escribió la misma. Paf Paf se había apartado hacia una esquina donde crecía una mata seca de flores pequeñas. Cogió una entre los dedos y la acercó a la nariz.
—Huelen como el establo. —Fïrn se acercó. El aroma era leve, dulce y seco.
—Sí. —Blaid observó primero las flores y después el fragmento de cera.
—Eso une los lugares. No necesariamente a quien los utilizó. —Fïrn ya estaba escribiendo.
—Bien.
En otro muro encontraron una hornacina vacía. La forma y los anclajes recordaban a la de la plaza de Mirasol, aunque no había nada que permitiera saber si ambas habían contenido la misma figura. Ridley se detuvo delante.
—¿La misma? —Fïrn negó.
—No podemos saberlo.
Paf Paf encontró una piedra blanca cerca de la base del muro. Era plana y una raya negra atravesaba uno de sus lados. Fïrn se agachó.
—Como las del pilón.
Aquello sí era una comparación que podían hacer.
La guardó.
La escalera descendía detrás de una puerta de piedra parcialmente hundida. El aire que subía desde abajo era más frío y olía a humedad mineral. Ridley iluminó los primeros peldaños.
—Voy delante. —Blaid miró la pierna vendada.
—Con esa herida quizá sería mejor que… —Ridley sostuvo su mirada.
El tiefling abandonó la frase.
—No te alejes demasiado.
Eso sí podía aceptarlo.
Ridley comenzó a bajar. Contó los escalones por costumbre, igual que contaba puertas, esquinas y ventanas cuando patrullaba un lugar desconocido.
El centro de cada peldaño estaba desgastado por muchos años de paso.
La pared conservaba restos de pigmento en algunos tramos y la luz de Fïrn proyectaba sus siluetas cuesta abajo.
Cuando Ridley apoyó finalmente la bota en suelo llano, llevaba veintitrés.
—Veintitrés. —Paf Paf bajó detrás y miró hacia arriba.
—Veinticuatro. —Ridley se volvió.
—No.
—Sí. —Fïrn llegó poco después.
—Yo he contado veintitrés. —Blaid apareció el último, sujetándose a la pared con la mano izquierda.