Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 8
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Ridley despertó antes de que sonara la campana.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando un techo demasiado bajo y una ventana que no reconocía.

Olía a madera encerada, ropa húmeda y algo dulce que llegaba desde el piso inferior.

El desconcierto duró hasta que movió la pierna izquierda y el tirón de la herida le recordó dónde estaba.

Mirasol.

Se incorporó despacio, procurando no despertar a Blaid.

El tiefling ocupaba la otra cama, tumbado boca arriba con un brazo sobre los ojos.

Habían terminado repartidos en los dos cuartos disponibles por pura necesidad: Fïrn y Paf Paf dormían al otro lado del pasillo, aunque Ridley sospechaba que el goliat habría descansado igual de bien en el establo junto a Tordo.

Apoyó el pie en el suelo con cuidado. La herida respondió con una punzada que subió por el muslo y tardó unos segundos en apagarse.

—Si continúas haciendo eso cada mañana —dijo Blaid desde la cama—, terminarás convenciéndote de que funciona.

Ridley volvió la cabeza. El tiefling todavía no se había quitado el brazo de los ojos.

—Pensaba que dormías.

—Lo estaba intentando hasta que empezaste a mantener una discusión silenciosa con tu pierna.

—Puedes seguir.

—Después de escuchar la primera mitad me resultaría irresponsable perderme el desenlace.

Ridley decidió no darle esa satisfacción y empezó a retirar el vendaje. La herida tenía mejor aspecto que la noche anterior; los bordes seguían inflamados, pero no había vuelto a sangrar. Cuando comenzó a limpiarla con el agua que habían dejado preparada, reparó en que Blaid lo observaba.

—No digas nada.

—No pensaba hacerlo.

—Eso es peor. —Blaid dejó escapar aire por la nariz y buscó sus botas.

La capa que Elara le había prestado estaba doblada sobre una silla, cuidadosamente apartada del barro del suelo.

Antes de levantarse, Blaid extendió la mano derecha y flexionó los dedos.

El índice respondió casi con normalidad; el corazón tardó más y no llegó a cerrarse del todo.

Ridley lo vio. No preguntó. Blaid tampoco volvió a mencionar su pierna.

Quizá aquello contara como una forma de cortesía.

Abajo ya había actividad. Desde la escalera oyeron una cuchara golpeando contra el borde de una olla y el roce de una escoba sobre las tablas.

Cuando entraron en la sala común, Paf Paf estaba sentado junto a una de las mesas con un cuenco vacío delante, mientras Fïrn ocupaba el otro extremo y tenía abiertos ante sí tres libros, aunque ninguna comida. Ridley se detuvo.

—¿Has desayunado? —Fïrn levantó la cabeza.

—Todavía no. —Ridley señaló el cuenco de Paf Paf.

—Entonces, ¿cómo ha conseguido él comida? —Paf Paf apoyó una mano sobre la mesa.

—Llegué antes. —Ridley lo miró durante un instante y acabó sentándose.

—Claro.

La posadera apareció desde la cocina con una fuente de pan de cebada recién cortado y un cuenco de queso blando envuelto en hojas. Después trajo fruta cocida, oscura y espesa, que olía a ciruelas, clavo y algo más que Ridley no reconoció. Dejó todo en el centro sin ceremonia.

—Hay agua caliente detrás si queréis lavaros antes de marchar.

—Gracias. —La mujer asintió y regresó a la cocina sin preguntar adónde iban.

Ridley cogió un trozo de pan y reparó entonces en los libros de Fïrn.

Uno era el diario que llevaba prácticamente desde Beregost; el segundo parecía una recopilación de notas y mapas.

El tercero era más pequeño, de cubiertas oscuras y esquinas gastadas, con el lomo reparado mediante una tira de cuero que no pertenecía a la encuadernación original.

Fïrn tenía una mano apoyada sobre él mientras recorría las páginas con la otra.

—¿Qué buscas? —preguntó Ridley.

—No estoy seguro.

—Una buena manera de tardar.

—Por eso he empezado pronto. —Blaid tomó asiento y alcanzó el pan con la mano izquierda.

Ridley señaló el volumen pequeño.

—Ese no te lo había visto. —Fïrn lo miró por encima de las páginas.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Sí me lo habías visto. Lo llevo en la mochila desde que me conoces. —Ridley esperó.

Fïrn terminó suspirando y giró el libro. Las letras de la portada estaban tan gastadas que algunas solo podían leerse por la marca más oscura que habían dejado en el cuero. Los preceptos del Custodio. Debajo aparecía un símbolo sencillo: una pluma atravesando un círculo abierto.

—¿Ilyr? —Fïrn asintió.

—Mi madre me lo dio.

Ridley volvió a mirar el libro. Muchas páginas estaban llenas de notas. Algunas pertenecían a la letra de Fïrn; otras eran más antiguas, pequeñas y apretadas, escritas por alguien que había aprovechado cada margen hasta obligar a las palabras a ascender por los bordes.

—¿Esas también son tuyas? —Fïrn negó.

—De ella.

No hizo falta aclarar de quién hablaba.

Ridley dejó el tema y untó un poco de queso sobre el pan. Fïrn continuó pasando páginas hasta detenerse casi en el centro.

—Aquí. Leyó en silencio.

Ridley esperó mientras masticaba.

—¿Vas a compartirlo?

—Estoy decidiendo si sirve para algo.

—Si lo has encontrado en un libro religioso, quizá no convenga decir eso muy alto. —Fïrn levantó la vista.

—Ilyr no suele ofenderse porque alguien piense.

Blaid probó la fruta cocida.

—Una cualidad conveniente en un dios del conocimiento. —Fïrn decidió ignorarlo y volvió al texto.

—«La memoria es testigo, no juez». —Ridley esperó alguna continuación.

—¿Y eso ayuda?

—No demasiado. —Fïrn desplazó el dedo hacia el margen y sonrió.

—Parece que mi madre opinaba lo mismo.

—¿Qué puso?

—«Y los testigos se equivocan». —Blaid dejó el pan en el plato.

—Me cae mejor tu madre. —La sonrisa de Fïrn permaneció un instante, más pequeña.

—A ella eso le habría preocupado.

Pasó el pulgar cerca de la anotación sin llegar a tocar la tinta y cerró el libro con cuidado antes de abrir el diario. Ridley vio entonces lo que había escrito en una página nueva:

RIDLEY DER

BLAID DE CARIA

FÏRN

PAF PAF

Había dejado un espacio debajo.

—¿Por el niño? —preguntó Ridley.

Fïrn asintió.

—Por el niño, por la investigadora de Edric y por lo de anoche en el establo. Sabemos que aquí se pierden nombres y asociaciones, pero no sabemos qué desaparece primero ni cuánto tarda. —Paf Paf se inclinó ligeramente para mirar la lista mientras terminaba su segundo cuenco.

—Falta Tordo. —Fïrn levantó la cabeza.

Paf Paf continuó comiendo como si acabara de señalar un error obvio. Después de un momento, Fïrn cogió la pluma y añadió:

Tordo

Ridley apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Y qué hacemos si alguno empieza a olvidar? —Fïrn dejó la pluma suspendida.

—Decirlo en cuanto lo notemos. —Blaid miró la lista.

—Suponiendo que sepamos que hemos olvidado algo.

La observación hizo que todos callaran.

Ridley pensó en el niño junto al pilón, sabiendo perfectamente quién era su hermano y siendo incapaz de encontrar su nombre. Fïrn parecía haber llegado al mismo punto.

—Entonces no comprobamos recuerdos grandes —dijo—. Empezamos por cosas concretas. Nombres, lugares, qué vimos ayer, quién hizo qué. Algo que podamos contrastar.

Ridley frunció el ceño.

—¿Cada cuánto?

Fïrn pensó un instante.

—Cuando algo cambie. Al entrar en las ruinas. Al salir. Y si alguno nota cualquier cosa extraña, aunque parezca una tontería, lo dice. —Blaid apoyó un codo en la mesa.

—Un método científico basado en preguntarnos repetidamente cómo nos llamamos. —Fïrn señaló la página.

—¿Tienes uno mejor? —Blaid miró los nombres.

—No.

—Entonces ha sido una intervención sorprendentemente poco útil.

—No confundas utilidad con ausencia de crítica.

Fïrn añadió la fecha al principio de la página, pero se equivocó en una cifra. En lugar de raspar la tinta, trazó una única línea sobre el error y escribió la correcta al lado. Ridley señaló con el pan.

—Podrías borrarlo.

—No.

—Tienes más páginas.

—No es por las páginas. Me he equivocado. Si lo borro, parece que no ocurrió. —Ridley miró de nuevo Los preceptos del Custodio.

Fïrn siguió sus ojos.

—Ese sí es de Ilyr. No esconder el error que te enseñó algo. —Blaid cogió otro trozo de pan.

—Una religión que exige conservar pruebas de incompetencia. Admirable.

—No exige nada. Recomienda no mentirse a uno mismo.

—Eso es considerablemente más incómodo.

La campana de Mirasol sonó una vez antes de que Fïrn pudiera responder.

Fuera, el pueblo cambió de ritmo. Una mujer abrió una de las compuertas de riego al otro lado de la plaza y el agua abandonó una acequia para entrar en otra.

Dos vendedores retiraron las cubiertas de sus puestos, alguien sacó un banco a la calle y comenzó a remendar una red de carga mientras una niña barría la puerta de la casa contigua.

Nadie tuvo que preguntar qué significaba la campanada.

Ridley terminó de comer y se puso en pie.

—Revisamos el equipo y salimos. —Paf Paf dejó el cuenco.

—Voy con Tordo.

Fïrn guardó primero el libro de Ilyr, envolviéndolo en una tela antes de colocarlo en la mochila, y después siguieron al goliat hacia el establo.

Tordo levantó las orejas cuando los vio entrar y golpeó una vez la madera con la pezuña sana.

El cordel que Paf Paf había preparado junto a la puerta seguía intacto.

Antes de acercarse al animal, comprobó los pequeños trozos de metal atados a él, revisó las patas y palpó con cuidado la pezuña dañada.

—No viene. —Ridley se apoyó en uno de los postes.

—Eso pensábamos. —Paf Paf miró hacia la colina, visible por la ventana alta.

—Mejor. —La posadera apareció detrás de ellos con un cubo de agua.

Paf Paf señaló el saco de grano antes de que pudiera pasar.

—Dos medidas al mediodía. Una más si no volvemos para la cena. —La mujer asintió.

—El burro estará bien.

Paf Paf no apartó los ojos de ella.

—Se llama Tordo. —La posadera miró al animal.

—Tordo. Sí —repitió el nombre sin dificultad.

Paf Paf le dio una palmada suave en el cuello. La mujer vertió parte del agua en el abrevadero y, mientras comprobaba el nivel, preguntó:

—¿Cuánto grano come normalmente el burro? —Paf Paf permaneció inmóvil apenas un instante.

No la corrigió.

—Dos medidas.