Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 7 #3
24%

7 #3

Regresaron a la plaza antes de la cena. Ridley quería comprobar desde dónde salía el camino hacia las ruinas, Blaid hablar con algunas personas más y Paf Paf comprar grano porque la bolsa de Kellen no duraría mucho.

Fïrn quería escuchar. La tarde había avanzado y varios puestos empezaban a recoger cuando una campanada única sonó en la torre.

La mujer de las raíces cubrió inmediatamente sus cajones, el afilador dio otras dos vueltas a la rueda antes de guardar la piedra y las vendedoras de manzanas comenzaron a llenar cestas.

Nadie contó el toque porque no necesitaba hacerlo.

Fïrn observó cómo el pueblo cambiaba de ritmo alrededor de una sola campana. En Eltarion distintos templos y gremios competían por ordenar las horas; allí bastaba aquella. La diferencia habría resultado casi agradable si no acabara de ver a una mujer perder una parte de una conversación.

Blaid habló con dos habitantes mientras Fïrn permanecía lo bastante cerca para escuchar.

Una mujer que llevaba un cesto afirmó que las tierras al norte estaban sin cultivar y, cuando Blaid le preguntó por la torre, miró hacia la colina y respondió que allí no había ninguna sin mostrar nerviosismo.

Un muchacho que cargaba leña recordó «piedras viejas» al norte; cuando Blaid intentó concretar, se quedó callado unos segundos y acabó señalando el muro de una granja.

Nada más. Fïrn empezó a escuchar otra vez el patrón de las conversaciones.

«Tu madre.» «El de arriba.» «La pequeña.

» «El herrero.» «Mi marido.» «La del molino.

» Las relaciones seguían allí. Los nombres no.

Vio a dos hombres discutir por un saco de harina mal pesado.

Alzaron la voz, se acusaron de intentar engañarse y uno amenazó con no volver a comprarle nada al otro.

Ni una sola vez pronunció ninguno el nombre de su adversario.

Fïrn se acercó al pilón. Un niño estaba sentado en el borde.

Tendría ocho o nueve años y llevaba los pantalones manchados de barro hasta las rodillas.

A su lado había un pequeño montón de piedras blancas, planas y redondeadas, que cogía una a una para dejarlas caer en el agua.

No intentaba hacerlas rebotar. Solo las soltaba.

Fïrn se sentó en el extremo opuesto. El niño lo miró y sus ojos se desplazaron hacia el laúd. —¿Eres músico?

Fïrn miró por encima del hombro. —Eso dicen.

—¿Sabes canciones de guerra?

—Algunas. —El niño escogió otra piedra.

—Mi hermano sabe una. —Fïrn observó la pieza antes de que la soltara. Una pequeña raya negra cruzaba uno de sus lados.

—¿También toca? —El niño negó.

—Canta fatal.

—Entonces quizá conozca las mismas que yo.

—La piedra cayó y las ondas se extendieron por el agua.

Fïrn miró el pequeño montón. —¿Las pintas tú?

—Algunas.

—¿Y las otras?

El niño se encogió de hombros.

—Ya estaban así cuando las cogí.

Fïrn se inclinó un poco sobre el pilón. En el fondo había más y, aunque la luz del atardecer apenas permitía distinguirlas, algunas mostraban la misma línea negra. —¿Para qué sirven? El niño arrugó la nariz.

—Para tirarlas.

—Eso lo haces bastante bien. —El pequeño sonrió.

Permanecieron un rato sin hablar. Fïrn estaba a punto de levantarse cuando el niño miró por encima de su hombro, hacia el norte. Fïrn siguió sus ojos. Las ruinas. El muchacho las estaba mirando directamente. —¿Las ves?

El niño frunció el ceño. —Claro.

—¿El castillo?

—Sí.

—Los mayores dicen que ahí no hay nada. —El niño miró alrededor, como si quisiera comprobar de qué mayores hablaba.

—Sí hay.

—La sencillez de la respuesta resultó más inquietante que cualquier evasión anterior.

Fïrn señaló la colina. —¿Has subido?

El niño negó. —Mi hermano sí.

—¿Cuándo?

El pequeño pensó.

—Hace tiempo. —Fïrn decidió no insistir con el tiempo.

—¿Fue solo?

—No. Con otros.

—¿Quiénes? —El niño cogió otra piedra y se quedó mirándola.

—Otros. —Fïrn esperó por si añadía algo.

No lo hizo. —¿Volvió bien?

—Sí. —La respuesta salió de inmediato y Fïrn notó que se relajaba sin haber sabido que estaba tenso.

—¿Está aquí?

—En casa, creo.

—¿Crees?

El niño se encogió de hombros.

—Estará con mi madre. —Fïrn guardó silencio unos segundos antes de formular la pregunta que ya empezaba a temer.

—¿Cómo se llama? —El niño abrió la boca y volvió a cerrarla.

Fïrn bajó la voz. —Tu hermano. ¿Cómo se llama?

—Sí. —El pequeño miró hacia una de las casas.

—Se llama… Esperó.

Su expresión cambió. Apretó la piedra que tenía en la mano. —¿Qué pasa?

—Nada.

—Está bien. —El niño negó rápidamente.

—No. Yo sé quién es.

—Te creo.

—Es mi hermano.

—Te creo. —El pequeño lo miró. Había empezado a respirar más deprisa.

—Pero no sé cómo… —Desde una casa cercana llegó la voz de una mujer.

—¡Vamos! ¡La cena! —El niño volvió la cabeza.

No lo llamó por su nombre. Se levantó tan deprisa que una de las piedras cayó de su regazo.

—Tengo que irme. Fïrn no intentó detenerlo.

Lo vio entrar en una casa y cerrar la puerta detrás mientras la plaza continuaba a su alrededor: el afilador recogía sus herramientas, alguien cerraba una contraventana y la campana seguía en silencio.

Después bajó la vista hacia la piedra que el niño había dejado junto a sus botas.

Era blanca y una raya negra atravesaba uno de sus lados.

La recogió. Cuando se inclinó sobre el agua, descubrió que en el fondo del pilón había decenas.