Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 7 #2
23%

7 #2

La mujer que vendía raíces estaba guardando algunas piezas en un cajón. Era mayor que la vendedora de manzanas y tenía tierra seca metida en las arrugas de los dedos. —Perdone. ¿Puedo preguntarle una cosa?

—Si no quieres comprar, rápido. —Fïrn señaló la panadería.

—¿Cómo se llama el hombre del horno? —La mujer miró hacia allí.

—El panadero.

—Sí, él. Quiero saber su nombre.

La mujer volvió la vista hacia la puerta. El hombre acababa de aparecer con una bandeja y tenía harina hasta los codos, además de una quemadura antigua en un lado del cuello. —Ese.

—Sí. ¿Cómo se llama? —Ella lo miró con creciente irritación.

—El panadero.

—Ese es su oficio.

—Es el que hace el pan. —Fïrn decidió no seguir.

—Gracias. Cuando regresó junto a los otros, Ridley no necesitó preguntar.

—No creo que entienda por qué su respuesta no me sirve. —Blaid observó a la vendedora.

—No parecía estar mintiendo. —Ridley se volvió hacia él.

—No puedes saberlo.

—Puedo equivocarme. Pero no ha buscado una respuesta mejor, no ha intentado averiguar por qué preguntábamos y no ha evitado mirarte. Se ha molestado porque Fïrn insistía en algo que para ella ya estaba contestado. —Fïrn miró al panadero.

—Para ella es suficiente saber que es el panadero.

Ridley alzó los ojos hacia el norte.

El castillo era perfectamente visible desde la plaza.

Sobre una colina baja quedaban una torre rota y parte de un muro vencido por la vegetación.

El sol de la tarde alcanzaba la piedra desde un lateral y hacía difícil confundirla con cualquier otra cosa.

Fïrn reparó entonces en que nadie parecía mirar hacia allí.

Decidió observarlo de manera consciente.

Una mujer llenó una jarra en la fuente de espaldas a las ruinas.

Dos hombres cruzaron la plaza cargando una mesa.

El panadero salió otra vez y un niño pasó corriendo detrás de una pelota de trapo.

Ninguno levantó los ojos hacia la colina.

Ridley se encaminó hacia el afilador. —Voy a preguntar. Blaid fue tras él y Fïrn también.

El hombre terminaba de pasar unas tijeras por la rueda. —Si es una espada, no podré hasta mañana.

Ridley esperó a que retirara el metal. —No es por eso. Buscamos un camino.

—¿Adónde? —Ridley señaló hacia el norte.

—A la colina del castillo. —El afilador miró en la dirección indicada. Sus ojos pasaron por las ruinas y Fïrn lo vio con claridad.

—Por ahí no hay camino. —Ridley volvió a señalar.

—No importa. Pregunto por las ruinas. —El hombre lo miró.

—¿Qué ruinas?

Ridley tardó un segundo.

—Las que tienes detrás. —El afilador se volvió. La torre rota quedaba justo por encima del tejado de una casa.

La contempló durante varios segundos. —No sé qué estás viendo.

Ridley abrió la boca, pero Blaid le tocó ligeramente el antebrazo. —Déjalo. El guerrero lo miró y, esta vez, no insistió. Cuando estuvieron fuera del alcance del hombre, se detuvo.

—Lo tenía delante.

—Sí —respondió Blaid.

—Ha mirado directamente.

—También lo he visto.

—Entonces explícame qué acaba de pasar. —Blaid observó al afilador, que ya había vuelto al trabajo.

—No puedo. Solo sé que parecía intentar ver exactamente lo mismo que nosotros. —Fïrn miró hacia la torre.

—Y no lo ha visto. —Paf Paf se acercó con Tordo.

—Tiene hambre. —Ridley comprobó la posición del sol.

—Nos quedamos esta noche. —Fïrn volvió hacia el castillo.

—¿Y mañana?

—Primero averiguamos algo más. Después decidimos.

Blaid ajustó la capa sobre el hombro.

—Preferiría decidir antes de que empecemos a olvidar qué estamos decidiendo. —La posada estaba abierta.

El interior era pequeño pero limpio. Cinco mesas ocupaban la sala principal y una barra baja separaba el comedor de la cocina.

De las vigas colgaban ristras de cebollas, hierbas secas y pequeñas bolsas de tela cuyo olor Fïrn no consiguió identificar.

No había símbolos de la Luz Púlida. Tampoco ninguna imagen religiosa.

Una mujer salió de la cocina mientras se secaba las manos en el delantal.

Tendría algo más de cuarenta años y llevaba el cabello castaño recogido deprisa detrás de la nuca.

Miró primero a los cuatro y después a Tordo, visible por la puerta.

—El animal, atrás.

Paf Paf se adelantó.

—¿Hay establo?

—Sí. Rodea la casa. —Ridley se acercó a la barra.

—Necesitamos habitaciones.

La mujer los estudió.

—Me quedan dos.

—Servirán. Sacó una tablilla y un trozo de carbón.

—¿Cuántos sois? —Ridley miró brevemente hacia Paf Paf, que ya empezaba a llevar a Tordo hacia el callejón.

—Cuatro.

La mujer hizo cuatro marcas.

No pidió nombres. Fïrn se dio cuenta. —Seis cobres por habitación —continuó la posadera—. El establo cuesta dos.

Paf Paf se detuvo en la puerta. —Come nuestro grano.

La mujer lo miró. —Entonces uno por el espacio.

—Bien. —Ridley pagó. Mientras ella guardaba las monedas, Fïrn miró hacia la puerta principal.

—¿Cómo se llama la posada? —La mujer levantó los ojos.

—¿Cómo dices?

—El establecimiento. No he visto ningún rótulo fuera.

—No tenemos.

—¿Rótulo?

—Nombre.

Fïrn se quedó quieto.

—¿Nunca lo tuvo?

La posadera se encogió de hombros.

—Que yo recuerde, no. Si preguntas por la posada, todo el mundo sabe dónde está.

Era una respuesta perfectamente razonable y aquello le molestó casi más que las anteriores.

—Claro. —La mujer señaló las escaleras.

—Las dos primeras puertas. La cena es después de la campana. Se alejó hacia la cocina.

Blaid esperó a que desapareciera. —No todo tiene que ser una pista.

—Lo sé.

—No tienes cara de saberlo. —Fïrn miró las escaleras.

—Pero admítelo. Es raro.

Blaid consideró la pregunta.

—Un poco.

Aquello fue suficiente.

Ayudaron a Paf Paf con Tordo antes de instalarse.

El establo ocupaba la parte trasera de la posada y era más grande de lo que Fïrn esperaba, con seis plazas separadas por maderos bajos, un pequeño altillo para el heno y herramientas bien ordenadas en una pared.

Paf Paf eligió la plaza más cercana a la puerta.

Tordo entró, olfateó el pesebre y trató de morder el cierre.

—No. El burro lo intentó una segunda vez. Paf Paf le apartó el hocico.

Fïrn dejó una de las alforjas en el suelo. —Creo que lo hace para comprobar si sigues prestándole atención.

—La tiene.

Fïrn fue a buscar la segunda alforja y entonces vio los tablones.

Al fondo del establo, donde debería haber habido otra plaza, alguien había clavado varias tablas de lado a lado.

La madera era más clara que el resto de la construcción y algunos clavos conservaban todavía la cabeza casi negra.

Fïrn se acercó. Entre dos tablones había una rendija.

—Paf Paf. El goliat terminó primero de colocar el agua y después fue hacia él.

No miró los tablones al principio, sino el suelo. Se agachó.

—La usaban.

—¿Cómo lo sabes? —Paf Paf señaló una depresión frente a la entrada tapiada. Dos surcos suaves marcaban la piedra.

—Pezuñas.

Fïrn se inclinó hacia la rendija. La luz llegaba mal, aunque distinguió un cubo tumbado, paja vieja y una cuerda que colgaba de una anilla en la pared con el extremo cortado. —No está vacía.

Paf Paf acercó la cara y respiró una vez. —Flores. —Fïrn lo imitó.

El olor del establo cubría casi todo —heno, cuero, estiércol, madera húmeda—, pero debajo había algo dulzón y seco. —Sí. Una voz sonó detrás.

—¿Qué hacéis? —La posadera había entrado con una manta doblada entre los brazos. Ridley y Blaid aparecieron poco después por la puerta del callejón.

Fïrn señaló el espacio cerrado. —Solo mirábamos. ¿Qué ocurrió ahí? La mujer siguió su mano.

—Nada.

Paf Paf se incorporó.

—Antes estaba abierta.

—No. —El goliat señaló el suelo.

—Entraban animales.

La mujer bajó los ojos. —Fïrn vio una pequeña contracción en los dedos alrededor de la manta.

—La piedra es vieja. —Blaid se acercó lo suficiente para observar los tablones.

—La madera no. —La posadera volvió hacia el cerramiento.

—La cambiaron. —Ridley intervino.

—¿Quién?

La mujer tardó.

—Los de aquí.

—¿Alguien de la posada?

—Sí. Los que la cambiaron.

Blaid no hizo otra pregunta.

La mujer volvió a mirar los tablones y durante unos segundos pareció esforzarse por recordar algo; sus labios llegaron a moverse antes de que aquella concentración se deshiciera. —No hay nada ahí.

Fïrn habló antes de que Ridley insistiera. —No vamos a abrirlo.

La mujer se volvió hacia él. —¿Abrir qué? Esta vez nadie respondió.

Ella los miró con desconcierto, dejó la manta sobre una caja y señaló vagamente hacia el edificio. —La cena estará cuando suene la campana. Salió.

Ridley esperó a que sus pasos desaparecieran. —¿Ha olvidado de qué hablábamos?

Fïrn miró hacia la puerta. —No lo sé. Ha seguido la conversación hasta cierto punto.

Blaid permanecía frente a los tablones. —No creo que haya olvidado todo. Ha dejado de poder seguir una parte.

Ridley se acercó al cerramiento. —¿Qué parte?

—Eso tendremos que averiguarlo.

Paf Paf tocó uno de los clavos.

—No es viejo. —Ridley miró la madera.

—¿Cuánto?

El goliat examinó el color y las fibras expuestas.

—Meses. Quizá más.

Fïrn volvió a mirar por la rendija. La cuerda cortada pendía inmóvil y no había sangre ni símbolos, nada que justificara por sí solo aquella sensación desagradable.

Solo un espacio que había sido utilizado y que ahora la posadera parecía incapaz de incorporar a una conversación.

Blaid se apartó primero. —No lo abriría esta noche.

Ridley lo miró, sorprendido. —Pensaba que ibas a decir lo contrario.

—Lo sé. Estoy intentando madurar. —Ridley esperó.

Blaid soltó aire. —No sabemos qué ocurre. Romper algo antes de entender por qué lo tapiaron no parece especialmente inteligente.

—Eso sí me lo creo.

Paf Paf regresó junto a Tordo y sacó un cordel de una alforja. Ató dos pequeñas piezas metálicas de cocina y fijó el cordel junto a la puerta. Ridley lo observó. —¿Una alarma?

—Sí.

—Desde arriba quizá no la oigamos. —Paf Paf señaló al burro.

—Él sí. —Ridley miró a Tordo.

—¿Y qué hará?

Paf Paf pensó unos segundos.

—Morder. —Fïrn soltó una risa.

Ridley asintió. —Bien. Confiamos en el burro.

—Sí.