7
Fïrn contó once espantapájaros antes de admitir que los estaba contando.
El camino descendía hacia Mirasol entre campos de cereal joven, todavía verde en algunas parcelas y ya amarillento en otras.
Los primeros muñecos aparecieron junto a las lindes, sujetos a postes altos para que el viento agitara las mangas; más adelante los había también en mitad de los sembrados, vestidos con camisas remendadas, sombreros vencidos por la lluvia y alguna chaqueta que debía de haber pertenecido a alguien bastante más ancho que el armazón de madera que ocupaba ahora. Ninguno tenía rostro.
Fïrn tardó en decidir qué le resultaba extraño de aquello.
Una cabeza de saco no necesitaba ojos ni boca para espantar pájaros y, probablemente, quien tuviera un campo entero que atender dispondría de cosas mejores que hacer que pintar caras sobre muñecos de paja.
Aun así, cuando apareció el duodécimo, volvió a mirar.
Ridley lo sorprendió haciéndolo. —¿Qué buscas?
—Van doce.
Ridley siguió la dirección de su mirada.
—¿Doce qué?
—Espantapájaros. —El guerrero observó al más cercano unos segundos antes de devolver la atención al camino.
—Tienes demasiado tiempo libre.
—Puede ser. Pero fíjate en las cabezas.
Blaid, que caminaba algo por detrás, levantó la vista.
—No tienen cara.
—Ninguno. —Paf Paf guio a Tordo por la parte menos embarrada del camino y miró al muñeco al pasar.
—Espanta igual. —Fïrn abrió la boca, la cerró y acabó asintiendo. Probablemente tenía razón.
Los cuervos le preocupaban más. Había visto dos pájaros pequeños después del segundo puente, revoloteando entre los setos, pero las parcelas que rodeaban Mirasol deberían haber atraído bandadas enteras.
No había ninguna sobre el cereal ni posada en los postes de las cercas; algunos espantapájaros conservaban incluso paja asomando por las mangas sin una sola picadura.
Las primeras casas aparecieron poco después.
Mirasol se había construido con bastante más interés por resultar útil que hermoso.
Las viviendas eran bajas, de piedra clara cubierta con una lechada amarillenta que se oscurecía cerca del suelo.
Casi todas tenían un huerto detrás y las más alejadas de la calle principal compartían acequias estrechas que corrían entre los muros antes de desaparecer bajo los caminos.
En cada bifurcación del agua había una piedra clavada junto al canal.
Algunas llevaban una espiga grabada; otras, una rueda, un árbol o una forma parecida a un cuenco.
Fïrn vio a una mujer consultar la sombra sobre una de ellas antes de levantar una tablilla de madera.
El agua abandonó su huerto y empezó a correr hacia la parcela siguiente; después la mujer cerró la compuerta, se limpió las manos en el delantal y regresó a casa sin que nadie necesitara discutir con ella ni hacer sonar una campana.
Fïrn habría preguntado cómo se repartían los turnos de riego si Ridley no hubiera reducido el paso.
El guerrero estaba observando las calles. —No hay guardia.
Blaid recorrió con los ojos las ventanas, los tejados y las entradas laterales. —No que veamos.
—Tampoco puesto de control.
Fïrn comprendió entonces qué había empezado a inquietarlo desde que llegaron a las primeras casas.
No había sobrevestas blancas, rosarios de cuarzo ni carteles de inspección.
Nadie les había preguntado qué llevaban en las mochilas ni por qué un tiefling, un goliat, un guerrero armado y un músico entraban juntos en el pueblo.
Después de Eltarion, aquello debería haber resultado agradable.
Fïrn descubrió que prefería saber quién estaba vigilando.
Una mujer salió de una casa con dos cubos y se apartó para dejar pasar a Tordo.
Saludó a Paf Paf con la cabeza y continuó hacia una acequia.
Dos niños dejaron de perseguirse para observarlos; uno señaló los cuernos de Blaid y el otro le bajó la mano antes de que ningún adulto tuviera que intervenir.
Ninguno salió corriendo. Ridley miró alrededor. —Esto parece un pueblo.
Fïrn volvió hacia él. —Una observación impecable.
—Esperaba algo peor.
Blaid pasó junto a ellos.
—Dale tiempo.
Aquella vez no había sarcasmo en su voz.
Llegaron a la plaza poco antes de que el sol descendiera tras los tejados.
No era grande. El campanario ocupaba uno de los extremos y una fuente rectangular, el centro.
Alrededor quedaban todavía varios puestos abiertos: raíces y nabos, manzanas, quesos cubiertos con paños húmedos, herramientas, dos cestas de huevos y una mesa llena de pequeños frascos de conservas.
Del edificio junto al campanario llegaba olor a pan recién hecho.
Fïrn redujo el paso. Ridley lo vio. —Primero buscamos dónde dormir.
—No he dicho nada.
—Te he visto la cara. —Paf Paf señaló hacia Tordo.
—Establo primero.
—Establo y habitaciones —aceptó Ridley.
Fïrn miró otra vez hacia la panadería. Blaid siguió su mirada.
—Podemos comprar algo mientras ellos buscan el establo.
—Sabía que había una razón para traerte. —Blaid decidió que aquello no merecía respuesta.
La plaza estaba lo bastante concurrida para que su llegada provocara curiosidad, pero no tanto como para que pudieran perderse entre la gente.
Algunas personas levantaron la vista: una mujer se fijó en el tamaño de Paf Paf, el hombre que manejaba la rueda de afilar miró el escudo de Ridley y una muchacha del puesto de manzanas observó a Blaid algo más de la cuenta. Después todos regresaron a sus tareas.
Paf Paf llevó a Tordo hasta el pilón de la fuente y Fïrn decidió comprar cuatro manzanas antes que un trozo de pan. La muchacha del puesto tendría unos veinte años y llevaba el cabello recogido bajo un pañuelo. A su lado, una mujer mayor separaba la fruta golpeada de la buena.
—Las pequeñas, un cobre. Las otras, dos. —Fïrn cogió una de las pequeñas.
—No parece tener nada malo.
—Es pequeña.
—Eso parece una razón bastante personal. —La joven sonrió apenas.
—Puedes comprar una grande.
—No. Ahora siento que debo defenderlas. —La mujer mayor soltó aire por la nariz y continuó ordenando fruta mientras Fïrn dejaba cuatro cobres sobre la mesa.
Mientras la joven buscaba una bolsa, una mujer cruzó detrás con una cesta. —Dile a tu madre que ya puede abrir el agua —le dijo la vendedora.
La otra se volvió a medias. —Ya lo sabe. Se lo dijo el de la huerta baja.
—Pues que no se le pase el turno otra vez. —La mujer hizo un gesto y continuó andando.
Fïrn recogió las manzanas sin concederle importancia.
Solo varios minutos después recordaría que ninguna había necesitado utilizar un nombre.
Volvió junto a sus compañeros. Paf Paf aceptó una fruta y se la guardó para más tarde; Ridley mordió la suya mientras estudiaba los edificios alrededor de la plaza, y Blaid sostuvo la propia en la mano izquierda, comprobando el lado magullado antes de darle un mordisco.
—¿Has encontrado alojamiento? —preguntó Fïrn.
Ridley señaló un edificio frente al campanario.
—Creo que eso es una posada.
No tenía rótulo, aunque dos bancos ocupaban la fachada y las ventanas de la planta baja eran mayores que las de las casas vecinas.
Una puerta lateral daba a un callejón suficientemente ancho para llevar a Tordo hacia la parte trasera.
Fïrn iba a seguir a los demás cuando reparó en la hornacina bajo el campanario.
Estaba vacía. No parecía una de esas capillas abandonadas donde el tiempo termina arrancando una figura de su pedestal.
La piedra interior conservaba menos manchas que el resto del muro y dos pequeños orificios señalaban dónde había estado fijada una imagen.
Los bordes seguían enteros y no había fragmentos en el suelo.
Alguien la había retirado con cuidado. Ridley se acercó. —¿Qué pasa?
Fïrn señaló el hueco. —Había una imagen.
Blaid se inclinó un poco para observar los anclajes. —La sacaron sin romperla. Una anciana se aproximaba por la plaza con un cesto bajo el brazo y el cabello oculto bajo un pañuelo verde.
Fïrn esperó hasta que estuvo cerca. —Disculpe. ¿Sabe qué había aquí?
La mujer miró la hornacina. —Claro. La imagen.
Fïrn esperó un instante. —Sí. ¿De quién?
Ella volvió a mirar. —La de siempre.
—¿Qué diosa era? —La anciana frunció el ceño.
—La de la plaza.
—Sí, pero ¿cómo se llamaba?
La mujer abrió la boca y se quedó así unos segundos. Por primera vez pareció prestar verdadera atención al hueco; incluso dio un paso hacia él, como si acercarse pudiera ayudarla. —Pues… Fïrn esperó.
La anciana terminó negando con la cabeza. —No sé qué quieres que te diga, muchacho. Estuvo ahí toda la vida.
—¿La quitaron hace mucho?
La nueva pregunta pareció aliviarla.
—No sabría decirte. Se acomodó mejor el cesto y Fïrn decidió no insistir.
—Gracias.
La mujer se marchó.
Ridley siguió su camino con la mirada. —No parecía querer ocultarlo.
—No.
Blaid continuaba observándola.
—Ni siquiera se ha puesto nerviosa hasta que has preguntado el nombre. —Fïrn volvió hacia la hornacina. La ausencia en la piedra acababa de adquirir un peso que no tenía un minuto antes.
Desde la otra punta de la plaza llegó un golpe de metal. El afilador devolvió una hoz a una mujer. —Dile al de arriba que la suya estará mañana.
—Vendrá después de comer.
—Que no venga tarde. Quiero cerrar antes de la campana.
Cerca de la fuente, uno de los niños gritó a otro que fuera a buscar a su madre.
La joven de las manzanas llamó entonces a una niña que cruzaba la plaza.
—La pequeña no ha venido hoy. Pregunta si está enferma.
Fïrn dejó de atender a cada conversación por separado y empezó a escuchar el conjunto.
Durante unos segundos no supo qué buscaba, hasta que comprendió que era precisamente una ausencia.
—No he oído ninguno.
Ridley giró hacia él. —¿Qué?
Fïrn recorrió la plaza con la mirada. —Nombres.
Blaid también miró alrededor. —¿Estás seguro?
—No. Y quiero estarlo. Se acercó de nuevo a los puestos.