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No necesitaba más explicación. Reanudaron la marcha en cuanto la niebla empezó a levantarse.
A media mañana encontraron el molino sin aspas.
La torre de piedra se alzaba junto al camino, a cierta distancia, con un eje de madera sobresaliendo desnudo de una de las paredes.
Parte del techo se había hundido y la hierba crecía alrededor de la entrada.
Sin embargo, alguien había colocado recientemente una pequeña vasija de agua sobre una piedra cercana.
Fïrn sacó el diario y comprobó sus notas. —Molino sin aspas.
Blaid observó el edificio mientras se acercaban. —Por una vez, una descripción imposible de malinterpretar.
—No lo provoques —dijo Ridley.
Pasaron junto al molino sin detenerse. El primer puente apareció después del mediodía. Era estrecho y estaba construido con madera nueva sobre pilares mucho más antiguos. Bajo él corría un arroyo ancho, crecido por las lluvias, y varias tablas habían sido reforzadas recientemente.
Paf Paf hizo pasar primero a Tordo. Se detuvo en la mitad, escuchó el crujido de las vigas y señaló una de ellas. —Esa no.
Ridley lo miró. —¿No qué?
—No aguanta carro cargado.
Fïrn observó las huellas profundas en el barro del acceso. —Aparentemente alguien todavía no lo sabe.
No tardaron en descubrir que alguien sí lo sabía. En el otro extremo, un tablón clavado a un poste advertía a los carros pesados de un desvío por el vado, aunque la mitad de las letras se habían borrado. Blaid leyó lo que quedaba. —Una administración impecable.
El segundo puente apareció varias horas después y era de piedra.
Más allá, el camino empezó a subir. Fue allí donde Fïrn notó que los pájaros escaseaban.
No habían desaparecido. Escuchó algún trino entre los árboles y vio dos aves pequeñas levantar el vuelo desde un seto.
Pero había campos de cereal a ambos lados y ningún cuervo sobre ellos.
Tampoco gorriones en las lindes ni bandadas buscando semillas en los caminos. Pensó en mencionarlo. Todavía no.
La subida se alargó más de lo previsto. Ridley terminó caminando con la mandíbula apretada y Paf Paf le quitó el escudo sin pedir permiso. —Dámelo.
—No.
El goliat ya lo tenía. Ridley extendió la mano. —Paf.
—Arriba te lo doy.
—Puedo llevarlo.
Paf Paf miró la pierna. Ridley dejó caer la mano.
Fïrn caminó un poco más despacio para quedar a su lado. —Esto también puedo anotarlo.
—Hazlo y te rompo el diario.
—Con una pierna herida y sin escudo. Valoro el gesto, pero no el riesgo.
Ridley acabó riéndose pese a sí mismo. Al alcanzar la cima, el aire cambió.
La humedad del valle quedó atrás y una brisa más seca recorrió los campos.
Desde allí podían ver el camino descendiendo entre lomas y, mucho más allá, un conjunto de tejados agrupados en una depresión suave.
Mirasol. El pueblo ocupaba el fondo del valle, rodeado por parcelas de cereal y pequeños huertos.
Un campanario sobresalía entre las casas y varias columnas de humo ascendían casi rectas hacia el cielo de la tarde.
Más lejos, hacia el norte, unas ruinas se recortaban sobre una elevación.
Fïrn abrió el diario y comprobó las indicaciones de Edric: molino sin aspas, segundo puente, pueblo en el valle. Todo estaba donde debía. Cerró el cuaderno. —Es ahí.
Ridley observó el descenso. —Llegaremos antes de que anochezca. —Paf Paf le devolvió el escudo.
—Ahora.
Ridley lo tomó sin discutir.
Blaid se ajustó la capa alrededor de los cuernos y miró durante varios segundos el valle. —Edric dijo que su exploradora estuvo dos días dentro. —Fïrn siguió su mirada.
—Sí.
—Y volvió sin caras.
Paf Paf hizo avanzar a Tordo. —Volvió.
Nadie respondió a eso. Empezaron a descender.
A medio camino encontraron un pequeño mojón de piedra cubierto de líquenes.
En una cara aparecía grabado el nombre de Mirasol; debajo, alguien había añadido con pintura blanca una flecha que señalaba hacia el pueblo.
En la otra cara quedaban restos de una inscripción más antigua, casi borrada.
Fïrn se agachó para verla. —¿Qué pone? —preguntó Ridley.
—No lo sé.
—Eso no te ocurre a menudo.
—Debería ocurrirme más. Mantiene la humildad.
Blaid se acercó. —No te ha funcionado hasta ahora.
Fïrn sonrió y siguió andando. Cuanto más descendían, más normal parecía Mirasol.
Vieron a un hombre reparar una cerca, dos mujeres recogiendo ropa de una cuerda y varios niños correr detrás de una rueda de madera.
Un carro salía del pueblo cargado de sacos; el conductor levantó una mano al cruzarse con ellos.
Ridley respondió por reflejo. El hombre siguió su camino.
Nada en aquel valle parecía justificar las órdenes duplicadas, los suministros sin destino ni los recuerdos incompletos que Edric había descrito.
Eso no tranquilizó a ninguno. Fïrn fue quien habló primero. —Los pájaros.
Ridley miró alrededor. —¿Qué?
—Llevo varias horas oyendo menos de los que debería.
Blaid levantó la vista hacia los campos. Paf Paf también.
A esa distancia del pueblo, con grano, huertos y agua cerca, el cielo estaba casi vacío. —Puede no significar nada —añadió Fïrn.
Ridley observó las primeras casas. —Anótalo.
Fïrn abrió el diario mientras caminaba. El sol empezaba a bajar detrás de ellos cuando cruzaron el primer cercado de Mirasol. Nadie salió a recibirlos. Nadie pareció sorprenderse de verlos. Y, durante unos segundos, Fïrn no supo cuál de las dos cosas le inquietaba más.