6 #4
Blaid terminó rompiendo el silencio. —Habría agradecido conocer este nivel de compromiso antes de entrar en una prisión.
Paf Paf lo miró. —Entraste.
—Precisamente.
Ridley soltó una carcajada de verdad, no una exhalación ni uno de esos sonidos que intentaba convertir en tos. Cuando Fïrn volvió la cabeza hacia él, levantó un dedo en advertencia.
—No.
Fïrn alzó las manos. —No iba a decir nada.
—Mientes mal.
El momento pasó, aunque no del todo. Cuando repartieron las guardias, Ridley quiso hacer la primera y Paf Paf miró la venda de su pierna.
—Última.
Ridley cruzó los brazos. —Puedo hacer la primera.
—También la última.
—No voy a dormir mientras vosotros…
—Dormirás.
Ridley buscó apoyo en Blaid, pero el tiefling se levantó. —Estoy de acuerdo con él. —Fïrn recogió su manta.
—Yo comparto la segunda con Paf Paf.
Ridley los miró a los tres. —Esto empieza a parecer un motín.
Paf Paf negó. —No.
Ridley acabó aceptando. Fïrn compartió la guardia intermedia con Paf Paf y, durante la primera media hora, apenas hablaron.
El arroyo discurría cerca, invisible entre los juncos.
De vez en cuando Tordo movía una pata o arrancaba hierba en la oscuridad, y en una granja distante ardía una luz junto a una ventana.
Fïrn tenía el diario sobre las rodillas, pero no escribía.
Años atrás habría considerado aquella situación insoportable.
Un silencio tan largo le habría parecido una habitación cerrada y habría intentado llenarlo con preguntas, una historia, una melodía o algún pensamiento que nadie necesitaba conocer.
Había tardado meses en comprender que los silencios de Paf Paf no estaban vacíos. Simplemente no contenían palabras.
Fïrn miró hacia él. El goliat tenía el brazo derecho apoyado sobre la pierna. —¿Te duele mucho? —Paf Paf supo a qué se refería.
—Con frío.
—Podríamos buscar un sanador cuando encontremos un pueblo.
—Se mueve.
Fïrn sonrió. —Ese argumento ya ha sido rechazado.
—Sí.
—Y tenían razón.
Paf Paf miró hacia donde Ridley dormía. —Sí.
Fïrn levantó las cejas. —Esto ha sido sorprendentemente fácil.
El goliat volvió la vista hacia el camino. —No quiero repetirlo.
Fïrn tuvo que taparse la boca para no despertar a los otros.
Después volvieron al silencio y, esta vez, no intentó llenarlo.
La mañana siguiente llegó fría. Ridley necesitó dos intentos para levantarse sin apoyar una mano en el suelo; Paf Paf movió despacio el hombro antes de colocar las alforjas y Blaid probó la sensibilidad de los dedos acercándolos a una taza de agua caliente.
El índice reaccionó y el corazón tardó un poco más.
Fïrn era el único sin una herida relevante y aquello le resultó injusto de una forma difícil de explicar.
No dijo nada. Desayunaron pan duro, fruta seca y lo último del guiso.
Después apagaron cuidadosamente las brasas.
En los caminos transitados, incluso los hogares improvisados tenían reglas: la hierba quemada podía extender un incendio mucho después de que el viajero hubiera desaparecido, y varios de los mojones que habían encontrado conservaban marcas negras acompañadas de multas grabadas en piedra.
Paf Paf echó agua dos veces sobre el fuego y removió las cenizas con una rama antes de darlo por apagado.
No necesitaba haber leído ninguna multa.
El segundo día de marcha comenzó con terreno fácil y buen firme.
A esa hora la carretera llevaba suficiente tránsito para obligarlos a apartarse varias veces: carros de cereal, vendedores de telas, una pareja de sacerdotes de Eirath y tres jinetes con capas del color de la Confederación que apenas les dedicaron una mirada.
A media mañana alcanzaron una pequeña aldea construida alrededor de un cruce.
No había muralla, solo una herrería, dos graneros comunales y una posada baja con un disco solar de Tareon clavado sobre la puerta.
Ridley habría preferido no detenerse, pero la pierna ya había empezado a molestar y Paf Paf necesitaba revisar una de las cinchas de Tordo.
Compraron pan, cebollas y queso. La posadera les llenó dos odres y, cuando Ridley preguntó por Mirasol, señaló el camino norte con una cuchara. —Dos días si lleváis un caballo. Algo más a pie. Ridley miró hacia Tordo. La mujer siguió su mirada.
—Eso no es un caballo.
Paf Paf sostuvo las riendas. —No.
La mujer pareció satisfecha de haber encontrado a alguien razonable. —Entonces no forcéis la tercera loma hoy. La bajada se vuelve barro con lluvia y hay una venta antes del puente viejo.
Ridley hizo un cálculo rápido. Habían recorrido bastante menos de lo que habría querido desde el peaje. Blaid lo vio. —No discutas con la geografía.
—No estaba discutiendo.
—La expresión es la misma.
Fïrn pagó la comida. —Yo agradecería llegar a Mirasol conservando al menos una pierna funcional por persona.
Ridley miró su muslo. —Tenemos más de una por persona.
—Ves. Ese tipo de precisión es precisamente lo que me preocupa.
Retomaron el camino. A medida que avanzaban hacia el norte, el paisaje dejó atrás las tierras bajas del río.
Los campos seguían siendo numerosos, pero se escalonaban sobre lomadas suaves y aparecían más frutales junto a las casas.
Las acequias de piedra clara sustituían a las zanjas profundas de la ribera y varios molinos aprovechaban corrientes rápidas que descendían desde el oeste.
Al mediodía se cruzaron con un pequeño cortejo funerario.
No había sacerdote. Cuatro personas llevaban una caja de madera sobre los hombros y una quinta caminaba detrás haciendo sonar una campanilla de cobre cada cierto número de pasos.
Los viajeros se apartaron al borde del camino.
Paf Paf inclinó la cabeza, Ridley hizo lo mismo y Fïrn imitó el gesto.
Blaid tardó un instante más. Cuando el cortejo pasó, ninguno preguntó quién había muerto.
Fïrn pensó que en Eltarion probablemente habría querido saber qué dios seguía aquella costumbre, por qué la campana sonaba de esa manera o adónde llevaban el cuerpo.
Allí simplemente dejó que siguieran. El mundo no siempre tenía que explicarles lo que hacía.
Poco después compraron queso a una mujer que vendía desde una mesa colocada delante de su casa.
—Dos soles —dijo ella.
Blaid observó el tamaño. —Eso es un robo sorprendentemente abierto.
La mujer lo miró. —Tres si discutes. Blaid sacó dos monedas.
—Admiro la claridad comercial.
Fïrn sonrió mientras se alejaban. —Te ha caído bien.
—Ha expresado sus intenciones con honestidad.
Ridley miró el queso. —Vilar debería aprender de ella.
Fïrn negó. —No vuelvas a invocarlo. Podría aparecer.
Por la tarde, el camino se dividió en un tramo más antiguo de losas desgastadas y una variante de tierra utilizada por carros pesados.
Eligieron las losas porque el cielo empezaba a cubrirse y las cunetas de la ruta nueva estaban demasiado húmedas.
Aquello redujo el ritmo. Tordo necesitaba más atención sobre la piedra lisa y Ridley empezó a resentirse cada vez que el terreno bajaba.
Al final no alcanzaron la venta que había mencionado la posadera.
Acamparon detrás de un cercado de piedra, con permiso de un campesino que regresaba a casa con dos cestas vacías.
A cambio de una moneda les permitió usar un cobertizo para guardar a Tordo y llenar los odres en su pozo.
Aquella noche no encendieron fuego. Había casas demasiado cerca y preferían no dar más razones para que alguien recordara sus caras.
Comieron pan, queso y fruta seca. Ridley intentó hacer la primera guardia otra vez.
Paf Paf ni siquiera levantó la cabeza. —No.
Ridley dejó de discutir antes de empezar.
Blaid lo miró. —Esto es preocupante. Está aprendiendo.
—No te acostumbres.
Durmieron mejor que la noche anterior, aunque nadie habría llamado cómodo al suelo de un cobertizo. El tercer día amaneció con niebla baja.
Paf Paf fue el primero en salir y regresó con las botas húmedas hasta el tobillo. —No llueve.
Fïrn miró el cielo. —Eso ha sonado como una amenaza.
—Camino mojado.
Ridley se ajustó la venda. —¿Transitable?
—Sí.
Blaid acercó la mano derecha a la taza de agua caliente del desayuno. Tardó unos segundos en retirar los dedos. —¿Mejor? —preguntó Fïrn.
—Lo suficiente para seguir preocupándome.