6 #3
Paf Paf se detuvo, escogió una piedra de la cuneta y la colocó entre las demás. Fïrn lo observó. —No sabía que fueras devoto de Eirath.
Paf Paf regresó junto a Tordo. —No lo soy.
—Entonces, ¿por qué?
El goliat tomó las riendas. —Estamos viajando.
Fïrn miró otra vez el santuario. Había oído aquella costumbre: dejar algo perteneciente al camino para recordar a la diosa que alguien esperaba recorrerlo de vuelta.
No sabía si Paf Paf conocía la misma explicación ni si creía una sola palabra.
No preguntó. Junto al santuario había un pilón alimentado por una fuente.
En la piedra alguien había grabado: BEBE.
DEJA PARA EL SIGUIENTE. Paf Paf llevó primero a Tordo.
Blaid introdujo la mano derecha en el agua mientras el animal bebía y mantuvo los dedos sumergidos durante unos segundos antes de retirarlos. Fïrn lo vio. —¿Fría?
Blaid observó la mano. —Supongo.
Aquello bastó para que Fïrn dejara de sonreír.
Caminaron hasta entrada la tarde, pero Ridley empezó a perder ritmo antes de que la luz se acercara al ocaso.
La venda se había oscurecido alrededor del borde y la pierna arrastraba ligeramente al subir.
Fue él quien detuvo al grupo. —Buscamos campamento.
Blaid lo miró con una sorpresa tan bien disimulada que resultó ofensiva. —Voy a fingir que no he oído sensatez por iniciativa propia.
Ridley señaló la carretera. —Hazlo en silencio.
Encontraron un claro junto a un arroyo después de descartar una elevación visible desde lejos, una arboleda demasiado cerrada y un terreno bajo donde Paf Paf hundió la bota en barro hasta el tobillo. Fïrn señaló el claro. —¿Ese?
Los otros tres lo estudiaron: Ridley miró el camino, Blaid los árboles y Paf Paf la hierba. Pasaron varios segundos. Fïrn abrió los brazos. —Estoy viviendo un momento importante. Ridley resopló.
—Servirá.
—He contribuido a una decisión táctica.
Blaid caminó hacia el claro. —No conviertas la casualidad en precedente.
Montaron el campamento siguiendo una rutina que ninguno había establecido formalmente.
Paf Paf descargó a Tordo y comprobó sus patas antes de atarlo donde pudiera alcanzar agua y hierba.
Ridley recorrió el perímetro y Blaid preparó el fuego.
Fïrn intentó ayudarlo. El tiefling le quitó una rama de las manos. —Está verde.
—Arderá.
—También una biblioteca. No por eso cocino encima.
Fïrn contempló la rama y decidió dejarla a un lado. Prepararon lentejas con cebolla y un trozo de carne seca de las provisiones de Kellen. Cuando Ridley intentó agacharse para cortar la cebolla, Paf Paf señaló una piedra junto al fuego.
—Siéntate.
Ridley lo miró. —Puedo cortar una cebolla.
—Sí.
—Entonces no entiendo el problema.
Paf Paf volvió a señalar la piedra. —También puedes sentarte. —Ridley buscó apoyo en Fïrn.
El joven levantó ambas manos. —No pienso intervenir. Ya he elegido el campamento.
Blaid cortaba otra cebolla con la izquierda. —Yo estoy ocupado demostrando que el mundo puede continuar sin ti.
Ridley terminó sentándose. Poco después intentó cambiarse la venda mientras los demás estaban entretenidos con la comida.
Paf Paf lo vio, calentó agua en una pequeña olla, la retiró antes de que hirviera y la dejó junto a Ridley con un trozo de tela limpia.
Ridley miró el recipiente. —Podrías preguntar.
Paf Paf empezó a alejarse. —Dirías que no.
Ridley guardó silencio. La herida no tenía mal aspecto.
Los bordes estaban inflamados y una parte del vendaje se había pegado, pero ya no sangraba salvo cuando flexionaba demasiado la pierna.
Fïrn observó lo suficiente para tranquilizarse y apartó la vista.
Fue entonces cuando vio a Paf Paf intentando colocarse la correa del mazo.
Levantó el brazo derecho y el movimiento se detuvo antes de alcanzar el hombro, así que cambió de mano.
Ridley también lo había visto. —Te duele.
Paf Paf bajó el brazo. —Sí.
—¿Desde la prisión?
El goliat negó. —Desde Beregost.
Ridley dejó de tocar la venda. —Han pasado seis meses.
—Sí.
—¿Y sigue doliendo?
Paf Paf movió el hombro con cuidado. —Con frío. Y si hago demasiado.
Ridley miró hacia el mazo. —Forzar una compuerta cuenta como demasiado.
—Sí.
—Podrías haberlo dicho.
Paf Paf bajó los ojos hacia la pierna vendada de Ridley y volvió a mirarlo. —Tú también.
Ridley permaneció en silencio porque no tenía ninguna respuesta que no sonara estúpida.
Más tarde, mientras esperaban a que las lentejas se hicieran, movió el mazo de Paf Paf y lo apoyó contra un tronco con el mango inclinado, suficientemente bajo para que pudiera alcanzarlo sin levantar el brazo.
Paf Paf lo vio. Ninguno comentó nada. Fïrn aprovechó la espera para sacar el diario.
Las páginas cercanas al centro se habían deformado con el agua del río, así que las alisó sobre la rodilla antes de buscar una anotación hecha aquella misma mañana.
Creo haber visto el nombre de Aria. No había escrito nada debajo.
Ridley estaba sentado al otro lado del fuego. —No va a cambiar porque lo mires.
Fïrn levantó la vista. —Precisamente.
—¿Precisamente qué?
Fïrn cerró el diario dejando un dedo entre las páginas.
—Dentro de una semana puedo recordar que Edric estaba más seguro.
Dentro de un mes, la pausa antes de contestar podría convertirse en que reconoció el nombre.
Y dentro de seis meses podría convencerme de que dijo que estaba viva.
—El fuego crujió entre ambos. Ridley comprendió.
—Por eso escribes las palabras exactas.
—Por eso intento hacerlo.
Ridley miró el cuaderno. —¿Has escrito lo de Solrrak?
Fïrn asintió. —Exactamente.
—Bien.
No preguntó qué había escrito y Fïrn tampoco se lo leyó.
Blaid estaba apoyado contra un árbol haciendo girar una moneda entre los dedos de la mano izquierda.
La hacía recorrer el índice, desaparecer entre los nudillos y reaparecer sobre el dorso con una soltura que Fïrn sospechaba ensayada muchas veces.
—Estás practicando.
—Estoy perdiendo el tiempo de manera estructurada.
Fïrn se sentó a su lado. —¿Mejoran?
Blaid levantó la mano derecha y flexionó lentamente los dedos. El índice obedeció; el corazón quedó a medio camino. —En ocasiones.
—¿Y la sensibilidad?
—Presión, sí. Temperatura…
Blaid miró hacia el agua caliente y no terminó la frase. Fïrn bajó la voz. —¿Sigues llevando la cuenta negra? Los ojos del tiefling se desplazaron hacia él.
—Sí.
—¿Has probado a dejarla lejos?
—No.
Fïrn esperó.
Blaid recogió la moneda con la izquierda. —Desconocemos qué es, alguien la introdujo deliberadamente en una red inquisitorial y cierta parte de mi existencia parece extraordinariamente interesada en ella. Prefiero saber dónde está.
Era una respuesta mejor que fingir que no existía.
Fïrn asintió. Al levantarse reparó otra vez en la capa.
El broche seguía colocado de la misma forma en que Elara lo había dejado, desplazado para que la tela rodeara uno de los cuernos.
Miró a Blaid y después al broche. El tiefling siguió la dirección de sus ojos. —No.
—Solo iba a señalar que podrías haber dejado la capa con el conductor.
—No sabía si volvería al Redil.
—Podrías habérsela dado a Edric.
Blaid miró hacia el camino por el que el mago había desaparecido. —Edric acaba de salir de prisión. Me pareció cruel añadirle responsabilidades.
Fïrn sonrió. No necesitaba más. La comida estuvo lista poco después.
Comieron alrededor del fuego con Tordo detrás de Paf Paf, lo bastante cerca para controlar cualquier accidente relacionado con el pan.
Fïrn terminó el primer cuenco y se quedó mirando las brasas.
Hacía tiempo que llevaba una pregunta dándole vueltas, quizá desde el almacén de Vilar o la barcaza de Yoshua, y aquella noche, sin nadie persiguiéndolos y sin oídos ajenos cerca, decidió hacerla.
—¿Qué habríamos hecho si Vilar no hubiera encontrado la nota?
Ridley levantó la vista del cuenco. —Buscarnos la vida.
Blaid negó. —Eso no es una respuesta.
—Claro que lo es.
—Es una ambigüedad. No una misión ni un destino.
—No necesitábamos un destino. Necesitábamos comer y seguir buscando.
Fïrn miró a Ridley. —¿Durante cuánto tiempo?
El guerrero utilizó el pan para recoger un poco de caldo. —El que hiciera falta.
Blaid dejó el cuenco sobre la hierba. —Una estrategia formidable.
Ridley lo señaló con el pan. —Hasta ahora seguimos vivos.
—Acabamos de salir de una prisión.
—Y encontramos a Edric.
—Que no tenía las respuestas que buscábamos.
—No he dicho que funcionara bien.
Fïrn soltó una risa y miró a Blaid. —¿Y tú?
—Probablemente habría seguido aceptando trabajos mientras resultaran tolerables.
Ridley abrió los brazos. —Eso es exactamente lo que he dicho.
—No. Tú has presentado la desesperación como estrategia. Yo la reconozco como ausencia de alternativas.
Ridley iba a contestar cuando Fïrn desvió la mirada hacia Paf Paf. —¿Y tú?
El goliat estaba terminando un trozo de pan. Pensó antes de contestar. —Lo mismo.
Fïrn señaló vagamente hacia el camino por el que habían venido. —¿Seguir trabajando para Vilar?
Paf Paf negó. —Seguir con vosotros. —Ridley dejó de mover la cuchara y Blaid levantó la mirada.
Fïrn apoyó los brazos sobre las rodillas. —¿Aunque no hubiera aparecido ninguna pista?
—Sí.
—¿Aunque siguiéramos haciendo trabajos durante otros seis meses?
Paf Paf se encogió de hombros. —Sí.
Fïrn sonrió despacio. —¿Por qué?
El goliat miró a los tres sin parecer incómodo; más bien daba la impresión de no comprender qué parte necesitaba explicación. —Ya estábamos juntos.
—Eso no me dice cuándo decidiste quedarte.
Paf Paf negó. —No lo decidí. Seguimos.
Esta vez nadie respondió inmediatamente.
Habían salido juntos de Beregost porque en aquel momento no existía otra opción y, al día siguiente, continuaban juntos.
Después había llegado otro camino, otro trabajo y otro pueblo.
Nadie había propuesto formar un grupo ni había existido juramento alguno. Simplemente no se habían separado.