6 #2
Ridley decidió que podía vivir con aquella versión.
Comieron poco. Edric consiguió dormir. Paf Paf se ocupó de Tordo y, cuando terminó, apoyó el mazo contra el muro utilizando la mano izquierda.
Ridley reparó en ello, aunque no dijo nada.
Todavía. El sonido de ruedas apareció en la carretera más de una hora después.
Esta vez todos reaccionaron. Ridley se puso en pie demasiado deprisa y el muslo le obligó a corregir el apoyo; Blaid ya tenía la mano izquierda sobre la espada, Fïrn cerró el diario y Paf Paf se colocó entre Tordo y el camino. Edric abrió los ojos. —No hace falta.
Ridley lo miró. —¿Esperabas a alguien?
—Tenía esperanza.
—No es lo mismo.
—No. Pero acostumbra a ser más barata.
Un carro pequeño apareció entre los árboles.
Lo conducía una mujer de cabello blanco y gabán azul oscuro, con el rostro estrecho y castigado por el viento.
No parecía anciana, aunque Ridley no consiguió calcularle la edad, y llevaba una ballesta corta junto al asiento.
Se detuvo frente al puesto. Sus ojos encontraron a Edric. —Thorne.
El mago levantó una mano. —Consigues que mi apellido suene a enfermedad.
La mujer descendió y recorrió con la mirada las vendas, la ropa prestada y la forma en que Edric mantenía una pierna estirada. —Estás peor.
—He estado preso.
—Siempre tienes una explicación.
—Esta es demostrable.
La mujer le ofreció el brazo. Edric intentó ponerse de pie sin aceptarlo, no pudo y terminó apoyándose en ella cuando comprobó que no pensaba retirar la mano ni comentar el fracaso. Ridley se interpuso antes de que llegaran al carro. —¿Quién eres? La mujer lo estudió.
—La persona que viene a llevárselo.
—Eso ya lo había entendido.
—Entonces empezamos bien.
Blaid habló desde el cobertizo. —Ridley, creo que todos los conocidos de Edric reciben la misma formación.
La mujer miró brevemente al tiefling. —No sé quién eres.
—Eso mejora considerablemente mi impresión de ti.
Ridley ignoró el intercambio. —¿Adónde lo llevas?
—Lejos.
—Eso no es un lugar.
La mujer ayudó a Edric a subir al carro. —Por eso es seguro.
Ridley miró al mago. —¿Confías en ella?
Edric consiguió sentarse y apoyó las muñecas vendadas sobre las rodillas. —Estoy subiendo voluntariamente a su carro. Después de la última noche, considero que eso constituye una declaración bastante inequívoca.
La mujer tomó las riendas. —Termina.
Edric miró hacia los cuatro. El cansancio seguía allí, pero durante un momento apareció otra cosa. Inquietud. —Antes de que lleguéis a Mirasol hay algo que debéis saber.
Blaid ladeó la cabeza. —Esta conversación habría sido más tranquilizadora si no empezara así.
—La próxima vez organizaré mejor mis revelaciones.
Ridley hizo un gesto. —Habla.
Edric apoyó la espalda contra el lateral del carro. —Antes de que me detuvieran envié a una persona allí. Sabía observar y, lo que era más importante, sabía hacerlo sin creer que cada puerta cerrada era una invitación.
Blaid cruzó los brazos. —Ya entiendo por qué no pensaste en nosotros. —Edric ignoró el comentario.
—Permaneció dos días en el pueblo.
Paf Paf había regresado junto a Tordo. —¿Volvió?
—Sí.
El goliat esperó.
Edric comprendió que debía continuar. —Físicamente estaba bien.
No tenía heridas, nadie la había perseguido y recordaba el camino de regreso.
También recordaba dónde había dormido y que había hablado con varias personas.
Lo que no podía hacer era describir un solo rostro, recordar ningún nombre ni relacionar cada conversación con quien la había mantenido.
—La última parte consiguió que todos callaran. Fïrn dio un paso más.
—¿Qué quiere decir eso?
—Recordaba seis conversaciones, algunas frases completas e incluso sabía que alguien le había mentido y que otra persona le había pedido que se marchara. Pero los interlocutores habían desaparecido de esos recuerdos. Las voces seguían allí; las personas, no.
Blaid se separó del poste. —¿Magia?
—Es mi mejor explicación.
—¿Qué clase?
—No lo sé.
Blaid hizo una mueca. —Empiezo a acostumbrarme a esa respuesta.
Edric negó. —Yo no.
Fïrn seguía observándolo. —¿Recuperó los recuerdos después? —Edric tardó un momento.
—Algunos detalles. Ningún nombre.
—¿Cuánto tiempo hace?
—Tres meses.
Ridley intervino. —¿Recordaba que estaba olvidando cosas mientras seguía allí?
—No pudo decírmelo. Cuando volvió, los huecos ya estaban.
Paf Paf acarició el cuello de Tordo. —Volvió.
Edric lo miró. —Sí.
—Andaba. Hablaba.
—Sí.
El goliat asintió. —Entonces se puede volver.
Edric lo observó durante unos segundos. —Físicamente.
—Es lo que he dicho.
La mujer del gabán recogió las riendas. —Nos vamos.
Edric miró primero a Ridley y después a Fïrn. No mencionó a Solrrak ni a Aria porque no hacía falta. —Buscaré.
Ridley sostuvo su mirada. —Hechos.
—Hechos —confirmó el mago.
Fïrn asintió. Paf Paf se acercó un paso. —Cúrate.
Edric miró las vendas de sus muñecas. —Ese era el plan.
Paf Paf negó. —Los planes cambian.
El mago soltó una risa. —Eso sí lo he aprendido.
El carro se alejó por la carretera hasta desaparecer tras una curva. La lluvia había cesado y la mañana estaba ya avanzada. Durante unos instantes solo se oyó a Tordo arrancando hierba. Blaid fue el primero en romper el silencio. —Dos días.
Ridley lo miró. —¿Qué?
—Eso tardó la persona de Edric en volver sin recordar a la gente con la que había hablado.
Fïrn guardó el diario. —No sabemos cuándo empezó a olvidar.
Blaid asintió. —Precisamente. —Paf Paf tomó las riendas de Tordo. Ridley recogió el escudo.
—Podemos cambiar de dirección.
Blaid lo miró. —¿Quieres hacerlo?
Ridley observó el camino que se alejaba hacia el norte y negó. —No.
Fïrn se colocó el laúd. —Entonces deberíamos empezar antes de que alguno descubra otra forma de resultar herido estando quieto. —Paf Paf echó a andar.
—Buena idea.
Salieron del antiguo peaje cerca del mediodía.
El camino seguía durante un trecho el valle del Arenthil, aunque el río quedaba fuera de vista tras una franja de campos y sotos bajos.
Allí la tierra era oscura y húmeda, dividida por zanjas de drenaje y pequeños muros de piedra.
Cada pocas leguas aparecía un desvío hacia una granja, un molino o un embarcadero menor; algunos conservaban mojones antiguos con signos de Eirath, otros solo tablillas nuevas clavadas sobre postes carcomidos.
Ridley descubrió pronto que la distancia se medía de otra forma cuando se caminaba herido.
Durante la primera hora consiguió mantener un ritmo razonable.
En la segunda, la pierna empezó a endurecerse.
Antes de la tercera ya estaba calculando cada cuneta, cada tramo embarrado y cada desnivel de la carretera como si fueran obstáculos de una fortificación.
Fïrn tardó bastante menos en darse cuenta. —Deja de mirarme.
—No te estaba mirando.
—Llevas un rato haciéndolo.
Fïrn señaló los campos. —También observo otras cosas.
Ridley siguió el gesto. A ambos lados del camino crecían hileras de cebada joven. —Es un campo.
—Varias generaciones de agricultores se sentirían ofendidas por esa descripción.
Ridley reanudó la marcha. —Es cebada.
Fïrn sonrió. —Mejor.
No insistió. Paf Paf caminaba delante con Tordo.
Había redistribuido las alforjas dos veces desde que salieron del puesto y reducido todavía más el peso del burro.
Una mochila había terminado sobre los hombros de Fïrn y otra en manos de Blaid.
Ridley había intentado asumir una tercera.
Paf Paf miró su pierna. Ridley dejó de intentarlo.
Aquello llamó la atención de Fïrn más que la discusión que no se produjo.
Seis meses atrás habrían perdido varios minutos con Ridley insistiendo, Blaid explicando por qué era absurdo, él interviniendo sin que nadie se lo pidiera y Paf Paf terminando por cargar con la mochila solo para dar por terminado el asunto.
Ahora había bastado una mirada. La tarde avanzó despacio.
Dejaron atrás las últimas tierras que abastecían directamente a Eltarion y las construcciones empezaron a espaciarse.
Los muros de piedra cedieron a setos y zanjas; los caminos laterales ya no estaban empedrados, y junto a algunos cruces aparecían pequeñas casetas para cobrar tasas sobre grano, ganado o paso de carros. Varias estaban vacías.
En otras, hombres con brazales de la Confederación anotaban mercancías en tablillas enceradas.
La Luz Púlida seguía presente en símbolos, avisos y algún rosario blanco, pero ya no ocupaba cada esquina como dentro de Eltarion.
El cambio no era suficiente para tranquilizar a Blaid.
Precisamente porque la vigilancia se volvía menos visible, resultaba más difícil saber quién pertenecía a ella.
Cerca de media tarde pasaron junto a una niña que sostenía una gallina contra el pecho y se quedó mirando al tiefling.
Blaid continuó unos pasos antes de darse cuenta; cuando se volvió, la niña levantó un poco el animal, ofreciéndoselo a la vista.
Blaid observó la gallina. La gallina lo observó a él.
—Magnífica —dijo finalmente. La niña sonrió.
Siguieron adelante y Fïrn esperó varios pasos antes de hablar. —No voy a decir nada.
—Aprecio tu crecimiento personal.
La carretera empezó a subir suavemente y el suelo se volvió más firme.
A aquella altura el agua de las zanjas corría con rapidez y los campos se mezclaban con pequeñas huertas.
Fuera de una casa vieron secarse tiras de tela roja; en otra, varias ruedas de queso descansaban bajo una malla.
Todo era ordinario y precisamente por eso resultaba extraño después de Eltarion.
Al borde de un cruce encontraron un santuario de Eirath, poco más que una figura tosca bajo un pequeño tejado de piedra, gastada por la lluvia hasta haber perdido casi todos los rasgos.
A sus pies habían dejado cintas descoloridas, monedas pequeñas, una hebilla rota y varios guijarros recogidos del camino.