Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 6
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El carro redujo la marcha cuando el amanecer empezaba a aclarar el cielo y las campanas de Eltarion todavía no habían terminado de desaparecer a su espalda.

Ridley lo notó antes por los adoquines que por la luz.

Después de una noche entre la prisión, los canales y la huida, las ruedas habían golpeado las juntas de piedra con una regularidad especialmente desagradable para su muslo izquierdo.

Ahora los impactos se espaciaban y el traqueteo comenzaba a mezclarse con el chapoteo de los caballos sobre un firme más blando.

Bajo la lona olía a harina, madera húmeda y río.

Ridley permanecía tumbado de costado entre dos sacos, con el escudo junto al pecho y la pierna estirada todo lo que permitía el espacio.

El dolor ya no era el corte caliente de la espada, sino una pulsación profunda que despertaba cada vez que una rueda encontraba un desnivel.

Frente a él, Blaid mantenía la mano derecha sobre el abdomen y flexionaba los dedos de vez en cuando sin mirar lo que hacía.

El índice respondía con retraso; el corazón, cuando parecía apetecerle.

Paf Paf ocupaba el espacio de dos hombres y había acomodado el mazo entre las piernas para evitar que golpeara las tablas.

Fïrn estaba junto a Edric, que dormía o fingía hacerlo con un talento admirable.

El carro se detuvo. Fuera se oyó una bota contra piedra y después una voz. —Procedencia.

El conductor de Kellen respondió desde el pescante. —Curtidores del Bajo Este.

—Destino.

—Molinos de Harven.

Ridley miró a Blaid. El tiefling no reaccionó.

Ridley tampoco sabía si existían realmente unos molinos de Harven y, en aquel momento, habría preferido que el guardia sí. —Carga.

—Corteza, avena y dos sacos de harina que mi patrón asegura que llegarán secos por alguna clase de milagro.

Hubo una pausa. —Abre.

Ridley desplazó una mano hacia la empuñadura de la espada, pero Blaid lo vio y negó una vez.

No hacía falta más. La puerta trasera se abrió y una franja de claridad entró bajo la lona.

Ridley distinguió unas botas embarradas, el borde inferior de una sobrevesta blanca y las cuentas de cuarzo de un rosario que chocaron entre sí cuando el guardia se inclinó.

El sonido le devolvió durante un instante al corredor de la prisión.

El hombre apartó uno de los sacos y Ridley contuvo el aire. Si avanzaba otro palmo, vería la punta de su bota. —¿Esto es harina?

—Si la pruebas, te cobro —respondió el conductor.

El guardia soltó el saco. —Muy gracioso.

—Son muchas horas sentado.

—A mí me quedan otras seis.

—Entonces cómprame harina a la vuelta. Tendrás algo con lo que sorprender a tu mujer.

—No estoy casado.

—Con ese humor, entiendo por qué.

El silencio posterior duró lo suficiente para que Ridley empezara a odiar al conductor. Fïrn cerró los ojos y, al principio, Ridley creyó que estaba rezando; después comprendió que intentaba no reírse. El guardia golpeó la madera. —Lárgate.

La puerta volvió a cerrarse y el carro arrancó.

Nadie habló durante varios minutos. Los adoquines terminaron por desaparecer, el eco cercano de las fachadas se abrió y la lluvia empezó a sonar más sobre las zanjas que sobre los tejados.

Ridley soltó por fin la empuñadura. Edric abrió los ojos. —Molinos de Harven.

Blaid giró hacia él. —Estabas despierto.

—He descubierto que aparentar inconsciencia reduce considerablemente el número de preguntas.

Fïrn se incorporó un poco. —¿Existen?

Edric parpadeó. —¿El qué?

—Los molinos.

—No tengo la menor idea.

Blaid cerró los ojos. —Excelente. Nuestra libertad ha dependido de un lugar posiblemente imaginario y del matrimonio fallido de un guardia.

Ridley miró hacia la lona. —Ha funcionado.

—También saltar por una ventana puede funcionar. Eso no convierte las escaleras en un error.

Paf Paf levantó la cabeza. —Estamos fuera.

Nadie tuvo nada mejor que añadir. Eltarion tardó todavía un rato en abandonarlos.

Primero desaparecieron las voces de los puestos exteriores; después las campanas se convirtieron en golpes débiles que el viento traía y se llevaba, hasta que solo quedaron la carretera húmeda, las ruedas y los campos oscuros a ambos lados.

Ridley no se relajó hasta que la ciudad dejó de sonar.

El carro continuó aproximadamente una hora más y se detuvo junto a un antiguo puesto de peaje.

La caseta de piedra había perdido parte del tejado y la ventana frontal estaba cegada con mampuestos distintos al resto del muro.

La barra que en otro tiempo habría obligado a detenerse a carros y jinetes yacía entre ortigas, y en el dintel todavía se distinguían cifras talladas cuyos importes alguien había cincelado hasta volverlos ilegibles.

El conductor golpeó dos veces el pescante. —Aquí termina mi parte.

Blaid levantó una ceja. —Una frase que siempre tranquiliza cuando la pronuncia alguien pagado por Kellen.

Ridley bajó primero. La pierna izquierda recibió su peso y protestó con tanta intensidad que tuvo que agarrarse a la rueda. Esperó a que el dolor disminuyera antes de soltarse. Blaid lo observó desde el interior. —Muy convincente.

Ridley cogió el escudo. —No me he caído.

—Celebremos los estándares modestos.

Fïrn apareció detrás. —Yo diría que ha sido casi elegante.

Ridley lo miró. —No empeores las cosas.

Paf Paf descendió después y recorrió el lugar con la vista.

Encontró a Tordo antes que nadie. El burro estaba atado detrás del puesto, bajo la protección parcial de un cobertizo que había perdido la mitad de las tejas.

Al ver al goliat levantó la cabeza con un manojo de paja sobresaliéndole de la boca y rebuznó con un sonido que parecía más una protesta acumulada que una bienvenida.

Paf Paf se acercó. —Tordo. El animal intentó morderle una correa.

—No.

Tordo dejó la correa. Paf Paf empezó a revisarlo, pasándole una mano por el lomo, comprobando patas y cascos y deteniéndose en la pezuña que ya había dado problemas.

Después inspeccionó las alforjas que Korr había dejado junto al pesebre improvisado.

Ridley vio cómo fruncía el ceño. —¿Qué ocurre? —Paf Paf movió uno de los sacos.

—Demasiado peso a la izquierda.

Redistribuyó la carga sin añadir nada más.

Mientras tanto, el conductor sacó las mochilas y el resto del equipo.

La espada de Ridley apareció envuelta en una manta; el laúd de Fïrn, protegido dentro de una funda seca.

Las provisiones ocupaban dos fardos pequeños.

La capa de Blaid seguía siendo la del Último Redil.

Fïrn reparó en el broche colocado bajo el hombro del tiefling y después miró hacia Eltarion.

No dijo nada. Blaid lo vio de todos modos. —No.

Fïrn parpadeó. —No he preguntado.

—Tu cara sí.

—Mi cara tiene inquietudes propias.

—Pídele que las gestione en silencio.

El conductor entregó a Paf Paf una bolsa de comida para Tordo y regresó al carro. Ridley miró el vehículo. —¿Y el transporte?

El hombre señaló el carro. —Acabáis de utilizarlo.

—Kellen dijo que tendríamos transporte fuera de Eltarion.

—Y ya estáis fuera de Eltarion.

Ridley abrió la boca, pero Paf Paf intervino desde el cobertizo. —Cumplió.

Ridley se volvió hacia él. —Podría haber especificado que el carro continuaba con nosotros.

—No lo hicimos.

Blaid se colocó la mochila sobre el hombro izquierdo. —Resulta fascinante verte descubrir los placeres de la letra pequeña. El conductor subió al pescante.

—Si queréis presentar una reclamación, preguntad por Kellen.

—¿Dónde? —preguntó Ridley.

El hombre sonrió. —Esa es la parte divertida. Hizo girar el carro y empezó a regresar hacia Eltarion.

Ridley lo observó alejarse. —Empiezo a comprender a Vilar.

Fïrn dejó de ajustar la correa del laúd. —Retira eso.

Blaid intervino de inmediato. —Hay cosas que no se dicen ni bajo tortura.

Ridley iba a responder cuando oyó a Edric detrás de ellos. —Agradecería que pospusierais vuestra degeneración moral hasta que pueda sentarme.

El mago se había bajado del carro sin que nadie lo viera y permanecía junto al puesto, apoyado con una mano contra la pared.

Las vendas de las muñecas sobresalían bajo las mangas y una de sus piernas parecía empeñada en recordar que había pasado demasiado tiempo encadenada.

Fïrn fue hacia él. —Podrías haber pedido ayuda.

Edric aceptó su brazo. —Podría haber hecho muchas cosas. La mayoría se me ocurren después.

Se refugiaron bajo el cobertizo, que no era un buen lugar para descansar pero bastaba.

Paf Paf extendió una manta sobre una zona seca para Edric y Fïrn encontró dentro del puesto varios trozos de madera que todavía podían arder.

El fuego fue pequeño y produjo más humo que calor al principio, aunque terminó permitiéndoles calentar agua y secar parte de la ropa.

Ridley volvió a vendarse el muslo. La herida no tenía mal aspecto, pero los bordes seguían inflamados y una parte del vendaje se había pegado.

Había planeado limpiarla de nuevo en cuanto salieran de la ciudad y, al hacerlo, comprendió que no iba a caminar a buen ritmo durante varios días.

Paf Paf lo observó desde el otro lado del fuego. —No hoy.

Ridley levantó la vista. —¿Qué?

—Caminar mucho.

—No tenemos carro.

Paf Paf señaló la carretera. —Tenemos mañana.

Ridley iba a replicar que también tenían patrullas detrás, pero Blaid intervino. —En esto estoy de acuerdo con él. Si obligas a esa pierna a hacer hoy lo que no hará mañana, mañana seguirá sin hacerlo y además estarás más lejos de cualquier refugio.

Ridley terminó de ajustar la venda. —No pienso pasar el día aquí.

—Nadie ha dicho el día —respondió Blaid—. Una hora. Quizá dos.

Fïrn había abierto el diario. —Puedo anotar que has aceptado descansar por voluntad propia si te preocupa tu reputación.

Ridley lo miró. —Escribe eso y te tiro el diario al río.

Fïrn bajó la pluma. —Entonces descansaremos por razones estrictamente tácticas.