Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 5 #6
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Edric negó. —Si lo supiera, estaría fingiendo saber mucho más de lo que sé.

Blaid guardó la cuenta. Algo en la Presencia reaccionó, aunque no supo distinguir si era reconocimiento, interés o una emoción que él mismo estaba interpretando de manera conveniente. No le gustó ninguna posibilidad. Ridley señaló la bolsa. —¿Está relacionado con Mirasol?

Edric se tomó unos segundos. —No tengo ninguna razón para decir que sí.

Kellen volvió a trabajar sobre el segundo brazal. —Pero tampoco para decir que no.

Edric lo miró. —Esa clase de frase es la razón por la que acabas metiendo a otras personas en cárceles.

—Técnicamente, los he metido para sacarte.

—No mejora la frase.

Fïrn permanecía quieto. —Aria.

Edric levantó los ojos hacia él. Fïrn no formuló la pregunta de nuevo porque no hacía falta. El mago respiró lentamente. —Cuando pueda recuperar acceso a registros, buscaré ese nombre.

—Has dicho que crees haberlo visto.

—Sí.

—¿Y nada más?

Edric negó. —Nada que pueda defender como verdad. —Fïrn apretó la manta alrededor de los hombros.

—Eso es poco. —Edric sostuvo su mirada.

Fïrn asintió. —Pero no es nada.

Ridley comprendió que aquello era todo lo que podrían sacar de él esa noche. —¿Y Solrrak?

Edric se volvió. —Buscaré también su nombre.

Ridley negó. —No he preguntado eso. Esperó.

Edric eligió las palabras con cuidado. —Había guardias sin identificar entre los traslados.

Algunos constaban como detenidos, otros como escoltas y unos cuantos solo aparecían por número.

No puedo convertir a ninguno en tu hermano porque necesites que lo sea.

La respuesta dolió precisamente porque Ridley sabía que necesitaba escucharla.

—Entendido.

Edric lo observó durante un momento. —Lo siento. —Ridley miró la venda que empezaba a oscurecerse alrededor del muslo.

—No sirve de mucho.

Paf Paf, que había permanecido junto a la puerta, levantó la vista. —Hay que irse.

Kellen asintió. —En eso tiene razón. La salida norte no estará abierta mucho tiempo.

Ridley intentó ponerse en pie y la pierna le recordó inmediatamente la espada. Paf Paf se acercó, pero no llegó a tocarlo; Ridley encontró el equilibrio por sí mismo.

—Puedo andar.

Desde la mesa, Edric soltó una risa pequeña. —Eso he dicho yo.

Ridley lo miró. —Y mira cómo ha terminado.

Kellen abrió por fin el segundo brazal. Edric retiró la muñeca y observó las dos quemaduras. —Libertad. Siempre imaginé que olería menos a curtidor.

Fïrn se quitó la manta y buscó su capa seca. —Tienes expectativas demasiado literarias.

Edric señaló el laúd con la barbilla. —¿Tú eres el de las canciones?

Fïrn se detuvo. —¿Por qué?

—Llevas un laúd a una fuga de prisión.

Fïrn miró el instrumento, todavía húmedo pero entero. —Argumento razonable.

Blaid terminó de abrocharse la capa. Elara había colocado aquel broche unas horas antes y, durante un momento, recordó la facilidad con que sus manos habían adaptado la tela alrededor de los cuernos antes de apartar la idea.

Kellen dio instrucciones a sus hombres y después se volvió hacia ellos. —El carro sale por la puerta trasera. No os bajéis hasta el antiguo peaje. Desde allí podéis recuperar a Tordo y decidir hacia dónde vais.

Ridley miró a Edric.

—Mirasol.

El mago sostuvo su mirada. —Yo no he dicho que debáis ir.

—Has dicho que demasiadas cosas terminan allí.

—También he dicho que no sé por qué.

Paf Paf abrió la puerta del carro. —Por eso vamos.

Edric lo observó. —¿Siempre decide así? —Blaid subió primero.

—No. A veces utiliza dos frases.

Paf Paf lo miró. —Entra.

Blaid obedeció. Ridley fue detrás procurando no cargar demasiado peso sobre la pierna. Fïrn acomodó el laúd junto a una pared y Paf Paf ayudó a Edric a subir sin preguntarle esta vez si podía hacerlo solo.

Kellen estaba a punto de bajar la lona cuando Ridley lo llamó. —Kellen. La nota. La expresión del joven perdió el humor.

—¿Qué pasa con ella?

—Seguimos sin saber quién nos envió y quien lo hizo sabía que Edric estaba aquí.

Kellen miró hacia el interior del carro. —O sabía que yo lo sabía.

Blaid apoyó la cabeza contra la madera.

—Una distinción profundamente tranquilizadora.

Kellen ignoró el comentario. —Buscaré el origen.

Ridley sostuvo su mirada. —No tardes seis meses.

Kellen bajó la lona. —Intentaré decepcionarte de una manera nueva.

El carro se puso en movimiento y Eltarion quedó reducido a sonidos: las ruedas sobre los adoquines, la lluvia contra la lona y, en un momento, una patrulla que pasó tan cerca que Ridley distinguió el tintineo de los rosarios contra las armaduras.

Nadie habló hasta que las voces quedaron atrás.

Blaid apoyó la mano derecha sobre la rodilla e intentó cerrar los dedos.

El pulgar respondió, el anular también; el índice obedeció con retraso y el corazón apenas llegó a cerrarse.

La demora le preocupó más que el dolor. Bajo la capa abrió la pequeña bolsa y dejó que la cuenta negra cayera sobre su palma izquierda. La sostuvo durante unos segundos mientras esperaba una voz, una certeza o cualquier otra señal que pudiera interpretar. La Presencia permaneció en silencio.