Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 5 #5
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Edric levantó la cabeza. —Sigues llegando cuando ya es seguro.

Kellen examinó la sangre en la pierna de Ridley, la rigidez de la mano derecha de Blaid y el modo en que Paf Paf protegía el hombro.

—No parece especialmente seguro.

—Para ti sí.

Kellen no discutió. Los condujo al interior de un almacén que había sido tenería y todavía olía a corteza, cal y cuero viejo.

Varias cubas vacías ocupaban un lateral y un carro cubierto esperaba junto a una puerta trasera.

Sobre una mesa habían dispuesto ropa seca, vendas, agua limpia, pan y queso.

Ridley observó las provisiones. —Podrías haber venido.

Kellen no contestó. Hizo una señal y uno de sus hombres abrió apenas un postigo.

En la calle, varios faroles se desplazaban hacia el sur.

—Dos patrullas creen que habéis robado una barca en el distrito de las campanas.

Otra está revisando el puente oriental porque alguien ha informado de cuatro sospechosos intentando cruzarlo.

La salida norte sigue abierta. Blaid se secaba la espada con un trapo.

—Qué afortunados.

Kellen lo miró. —No he dicho que no haya trabajado.

—Solo has escogido la parte sin espadas.

La mirada de Kellen pasó por la pierna de Ridley, la mano de Blaid y el hombro de Paf Paf. —Parece que ya teníais suficientes.

Fïrn estaba sentado sobre una caja, envuelto en una manta. —También había agua.

—¿Alguna queja?

—Varias. Las estoy ordenando.

Kellen sonrió. —Me tranquiliza escuchar eso.

Fïrn abrió la boca, pero Blaid levantó una mano. —No le des permiso.

Paf Paf se había quedado de pie frente a Kellen y extendió la mano. —Resto.

Kellen lo miró. —¿Ahora?

—Sí.

—Todavía estamos dentro de Eltarion.

Paf Paf señaló a Edric, sentado junto a una cuba mientras uno de los hombres intentaba cortar parte de la cadena. —Él está fuera.

Kellen consideró la respuesta y terminó metiendo una mano bajo la capa. —Cuarenta.

Dejó una bolsa sobre la palma del goliat. Paf Paf contó las monedas una a una y Kellen esperó. —¿Están todas?

—Sí.

—Voy a considerar eso un momento histórico.

Paf Paf cerró la bolsa. —Falta transporte. —Kellen cerró los ojos un instante.

Fïrn sonrió desde la caja. —Te avisé de que escucha las palabras exactas.

—El transporte también está preparado. El carro os llevará hasta la salida norte. Vuestro burro y el equipaje estarán esperándoos en el antiguo puesto de peaje.

Paf Paf dejó de guardar la bolsa. —Tordo.

—El burro gris.

Paf Paf lo miró. —Tordo. —Kellen corrigió sin discutir.

—Tordo estará allí. El goliat asintió. Ridley frunció el ceño. —Elara dijo que se quedaría en el Redil.

—Cuando las patrullas empezaron a preguntar por vosotros envié a uno de mis hombres. Elara decidió que era mejor sacar también vuestras cosas. Korr ha llevado al animal por otra ruta.

Paf Paf observó al informante. —¿Korr sabe?

—¿Qué?

—Que muerde.

Kellen lo pensó. —Ahora probablemente sí. —Paf Paf pareció satisfecho.

Ridley se sentó sobre una caja. Uno de los hombres de Kellen se arrodilló junto a su pierna y cortó el tejido alrededor de la herida. —No es profunda. —Ridley miró el corte.

—Eso ya lo sabía.

Edric soltó una risa desde la otra parte del almacén. Ridley volvió hacia él. —Ahora tú.

El mago había recuperado algo de color, aunque todavía temblaba bajo la manta. Kellen manipulaba uno de sus brazales con dos herramientas pequeñas. Edric observó a Ridley. —Supongo que no vas a dejarme comer antes.

—No.

—Kellen elige bien a sus amigos.

—No somos amigos —respondieron Ridley y Kellen casi al mismo tiempo.

Edric miró de uno a otro. Blaid se acercó, todavía protegiendo la mano derecha. —Mirasol —dijo Edric. Ridley reparó en el cambio.

—¿Qué tiene que ver Mirasol con Beregost?

—No sé si tiene que ver directamente con Beregost y, antes de que alguno decida acusarme de ocultar algo, esa distinción importa.

Blaid apoyó una cadera contra la mesa.

—Empiezas a caerme mejor.

Edric inclinó la cabeza. —Debo de haber perdido más sangre de la que pensaba.

Kellen continuó trabajando en el brazal mientras Edric volvía hacia Ridley.

—Durante los últimos meses seguí pagos, suministros y órdenes de traslado de la Luz Púlida.

La mayor parte tiene una explicación, aunque no sea agradable: una cárcel consume comida, un destacamento necesita armas y una confiscación acaba en algún almacén.

Fïrn se había acercado con la manta alrededor de los hombros. —Pero Mirasol no.

Edric asintió. —Mirasol no.

Ridley esperó. —¿Qué es?

—Oficialmente, una comunidad agrícola. Unos cuantos cientos de habitantes, tierras de cereal y un castillo abandonado que lleva más tiempo vacío del que nadie parece interesado en contar. Nada de eso justifica lo que recibe.

Blaid entrecerró los ojos. —¿Qué recibe?

—Alimentos, herramientas, dinero para guardias que no figuran en ninguna guarnición y materiales de obra enviados a nombres que dejan de existir en los libros dos semanas después.

Kellen consiguió mover algo dentro del brazal y Edric contuvo un gemido. —Si vas a arrancarme la mano, avisa.

—Estoy intentando conservarla.

—Tu técnica no lo sugiere.

Fïrn ignoró el intercambio. —¿Prisioneros?

Edric lo miró. —Algunos traslados desaparecen de los registros en la misma zona, pero no puedo demostrar que lleguen al pueblo. Podrían desviarse antes. —Ridley pensó en Solrrak, aunque todavía no preguntó. Blaid encontró otra vía.

—¿Por qué lo investigabas? —Edric dirigió la mirada hacia Kellen.

—Porque las instituciones grandes mienten mal.

Kellen arqueó una ceja. —Eso suena como algo que dirías antes de ser encarcelado.

—Lo dije antes de ser encarcelado.

Edric continuó: —Cuando una persona miente, puede recordar su versión. Cuando cien funcionarios intentan ocultar la misma cosa, uno cambia una cifra, otro olvida un sello y un tercero paga una carreta dos veces. Mirasol está lleno de esas pequeñas contradicciones.

Ridley miró a Fïrn. El joven parecía estar memorizando cada palabra.

—¿Tus notas?

La expresión de Edric se endureció. —Confiscadas.

—¿Dónde?

—En una caja que probablemente estén abriendo mientras hablamos.

Ridley apoyó la espalda contra la pared. —Entonces solo tenemos tu memoria.

Edric lo observó. —Es una forma desagradable de decirlo, pero sí.

Kellen consiguió abrir el primer brazal y el hierro cayó sobre la mesa. Edric cerró los ojos mientras se frotaba la muñeca quemada. La pequeña bolsa de Blaid chocó contra su cinturón.

Edric abrió los ojos y miró primero hacia el sonido y después hacia él. —¿Qué sacaste de la red? —Blaid no se movió. Ridley giró la cabeza.

El tiefling cerró los ojos un instante. —Sabía que esto iba a volver. Edric se incorporó.

—¿Sacaste una pieza del sistema de supresión?

—Una cuenta.

—¿De cuarzo?

—No.

La atención del mago se volvió completa. —Enséñamela.

Blaid sonrió sin humor. —Has recuperado la autoridad con una velocidad admirable.

—No es autoridad. Es miedo.

Kellen dejó las herramientas. —Eso suena interesante.

Blaid lo miró antes de introducir la mano izquierda en la bolsa y dejar caer la cuenta negra sobre la palma. A la luz de las lámparas parecía absorber parte del brillo que la rodeaba. Edric no intentó tocarla. Eso consiguió que Blaid lo respetara un poco más. —La he visto dibujada.

Ridley se inclinó. —¿Dónde?

—Entre objetos confiscados. Inventarios de redes intervenidas, quizá. No recuerdo el documento exacto.

Blaid cerró los dedos alrededor de la cuenta. —¿Es de la Luz Púlida?

Edric negó. —No debería estar ahí.

Kellen miró la pieza. —¿Qué significa «no debería»?

—Las redes de supresión de la Luz Púlida usan cuarzo consagrado, trazos de conducción y sellos de Vardren. Pueden cambiar de forma, pero no necesitan eso.

Fïrn miró la bolsa. —Entonces alguien modificó la red.

—Eso parece.

—¿Para qué?