Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 5 #3
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Blaid introdujo otra vez el cuchillo. La Presencia seguía sin hablar, pero de algún modo supo dónde ejercer presión.

No comprendía cómo y, precisamente por eso, la certeza le resultó peor que recibir una orden.

Empujó. La placa se desprendió y dejó al descubierto una cuenta negra incrustada entre dos fragmentos de cuarzo. No reflejaba la luz de las lámparas.

Blaid sintió frío en la palma. —Esa es —murmuró Gared desde el otro lado.

Ridley se acercó. —¿Qué hace?

—No lo sé.

—¿Puedes quitarla?

Blaid observó los filamentos que entraban y salían de la pieza. Podía hacerlo. No sabía cómo sabía que podía. —Sí.

Fïrn lo miró de lado. —¿Y deberías?

Blaid sonrió sin humor. —Esa pregunta empieza a llegar tarde con demasiada frecuencia.

Introdujo la punta del cuchillo bajo la cuenta.

La Presencia se acercó. No cierres. El recuerdo del juramento le llegó completo.

Blaid apretó los dientes. Aquello no había sido una casualidad y tampoco estaba dispuesto a fingir que comprendía sus consecuencias.

Giró el cuchillo. La cuenta salió de su alojamiento y el corredor se volvió blanco.

La descarga recorrió la hoja, entró por la mano derecha y le atravesó el brazo hasta el codo.

Blaid sintió un golpe seco en el interior de la extremidad y perdió durante un instante la capacidad de respirar.

Cayó sobre una rodilla y Fïrn lo agarró por el hombro.

—Blaid.

—Estoy bien.

Fïrn miró la mano, que no terminaba de cerrarse. —Has dicho eso demasiado deprisa.

Blaid intentó mover los dedos. El índice respondió con retraso y el corazón apenas lo hizo. Ridley vio el movimiento. —¿Puedes usarla?

Blaid volvió a intentarlo. —Tengo otra. —Ridley endureció la expresión.

—No te he preguntado cuántas manos tienes.

Blaid no respondió.

Paf Paf extendió la suya. —Dame la cuenta.

Blaid miró la pieza negra sobre el suelo y la reacción dentro de él fue inmediata. No. La recogió con la izquierda. —La guardaré yo. —Ridley dio un paso.

—¿Por qué?

Blaid abrió una pequeña bolsa del cinturón y dejó caer la pieza dentro. —Después lo discutimos.

Ridley soltó aire por la nariz. —Odio esa palabra.

—Lo sé.

Fïrn observó la red. Las líneas azules habían perdido intensidad en un tramo del arco. No se habían apagado por completo, pero había una zona suficientemente ancha para que una persona pasara sin que el pulso de los cristales se mantuviera estable.

—Sea lo que sea que has hecho, no durará mucho.

Blaid se puso de pie con el brazo derecho ardiéndole desde la muñeca hasta el hombro.

Cruzaron. La sensación resultó desagradable incluso sin utilizar magia.

Blaid sintió la red como una presión sobre la piel, algo buscando en él sin terminar de encontrarlo.

Cuando pasó Fïrn, varios cuarzos parpadearon aunque el joven no había tocado el Tejido ni intentado utilizar la Armonía, y solo después las luces volvieron a estabilizarse.

Al otro lado comenzaba el corredor de las celdas.

Había siete, y las seis primeras parecían ocupadas.

Blaid distinguió una figura tumbada bajo una manta, dos manos aferradas a unos barrotes y el rostro de una anciana que los observó pasar sin preguntar quiénes eran.

Ninguno pidió ayuda. Aquello le pareció peor.

Ridley se detuvo frente a la séptima celda.

Un hombre estaba sentado en el borde de un catre.

Tendría algo más de cuarenta años, aunque las últimas semanas parecían haber añadido varios.

Llevaba el cabello oscuro pegado al cráneo por el sudor, una barba irregular cubriéndole la mandíbula y manchas de sangre seca en la camisa abierta a la altura del cuello.

Dos brazales de hierro negro rodeaban sus muñecas y de ellos partía una cadena unida a un anclaje en la pared.

La piel bajo el metal estaba quemada. El hombre levantó los ojos sin mostrar sorpresa. Ridley se acercó a los barrotes. —Edric Thorne. El prisionero lo estudió.

—A veces. —Fïrn se situó junto a Ridley.

—Kellen nos ha enviado.

Edric suspiró. —Entonces está empeorando. —Paf Paf sacó las llaves de Gared.

—Ha pagado.

Edric levantó una ceja. —Eso confirma mi diagnóstico.

Blaid miró al mago. —Cuarenta de ochenta.

Edric apoyó las manos encadenadas sobre las rodillas. —Definitivamente está empeorando.

Ridley tomó las llaves. —Podéis poneros al día cuando salgamos.

—Una ambición razonable.

La tercera llave abrió la celda y Paf Paf entró primero. Edric intentó ponerse en pie, pero una pierna cedió; el goliat dio un paso para sujetarlo y el mago levantó una mano.

—Puedo andar.

Paf Paf miró la cadena que todavía lo unía a la pared.

—No mucho.

Edric siguió su mirada. —El alcaide tiene la llave de los brazales.

Ridley miró hacia la escalera.

—El alcaide está a punto de volver.

—Entonces os recomiendo no esperar a que me la entregue.

Blaid entró en la celda y examinó el anclaje. La cadena no formaba parte de la estructura original, sino que había sido introducida en un bloque de piedra nuevo atravesado por las mismas líneas azules que recorrían el corredor.

—Está conectado a la red.

Paf Paf sujetó la cadena. —¿Puedes pararla?

—No del todo. Puedo decirte por dónde circula, pero no deshacerla sin saber qué han cambiado.

El goliat probó el peso del anclaje. —Entonces rápido.

Blaid lo miró. —Eso no es un plan.

—Sí.

Antes de que pudieran seguir discutiendo, Ridley se agachó frente a Edric. —Necesito preguntarte algo antes de sacarte de aquí.

El mago alzó los ojos. —Por supuesto. El interrogatorio de rescate. Una tradición poco utilizada.

Ridley no sonrió. —Solrrak Der.

El nombre alteró el aire de la celda. Edric no contestó de inmediato y Blaid alcanzó a ver esperanza en el rostro de Ridley antes de que pudiera esconderla. El mago negó despacio. —No recuerdo ese nombre. Ridley apretó la mandíbula. —Kellen dijo que investigabas traslados de Beregost.

—Los investigaba. Guardias, estudiosos, alumnos, funcionarios. Cientos de personas.

—¿Trasladados vivos?

Edric sostuvo su mirada. —Algunos. —Ridley no consiguió ocultar la decepción.

Fïrn se había quedado junto a la puerta, como si acercarse demasiado pudiera alterar la respuesta. —¿Aria?

Solo pronunció el nombre. Edric volvió la cabeza y esta vez hubo algo, no reconocimiento completo, sino una pausa pequeña. Fïrn la vio. —¿Qué?

El mago frunció el ceño mientras buscaba en la memoria. —Ese nombre… Fïrn dio un paso.

—¿Lo has visto?

—Puede ser.

Ridley miró a Edric.

—¿Puede?

—He leído demasiadas órdenes en los últimos meses: listas de traslado, inventarios, declaraciones de custodia. Creo que vi ese nombre en una relación vinculada a Beregost, pero no recuerdo en qué contexto.

Fïrn permaneció inmóvil. —¿Estaba viva?

Edric eligió las palabras antes de contestar. —No sé si lo que vi era una orden de traslado, una referencia anterior o el anexo de otro expediente. Mis notas no están aquí y no voy a inventar el resto para conseguir que me saquéis de esta celda.

Fïrn bajó la mirada. No era una respuesta y, precisamente por eso, Blaid creyó al mago. Paf Paf envolvió la cadena alrededor de las manos. —Ya preguntamos.

Edric lo miró. —Una forma admirablemente poco sentimental de terminar la conversación.

—Hay que salir.

—También lógica.

Blaid se apartó del anclaje. —Cuando tires, la red reaccionará.

Paf Paf apoyó un pie contra la pared. —¿Mucho?

—No lo sé.

—Bien.

—No he dicho que sea poco.

Paf Paf ajustó las manos. —No cambia.

Blaid iba a responder cuando sonó la campana.

No era la comercial. Aquel tañido era más grave y parecía llegar desde el centro de la ciudad.

Al segundo, Ridley estaba mirando hacia el corredor.

Al tercero, Edric había dejado de sonreír y arriba empezaban a moverse botas.

Paf Paf tiró. La cadena se tensó y el anclaje resistió.

El goliat cambió la posición de los pies, bajó el centro de gravedad y volvió a cargar contra él; el hombro derecho se desplazó apenas hacia atrás y Blaid vio cómo endurecía el rostro.

—Usa el otro brazo.

—Uso los dos.

—Ese hombro…

—Sigue aquí.

El cuarto golpe de la campana llegó desde el templo y, desde arriba, alguien pronunció el nombre de Gared. Paf Paf tiró otra vez.

La piedra crujió. Edric apretó los dientes cuando los brazales empezaron a calentarse. —Otra vez.

Paf Paf soltó un gruñido y el bloque salió de la pared con un estallido de cal y fragmentos de piedra.

La cadena cayó al suelo y todas las líneas azules del corredor se encendieron de golpe.

Un sonido agudo atravesó las celdas, no como una campana, sino como si el edificio entero hubiera descubierto que algo se había roto en su interior. Ridley desenvainó. —Nos vamos.

Edric consiguió ponerse en pie, aunque la rodilla volvió a fallarle casi de inmediato. Paf Paf lo sujetó por el torso. —He dicho que puedo andar.

—Después.

Edric dejó escapar aire. —Empiezo a detectar un patrón en vuestro grupo.

El primer guardia apareció al fondo del corredor con un escudo rectangular, una espada corta y un rosario de cuarzo enrollado alrededor de la muñeca.

—¡Intrusos abajo!

Ridley chocó contra él antes de que terminara de gritar.

El escudo golpeó el pecho del guardia y lo obligó a retroceder, pero el hombre respondió desde abajo con la espada y Ridley giró tarde.

La hoja le abrió el muslo izquierdo. El dolor llegó caliente, aunque no le impidió descargar el borde del escudo contra la mandíbula del guardia y lanzarlo contra la pared.

Otro hombre apareció detrás. Blaid desenvainó con la izquierda.

El gesto fue más lento de lo habitual y el guardia lo vio, atacando hacia el lado derecho que parecía desprotegido.

Blaid intentó reaccionar por costumbre con la mano dañada, pero los dedos no cerraron y perdió medio instante. Fue suficiente.

El filo enemigo rozó su manga y Blaid retrocedió, obligándose a cambiar por completo la guardia hacia la izquierda. —Excelente. Esta noche continúa mejorando.