Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 5 #2
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El pasillo superior olía a cal húmeda, aceite y algo metálico que Ridley había aprendido a asociar con lugares donde se limpiaba sangre con demasiada frecuencia.

Las paredes estaban encaladas y una línea azul recorría el suelo hasta desaparecer bajo un arco al fondo.

Había tres puertas: una conducía al drenaje, otra quedaba frente a ellos y la tercera estaba junto a una escalera que ascendía hacia las plantas superiores.

Blaid observó la línea azul. —No la piséis.

Ridley bajó la vista. —¿Supresión?

—Parte de ella.

Fïrn se agachó sin tocar el suelo. —No vibra.

Blaid no apartó la mirada del arco. —Eso es precisamente lo que debería preocuparnos.

Un ruido de llaves llegó desde la escalera y Ridley levantó el escudo.

Un muchacho dobló la esquina. Tendría diecisiete o dieciocho años, la barba le crecía de forma irregular y el uniforme de la Luz Púlida le quedaba demasiado grande en los hombros.

Llevaba un manojo de llaves en una mano y una porra de madera en la otra.

Se quedó inmóvil al verlos y, durante un segundo, nadie hizo nada. Después intentó levantar la porra.

Paf Paf cruzó la distancia antes de que terminara el gesto, lo sujetó por ambos antebrazos y lo apoyó contra la pared sin golpearlo. La porra cayó al suelo.

—No grites —dijo Ridley.

El joven respiraba demasiado deprisa. —¿Quién… quiénes sois?

Ridley recogió la porra y la dejó sobre una mesa lateral. —¿Cómo te llamas?

—No voy a…

Paf Paf redujo apenas la presión. El muchacho miró al goliat. —Gared.

Ridley mantuvo la voz baja. —Bien, Gared. No queremos hacerte daño. Si colaboras, te ataremos y seguiremos nuestro camino.

Gared recorrió al grupo con la mirada y se detuvo finalmente en los cuernos de Blaid. Parte del color abandonó su rostro. —Mago. —Blaid siguió la dirección de sus ojos.

—No todos los tieflings practican magia. —Gared tragó saliva.

—Tú sí.

Blaid no respondió. Ridley se colocó entre ambos.

—¿Cuántos guardias hay arriba?

Gared negó con la cabeza. —No puedo decíroslo.

—No te he preguntado si puedes.

—Me matarán.

Ridley vio que no estaba exagerando. Las manos del muchacho temblaban dentro de las de Paf Paf y ni siquiera parecía recordar que podía intentar liberarse. —Hoy es mi segundo día —añadió—. No sé nada.

Blaid miró el uniforme. —Eso explica las mangas.

Gared bajó los ojos hacia las bocamangas, que le cubrían parte de las manos.

Ridley no permitió que la conversación se desviara. —Segundo día o no, sabes cuánta gente has visto aquí.

El muchacho necesitó varias respiraciones antes de contestar. —Seis arriba. A veces siete. Dos en el colector.

Fïrn miró hacia la trampilla. —Esos dos ya los conocemos.

Gared cerró los ojos. —El alcaide y los otros.

Ridley se acercó un poco. —¿Qué otros?

—Los escribientes.

Blaid giró la cabeza. —¿Qué escribientes?

—No sé sus nombres.

—No te he preguntado cómo se llaman.

Gared dudó antes de mirar hacia el arco azul. —Llegaron después del prisionero. Cambiaron las marcas del corredor y pusieron piedras nuevas en las paredes. El alcaide dijo que venían del templo.

Blaid se acercó al arco sin cruzar la línea. —¿Qué piedras?

—Cuarzo. Trozos pequeños. Un hombre los colocaba y la mujer escribía encima.

Fïrn observó las paredes con más atención. A simple vista eran blancas, pero entre las juntas aparecían pequeños cristales transparentes unidos por trazos de tinta azul tan finos que podían confundirse con grietas.

—Eso no lo hizo un albañil.

Gared negó. —Llevaban túnicas de escribas, pero uno tenía un rosario del templo. Y había una piedra distinta.

Blaid dejó de mirar los cuarzos. —¿Distinta cómo?

—Negra. Una cuenta, como las de un rosario. La pusieron aquí —dijo, señalando hacia el arco—. Después el alcaide hizo salir a todos.

Blaid no respondió. Ridley sí. —Edric Thorne. ¿Está en la celda siete? —Gared miró hacia el arco y guardó silencio. Paf Paf siguió sus ojos.

—Sí. —El muchacho apretó la boca. Ridley ya tenía suficiente.

—¿Cuándo vuelve el alcaide?

—Con la cuarta campana.

Fïrn levantó la cabeza. —Todavía no ha sonado.

Gared lo miró. —¿Cuál? —Ridley sintió frío bajo la piel.

—La cuarta.

—Sí, pero ¿cuál?

Blaid respondió antes que nadie. —Hay más de una.

Gared asintió. —El alcaide sigue la del templo.

Ridley miró a Fïrn. La campana que ellos habían utilizado para medir el tiempo era la comercial, la que regulaba cierres de mercado y determinados cambios de puesto.

—Kellen nos habló de la comercial —dijo Blaid.

Fïrn se acercó a una pequeña ventana elevada y escuchó. Muy lejos, amortiguado por la lluvia, sonó un tañido y después otro, grave y regular. Gared miró una clepsidra sobre la mesa. —La del templo va antes.

Ridley intentó recalcular la distancia hasta Edric, el tiempo necesario para sacarlo y el camino de vuelta, pero el cálculo dejó de servir antes de terminar. Ya no tenían una hora concreta; tenían lo que faltase hasta una campana que Kellen ni siquiera había tenido en cuenta.

—¿Cuánto? —preguntó.

Gared miró la clepsidra. —Menos de lo que creéis.

Ridley cerró los ojos un instante. —¿Hay otra salida? Si el drenaje queda bloqueado, ¿qué tenemos?

Gared señaló más allá del arco. —Hay una compuerta de limpieza detrás de las celdas.

—¿Sale al río?

—Creo que sí.

—¿Cómo se abre?

—Con una rueda en el corredor superior.

Ridley miró la escalera.

—Junto al alcaide.

Gared asintió. —Sí. —Blaid exhaló lentamente.

—Naturalmente.

Ridley cogió una cuerda de un estante. Gared vio lo que hacía. —Si me atáis y no doy la alarma, sabrán que os he ayudado. —Ridley se detuvo. Tenía razón.

—Diremos que te sorprendimos.

—¿Y van a creerlo?

Paf Paf observó al muchacho. —Tiene que parecer verdad.

Gared se volvió hacia él con alarma. —¿Qué significa eso?

—Que estarás atado.

—Ya había entendido esa parte.

Paf Paf soltó uno de sus brazos para coger la cuerda. —Y asustado.

Gared dejó escapar una risa breve y seca. —Eso no hace falta fingirlo.

Paf Paf asintió. —Mejor.

Ridley ató primero las muñecas y después los tobillos, apretando lo suficiente para que los nudos resistieran aunque comprobó que podía introducir un dedo entre la cuerda y la piel. Gared observó el gesto. —¿Por qué hacéis esto?

Ridley levantó la vista. —¿Entrar en una prisión?

—No matarme.

La pregunta lo sorprendió. Ridley miró el uniforme demasiado grande, la barba que todavía no sabía crecer y el símbolo de la Luz Púlida cosido sobre el pecho. Pensó en Beregost, en hombres vestidos de blanco avanzando entre el fuego, pero no respondió con aquello.

—Porque no hace falta.

Gared bajó la cabeza.

Ridley terminó los nudos. —Cuando dejes de oírnos, grita. Di que te sorprendimos saliendo del drenaje y no inventes más de lo necesario.

El muchacho levantó los ojos. —¿Me estás enseñando a mentir a mi alcaide?

—Te estoy diciendo cómo seguir vivo.

Paf Paf se agachó junto a él. —Hazlo simple.

—¿Simple?

—La verdad complicada parece mentira.

Fïrn arqueó una ceja. —Eso ha sido sorprendentemente filosófico.

Paf Paf lo miró. —No.

Ridley dejó escapar una exhalación cercana a una risa y señaló el arco. —Vamos.

Blaid no se movió. Seguía observando la red de cuarzo y, aunque la cuenta negra no podía verse desde allí, Ridley reconoció la forma en que inclinaba la cabeza cuando atendía a algo que los demás no percibían.

—Blaid.

El tiefling levantó una mano. —Un momento.

—No tenemos tiempo.

—Precisamente.

Blaid se arrodilló junto a la línea azul.

La Presencia no pronunció su nombre y habría preferido que lo hiciera, porque las palabras al menos podían rechazarse.

Desde que Gared había mencionado la cuenta negra, una certeza pequeña se había instalado detrás de sus pensamientos: no era una orden ni una promesa, solo un empuje de atención hacia un punto concreto del arco, como si una mano invisible lo obligara a mirar allí.

Siguió aquella dirección. Los cuarzos transparentes formaban una estructura bastante sencilla.

Había estudiado sistemas semejantes años atrás, aunque nunca instalados dentro de una prisión.

Cada cristal recogía parte de la alteración producida cuando alguien intentaba acceder al Tejido y la conducía hacia el siguiente; ninguna pieza hacía demasiado por sí sola, pero juntas convertían el corredor en una superficie contra la que la magia chocaba antes de adquirir forma.

Brutal, aunque comprensible. El problema era la línea adicional.

Blaid acercó el rostro. —Fïrn. El joven se agachó a su lado.

—¿Qué?

—Mira las marcas.

Fïrn observó el muro. —Hay dos escrituras.

—Tres.

Blaid señaló unas incisiones antiguas, casi ocultas bajo la cal. —La primera pertenece a la construcción. La segunda es la red de supresión. Y esto…

Siguió con un dedo, sin tocarla, una serie de trazos añadidos después. Atravesaban varios recorridos de cuarzo y convergían en una pequeña cavidad situada bajo una placa de piedra. Fïrn frunció el ceño. —Parece una corrección.

—Las correcciones suelen intentar mejorar lo que corrigen.

—También pueden cambiar su propósito.

Blaid lo miró. —Eso me preocupa más. —Ridley se impacientó detrás de ellos.

—¿Podemos cruzar?

—Sí.

—¿Cómo?

Blaid volvió a estudiar la red. —Esa es una pregunta distinta.

Su atención regresó hacia la cavidad. Sacó un cuchillo estrecho del cinturón y metió la punta en la junta de la placa. Ridley dio un paso. —¿Qué haces?

—Intento averiguar qué añadieron.

—¿Ahora?

—Si está conectado a una alarma, prefiero descubrirlo antes de atravesarla.

La piedra cedió apenas y una línea violeta apareció durante un instante sobre los nudillos de Blaid. No provenía del muro. Retiró la mano. Ridley lo había visto. —¿Eso ha sido tuyo? Blaid tardó un segundo.

—En parte.

Fïrn miró su mano. —Respuesta tranquilizadora.

—No era para ti.