Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 5
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La lluvia había convertido las escaleras de los tintoreros en una sucesión de trampas.

Ridley descendía de lado, apoyando una mano contra el muro y procurando que el escudo no golpeara los peldaños.

La piedra estaba cubierta por una película de agua teñida de azul, rojo y amarillo, restos de los talleres que durante generaciones habían arrojado desperdicios hacia los canales bajos de Eltarion.

A aquella hora, con las tiendas cerradas y las chimeneas reducidas a columnas débiles de humo, los colores se mezclaban en los charcos hasta adquirir el aspecto sucio de un barro que nadie habría querido tocar.

Paf Paf iba delante. El terreno mojado no parecía preocuparle, aunque desde que habían abandonado el Último Redil llevaba el mazo apoyado sobre el hombro izquierdo.

Blaid caminaba detrás de Ridley, oculto en parte por la capa que Elara había ajustado alrededor de sus cuernos, y Fïrn cerraba la marcha con el laúd protegido bajo la tela y la cabeza inclinada contra la lluvia.

Ridley no había dejado de pensar en el mapa.

Lo llevaba doblado bajo el jubón, pegado al pecho, y podía reconstruirlo sin necesidad de sacarlo: las escaleras de los tintoreros, el canal occidental, dos puentes, una conducción antigua enterrada bajo los almacenes y, al final, una reja que Kellen aseguraba que abriría con la llave que ahora guardaba Paf Paf.

Después empezaban las partes menos tranquilizadoras: una segunda reja, una sala de guardia, entre seis y diez hombres en el edificio y una cárcel entera alrededor.

Había aceptado planes mejores. También algunos peores, aunque la mayoría de aquellos habían pertenecido a Solrrak.

Llegaron al final de las escaleras. La calle terminaba junto a un canal estrecho encerrado entre dos muros de piedra; la corriente discurría varios pasos por debajo del pavimento y desaparecía bajo una bóveda tan antigua que algunas dovelas conservaban marcas de cantero que Ridley no reconoció.

Fïrn sí reparó en ellas. Se agachó junto al borde y acercó los dedos a uno de los signos sin tocarlo. —Esto es anterior a las murallas.

Ridley observó la boca del conducto. —¿Cuánto?

—No lo sé. El símbolo no pertenece a ninguno de los gremios que he visto en la ciudad. Y mira la unión: construyeron el muro nuevo directamente encima.

Blaid se inclinó sobre su hombro. —Eltarion parece haber solucionado varios siglos de urbanismo colocando cosas nuevas sobre las antiguas.

—Es una forma eficiente de esconder errores —dijo Fïrn.

—O de conservarlos.

Ridley señaló la bóveda. —Podéis discutir sobre arqueología cuando no tengamos una campana persiguiéndonos. —Fïrn se incorporó.

—No era una discusión.

—Todavía.

Paf Paf ya había bajado por una pequeña rampa hasta la corriente. Se agachó, observó las manchas de humedad sobre la pared y después introdujo dos dedos en el agua. Ridley descendió tras él.

—¿Qué ocurre?

El goliat señaló una línea oscura que recorría el muro algo por encima de su cintura. —Ha bajado deprisa.

—Eso era lo previsto.

Paf Paf negó. —Volverá antes.

Ridley estudió las marcas, que para él no eran mucho más que humedad sobre piedra. —¿Por qué?

Paf Paf señaló varias hojas atrapadas en una grieta bastante por encima del nivel actual y después la espuma que todavía se acumulaba contra una roca. Fïrn comprendió primero.

—Han cerrado una compuerta, pero el agua sigue presionando desde arriba.

Paf Paf asintió. Ridley repasó mentalmente la hora que Kellen les había dado. —¿Cuánto antes? El goliat se encogió de hombros.

—Antes.

Era exactamente la clase de precisión que Ridley había esperado de aquella noche.

Entraron en el conducto. El agua les llegaba algo por debajo de las rodillas y estaba lo bastante fría para atravesar las botas en pocos pasos.

La bóveda descendió hasta obligar a Paf Paf a inclinar la cabeza; había barro acumulado en los laterales, raíces atravesando la mampostería y pequeños canales secundarios que desaparecían bajo edificios de los que solo alcanzaban a ver los cimientos.

Desde debajo, Eltarion parecía otra ciudad.

Arriba eran templos, mercados, balcones y patrullas; allí abajo quedaba piedra vieja sosteniendo piedra nueva, el rumor del agua y tuberías que goteaban con intervalos regulares.

Ridley encontró la primera reja exactamente donde Kellen la había dibujado.

Estaba medio oculta tras una curva y cerraba el conducto de lado a lado con barrotes verticales cubiertos de óxido.

Un candado mucho más reciente sujetaba una cadena alrededor de dos de ellos. Paf Paf sacó la llave.

Blaid miró el candado. —Si no abre, propongo dedicar nuestros últimos minutos de libertad a redactar una carta especialmente desagradable a Kellen.

Ridley se volvió hacia él. —Fïrn puede escribirla.

—Ya estoy pensando el comienzo —dijo el bardo.

La llave giró y Paf Paf retiró el candado. Fïrn dejó escapar un suspiro. —Qué decepción.

Ridley abrió la reja lo suficiente para que pasaran. —Puedes escribirle igualmente.

—Pierde fuerza si sobrevivimos.

La cerraron detrás sin volver a colocar el candado.

Ridley prefería disponer de una retirada rápida si las cosas empezaban a torcerse antes incluso de entrar en la prisión.

El conducto se dividió poco después. Según el mapa, debían seguir el ramal izquierdo hasta una segunda reja situada bajo la zona de servicio.

Allí Kellen había dibujado dos pequeñas cruces.

Los guardias. Ridley levantó el puño y todos se detuvieron.

Desde delante llegaban voces. —…te digo que el alcaide no va a bajar.

—Dijiste lo mismo ayer.

—Y no bajó.

—Porque estaba en el templo.

—Pues hoy también puede estarlo.

Ridley avanzó hasta la curva y se asomó apenas.

La segunda reja estaba a unos quince pasos.

Al otro lado había una cámara de mantenimiento iluminada por dos lámparas; uno de los guardias permanecía sentado junto a una mesa estrecha y el otro estaba apoyado contra la pared.

Ambos vestían capas claras sobre jubones de cuero y llevaban espadas cortas.

En la pared derecha había una palanca. Ridley retrocedió. —La palanca está al otro lado.

Blaid bajó la voz. —Kellen tuvo la amabilidad de mencionarlo.

—Mencionarlo no es resolverlo.

Fïrn seguía mirando hacia el ramal derecho. —Callad un momento.

Ridley lo miró. —Estamos callados.

—Tú haces ruido incluso cuando no hablas.

Blaid inclinó ligeramente la cabeza hacia el escudo. —Es eso.

Ridley decidió ignorarlos. Fïrn se acercó al cruce y dio una palmada muy suave. El sonido recorrió el ramal derecho, rebotó en algún punto lejano y regresó deformado. Repitió el gesto con los ojos cerrados.

—Hay otra cámara ahí dentro.

Ridley miró hacia la oscuridad.

—¿Lo ves con las orejas?

—No exactamente. La bóveda cambia dos veces y después se abre. El eco tarda más de lo que debería.

Blaid comprendió. —Quieres que crean que hay alguien en ese ramal.

—Quiero que escuchen algo donde esperan no escuchar nada.

Ridley volvió a mirar hacia la reja. —¿Y después? —Fïrn recogió una pequeña piedra del agua.

—Necesitamos que uno abra.

Ridley observó a los guardias. Si uno salía a comprobar el ruido, tendría que accionar la palanca. —Hazlo.

Fïrn no lanzó la piedra directamente. La golpeó contra el borde de la bóveda con un movimiento seco y el proyectil salió despedido hacia el ramal derecho.

El primer impacto fue pequeño, el segundo sonó bastante más lejos y después llegó un tercero que Fïrn no había provocado.

Pareció el golpe de algo pesado contra metal.

Los dos guardias callaron. —¿Has oído eso?

—preguntó el que estaba sentado. Su compañero se separó de la pared.

—Ratas. —Otro eco recorrió el conducto.

El guardia miró hacia la oscuridad. —Las ratas no llevan botas. Ridley dirigió una mirada a Fïrn, que sonrió apenas. Uno de los hombres cogió una lámpara.

—Voy a mirar.

—Espera.

El otro se levantó y accionó la palanca.

La reja comenzó a subir con un gemido de cadenas.

Ridley hizo un gesto y Paf Paf se adelantó.

Esperó hasta que el guardia de la lámpara cruzó la abertura y lo atrapó antes de que pudiera gritar, una mano sobre la boca y la otra inmovilizándolo contra el muro, mientras Ridley pasaba por debajo de la reja todavía en movimiento.

El segundo guardia alcanzó la empuñadura, pero Blaid apareció detrás de Ridley y apoyó el filo de su espada contra la muñeca del hombre. —No merece la pena.

El guardia miró la hoja, después el escudo de Ridley y finalmente a Paf Paf, que sostenía a su compañero como si pesara bastante menos que la lámpara que había dejado caer.

Tomó una decisión razonable y soltó el arma.

Ridley exhaló. —Al suelo. Los dos. Paf Paf permitió que el primero se arrodillara.

—Si gritáis, tendremos un problema.

El segundo miró al goliat. —Ya tenéis uno. Blaid recogió su espada.

—No ha dicho que sea el único.

Los ataron con dos correas del equipo. Fïrn recogió la lámpara antes de que la llama prendiera en el aceite derramado y la devolvió a la mesa, mientras Ridley comprobaba la escalera que ascendía hacia una trampilla de hierro.

—¿Qué hay arriba?

El guardia de más edad no respondió. Ridley señaló a su compañero. —Puedo preguntárselo a él.

—La zona de servicio.

—¿Cuántos guardias?

El hombre apretó la mandíbula. —Los suficientes.

Ridley no insistió. Si Kellen se había equivocado también con aquello, encontrarían una fuente mejor más arriba. Accionó la palanca para dejar la reja abierta. Blaid lo vio. —¿Te preocupa la retirada?

Ridley empezó a subir. —Me preocupa todo.

—Eso sí parece una habilidad familiar.