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Ridley iba a protestar que todavía podían conseguir noventa cuando vio la expresión del goliat. Paf Paf ya había decidido dónde estaba el límite. Kellen también lo entendió. —Ochenta y transporte fuera de Eltarion cuando terminemos.
Paf Paf extendió la mano. —Mitad ahora.
—Todavía no habéis hecho nada.
—Vamos a hacerlo.
Kellen arqueó una ceja. —Eso se llama adelanto.
—Sí.
Kellen miró a Ridley en busca de apoyo. Ridley se encogió de hombros. —Yo quería cien.
El joven negó con la cabeza, abrió una bolsa oculta bajo la capa y contó cuarenta soles sobre la mesa. Paf Paf los recogió y volvió a contarlos. Kellen sonrió. —¿Desconfías de mí?
—Sí.
—Estamos progresando.
Paf Paf guardó las monedas.
Kellen señaló el mapa oculto bajo el jubón de Ridley. —La cuarta campana coincide con el cambio de guardia. Tenéis que estar junto al drenaje antes de que termine. Cuando vuelva a subir el caudal, la entrada dejará de ser una opción.
Ridley frunció el ceño. —¿Y tú?
—Estaré en la salida norte, bajo los almacenes de curtidos. Si conseguís sacar a Edric, seguid el canal hasta encontrar una puerta marcada con tres clavos de cobre. No la abráis hasta oír dos golpes.
Blaid levantó una ceja. —¿Y si oímos tres?
—Entonces no soy yo.
—Qué reconfortante.
Kellen se levantó.
Ridley no apartó los ojos de él. —Si esto es una trampa, te encontraré. —Kellen se ajustó los guantes.
—Entonces procuraré que no lo sea.
Se mezcló con dos clientes que acababan de levantarse y pasó junto al músico. Un hombre cruzó entre ellos y, cuando desapareció del campo de visión de Ridley, Kellen ya no estaba. Ridley observó el espacio vacío. —Lo odio.
Fïrn bebió un poco de agua. —Ha sido un día productivo. Vilar por la mañana, Kellen por la noche.
Ridley lo miró. —Procura no presentarme a nadie más.
—No puedo prometer algo tan amplio.
Blaid seguía observando el lugar por el que Kellen había desaparecido. —Si sirve de consuelo, la sensación parece mutua. —Elara apareció desde las cocinas con cuatro capas dobladas sobre los brazos. Ridley se incorporó al verla.
—¿Qué ocurre?
—Una patrulla ha preguntado en la plaza por cuatro viajeros que llegaron hoy al distrito de los curtidores. Uno es un tiefling y otro un goliat.
Paf Paf se miró a sí mismo. —Fácil.
Elara lo observó. —Bastante. —Ridley se puso en pie.
—¿Nos han seguido hasta aquí?
—Si lo hubieran hecho, Gerrik ya habría cerrado la puerta y yo no estaría explicándotelo.
—¿Quién te avisó?
Elara empezó a repartir las capas. —Alguien que prefiere seguir bebiendo aquí. —Ridley entendió que no iba a obtener un nombre. Paf Paf recogió una de las prendas.
—Tordo.
—Korr lo mantendrá dentro hasta que volváis. El establo tiene una salida propia a la calle trasera.
—Comida.
—Tiene.
El goliat asintió, satisfecho.
Fïrn tomó otra capa y se la colocó sobre los hombros. —Podrías habernos avisado antes sobre Kellen.
Elara arqueó una ceja. —Podríais haber preguntado por Kellen antes de sentaros con él.
—Pregunté por la copa de medianoche.
—Eso era una contraseña, no una pregunta.
Fïrn ajustó el broche. —Empiezo a sospechar que en esta taberna las diferencias lingüísticas tienen consecuencias económicas.
—Solo si pides comida.
Ridley cogió su capa. —¿Trabaja para tu padre?
Elara miró hacia la barra, donde Gerrik hablaba con el músico. —Kellen trabaja para Kellen.
—Eso ya lo habíamos deducido.
—Entonces habéis aprendido algo sin pagar.
Fïrn sonrió. —No se lo digas a Paf Paf. Querrá recuperar parte del adelanto.
El goliat negó. —Ya pagó.
Blaid había permanecido junto a la mesa. Tomó la última capa y se la colocó sobre los hombros. Era oscura, con una capucha amplia y un broche de hierro sin adornos. Intentó levantar la capucha. Uno de sus cuernos chocó contra la costura. Elara lo vio. —Espera.
Se acercó antes de que Blaid pudiera responder, soltó el broche y desplazó la capa hacia un lado.
Trabajaba con rapidez práctica, sin la torpeza de alguien que nunca hubiera tenido que ocultar rasgos demasiado reconocibles.
Colocó parte de la tela detrás de uno de los cuernos y volvió a cerrar el broche más abajo.
Blaid permaneció quieto. —Así llamarás menos la atención.
El tiefling recuperó parte de su expresión habitual. —Mis cuernos suelen sabotear ese objetivo.
Elara terminó de acomodar la tela. —No son lo primero que he mirado. Sus manos se detuvieron un instante.
Blaid la observó. —Eso explica poco.
—Era la idea.
Elara dio un paso atrás. Ridley habría esperado una respuesta inmediata.
Blaid siempre tenía alguna: una ironía, una observación incómodamente precisa, cualquier cosa que le permitiera decidir dónde terminaba una conversación.
Esta vez tardó. Fïrn también lo notó. Ridley decidió ahorrarle el problema. —¿Por dónde salimos?
Elara señaló hacia la cocina. Atravesaron una estancia estrecha donde dos mujeres trabajaban junto a un fuego bajo. Una olla hervía sobre las brasas y varias hogazas enfriaban sobre una tabla. Gerrik estaba cortando carne en otra mesa.
Al verlos pasar con las capas, clavó el cuchillo en la madera. —Kellen. No fue una pregunta. Ridley asintió. Gerrik suspiró.
—Ese muchacho va a conseguir que me cierren el negocio.
—¿Lo conoces bien?
—Lo suficiente para saber que nunca aparece cuando quiere algo sencillo.
Elara abrió una puerta junto al almacén. —Padre. Gerrik levantó ambas manos.
—Ya me callo.
—Eso sí sería una novedad.
La puerta daba al patio del establo. La lluvia fina que había empezado al caer la tarde oscurecía los adoquines y convertía los tejados en superficies negras.
Empezó también a apagar el tono cobrizo de la barba de Paf Paf.
El goliat se detuvo al notar el agua sobre el hombro derecho y cambió el peso del mazo hacia el otro lado sin comentar nada.
Korr apareció desde el establo con el arma envuelta en una manta. —Tres soles por… Paf Paf lo miró. Korr decidió no terminar la frase.
Ridley volvió hacia Elara. —¿Cuánto te debemos por las capas?
—Nada.
Blaid se volvió hacia ella. —Eso me preocupa.
—A mí también. Por eso espero que volvamos a vernos.
Fïrn se ajustó la suya. —Una filosofía comercial bastante distinta de la de Vilar.
Elara negó. —No conozco a Vilar.
—Enhorabuena.
Abrió la segunda puerta del patio. Al otro lado, una calle estrecha descendía hacia el río. —Girad a la derecha. No toméis la avenida del puente; hay una patrulla fija desde esta tarde. Las escaleras de los tintoreros bajan hasta el canal sin pasar por el puesto de control.
Ridley asintió. —Gracias.
Paf Paf salió primero y examinó ambos extremos de la calle. Cuando hizo un gesto, Ridley avanzó hacia el umbral. Fïrn pasó junto a Elara. —Cuida del burro.
—Korr cuidará del burro.
Desde el establo llegó una protesta. —¡No hemos acordado eso!
Elara levantó la voz sin volverse. —¡Ahora sí!
Paf Paf asintió. —Bien.
Fïrn soltó una risa y salió bajo la lluvia. Ridley lo siguió. Blaid quedó el último. Elara señaló el borde de su capa. —Procura devolverla.
Blaid miró el broche que ella acababa de colocar. —Haré lo posible.
Elara sostuvo su mirada. —No hablaba solo de la capa. —Blaid se quedó quieto. Por una vez no encontró una respuesta inmediata. Terminó inclinando ligeramente la cabeza.
—Una exigencia razonable.
Elara cerró la puerta cuando salió. Ridley esperó hasta que los cuatro estuvieron juntos.
Bajo el jubón llevaba el croquis de una prisión que no conocía.
Paf Paf guardaba una llave y cuarenta soles de un hombre en quien ninguno confiaba.
La lluvia empezaba a filtrarse por el cuello de su capa y, en algún punto más abajo, el Arenthil golpeaba los muros de la ciudad.
La cuarta campana todavía no había sonado.
Tenían tiempo suficiente para llegar al drenaje si no se equivocaban de calle y muy poco si aparecía una patrulla.
Ridley echó a andar hacia el río. Paf Paf ocupó su izquierda, Fïrn aseguró el laúd bajo la capa y Blaid los alcanzó unos pasos después. La puerta del Último Redil se cerró a sus espaldas.