Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 4 #3
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—Tampoco puedo confirmarlo. —Fïrn bajó los ojos hacia la mesa. Blaid rompió el silencio.

—Entonces eso es lo que estás haciendo.

Kellen frunció ligeramente el ceño. —¿El qué?

—No has pronunciado sus nombres ni has prometido que Edric sepa nada sobre ellos, pero sabías que, en cuanto mencionaras Beregost y los traslados, nosotros haríamos el resto.

Kellen sostuvo su mirada. —Esperaba que os importara.

Blaid se inclinó hacia delante. —Eso no es lo que he dicho. Sabías qué pregunta iba a hacer Ridley y sabías cuál iba a hacer Fïrn. No necesitabas utilizar los nombres porque nosotros íbamos a ponerlos sobre la mesa por ti. —Kellen no intentó negarlo.

—Sí. Sabía que podía ocurrir.

Fïrn levantó la cabeza. —Podrías mostrar al menos algo de vergüenza.

Kellen retiró lentamente las manos de la mesa.

—Edric me salvó la vida. Ahora está encerrado y yo no puedo sacarlo.

Busqué gente capaz de hacerlo y, cuando me dijeron quiénes erais, comprendí que lo que investigaba podía interesaros tanto como a mí.

No os he prometido que tenga a Solrrak ni a Aria en una lista porque no sé si es cierto, pero tampoco voy a fingir que no sabía que Beregost podía hacer que me escucharais. —Blaid no apartó los ojos.

—Manipulación.

Kellen inclinó apenas la cabeza. —Sí. La aceptación pareció irritar a Blaid más que cualquier defensa.

Ridley intervino antes de que la conversación pudiera atascarse allí. —¿Por qué no puedes entrar tú?

—Porque la Luz Púlida conoce mi cara y porque hay personas dentro de ese edificio que me reconocerían antes de que pudiera acercarme a Edric. También porque soy mejor consiguiendo información que abriendo puertas con seis guardias detrás.

Blaid ladeó la cabeza. —Entre seis y diez, imagino.

Kellen lo miró con cierta sorpresa. —Entre seis y diez.

—Siempre hay un intervalo desagradable.

Kellen sacó un papel doblado del interior de la capa y lo extendió sobre la mesa.

Era un croquis del edificio. Ridley lo giró hacia sí.

La prisión ocupaba un rectángulo junto al río.

Una entrada principal daba a una plaza interior; una escalera lateral bajaba hacia una zona de servicio y, bajo ambas, un canal atravesaba los cimientos.

—La cárcel fluvial —explicó Kellen—. La construyeron cuando Eltarion todavía utilizaba los canales bajos para limpiar buena parte del distrito oriental. La ciudad dejó de usar la mitad de ellos hace años. La Luz Púlida encontró un uso nuevo para este.

Señaló el drenaje. —Hay una compuerta río arriba. Durante el cambio de guardia reducen el caudal para limpiar las rejillas. Tendréis algo menos de una hora en la que este conducto puede recorrerse sin que el agua os llegue al pecho.

Paf Paf se inclinó sobre el mapa y señaló el primer acceso. —Reja.

Kellen sacó una pequeña llave y la dejó sobre el papel. —Abre el candado exterior. —Ridley siguió la línea hasta una segunda marca.

—¿Y esta?

—Otra reja.

Ridley levantó la mirada. —¿Otra llave?

—No. Esa se abre mediante una palanca en la sala de guardia.

Blaid alzó los ojos del mapa. —Eso parece una dificultad digna de haber aparecido antes.

—Todavía estamos en la explicación.

Ridley estudió el recorrido. —¿Cuántos hombres hay abajo?

—Dos durante el cambio. El resto suele permanecer en la planta superior.

—Has dicho entre seis y diez en total.

Kellen asintió. —Mi fuente contó ocho al anochecer. Dos salieron después. No sabe si regresaron.

Ridley apoyó el índice sobre el mapa. —Entonces seis como mínimo y diez como máximo.

—Sí.

—¿Edric?

Kellen indicó la última celda de la hilera. —Siete. —Fïrn contó las marcas.

—Hay otras seis.

—Sí.

—¿Quién está dentro?

Kellen negó. —No lo sé.

Fïrn levantó la vista. —¿Y no te interesa?

—Me interesa mucho. No tener una respuesta y no quererla son cosas distintas.

Blaid recorrió las líneas del croquis. —Entramos por un conducto que puede volver a llenarse de agua, atravesamos una reja cuya apertura depende de una sala de guardia situada al otro lado, encontramos una celda concreta dentro de una prisión con un número variable de hombres y regresamos antes de que cambie el caudal.

Kellen asintió. —Esa es la versión poco optimista.

—Es la versión que contiene todos los hechos.

Ridley siguió estudiando el dibujo. —¿Qué ocurre si no podemos volver por el drenaje?

Kellen señaló el extremo norte del edificio. —Aquí existe un corredor de servicio que comunica con los almacenes de curtidos. La puerta exterior debería permanecer cerrada, pero yo estaré al otro lado con transporte. Ridley se detuvo en una palabra. —«Debería».

—No voy a prometerte cosas que no controlo.

Blaid apartó la vista del mapa. —Yo digo que no.

Ridley levantó la cabeza.

El tono del tiefling no contenía ironía.

—Alguien que no conocemos envía una nota demostrando que sabe quiénes somos.

Esa nota nos lleva a una ciudad donde la Luz Púlida controla los accesos.

Aquí encontramos a un hombre que tampoco conoce al remitente y que nos propone entrar en una prisión utilizando información incompleta.

Puede ser cierto todo lo que ha dicho y seguir siendo una trampa.

Kellen asintió. —Puede.

Blaid lo señaló. —Eso no te ayuda.

—No intento ayudar a tu argumento. Intento no mentirte.

Blaid se volvió hacia Ridley. —La Luz Púlida sabe que existen supervivientes de Beregost. Si alguien ha averiguado nuestros nombres, también puede haber preparado algo para nosotros.

Entrar voluntariamente en uno de sus edificios les ahorraría bastante trabajo.

—Ridley sabía que tenía razón. Eso era precisamente lo peor. Miró a Fïrn.

—¿Tú qué piensas?

Fïrn tardó en responder. Tenía la vista fija en la pequeña marca de la celda siete. —Que Blaid tiene razón.

El tiefling arqueó una ceja, pero Fïrn continuó antes de que pudiera intervenir.

—La nota es sospechosa. Kellen también. No sabemos quién lo puso en contacto con nosotros, no sabemos si Edric sabe algo de Aria o Solrrak y tampoco sabemos si ese mapa seguirá siendo correcto cuando lleguemos. Kellen ladeó la cabeza.

—Una defensa conmovedora de mi propuesta.

Fïrn lo miró. —No estaba defendiéndola.

Kellen levantó ambas manos. —Continúa.

Fïrn volvió hacia Blaid. —Pero llevamos seis meses esperando una pista que no esté incompleta, que no venga de alguien interesado o que no pueda ser una trampa.

No ha aparecido ninguna. Cada vez que hemos preguntado por Aria o Solrrak hemos encontrado rumores, gente que cree recordar un uniforme, listas que terminan demasiado pronto y personas que quieren cobrar antes de decirnos que no saben nada.

Blaid apoyó los brazos sobre la mesa. —Eso no convierte esta pista en buena.

—No. La convierte en la que tenemos.

—Exactamente lo que alguien que quiera manipularnos espera que pensemos.

Fïrn sostuvo su mirada. —Entonces dime cuánto tiempo esperamos. ¿Otro mes? ¿Seis? ¿Un año?

Blaid no respondió.

—Podemos salir de Eltarion esta noche, seguir trabajando para Vilar y esperar a que aparezca una pista firmada, sellada y acompañada por alguien en quien confiemos. Pero llevamos medio año descubriendo que las pistas seguras suelen llegar cuando ya no sirven —continuó Fïrn.

Ridley vio que Fïrn había llevado una mano hasta la correa del laúd sin darse cuenta. —No sé si Edric sabe dónde está Aria. Ni siquiera sé si sabe algo útil. Pero quiero poder preguntárselo yo.

Blaid desvió los ojos hacia el mapa. —Eso no es un argumento táctico.

—No pretendía que lo fuera.

Paf Paf había permanecido callado durante toda la discusión. Señaló a Ridley. —Tú vas.

Ridley frunció el ceño. —No decidas por mí.

Paf Paf negó. —No decido. Lo sé. Después señaló a Fïrn.

—Él también.

Fïrn asintió. El goliat miró entonces a Blaid.

—Cuatro.

Blaid entrecerró los ojos. —Creo que has omitido una parte importante del razonamiento.

—No.

—Ridley y Fïrn pueden decidir cometer una estupidez sin que nosotros tengamos obligación de acompañarlos.

Paf Paf sostuvo su mirada. —No irán dos.

Blaid abrió la boca y volvió a cerrarla. Ridley sabía perfectamente qué acababa de ocurrir. Blaid todavía tenía argumentos, probablemente varios, y todos estarían mejor formulados que el razonamiento de Paf Paf. No importaba. Blaid exhaló. —Te detesto cuando haces eso.

—Sí.

Fïrn sonrió, aunque el gesto apenas duró. —A mí me ha parecido bastante elegante.

Blaid lo miró. —Tu aprobación empeora considerablemente la situación.

Ridley volvió hacia el mapa. Durante seis meses había intentado imaginar qué habría hecho Solrrak ante cada decisión importante: qué camino habría escogido, cuánto riesgo habría considerado aceptable, cuándo habría ordenado retirarse.

El problema era que el Solrrak de sus recuerdos siempre tenía una respuesta.

El hombre que había quedado detrás del rastrillo no la había tenido.

Ridley había visto la duda antes de que su hermano cerrara la reja.

Había decidido a pesar de ella. Quizá llevaba seis meses pidiendo consejo a alguien que nunca había existido. Dobló el mapa. —Entraremos.

Blaid exhaló lentamente. —Me alegra comprobar que el debate ha producido exactamente el resultado que esperaba desde el principio.

Ridley guardó el croquis bajo el jubón. —Puedes quedarte.

—No digas estupideces.

Aquello estuvo lo bastante cerca de una aceptación.

Kellen empezó a recoger la llave, pero Paf Paf puso dos dedos encima antes de que pudiera hacerlo. —Pago.

Kellen se detuvo.

Ridley volvió la cabeza. —Paf…

El goliat no apartó los dedos.

—No entramos gratis.

Kellen lo estudió.

—Cincuenta soles.

Ridley soltó una risa. —Cien.

—Eso es el doble.

—Has contado bien.

Kellen negó. —Sesenta.

—Cien.

El joven se reclinó en la silla. —Repetir un número no es negociar.

—Con Vilar funciona mejor que escuchar los suyos.

Blaid miró a Ridley. —No utilices a Vilar como maestro de negociación. Es como aprender medicina de una infección.

Kellen señaló a Paf Paf. —Setenta.

El goliat negó. —Ochenta. Y transporte.

—El transporte ya forma parte del rescate.

Paf Paf sostuvo su mirada. —No. Parte del pago.