Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 4 #2
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Fïrn intercambió una mirada con Ridley y deslizó una mano bajo la capa. Sacó la nota, aunque mantuvo casi todo el papel oculto. —Buscamos una copa de medianoche. —Elara no cambió de expresión. Sus dedos sí dejaron de moverse. Blaid vio la pausa. Ridley también.

—Aquí servimos cerveza —respondió ella.

Fïrn empezó a sacar el papel. —Nos dijeron que…

—Guárdalo.

La orden llegó sin necesidad de levantar la voz. Fïrn obedeció.

Elara miró alrededor antes de continuar. —En esta ciudad no conviene enseñar notas sin firma en lugares donde nadie debería tener motivos para recibirlas.

Ridley apoyó una mano sobre la mesa. —Entonces sabes de qué hablamos.

—Sé que la gente que utiliza esas palabras suele querer hablar con alguien sin llamar la atención.

—¿Con quién?

Elara recogió la jarra. —Con quien venga.

Ridley frunció el ceño. —Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Blaid observó su forma de sujetar la jarra. No había tensión ahora; tampoco parecía estar improvisando. —¿Cuándo?

Elara miró hacia una de las pequeñas ventanas de la sala. —La nota decía antes de la cuarta campana.

—Sí.

—Entonces esperáis.

Fïrn miró el estofado. —Empiezo a apreciar esta parte del procedimiento. —Elara se marchó. Ridley siguió mirándola.

—No me gusta.

—Eso también empieza a convertirse en procedimiento —dijo Fïrn.

—No me gusta que sepan quiénes somos.

Blaid tomó el vaso de agua. —Eso me preocupa más que el estofado.

Paf Paf ya estaba comiendo. —Bueno.

Ridley lo miró. —¿El estofado?

Paf Paf asintió. —Eso también es información.

Las horas pasaron de una forma extraña bajo el techo del Último Redil.

Al principio Ridley intentó no perder de vista la entrada.

Después de la segunda jarra de agua dejó de fingir que podía vigilar cada movimiento de la sala y se conformó con los accesos.

Paf Paf terminó dos cuencos de estofado, bajó una vez al establo para comprobar a Tordo y regresó con una mancha de paja en el hombro.

Fïrn acabó acercándose al músico y pasó casi media hora hablando con él en voz baja sobre acordes, modos y una canción de viaje que, según el hombre, se cantaba de forma distinta al norte del Arenthil. Blaid no dejó de observar a Elara.

Ella escribía. No de forma constante ni visible, pero cada vez que desaparecía detrás de la barra durante unos minutos regresaba con una nueva mancha de tinta en los dedos.

A mediodía, Blaid la vio corregir una cifra en un libro de cuentas.

Más tarde, cuando un cliente dejó una nota doblada junto a un vaso vacío, Elara la recogió sin leerla delante de nadie y la guardó bajo el delantal.

La taberna se llenó con el paso del día.

Al principio llegaron carreteros, comerciantes y gente de los talleres próximos.

Después aparecieron dos sacerdotes sin insignias visibles, una mujer con el cabello cubierto que habló durante casi una hora con Gerrik y varios hombres que nunca se quitaron las capas pese al calor.

Las ventanas fueron cambiando de color: primero un rectángulo blanco de luz, después amarillo y, al final de la tarde, el gris azulado de la lluvia.

Nadie preguntó quiénes eran ellos. Aquello no significaba que nadie lo supiera.

Fïrn regresó a la mesa con una sonrisa. —El músico se llama Olven.

Ridley levantó los ojos. —¿Y?

—Sabe siete canciones sobre Eltarion que no mencionarían nunca delante de la Luz Púlida.

—¿Y alguna nos sirve?

Fïrn pensó. —Una contiene instrucciones para ocultar libros dentro de un tonel de sal.

Ridley cerró los ojos. —He preguntado si alguna nos sirve ahora.

—No.

—Gracias.

Fïrn se sentó. —También sabe que la tercera campana suena antes en el templo oriental cuando llueve.

Blaid levantó la mirada. —Eso sí puede servir.

Fïrn sonrió hacia Ridley. —Lo ves.

Ridley suspiró. —Odio cuando haces eso.

Paf Paf señaló el pan. —Come.

Ridley obedeció. La cuarta campana todavía no había sonado cuando la lluvia empezó a golpear los cristales.

Para entonces llevaban casi todo el día bajo el mismo techo y el cansancio de la noche anterior comenzaba a hacerse visible incluso en Blaid.

Fïrn bostezaba cada vez que dejaba de hablar.

Paf Paf había empezado a mover el hombro derecho con más cuidado que por la mañana y Ridley sentía una rigidez antigua en la espalda cada vez que permanecía demasiado tiempo sentado.

El viaje desde Veythar había sido cómodo en comparación con una carretera, pero dormir unas horas sobre una cubierta desconocida no contaba exactamente como descanso.

Blaid estaba pensando en ello cuando la puerta se abrió.

El hombre que entró no parecía alguien que necesitara una contraseña para encontrar una mesa.

Era joven, quizá de la edad de Blaid, con una capa oscura empapada por la lluvia y guantes de cuero que no se quitó al entrar.

Tenía el cabello castaño pegado a la frente y una expresión relajada que no combinaba con la forma en que examinó la sala antes de dar el primer paso.

Elara lo vio y siguió secando una jarra. Eso fue lo primero que interesó a Blaid. El segundo detalle fue que el recién llegado no preguntó por ellos. Pidió una copa de vino.

Elara respondió algo que Blaid no alcanzó a oír. El hombre negó con la cabeza. —De medianoche.

La mano de Elara se detuvo apenas un instante antes de servirle una copa vacía.

El hombre la tomó, recorrió la sala con la mirada y se acercó a su mesa. —Ridley Der. Ridley no respondió.

El desconocido desplazó los ojos hacia los demás. —Blaid de Caria. Fïrn. Paf Paf.

El goliat dejó la cuchara dentro del cuenco. —Tú. La sonrisa del hombre aumentó apenas.

—Kellen Vorkos.

Paf Paf continuó mirándolo. —No te conocemos.

—Eso nos concede una ventaja a ambos.

Blaid dejó la jarra sobre la mesa. —¿Enviaste la nota?

—No.

El tiefling entrecerró los ojos. —Has respondido muy deprisa.

—Era una pregunta sencilla.

Ridley levantó una mano antes de que ambos decidieran convertir aquello en una competición. —Entonces empecemos por la siguiente. ¿Quién la envió?

Kellen miró brevemente hacia la barra. Elara secaba vasos de espaldas a ellos; Gerrik hablaba con un hombre encapuchado en el extremo opuesto. —No lo sé.

Ridley se inclinó un poco hacia delante. —Sabes nuestros nombres, sabías dónde sentarte y también qué «bebida» pedir. Intenta otra respuesta.

La sonrisa de Kellen perdió algo de amplitud. —Me dijeron que cuatro personas preguntarían por una copa de medianoche antes de la cuarta campana. Recibí vuestros nombres y una descripción suficiente para reconoceros. No recibí el nombre de quien inició la cadena.

Fïrn, que hasta entonces había permanecido callado, intervino. —¿Una cadena de cuántas personas?

—No lo sé.

—¿Quién te dio el mensaje?

Kellen dirigió la mirada hacia él. —Un intermediario.

—¿Tiene nombre?

—No uno que yo conozca.

Blaid soltó una risa seca. —Conveniente.

Kellen negó. —Inquietante. La conveniencia suele ser agradable.

Ridley decidió que tampoco le gustaba su forma de contestar. —¿Y aun así has venido?

—Vosotros también.

—Nosotros recibimos una nota que sabía demasiado sobre nosotros.

Kellen apoyó un brazo sobre la mesa. —Yo recibí instrucciones de alguien que sabía demasiado sobre vosotros. La diferencia es menor de lo que crees.

Blaid cruzó los brazos. —Excepto porque tú sabes qué quieres de nosotros.

Kellen lo miró. —Eso sí.

Ridley señaló la mesa. —Entonces dilo.

La sonrisa desapareció del rostro de Kellen. —Quiero que saquéis a un hombre de una cárcel de la Luz Púlida.

Durante unos segundos nadie respondió. Ridley había esperado información, quizá algún contacto relacionado con Beregost. No una propuesta para entrar en una prisión pocas horas después de poner un pie en la ciudad.

—¿Qué hombre?

—Edric Thorne.

Blaid reconoció el nombre antes que él. —Es mago. Pasó un tiempo en Beregost.

—Sí.

—¿Lo conoces?

Kellen asintió. —Me salvó la vida hace cuatro años.

Fïrn observó su expresión. —¿Y desde entonces?

—Le debo una.

—Eso no explica mucho.

—Es todo lo que necesitáis saber de esa parte.

Paf Paf miró directamente a Kellen. —Tú no entras. No fue una pregunta.

—No.

—Quieres que entremos nosotros.

—Sí.

Paf Paf tardó un instante. —Pero tú no.

—No.

El goliat volvió a coger la cuchara. —Cobarde. Ridley esperaba que Kellen protestara. El joven aceptó el golpe sin alterarse.

—También.

Paf Paf asintió como si aquella respuesta cerrara una parte importante del asunto.

Blaid se recostó. —El interrogatorio ha sido admirablemente eficiente, pero todavía no sabemos por qué Edric Thorne merece que cuatro desconocidos asalten una prisión.

Kellen apoyó ambas manos sobre la mesa. —Edric lleva meses siguiendo movimientos de la Luz Púlida que no aparecen en los registros públicos: traslados de prisioneros, confiscaciones, objetos recuperados y personas que entran en cárceles con un nombre y salen con otro, o no salen en absoluto.

—Ridley sintió que algo se tensaba bajo sus costillas.

—¿Desde cuándo?

Kellen lo miró directamente. —Desde Beregost.

La taberna no se volvió más silenciosa. El músico continuó tocando y alguien se rió cerca de la chimenea. A Ridley le pareció que todo eso quedaba de pronto más lejos.

—Sigue.

—Después del ataque hubo traslados que nunca se registraron como detenciones. Guardias, estudiosos, aprendices y practicantes fueron movidos entre puestos de la Luz Púlida. Algunos acabaron en la costa. Otros llegaron a Eltarion. Edric intentaba reconstruir esas rutas.

Fïrn había dejado de mover los dedos sobre la mesa. —¿Personas de la torre?

—Algunas, probablemente.

—¿Tienes nombres?

Kellen negó. —No tengo la lista.

Ridley se inclinó hacia él. —Solrrak Der. —El nombre salió más bajo de lo que esperaba. Kellen no fingió desconocerlo.

—No lo sé.

Ridley apretó los dedos bajo la mesa. —¿No lo sabes tú o no lo sabe Edric?

Kellen tardó un momento antes de responder. —Yo no sé si Edric encontró su nombre, y no voy a decirte que sí solo para conseguir que entres. A la izquierda de Ridley, Fïrn permanecía inmóvil.

—Aria. Nada más. —Kellen dirigió la mirada hacia él.