4
El golpe de la aldaba todavía resonaba en la madera cuando la puerta se abrió.
Blaid esperaba encontrar a un tabernero o, como mínimo, a uno de esos porteros de hombros anchos cuya principal virtud profesional consistía en decidir a quién no dejar entrar.
En su lugar apareció una mujer joven con una jarra vacía en una mano y la expresión de quien ya tenía suficientes asuntos que atender sin necesidad de sumar cuatro desconocidos y un burro.
Sus ojos recorrieron al grupo con rapidez: el escudo de Ridley, el laúd de Fïrn, la altura de Paf Paf y, por último, Blaid.
No miró primero sus cuernos. Aquello consiguió que él se fijara en ella.
Llevaba el cabello cobrizo recogido en dos trenzas cortas que se cruzaban sobre la nuca, aunque el calor del interior había liberado algunos mechones alrededor del rostro.
Tenía pecas sobre la nariz y los antebrazos, una cicatriz pequeña atravesándole la ceja izquierda y las manos de alguien acostumbrado a trabajar: uñas cortas, un corte casi cerrado junto al índice y una quemadura reciente en el pulgar.
Antes de que Blaid decidiera qué podía significar nada de aquello, la muchacha bajó la mirada.
Tordo había aprovechado la espera para acercar el hocico al marco de la puerta. —El burro no entra. —Paf Paf detuvo las riendas.
—Es tranquilo. —Tordo mordió la madera.
La joven contempló las marcas nuevas. Paf Paf hizo lo mismo. —Se ha puesto nervioso.
—Ya.
La muchacha señaló con la jarra hacia el callejón que rodeaba el edificio. —El establo está detrás. Pregunta por Korr y dile que vienes de parte de Elara. Si intenta cobrarte tres soles por la cuerda, no se los des.
Paf Paf miró la muesca que Tordo acababa de dejar en el marco. —Pagaremos.
—La cuerda vale uno. Korr intentará cobrarte tres.
El goliat asintió. —Entonces uno. Elara lo estudió durante un instante.
—Os entenderéis.
Paf Paf condujo a Tordo hacia el lateral del edificio. El burro volvió la cabeza dos veces, más interesado en la puerta que en cualquier establo, hasta que el goliat le habló en voz baja y dejó de resistirse. Ridley siguió al animal con la mirada antes de dirigirse a Elara.
—Buscamos a alguien.
—Primero necesitáis una mesa.
—Lo que buscamos es importante.
Elara se apartó finalmente de la entrada. —Las cosas importantes llaman menos la atención cuando no se discuten en un callejón.
—Una recomendación sensata.
La mirada de Elara regresó hacia él y permaneció allí un segundo más de lo necesario.
No había rechazo ni la curiosidad incómoda que provocaban sus cuernos entre quienes habían visto pocos tieflings.
Tampoco parecía calcular si escondía un arma.
Lo observaba como si intentara colocar su rostro en algún lugar que no terminaba de recordar.
Blaid conocía bien la diferencia. —¿Nos conocemos?
—No.
La respuesta llegó demasiado deprisa. No bastaba para convertirla en mentira, pero sí para hacerla interesante. —Entonces tengo esa clase de cara. Detrás de él, Fïrn soltó una risa. Blaid ni siquiera necesitó volverse.
—No empieces.
—Ni siquiera he respirado con intención.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Elara ya se alejaba hacia el interior. Blaid tardó un instante más de lo necesario en seguirla.
El Último Redil había sido una casa de postas antes de convertirse en lo que fuese ahora.
Los pesebres de piedra permanecían incrustados en las paredes, aunque algunos habían sido ampliados para formar reservados y otros servían de separación entre mesas.
Anillas de hierro continuaban clavadas en varias columnas, pulidas por generaciones de cuerdas y animales que habían desaparecido mucho antes de que los actuales clientes empezaran a reunirse allí.
El techo era bajo, atravesado por vigas ennegrecidas, y una chimenea demasiado grande calentaba media sala.
Olía a cerveza, guiso, cuero húmedo y cebolla frita.
Aún era media mañana, pero el interior permanecía en una penumbra amarillenta que borraba bastante bien la diferencia entre quien llegaba demasiado pronto y quien se había marchado demasiado tarde.
No había demasiados clientes, aunque la distribución hacía difícil contarlos desde un solo punto.
Dos columnas rompían las líneas de visión desde la entrada y una escalera ascendía hasta un corredor de habitaciones que desaparecía tras un giro.
Blaid localizó una segunda salida detrás de la barra casi al mismo tiempo que Ridley.
—Cocina —murmuró este.
—O almacén.
Ridley estudió la puerta. —No cuenta como salida.
—Hasta que necesitas salir por ella.
Fïrn, que había entrado detrás, miraba hacia el músico situado junto a la chimenea. —Mirad eso.
El hombre tocaba un instrumento de cinco cuerdas con una melodía suficientemente discreta para no reclamar atención.
Cuando dos clientes de un reservado empezaron a bajar la voz, aumentó ligeramente el volumen sin mirar hacia ellos.
Un momento después, Elara cruzó la sala y tocó dos veces con los dedos el borde de una mesa.
El músico cambió de pieza y el nuevo ritmo cubrió por completo la discusión cercana.
Blaid siguió el intercambio. —No toca para entretener.
—También —dijo Fïrn—, pero no principalmente.
Ridley examinó la sala otra vez. —¿Se avisan?
Fïrn escuchó unos segundos antes de responder. —Ella decide cuánto se oye. Él decide cómo evitar que parezca intencionado.
Blaid reparó entonces en otra cosa: Elara nunca parecía apresurarse.
Atendía varias mesas, recogía monedas, transportaba platos y respondía preguntas sin acelerar el paso.
Cuando una mano intentó cerrarse alrededor de su cintura, la apartó sin detenerse y señaló la puerta con el mismo gesto.
El cliente protestó hasta que detrás de la barra apareció un hombre corpulento con bigote gris.
Entonces reconsideró la discusión y terminó la cerveza fuera.
—La casa tiene buen oído —comentó Fïrn.
Elara regresaba con cuatro vasos. —La casa ha tenido tiempo para aprender.
Los dejó sobre la mesa. Fïrn señaló discretamente al hombre del bigote, que ya había desaparecido detrás de una cortina. —¿Él es el dueño?
—Mi padre.
—Parece amable.
Elara limpió una mancha de cerveza con un trapo. —No se lo digas a Gerrik. Lleva años intentando evitarlo.
Ridley ocupó el asiento desde el que podía controlar mejor la puerta.
Fïrn se sentó frente a él y Blaid eligió el lateral.
Paf Paf todavía no había regresado del establo.
Elara estaba a punto de marcharse cuando Blaid reparó en una mancha oscura junto al borde de su palma izquierda.
La mancha no era suciedad ni cerveza, sino tinta.
—Escribes.
Elara cerró la mano alrededor del trapo. —Cobro.
Blaid señaló sus dedos. —No con esa tinta.
Ella levantó los ojos. —¿Siempre examinas así a quien te sirve una mesa?
—Solo cuando me examinan primero.
Durante unos segundos ninguno apartó la mirada. Elara fue quien rompió el contacto, aunque únicamente porque alguien acababa de pedir otra jarra desde el otro extremo de la sala.
—Puedo traerte algo de beber si eso te ayuda a encontrar más pruebas.
Blaid apoyó un brazo sobre la mesa. —Depende de lo que sirvas.
—Cerveza, agua y vino si no me caes mal.
—¿Y el veredicto?
Elara miró hacia la entrada. —Has llegado con un burro que se come la puerta. Todavía estoy reuniendo información.
Fïrn sonrió abiertamente. Blaid lo ignoró.
Elara dio un paso, pero él volvió a hablar. —Sigues sin responder a mi primera pregunta.
Ella se detuvo. —Has hecho varias.
—La única que respondiste demasiado deprisa.
Elara volvió el rostro. —No te conozco.
—Eso no es exactamente lo mismo que decir que nunca me has visto.
La expresión de la muchacha apenas cambió. Blaid creyó detectar una pequeña tensión alrededor de los ojos, aunque desapareció antes de que pudiera decidir si había acertado algo.
—Tienes bastante confianza en tu capacidad para distinguir ambas cosas.
—Mi madre decía que la confianza sin pruebas era vanidad. Procuro reunir pruebas después.
Esta vez sí hubo una reacción. Algo se tensó en el rostro de Elara ante la referencia a su madre. Duró tan poco que cualquiera que no la estuviera observando habría podido pasarlo por alto.
—Entonces sigue procurando.
Se alejó.
Fïrn esperó hasta que estuviera fuera de alcance. —Ahora sí he respirado con intención.
Blaid lo miró. —Hazlo lejos.
—Solo iba a señalar que llevamos menos de cinco minutos aquí y ya has convertido pedir una bebida en un interrogatorio.
Ridley seguía pendiente de la puerta. —A mí me preocupa más que ella parezca conocerlo.
Blaid se volvió. —No sabemos eso.
—Tú acabas de pasar varios minutos intentando demostrarlo.
—Precisamente por eso sé que todavía no lo sabemos.
Fïrn apoyó los antebrazos sobre la mesa. —Siempre me ha fascinado tu capacidad para transformar una contradicción en método.
—Es una habilidad familiar.
Paf Paf regresó antes de que Fïrn pudiera responder. Se sentó junto a Ridley y apoyó los antebrazos sobre la mesa. —¿Tordo? —preguntó Ridley.
—Come.
—¿Y Korr?
Paf Paf pareció pensarlo. —Intenta robar poco.
Elara apareció junto a ellos con un plato grande de estofado, cuatro cuencos y una hogaza de pan. Fïrn miró al goliat. —Eso casi cuenta como una recomendación.
—No.
Elara dejó la comida en el centro. Ridley miró los platos. —No hemos pedido esto.
—El grande lleva mirando el estofado desde que entró.
Paf Paf tomó un cuenco. —Sí.
—Y vosotros vais a quedaros un rato.
Fïrn, que ya había empezado a servirse, se detuvo. —¿Cómo sabes eso?
Elara levantó una ceja. —Porque lleváis diez minutos estudiando las salidas, al músico, a los clientes y a cierta camarera en vez de marcharos. El retintín de las últimas palabras hizo sonreír a Fïrn.
—Tenemos motivos.
—Todo el mundo que entra aquí los tiene.