Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 3 #4
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—Para ser cruel hay que saber que existe una contradicción.

En el siguiente cruce, un pregonero anunciaba una recompensa por la entrega voluntaria de objetos arcanos no registrados.

Recitaba sanciones, plazos y excepciones con el tono cansado de quien podría estar anunciando el precio de la harina.

La gente fingía no prestar atención. Nadie dejaba de escucharlo.

Fïrn se ajustó la capa sobre el laúd. Ridley se acercó un poco a él sin decir nada. Fïrn tampoco reaccionó, pero Blaid vio el movimiento y comprendió por qué lo había hecho.

Paf Paf caminaba con Tordo por el lado exterior del grupo. Miraba los canalones, las piedras del pavimento y los pequeños jardines que aparecían detrás de algunas verjas. Ridley terminó reparando en ello. —¿Qué estás buscando?

Paf Paf señaló una franja de tierra junto a la base de un muro. —Está seca.

Ridley miró la tierra. —Estamos en una ciudad.

—Por eso.

Ridley esperó, pero no llegó nada más. Fïrn sonrió. —Creo que quiere decir que alguien riega mal.

Paf Paf negó. —No drena.

Blaid observó la inclinación de la calle. El goliat tenía razón. El agua debía acumularse junto al muro antes de desaparecer por alguna grieta o conducto oculto. Ridley soltó el aire. —Eso ha sido casi una conversación.

Paf Paf lo miró. —Preguntaste.

Encontraron el santuario de Eirath al final de una plaza pequeña.

La diosa de los caminos y los regresos rara vez necesitaba grandes templos; le bastaban cruces, puentes y puertas por las que alguien esperase volver.

Aquel santuario era una construcción modesta encajada entre dos edificios más altos, con flores frescas ante la imagen de la diosa y marcas de barro en la piedra donde alguien se había arrodillado hacía poco.

Blaid reparó en las cintas atadas a una reja: algunas nuevas, otras deshechas por la lluvia. Nadie del grupo se detuvo.

Giraron hacia los antiguos corrales. Las fachadas se cerraron a su alrededor y los pisos superiores sobresalían tanto sobre la calle que apenas quedaba cielo entre ellos.

El aire olía a humedad, grasa de cocina y ropa mojada.

Unos metros después apareció también el olor a cebolla.

Fïrn respiró hondo. —Retiro mis críticas. Es un sistema de orientación impecable.

Ridley miró una puerta tras otra. —No te acostumbres a admitir errores. Puede convertirse en hábito.

—No he dicho que Yoshua tuviera razón. He dicho que el olor es preciso. Son cuestiones distintas.

La casa apareció casi al final de la calle.

No tenía letrero y su fachada no ofrecía nada que permitiera decidir si era una vivienda, una posada o un almacén.

Solo las dos aldabas de la puerta sugerían que recibía visitantes.

Una era de hierro ennegrecido. La otra, de madera.

Ridley se detuvo. —¿Por qué hay dos? Blaid examinó ambas sin acercarse demasiado.

—Una podría ser para clientes habituales y otra para quienes vienen por algún asunto concreto.

Ridley lo miró. —¿Cuál es cuál?

—Si lo supiera, no habría dicho «podría».

Fïrn pasó entre ellos. —Hay sistemas de investigación que no requieren media hora de contemplación. —Ridley le sujetó el brazo antes de que alcanzara la puerta.

—Espera.

Fïrn miró la mano sobre su manga. —Llevamos medio día esperando.

—Alguien sabe quiénes somos. Nos ha traído a una ciudad controlada por la Luz Púlida y nos ha citado en un sitio clandestino. Me gustaría dedicar cinco segundos a considerar que quizá no sea una invitación amistosa.

Fïrn dejó de intentar soltarse. —Lo he considerado.

—¿Y?

—Sigo queriendo saber quién está al otro lado.

Ridley miró a Blaid. El tiefling observó la puerta. La Presencia continuaba en silencio. No ofrecía advertencia ni aquella certeza que, cada vez con más frecuencia, Blaid se descubría esperando.

Eso no significaba que estuvieran a salvo. También había aprendido esa diferencia. —Si fuera una trampa —dijo—, quedarnos en la calle discutiendo delante de ella no nos proporciona ninguna ventaja especial.

Ridley lo miró. —Gracias.

—Intento ser útil de vez en cuando. Procuro que no se convierta en una expectativa.

Paf Paf sostuvo las riendas de Tordo y miró las dos aldabas. —Madera.

Ridley frunció el ceño. —¿Por qué?

Paf Paf señaló las marcas alrededor de la de hierro. —Más usada.

Fïrn se acercó a la aldaba de madera. —Entonces esta es la que utilizan quienes saben que no deben usar la otra.

Ridley negó. —O la que nadie utiliza.

—También.

Fïrn levantó la aldaba, pero antes de dejarla caer volvió la cabeza hacia los otros tres. —¿Alguna objeción que no hayamos expresado ya varias veces?

Ridley contempló la puerta. Habían cruzado el Arenthil siguiendo cinco líneas escritas por alguien que conocía sus nombres, su origen y el hecho de que continuaban vivos.

Al otro lado podía esperar una respuesta, una mentira o un enemigo suficientemente informado como para distinguir las tres cosas.

No había una forma segura de averiguarlo.

Ridley soltó el brazo de Fïrn. —Llama. La aldaba de madera golpeó la puerta.