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Cerca de la proa, Ridley hablaba con Yoshua.
Por el movimiento de sus manos, intentaba averiguar qué había pagado Vilar exactamente a cambio del pasaje.
Yoshua parecía responder mucho y explicar muy poco.
Paf Paf seguía junto a Tordo. Blaid estaba solo en popa, observando el lugar donde la embarcación debería haber tenido un reflejo.
Durante un instante inclinó ligeramente la cabeza, como si alguien acabara de pronunciar su nombre.
Fïrn lo vio. No preguntó. Seis meses también habían servido para aprender cuándo una pregunta podía esperar. La noche los llevó río abajo.
* * *
Las campanas fueron lo primero que Blaid oyó de Eltarion.
Un tañido grave llegó desde algún lugar oculto por la niebla y fue respondido por otros más pequeños a lo largo de la ribera.
Poco después aparecieron las torres: siete agujas de piedra clara sobre la colina central, rodeadas de tejados húmedos, puentes fortificados y cúpulas de bronce que recogían la primera luz del amanecer.
La ciudad ascendía desde el Arenthil en terrazas irregulares, con murallas antiguas absorbidas por barrios posteriores y puertas que parecían haber sido construidas para recordar a los viajeros que entrar era una concesión.
El Gran Templo de Vardren dominaba la colina.
Incluso desde el río, Blaid distinguía sobre la fachada la figura del Vigilante de Bronce.
No sostenía espada ni cetro: llevaba un yelmo, una muralla a la espalda y las manos abiertas hacia quienes se aproximaban.
Blaid había crecido escuchando que proteger significaba permanecer cuando otros retrocedían; que el deber solo tenía valor cuando costaba algo; que vigilar consistía en cargar con la seguridad de alguien que probablemente nunca llegaría a conocer tu nombre.
La Luz Púlida utilizaba aquellas mismas palabras para justificar registros, confiscaciones y personas que desaparecían durante la noche.
Seguía sin saber si habían deformado aquel significado o si simplemente habían descubierto una parte de él que siempre había estado allí.
La barcaza avanzó junto a la ribera, oculta bajo jirones de niebla. Yoshua evitó los embarcaderos principales y dirigió el barco hacia un canal estrecho entre unas tenerías y un muro cubierto de musgo. El olor a cuero húmedo y cal llegó hasta ellos mucho antes de que la proa entrara en el canal.
—Al quinto arco. Sena, toma el timón. Taro, cuenta.
Un muchacho se colocó en proa. —Tres.
La embarcación continuó.
—Cuatro.
Blaid observó el muro. Después de la cuarta abertura no había nada, solo piedra hasta una torre de desagüe. Ridley también se dio cuenta.
—No hay un quinto.
Yoshua no apartó la vista del canal.
—Eso explicaría por qué resulta útil.
El muchacho de proa levantó la voz.
—Cinco.
Blaid parpadeó. Un arco se abría en el muro.
No había visto desplazarse la piedra. No hubo luz, palabras ni ninguna alteración evidente del Tejido.
Durante un instante tuvo la desagradable sensación de que el arco siempre había estado allí y de que el error pertenecía a su memoria.
Esa posibilidad le resultó mucho menos cómoda que cualquier truco de ocultación.
La barcaza cruzó bajo la abertura. Al otro lado esperaba una dársena pequeña rodeada por edificios sin ventanas. Dos hombres descargaban sacos de carbón y ninguno levantó la vista hacia ellos.
Yoshua extendió un brazo hacia la ciudad. —Eltarion. Ciudad de templos, cárceles y excelente pan. Si aceptáis un consejo, procurad disfrutar solo de lo tercero. —Ridley se ajustó el escudo.
—Nos vendría mejor un consejo sobre cómo llegar al Último Redil.
—También puedo ofrecerlo. Salid por esa calle y seguid las tenerías hasta encontrar un santuario de Eirath. Allí giráis hacia los antiguos corrales. Buscad una casa sin letrero que huela a cebolla.
Fïrn frunció el ceño. —Eso parece deliberadamente poco preciso.
—Es un establecimiento clandestino, no una oficina de correos.
—La cebolla no es un sistema de orientación.
Yoshua sonrió. —En ese barrio sí. —Paf Paf descendió con Tordo.
Yoshua señaló al burro. —Intentad que no muerda a ningún inquisidor. Cobran suplemento.
Fïrn apoyó un pie en el muelle. —¿Y a los demás?
—Usad vuestro criterio.
Ridley permaneció junto a la pasarela. Era evidente que todavía no había renunciado a una pregunta. —Vilar no nos ha dicho qué te ha dado por el pasaje.
Yoshua apoyó ambas manos sobre la barandilla. —Eso es porque Vilar sabe guardar un secreto cuando el secreto le pertenece.
—Quiero saber qué debemos.
—Ahora mismo, nada. Si alguna vez necesito algo, os lo pediré y podréis negaros.
Ridley no pareció satisfecho. Yoshua lo vio. —Soy contrabandista, Ridley, no un espíritu de los cuentos. No necesito esconder una cláusula dentro de una frase.
—Los espíritus de los cuentos suelen decir lo mismo.
—Deberías leer cuentos mejores.
Ridley parecía dispuesto a seguir discutiendo, pero Paf Paf tiró suavemente de las riendas de Tordo. —Vamos.
—Te estás volviendo impaciente.
Paf Paf señaló al burro. —Tiene hambre. —Tordo intentó morder una caja cercana.
Fïrn observó el intento. —Y opiniones.
Sena apareció junto a la borda. —La canción. Fïrn, que ya había bajado a tierra, levantó la cabeza.
—Aún seguimos técnicamente en el mismo viaje.
—Has bajado del barco.
—Eso es una interpretación muy hostil del contrato.
Sena cruzó los brazos. —Cuando vuelvas. La sonrisa de Fïrn desapareció durante un instante. La niña lo vio.
—La gente dice eso cuando no piensa volver.
Fïrn apoyó una mano sobre la correa del laúd. —Entonces tendré que volver lo suficiente para que no puedas llamarme mentiroso.
Sena pareció aceptar la respuesta. Yoshua dio una palmada y comenzó a repartir órdenes entre sus hijos. No quería seguir en aquella dársena cuando los hombres que cobraban por fingir que no existía empezaran su turno. Blaid descendió el último.
La Presencia llevaba en silencio desde que Eltarion había aparecido entre la niebla.
No se había ido. Blaid sabía que continuaba allí del mismo modo que uno sabe que alguien permanece detrás de una puerta aunque no hable.
Durante los últimos seis meses, las palabras claras habían sido escasas.
En su lugar llegaban intuiciones: incomodidad al acercarse a determinados lugares, la certeza de que alguien estaba armado antes de ver la empuñadura, la necesidad repentina de escoger una calle en lugar de otra.
Al principio había intentado estudiar cada sensación.
Después había empezado a obedecer algunas.
La diferencia le preocupaba. Miró hacia la avenida principal que ascendía hacia el templo y sintió una presión leve bajo las costillas. No era dolor, sino una certeza injustificada de que no debía ir por allí. Elyndra. No obtuvo respuesta. Ridley se acercó. —¿Qué ocurre?
—No tomaría la avenida principal.
Ridley siguió su mirada hacia una patrulla apostada junto a un arco. —Yo tampoco. Hay dos hombres observando el embarcadero desde ese edificio.
Blaid localizó las ventanas.
—Tres.
Ridley tardó unos segundos en encontrar al tercero, escondido en la azotea detrás de una chimenea.
—Bien. Tres.
Blaid señaló una pequeña plaza más arriba. —Y el vendedor de flores.
—¿Qué pasa con él?
—No ha mirado sus flores desde que hemos llegado y tiene las manos de alguien que utiliza una espada.
Ridley estudió al hombre. —Cuatro.
Blaid sonrió. —Tu capacidad matemática continúa mejorando.
—Y tú cada día eres más insoportable.
—Me alegra que al menos uno de nosotros progrese.
Tomaron las calles secundarias. Eltarion no parecía una ciudad ocupada, y aquello fue lo que más incomodó a Blaid.
Los mercados estaban abiertos. Los panaderos sacaban bandejas calientes a las ventanas y los aprendices corrían entre los talleres cargando paquetes.
Una mujer discutía con un vendedor por el precio de unas cebollas mientras, unos pasos más allá, dos niños hacían rodar un aro por la plaza.
Las campanas ordenaban las horas y los carros aguardaban turno en los cruces como en cualquier otra ciudad grande.
Cuando apareció una patrulla de la Luz Púlida, nadie gritó ni huyó.
La multitud simplemente se abrió. Cada persona parecía saber cuánto espacio debía dejar y en qué momento podía recuperarlo, con la naturalidad de quien se aparta para permitir el paso de un carro.
Nadie miraba directamente a los inquisidores, pero tampoco hacía falta: los puestos reducían el ruido antes de que llegaran y lo recuperaban unos segundos después de que se alejaran.
La vigilancia no había sustituido a la vida. Había aprendido a vivir dentro de ella.
Blaid reparó en las placas de cobre colocadas en las librerías: declaraciones de revisión y autorización clavadas junto a las puertas.
Algunas eran nuevas; otras habían oscurecido con el tiempo y parecían formar parte de la fachada.
En una tienda de papel, Fïrn se detuvo frente a varios cuadernos cosidos con un hilo extremadamente fino.
—La encuadernación es horrible.
El comerciante decidió no escuchar. Blaid tomó uno y examinó el lomo. —Está hecho así a propósito.
Fïrn dejó de mirar el papel. —¿Para qué? Blaid pasó una uña por el hilo. —Un corte aquí y las hojas quedan sueltas. Se pueden repartir o quemar en segundos. La expresión de Fïrn cambió. Devolvió el cuaderno al puesto sin hacer ningún comentario. El comerciante continuó sin mirarlos.
Un poco más adelante encontraron una hornacina dedicada a Vardren. Bajo la imagen del Vigilante de Bronce habían instalado un buzón de hierro con una inscripción grabada:
POR LA SEGURIDAD DE TODOS
Una mujer introdujo un papel por la ranura y se alejó sin levantar la mirada. Fïrn redujo el paso. —¿Denuncias?
—Probablemente —respondió Blaid.
Fïrn contempló la estatua. —Es una ubicación bastante cruel. —Blaid siguió caminando.