Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 3 #2
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Paf Paf apareció junto a ellos. Había dejado a Tordo atado cerca de la popa con un cubo de agua y suficiente cuerda para alcanzar un poco de heno sin llegar a ninguna de las cajas.

—¿Peligroso?

Fïrn se tomó un momento antes de responder. —No lo sé. El goliat dirigió la misma pregunta a Yoshua.

—¿Peligroso?

El contrabandista suspiró y dobló la lista. —Mucho menos que entrar por la puerta principal de Eltarion con un practicante del Tejido, un goliat armado, un muchacho haciendo preguntas y un hombre que observa a todo el mundo como si estuviera preparando un asalto.

Ridley se volvió. —¿Cuál de ellos soy yo?

—Puedes elegir entre los dos últimos.

Blaid sonrió. Fïrn, en cambio, había dejado de escuchar. Algo en el agua detrás de la popa no encajaba con el sonido que esperaba. La barcaza no dejaba estela.

La superficie del Arenthil se cerraba detrás del casco sin espuma ni remolinos. Las hojas que flotaban sobre el agua apenas giraban cuando ellos pasaban y, al inclinarse más, Fïrn vio que la luna se extendía limpia sobre el río.

—No movemos el agua.

Yoshua apoyó las manos sobre la borda. —La movemos lo suficiente.

Ridley miró también hacia abajo. —Tampoco veo el reflejo.

Fïrn tardó un instante en comprender a qué se refería. El río devolvía la luna, los sauces de la orilla y varias estrellas. La barcaza no aparecía. La curiosidad se le mezcló con una incomodidad mucho menos agradable, pero no tardó en imponerse.

—Quiero saber cómo lo haces.

Yoshua lo observó. —Lo imaginaba.

—¿Tejido?

—No responderé.

—¿Numen? ¿Alguna forma de artificio?

—¿Siempre haces las preguntas de tres en tres?

Fïrn apoyó los codos en la borda. —Cuando las respuestas llegan de cero en cero, sí. Yoshua soltó una risa. —Vilar dijo que eras curioso.

—Vilar utiliza «curioso» como si fuera una enfermedad.

—Para él, todo aquello que no produce dinero acaba siéndolo.

El río iba ensanchándose a medida que dejaban atrás las luces de Veythar.

En las orillas aparecían campos bajos, molinos oscuros y embarcaderos pequeños con una única lámpara protegida del viento.

De vez en cuando pasaban junto a una barca que remontaba la corriente y Fïrn observaba cómo sus tripulantes miraban hacia ellos sin llegar a fijar la vista, como si la embarcación de Yoshua perteneciera al mismo tipo de cosas que uno percibe de reojo y olvida en cuanto gira la cabeza.

—¿Dónde lo aprendiste? —preguntó.

Yoshua ladeó ligeramente la cabeza. —Eso ya es una pregunta mejor.

—¿Tendrá respuesta?

—No.

Fïrn lo miró. —Empiezo a sospechar que las clasificas según cuánto disfrutas evitándolas.

—Aprendes deprisa.

Fïrn dejó pasar unos segundos, más atento ahora a la reacción del hombre que a la respuesta. —¿Durnovar? Fue pequeño. —La sonrisa de Yoshua permaneció, pero los ojos dejaron de acompañarla durante un instante. Fïrn lo vio.

—¿Por qué Durnovar? —preguntó Yoshua.

—Porque Vilar lo pronunció una vez cuando hablaba de rutas que no aparecen en mapas. Fingió que era un error. Tú acabas de poner exactamente la misma cara.

Yoshua guardó la lista dentro de la chaqueta. —Acabas de convertir una suposición en una respuesta sin que yo te haya dado ninguna.

—Funciona sorprendentemente bien.

—Hasta el día en que no.

—Ese día corregiré mis notas.

Yoshua negó con la cabeza. —Ve a comer algo, Fïrn. Hay preguntas que se vuelven más caras cuando alguien demuestra que sabe formularlas.

Se alejó hacia el timón. Blaid ocupó su lugar junto a la borda. —Algún día vas a hacerle una pregunta así a la persona equivocada.

Fïrn sonrió. —Ya se las hago constantemente.

—Me refería a alguien peligroso.

—Yo también.

La noche fue cerrándose sobre el río mientras los niños cubrían las lámparas hasta dejar solo la luz necesaria para trabajar.

La embarcación continuó bajando el Arenthil con aquella suavidad imposible.

Desde cubierta, las orillas aparecían y desaparecían entre bancos de niebla baja: campos de cereal ya segados, álamos inclinados sobre el agua, pequeñas construcciones de piedra junto a cruces donde alguna luz seguía encendida para los viajeros.

No era distancia suficiente para que el paisaje cambiara por completo, pero sí para que Veythar dejara de sentirse próxima.

Hacia medianoche, las últimas luces de la ciudad habían desaparecido.

Fïrn permaneció un rato intentando descubrir un patrón en las vibraciones del casco.

Cada vez que creía encontrarlo surgía una variación nueva.

No se parecía a una canción esperando ser comprendida, sino a escuchar una conversación en un idioma del que solo conociera las pausas.

Le fascinaba y le molestaba casi en la misma medida.

Terminó sentándose junto a unas cajas y sacó el diario.

Una esquina de la cubierta del diario conservaba una mancha de humo de Beregost. Había intentado limpiarla una vez y se había detenido a mitad, sin saber muy bien por qué.

Desde entonces la marca permanecía allí, como si el propio libro hubiese decidido conservar algo que él todavía no sabía escribir. Abrió una página limpia y escribió:

Han pasado casi seis meses.

Dejó la pluma suspendida. La frase parecía una acusación.

Habían sido seis meses de caminos, trabajos, búsquedas discretas y esperanzas que duraban exactamente hasta que alguien pronunciaba un nombre distinto.

Mera había encontrado a su hermana dos días después de la caída, entre un grupo de evacuados que apareció al norte de Beregost. Otros aprendices habían llegado a aldeas diferentes, algunos incluso a varios días de viaje.

Cada superviviente localizado demostraba que los círculos de Aria habían funcionado.

Ninguno había sabido decir qué había ocurrido con ella.

Fïrn no escribió eso. En su lugar añadió que Vilar había vuelto a pagarles menos de lo acordado y que Paf Paf había utilizado una parte considerable del beneficio en comprar un burro que compartía su opinión sobre la conversación.

Miró hacia popa. Tordo intentaba alcanzar una cesta de manzanas mientras Paf Paf la apartaba cada vez que el hocico se acercaba demasiado. Continuó:

Nos dirigimos a Eltarion en una barcaza que no deja estela, no tiene reflejo y cuya tripulación está formada por los hijos de un hombre que responde a las preguntas reformulando el mundo hasta que parecen innecesarias.

Pensó un momento antes de escribir una última línea.

No estoy seguro de que «hijos» describa aquí un parentesco. Quizá describa una frontera.

—¿Escribes sobre nosotros?

Fïrn levantó la cabeza. Sena estaba sentada frente a él con una rebanada de pan cubierta de miel. No la había oído acercarse. —Sobre el viaje.

—Eso significa que sí.

—En ocasiones escribo también sobre el clima.

La niña mordió el pan. —¿El clima habla?

—Mucho. Tiene poco sentido del humor, pero una gran presencia.

Sena tendría unos once años, piel oscura, cabello recogido en pequeñas trenzas y una cicatriz redonda en la barbilla. Un cuchillo corto iba sujeto a su pantorrilla. Fïrn señaló la miel.

—¿Queda?

Ella lo miró con desconfianza. —¿Qué me das?

—Mi agradecimiento.

—Eso no vale comida.

—Depende de la calidad del agradecimiento. El mío suele ser excelente.

Sena se levantó, desapareció unos segundos y regresó con un tarro. —Una cucharada.

—Tu generosidad será recordada durante generaciones.

—Padre cuenta la miel.

Fïrn se sirvió exactamente una. —Tu padre parece contar muchas cosas.

—Las cosas que no cuenta desaparecen.

Fïrn cerró el tarro y la observó con algo más de interés. —Eso es casi una filosofía.

Sena se sentó otra vez. —¿Cómo te llamas?

—Fïrn.

—Ya lo sabía.

Él apoyó una mano sobre el pecho. —Esperaba que fuera por mi reputación.

—Padre nos dio vuestros nombres antes de subir.

—Mucho menos satisfactorio.

Sena señaló el diario. —¿Pones mentiras? La pregunta lo detuvo.

Fïrn apoyó la pluma sobre el borde del cuaderno antes de contestar. —Intento no poner mentiras que empeoren una historia verdadera.

—Padre dice que una mentira buena tiene una verdad dentro.

Fïrn sonrió. —Tu padre y yo hemos tenido maestros parecidos.

—¿También te encontró en la calle?

La pregunta fue tan directa que tardó un instante en responder. —No fue él. Sena no insistió. Se limitó a señalar el laúd apoyado junto a las cajas.

—¿Tocas?

—Sí.

—Toca algo.

Fïrn miró el instrumento. Había seguido tocando después de Beregost: por dinero en algunas posadas, para mantener despierto a Ridley durante una guardia y una noche porque Paf Paf se había sentado junto al fuego y había dicho simplemente «música».

No había dejado de tocar. Había dejado algunas canciones.

—Esta noche no me apetece demasiado.

Sena frunció el ceño. —Eso es diferente de no poder.

Fïrn sonrió, esta vez con menos facilidad. —Tienes la desagradable costumbre de escuchar las palabras exactas.

—Padre dice que las otras no sirven.

—Empiezo a entender por qué vives en un barco sin nombre.

Sena comió otro bocado. —Taro perdió dos dedos y sigue trepando.

—No veo la relación.

—Él tampoco quiere a veces.

Desde lo alto del aparejo llegó una voz. —¡Solo me falta uno!

Sena levantó la cabeza. —¡Te faltan dos!

—¡Uno no lo usaba!

Fïrn miró hacia arriba y después volvió a ella. —No estoy seguro de que esto mejore tu argumento.

La niña señaló otra vez el laúd. —Cuando quieras, me debes una canción.

—No recuerdo haber aceptado ninguna deuda.

Sena señaló el tarro de miel. Fïrn contempló la cucharada ya vacía. —Deberías trabajar para Vilar. La niña hizo una mueca.

—Padre dice que no hay que insultar a la familia. —Fïrn soltó una carcajada. Sena se marchó con el tarro antes de que pudiera negociar y él abrió de nuevo el diario.

Debo una canción a una niña armada porque no pregunté el precio de la miel.