Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 3
9%

3

La embarcación de Yoshua O’Fighter no tenía nombre, número de registro ni insignia alguna que indicara que hubiese pagado impuestos en ningún momento de su existencia.

La pintura negra del casco absorbía la luz de los faroles del embarcadero y una vela recogida colgaba del mástil con el peso muerto de una tela mojada.

Desde el muelle, Fïrn tardó unos segundos en decidir qué era exactamente lo que le incomodaba de aquella imagen.

El barco no parecía abandonado ni descuidado; al contrario, las amarras estaban bien tensadas, la cubierta limpia y cada cabo enrollado con una precisión que desmentía el aspecto anónimo del conjunto.

Daba la impresión de que alguien hubiese eliminado deliberadamente cualquier detalle que permitiera recordarlo después.

—Es más pequeña de lo que esperaba —dijo.

Blaid, que caminaba detrás de él, siguió la dirección de su mirada. —Los barcos no suelen ofenderse, pero puedes intentarlo si necesitas empezar la relación de esa manera.

Fïrn negó con la cabeza y señaló la cubierta. —No hablaba del barco. La tripulación estaba formada casi por completo por niños.

Una niña de unos diez años permanecía sobre el techo de la cabina enrollando un cabo con una destreza que Fïrn no habría esperado de muchos marineros adultos.

Dos muchachos algo mayores cargaban barriles por la pasarela; un adolescente delgado comprobaba la línea del agua con una vara graduada mientras otro reparaba una red bajo un farol.

Trabajaban con la soltura de quien conoce de memoria el espacio que pisa, sin la tensión de los aprendices que esperan una reprimenda después de cada movimiento.

Aquello no resolvía ninguna de las preguntas que acababan de aparecer en la cabeza de Fïrn. Solo las volvía más incómodas.

Una niña todavía más pequeña emergió de la bodega con una olla entre las manos. —Padre, se está quemando otra vez.

—Entonces retírala del fuego —respondió una voz desde detrás del mástil.

La niña frunció el ceño sin dejar de sostener la olla.

—Me dijiste que no la tocara. Yoshua O’Fighter apareció bajo la luz del farol.

Era alto y delgado, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y una barba corta demasiado bien cuidada para un hombre que recibía pasajeros de noche en un barco sin nombre.

Vestía una capa negra ribeteada en plata y unas botas sospechosamente limpias.

Miró las manos desnudas de la niña, se quitó el pañuelo del cuello y se lo entregó.

—Te dije que no la tocaras sin un paño, Sena. La diferencia entre una orden estúpida y una útil suele estar en una palabra.

—Eso no dijiste.

Yoshua consideró la acusación con una seriedad que duró apenas un instante. —Entonces mi memoria ha mejorado la versión.

Sena desapareció escaleras abajo con el pañuelo y Yoshua dirigió por fin la atención hacia ellos. Abrió los brazos como si recibiera a unos amigos que llegaban tarde a una cena, aunque Ridley se detuvo frente a la pasarela sin devolverle el gesto.

—Los pupilos de Vilar. Empezaba a pensar que se había quedado también con vuestro sentido de la hora.

—No somos pupilos de nadie.

—Magnífico. Los independientes pagan mejor.

Ridley no sonrió. —Vilar ha dicho que el pasaje estaba pagado.

—Y lo está.

Ridley esperó. Yoshua también, hasta que terminó por sonreír. —Era una broma. Si hubiese un segundo precio, no te lo anunciaría en el muelle.

—Eso no mejora mucho la situación.

—A mí me parece una mejora enorme. Subid antes de que tus sospechas atraigan a la guardia.

Paf Paf apareció entonces con Tordo. El burro avanzaba detrás de él con las alforjas recién reparadas y la obstinación tranquila de quien ya había decidido que cualquier trayecto era una ofensa personal. Yoshua miró primero al animal y después al goliat.

—Ese pasajero no figuraba en la descripción.

—Viene —respondió Paf Paf.

—No tengo ninguna objeción moral. Solo administrativa.

Uno de los muchachos de cubierta se acercó a las riendas. Tordo enseñó los dientes antes de que llegara a tocarlas y Paf Paf lo detuvo con una mano sobre el cuello.

—Muerde.

Yoshua asintió con gravedad. —Entonces se entenderá con mis hijos.

Desde la cubierta, una adolescente levantó la voz. —¡Lo hemos oído!

—Por eso lo he dicho tan alto.

Paf Paf ignoró el intercambio. Apoyó una mano sobre el cuello de Tordo antes de entregar las riendas al muchacho. —Con él. Despacio.

—Sé llevar un burro.

Paf Paf lo observó unos segundos, luego señaló a Tordo. —Él no sabe que tú sabes. El muchacho miró al animal y después al goliat. La seguridad inicial se le redujo un poco.

—Vale. —Solo entonces Paf Paf soltó las riendas.

Fïrn subió detrás. El interior de la embarcación olía a madera aceitada, brea, especias y comida caliente.

Había redes dobladas con demasiado orden para ser decorativas, cajas cuyos sellos habían sido raspados y varios cofres con herrajes demasiado caros para cualquier mercancía que un hombre honrado reconociera transportar de noche.

Contó doce niños antes de decidir que hacerlo a escondidas empezaba a resultar absurdo.

Paf Paf fue más directo. —¿Todos son tuyos?

Yoshua estaba revisando una lista junto al mástil. Levantó la vista, pero no respondió de inmediato. —Todos los que están en mi barco están bajo mi responsabilidad. —Paf Paf no se movió.

—No es lo que he preguntado.

Fïrn esperaba una de las bromas con las que Yoshua parecía proteger cada respuesta. Esta vez no llegó. El contrabandista dejó la lista sobre un barril y recorrió la cubierta con la mirada antes de hablar.

—No todos son hijos míos por sangre. Algunos no tienen a nadie más. Otros sí, pero nadie que debiera haberlos tenido.

Paf Paf siguió su mirada. Uno de los muchachos aseguraba un barril al suelo mientras Sena regresaba de la bodega sin la olla. —Trabajan.

—Por supuesto que trabajan. También comen, duermen antes que yo, hacen un turno al día, aprenden y se quejan de mí en cuanto creen que no escucho.

—Son niños.

La sonrisa de Yoshua perdió algo de ligereza. —Lo sé. Por eso intento que lleguen a adultos.

Paf Paf miró las lámparas cubiertas, la cubierta estrecha y la negrura del río al otro lado de la borda. —De noche, en un barco, no ayuda.

Yoshua sostuvo su mirada sin apartarse. —Tampoco ayudaba dormir en calles donde alguien podía venderlos por una deuda que ni siquiera era suya. No pretendo convencerte de que esto sea una casa respetable. No lo es. Pero ninguno está encadenado a mi cubierta y ninguno se queda si quiere marcharse.

Desde el timón llegó la voz de una muchacha. —Lio lleva dos turnos.

Yoshua cerró los ojos. —Gracias, Mara.

—Dijiste que te avisáramos.

—Esperaba que lo hicierais con cierta lealtad filial.

—Lo estoy haciendo.

Yoshua señaló al adolescente de la vara graduada. —Lio, a dormir.

El muchacho levantó la cabeza. —Estoy midiendo el calado.

—Llevas midiéndolo desde Veythar.

—Ha cambiado.

—El río seguirá teniendo fondo dentro de seis horas.

Lio señaló hacia Tordo. —Pero el burro…

—El burro no necesita un hidrógrafo.

—Padre.

Yoshua alzó un dedo. Lio sostuvo su mirada unos segundos, dejó la vara y desapareció por una escotilla. Paf Paf siguió el movimiento hasta que el muchacho hubo desaparecido y entonces asintió una sola vez.

—Bien.

Yoshua arqueó una ceja. —¿He aprobado algo?

Paf Paf no respondió.

—Dormiré mejor sabiendo que sigo en evaluación —dijo Yoshua.

Las amarras comenzaron a soltarse. Uno de los muchachos retiró la pasarela mientras otro apagaba un farol del muelle que no les pertenecía, y Fïrn se acercó a la borda esperando sentir el tirón de la corriente en cuanto el casco quedara libre.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Después el agua delante de la proa se alisó y la barcaza comenzó a avanzar. La vela seguía recogida. Nadie remaba.

Fïrn apoyó ambas manos en la borda y se inclinó hacia el río. —Eso no es la corriente.

Ridley se colocó a su lado. —Estamos bajando el río.

—El viento sopla en sentido contrario y la corriente debería empujarnos hacia el centro antes de permitir este giro.

Blaid observó la línea del agua. —Quizá nuestro capitán tenga una relación especialmente cordial con la física. Yoshua, que acababa de recuperar su lista, habló sin volverse.

—Nunca hemos sido presentados.

Fïrn apoyó la palma contra la madera. Debajo del casco había una vibración débil, unos impulsos breves que se confundían con las pisadas y desaparecían antes de que pudiera decidir dónde empezaban.

Esperó hasta distinguir dos pulsos cortos y uno algo más largo.

Cuando intentó anticipar el siguiente, el patrón cambió.

—¿Qué utilizas?

Yoshua continuó leyendo. —Una embarcación, principalmente.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí. Por eso la respuesta me divierte.

Fïrn cerró los ojos. No llamó a la Armonía.

No había necesidad de imponer resonancia alguna cuando solo intentaba reconocer una que ya existía.

Separó mentalmente el golpe del agua contra el casco, los crujidos de la madera, las voces de los niños y aquella vibración que aparecía por debajo de todo.

No se parecía al Tejido tal y como lo había percibido alrededor de los conjuros de Blaid ni a la respuesta de un objeto trabajado mediante encantamiento.

Tampoco era una melodía. Era demasiado irregular para eso y demasiado precisa para ser azar. Abrió los ojos. —Blaid, prueba tú.

El tiefling se acercó a la borda. —¿Esperas que meta la mano en el Tejido en una embarcación desconocida después de que Vilar nos haya enviado con un hombre que se niega a explicar cómo funciona su barco?

—No tienes que utilizarlo. Solo dime si notas algo.

Blaid prestó atención unos segundos. La ligera tensión de su mandíbula indicó que estaba tomando la pregunta más en serio de lo que pretendía. —Nada que reconozca.

Fïrn volvió a mirar el casco. —Eso es interesante.

—Tu definición de interesante debería tener límites más estrictos.