2 #3
Durante un instante Vilar pareció molesto, no porque la pregunta fuera difícil, sino porque Paf Paf se negaba a aceptar la respuesta que él había elegido.
—El precio no os corresponde.
—Una respuesta curiosamente preocupante —dijo Blaid.
Vilar la dejó pasar. —Yoshua O’Fighter partirá esta noche desde el embarcadero de los curtidores. No buscaréis otro barco, no discutiréis su ruta y no abriréis nada que no os pertenezca. Si os pregunta quién os envía, diréis mi nombre una sola vez.
Fïrn frunció el ceño. —¿Por qué una sola?
—Porque dos parece inseguridad y tres estupidez.
Fïrn consideró aquello. —No puedo discutir la lógica.
Ridley señaló la nota. —¿Qué te debemos por el pasaje?
—Nada.
La palabra dejó un silencio peor que cualquier cifra.
—Entonces se lo debemos a Yoshua —dijo Fïrn.
—Lo que exista entre Yoshua y vosotros será asunto vuestro.
—¿El pasaje forma parte de los cuarenta y seis?
—No.
—¿Entonces qué ganas?
Vilar tomó de nuevo el cuchillo y cortó otro trozo de pera. —Hoy, nada.
Ridley frunció el ceño. —Eso no me gusta.
—No te he pedido que te guste.
Blaid cruzó una pierna sobre la otra. —Cuando Vilar afirma que no gana nada, yo empezaría por buscar aquello que todavía no sabemos que poseemos.
El comerciante sonrió hacia él. —Por eso sigues resultándome útil.
Blaid no devolvió la sonrisa.
Vilar abrió otra vez el libro de cuentas; era una señal bastante clara de que consideraba terminada la reunión. Paf Paf, sin embargo, seguía de pie.
—El burro.
Ridley cerró los ojos.
Vilar levantó lentamente la vista. —¿Qué ocurre con el burro?
—Viene con nosotros.
—Pertenece al almacén.
—Nadie lo cuida.
—Eso reduce su valor, no mi propiedad.
Paf Paf abrió la bolsa que acababan de cobrar, sacó diez soles y los dejó sobre la mesa.
Ridley miró las monedas con dolor casi físico. —Acabamos de cobrarlas.
—Sí.
Vilar también observó el dinero. —No vale diez.
—Lo sé.
—Entonces quizá puedas explicarme por qué me ofreces diez.
Paf Paf volvió la cabeza hacia el patio. —Tú tampoco lo quieres.
Aquello consiguió dejar a Vilar callado durante varios segundos.
—Se llama Tordo. Tiene doce años, come como si tuviera dieciséis y el invierno pasado mordió a tres mozos.
—Cuatro —corrigió el hombre de la nariz rota.
Vilar giró la cabeza. —¿A ti también?
El hombre mostró el antebrazo. —Dos veces.
Fïrn miró hacia el patio. —Empiezo a entender por qué se han llevado tan bien.
Paf Paf no reaccionó.
Vilar suspiró. —Quince soles.
—Doce.
—Catorce.
Paf Paf pensó un momento. —Trece. Con alforjas.
—Están rotas.
—Las arreglo.
—Eso no aumenta su valor.
—Para mí sí.
Ridley descubrió que estaba disfrutando de la expresión de Vilar más de lo que quería admitir.
—Trece y las alforjas —cedió el comerciante—. Si muerde a alguien antes de que salgáis de mi propiedad, el problema será vuestro.
Paf Paf añadió tres monedas a las anteriores. —Ya es nuestro.
Ridley contempló cómo una parte considerable del dinero recién cobrado regresaba al mismo hombre que acababa de estafarlos. —Nos ha escondido parte del pago, nos ha cobrado una reparación que hicimos nosotros y acabamos de devolverle trece soles por un burro viejo.
Paf Paf guardó el resto de la bolsa. —Ahora tenemos burro.
Fïrn sonrió y Blaid apartó la vista con una dignidad sospechosa. Vilar recogió las monedas.
—Por fin alguno de vosotros empieza a comprender los negocios.
Ridley lo señaló. —No vuelvas a decir eso.
Salieron de la oficina poco después. En el patio, Tordo seguía exactamente donde Paf Paf lo había dejado y levantó las orejas al verlo regresar con las alforjas. El goliat se las acercó para que las oliera; el burro intentó morder una de las correas y Paf Paf apartó la tela.
—No.
Tordo lo miró durante un instante. Cuando volvió a acercarle las alforjas, se limitó a oler.
Ridley observó el intercambio. —¿Eso también era pedirlo bien?
—Sí.
Fïrn sacó el diario.
—¿Qué escribes ahora? —preguntó Ridley.
—Que hemos perdido trece soles.
Paf Paf levantó la cabeza. —Comprado.
Fïrn corrigió algo sobre la marcha. —Que hemos invertido trece soles.
Blaid pasó junto a él. —Eso empieza a parecer contabilidad creativa.
—He aprendido de profesionales.
Salieron hacia el bullicio del muelle. A aquella hora Veythar ya había terminado de despertarse: barcazas de fondo plano descargaban cereal junto a la ribera, los cambistas abrían mesas bajo toldos y un sacerdote de Eirath dejaba cuerdas nuevas en un pequeño santuario junto al puente de los curtidores para que los viajeros pudieran atar allí una tira antes de partir.
Dos guardias urbanos discutían con un carretero por una tasa de entrada y, unos pasos más allá, un muchacho cobraba por llevar mensajes de un muelle a otro sin necesidad de saber leerlos.
Veythar podía resultar útil precisamente porque casi todo tenía un precio y porque nadie fingía demasiado que no lo tuviera.
Ridley miró hacia el piso superior del almacén. Vilar ya no era visible. La nota seguía allí arriba, o una copia, o varias.
A los supervivientes de Beregost.
Durante seis meses habían procurado que esas palabras solo significaran algo entre ellos.
Habían aprendido a no decirlas delante de desconocidos, a no corregir versiones absurdas de la caída y a cambiar de tema cuando una conversación se acercaba demasiado.
La nota había atravesado de un golpe todas aquellas precauciones.
Volvió la mirada hacia sus compañeros. Paf Paf trabajaba en una correa de las alforjas mientras Tordo intentaba averiguar si podía comerse el extremo suelto.
Fïrn escribía caminando hasta que Blaid lo apartó suavemente de la trayectoria de un carro sin interrumpir su propia vigilancia de los accesos al muelle.
Seis meses atrás Ridley no habría sabido qué esperar de ninguno de ellos.
Ahora sabía que Blaid detectaba amenazas que a él se le escapaban; que Fïrn formulaba preguntas cuando los demás estaban demasiado cansados para hacerlo; y que Paf Paf podía gastar casi un tercio de lo que acababan de cobrar en un animal viejo sin sentir la menor necesidad de justificarlo.
No necesitaba decidir qué significaba aquello.
Le bastaba con saber que, cuando pensaba en entrar en Eltarion, los incluía a los tres en el cálculo.
Ajustó la correa del escudo.
—Tenemos hasta esta noche. Comida, vendas, reparar las alforjas y averiguar todo lo que podamos de Yoshua sin preguntarle directamente a nadie que trabaje para Vilar. Blaid, tú lo del barco. Fïrn, busca algo sobre El Último Redil que no salga de otra casa de té de Vilar.
Fïrn miró hacia las calles que ascendían desde los muelles. —Eso reduce considerablemente las opciones de esta ciudad.
—Te las arreglarás.
Ridley se volvió hacia Paf Paf, pero el goliat levantó una de las alforjas y mostró la correa rota antes de que pudiera hablar.
—Esto.
—Sí. Eso.
Paf Paf volvió al trabajo. Tordo le empujó el hombro con el hocico y recibió una mano abierta contra la frente.
—Quieto.
El burro obedeció.
Ridley observó cómo sus compañeros empezaban a separarse entre el tránsito del muelle. No sabía quién había escrito la nota, por qué los quería en Eltarion ni qué había comprado Vilar realmente al pagar aquel pasaje. Lo que sí sabía era qué debía hacer antes del anochecer. Echó a andar.