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La oficina de Vilar ocupaba la planta superior, detrás de dos puertas y un corredor alfombrado que parecía pertenecer a otro edificio.
Dentro hacía demasiado calor. La chimenea estaba encendida pese a que el día no era especialmente frío y las paredes aparecían cubiertas de estanterías con libros de cuentas; no había mapas, trofeos ni retratos familiares, nada que revelara de él más de lo que necesitaba para cobrar o demostrar que alguien le debía algo.
Vilar Uf’I no se levantó para recibirlos.
Era un hombre bajo, de hombros anchos y cabello gris peinado hacia atrás.
Vestía una chaqueta verde oscuro cerrada hasta el cuello, sin anillos ni cadenas; solo los broches de oro de los puños reconocían que podía permitírselos.
Dos hombres permanecían detrás de su mesa.
Ridley conocía a ambos de encargos anteriores: uno tenía la nariz rota y al otro una cicatriz le partía el labio superior.
Vilar desayunaba una pera. Cortó un trozo con un cuchillo pequeño y señaló las tres sillas colocadas frente a la mesa.
—Sentaos. Si vais a discutir, prefiero que lo hagáis cómodos.
Blaid ocupó una silla y Fïrn otra, con el diario sobre las rodillas. Ridley se quedó de pie. Paf Paf también. Vilar observó la distribución como si confirmara algo que ya sabía.
—Siempre me ha parecido interesante que quienes menos disfrutan de una negociación sean los que insisten en hacerla de pie.
Ridley apoyó una mano en el respaldo de la silla vacía. —Podemos ahorrar tiempo. Dinos cuánto has decidido no pagarnos.
Vilar masticó antes de responder. —Perdí dos cajas.
—Nos contrataste para escoltar seis carros. Los seis llegaron a Veythar.
—Las cajas iban dentro del último.
—También sé que el hombre que pusiste en retaguardia abandonó su puesto antes del ataque.
Vilar cortó otro trozo de pera. —Ese hombre sigue trabajando para mí.
—Entonces descuéntaselo a él.
—Ya le he descontado algo.
—Descuéntale el resto.
—No funciona así.
Blaid, que había empezado a recorrer con la vista los libros de cuentas, habló sin mirar al comerciante. —Esa frase suele significar que el sistema funciona exactamente como le conviene a quien lo explica.
Vilar lo ignoró y abrió uno de los libros. —Acordamos ciento veinte soles de plata por tres semanas de escolta.
Ridley soltó el respaldo. —Ciento cincuenta.
—Ciento cincuenta si la mercancía llegaba íntegra.
—Eso no estaba en el trato.
Vilar giró el libro hacia ellos. Entre las páginas había un contrato y, al pie, una firma que se parecía bastante a la de Ridley como para resultar preocupante.
Ridley se inclinó. —Esa no es mi firma.
—Nunca he dicho que lo sea.
Fïrn se acercó al borde de la silla. —Tampoco la mía, aunque alguien se ha esforzado bastante.
Vilar le entregó el papel. Fïrn lo acercó a la luz y dejó de sonreír mientras seguía las líneas con un dedo.
—Quien lo ha hecho conoce mi escritura, pero la imita como quien copia un dibujo. La inclinación de las efes es demasiado regular y las erres terminan con demasiada presión. Yo suelo levantar la pluma antes.
El hombre de la nariz rota soltó un sonido que podía ser una tos. Fïrn volvió la cabeza.
—¿Has sido tú?
—No sé escribir.
Fïrn consideró la defensa con seriedad. —Entonces retiro la acusación.
Vilar recuperó el documento y lo dobló con cuidado. —En un tribunal de Veythar, la diferencia entre una firma muy buena y una auténtica puede ser menos importante de lo que imaginas.
—Eso dice más del tribunal que de la firma —respondió Fïrn.
—Ahora empiezas a entender la ciudad.
La frase no sonó a amenaza. Ridley pensó que probablemente era peor: Vilar la pronunciaba como quien explica el clima. Se obligó a no seguir discutiendo sobre el contrato y volvió a lo único que podía cambiar.
—¿Cuánto?
Vilar siguió una columna con el dedo. —Ciento veinte. A eso le descuento las dos cajas, el adelanto de comida de Valdería y la reparación del eje.
Ridley tardó un momento en procesar la última parte. —El eje estaba podrido cuando nos diste el carro.
—Ahora no lo está.
—Porque Paf Paf lo reparó.
—Y muy bien, por cierto.
—No puedes cobrarnos una reparación que hemos hecho nosotros.
Vilar lo miró con una paciencia estudiada. —No os cobro el trabajo. Os cobro el tiempo que el carro estuvo detenido durante un encargo.
Blaid inclinó ligeramente la cabeza. —Admirable. Has eliminado cualquier relación entre causa y deuda. De ese modo, el cliente termina siendo siempre responsable.
—No sois clientes.
—Eso explica algunas cosas.
Vilar volvió a las cifras. —Cuarenta y seis soles de plata.
Ridley se quedó quieto. Durante tres semanas habían dormido poco, viajado bajo lluvia dos días seguidos y terminado en una emboscada que todavía había dejado una marca nueva en su escudo. Retiró las manos de la mesa antes de que decidieran hacer algo por su cuenta.
—No pienso volver a trabajar para ti.
Vilar no pareció preocupado. —Dijiste lo mismo después de las salinas.
—También después del almacén de tintes —añadió Fïrn.
Ridley volvió la cabeza hacia él. —No estás ayudando.
Fïrn bajó los ojos al diario.
Paf Paf dio un paso hacia la mesa. —Paga.
No elevó la voz ni añadió una amenaza. Quizá por eso el silencio que siguió resultó más eficaz que cualquier otra cosa. Vilar dejó la pera, abrió un cajón y sacó una bolsa de cuero. Paf Paf la tomó, la sostuvo sobre la palma sin abrirla y la pesó una vez.
—Faltan dos.
El hombre de la cicatriz bajó los ojos. Vilar se volvió hacia él.
—Dáselas.
—Solo eran…
—Las dos.
El hombre sacó dos monedas de un bolsillo y se las entregó a Paf Paf. El goliat las añadió a la bolsa.
Ridley miró el dinero. —¿Cómo lo sabías?
—Pesaba poco.
—¿Distingues dos monedas por el peso?
Paf Paf lo miró como si la dificultad de la pregunta perteneciera por completo a Ridley. —Es dinero.
Para él parecía explicarlo todo.
Vilar cerró el libro de cuentas. —Esta conversación es una de las razones por las que continúo contratándoos.
—Pensaba que era porque puedes pagarnos la tercera parte y aun así conseguimos volver.
—También.
Fïrn llevaba un rato observándolo. No el libro ni la bolsa ni los guardias: a él. Había dejado el diario cerrado sobre las rodillas.
—No nos has hecho esperar desde el amanecer por dos cajas. Podías robarnos ayer con la misma eficacia. ¿Qué quieres?
Por primera vez desde que habían entrado, Vilar pareció realmente satisfecho.
—Necesitáis llegar a Eltarion.
Nadie respondió de inmediato. Ridley notó cómo la irritación cambiaba de sitio.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Vosotros.
—No te hemos contado adónde vamos.
Vilar empezó a contar con los dedos. —Comprasteis un mapa del Arenthil a uno de mis vendedores. Fïrn preguntó por El Último Redil en una casa de té que también me pertenece. Blaid hizo averiguaciones sobre los controles de la Luz Púlida en las entradas orientales.
Blaid apoyó la espalda contra la silla. —La discreción comercial de Veythar está sobrevalorada.
—Nunca ha existido. Eso permite cobrarla aparte.
Vilar metió una mano bajo el libro de cuentas y sacó un papel doblado. Ridley reconoció la mancha de cera de una esquina antes de que lo extendiera sobre la mesa.
A los supervivientes de Beregost.
Una copa de medianoche.
El Último Redil.
Eltarion.
Antes de la cuarta campana.
Ridley había leído aquellas líneas más veces de las que pensaba admitir.
El lugar y la hora eran sencillos. Era la primera frase la que seguía resultándole desagradable.
Llevaban seis meses aprendiendo cuándo no decir de dónde venían, qué preguntas evitar y cuánto podía cambiar una conversación en cuanto alguien reconocía el nombre de Beregost. Quien había escrito aquello no solo lo sabía; sabía dónde encontrarlos.
—Entrar en nuestras habitaciones tampoco formaba parte de ningún trato.
Vilar dobló la nota. —Son mis habitaciones.
—Nuestras cosas estaban dentro.
—Bajo mi techo.
Ridley dio un paso. Blaid pronunció su nombre sin elevar la voz.
—Ridley.
Fue suficiente. Había aprendido que, cuando Blaid utilizaba su nombre de aquella manera, normalmente había visto una salida que él estaba a punto de cerrar.
—Quiere que pierdas la paciencia —continuó el tiefling, todavía mirando a Vilar—. No creo siquiera que la necesite para nada. Simplemente le resulta entretenido.
Vilar sonrió. —Puede ser ambas cosas.
Ridley respiró por la nariz y obligó a sus manos a quedarse quietas. —¿Sabes quién dejó la nota?
—No.
—¿Hiciste una copia?
—Por supuesto.
—¿Se la has enseñado a alguien?
Vilar juntó las manos. —Esa pregunta ya no forma parte del servicio gratuito.
Ridley apoyó los nudillos sobre la mesa. —Has registrado nuestras cosas, sabes que sobrevivimos a Beregost y acabas de admitir que copiaste una nota dirigida a nosotros. No vas a cobrarme por preguntar hasta dónde has repartido esa información.
Vilar lo observó unos segundos. Cuando respondió, abandonó por fin el juego de la pera y de las cifras.
—No os estoy ofreciendo ayuda por generosidad. Os estoy explicando que la ruta que habíais planeado no sirve.
Fïrn se inclinó hacia delante. —¿Por los controles?
—Eltarion lleva meses endureciendo los accesos.
No buscan únicamente armas ni mercancía.
La Luz Púlida cruza nombres, procedencias y permisos de viaje.
Si alguien les da una razón, cuentan con sacerdotes que, según dicen, pueden encontrar señales de práctica reciente del Tejido.
Quizá consigáis engañar a un escribiente de una puerta; a tres no apostaría vuestro dinero.
Ridley miró de reojo a Blaid. El tiefling no se movió, pero la información había llegado exactamente donde debía.
Fïrn volvió los ojos hacia la nota. —Pero conoces otra entrada.
—Conozco a alguien que puede llevaros.
—No es exactamente lo mismo.
—En mis negocios suele ser mejor.
Paf Paf habló desde detrás de Ridley. —¿Precio?
Vilar sonrió. —Ya está pagado.
El goliat esperó. No repitió la pregunta.
Ridley intervino. —¿Por quién?
Vilar se señaló el pecho. —Por mí.
Paf Paf negó. —He preguntado el precio. No quién paga.