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Ridley pasó el pulgar por la abolladura del escudo y decidió que podía esperar.
La hendidura tenía el ancho de dos dedos y una arista levantada cerca del centro; no comprometía el metal, aunque acabaría rozando la correa interior si no la rebajaba con un martillo.
Solrrak le había enseñado a revisar un escudo siempre en el mismo orden: correas, bordes, deformaciones.
El barro podía quedarse para el final; una grieta, no.
Ridley se sorprendió repitiendo la explicación con la voz de su hermano y apartó la mano antes de llegar al siguiente paso.
El almacén de Vilar Uf’I ocupaba un tramo de la orilla oriental de Veythar, allí donde los muelles viejos empezaban a mezclarse con depósitos de grano, curtidurías y patios de carga.
A aquella hora el Arenthil arrastraba una bruma baja entre los pilotes y el olor de la ciudad cambiaba cada pocos pasos: cereal húmedo junto a los silos, cuero hervido cerca de los talleres, pescado en las rampas donde descargaban las barcas de madrugada.
La planta baja del almacén era de piedra oscura; las superiores, de madera alquitranada, con ventanas estrechas y rejas demasiado sólidas para un negocio que afirmaba comerciar sobre todo con harina y lana.
No había nombre sobre la puerta ni enseña comercial.
En aquel barrio tampoco hacía falta. Hasta los mozos que no trabajaban para Vilar parecían saber qué carros podían bloquear un callejón sin que nadie protestara.
Ridley llevaba casi media hora observando los dos accesos.
Por uno habían entrado carros cargados de sacos y fardos; por el otro, cajas sin marcas que descargaban hombres especialmente interesados en que nadie preguntara qué contenían.
Había contado diecisiete guardias cuando Blaid habló desde una columna del muelle.
—Te faltan dos.
Ridley no se volvió. —Hay diecisiete.
—Diecinueve. Los dos que juegan a los dados junto a los barriles.
El tiefling estaba apoyado contra la piedra, envuelto en una capa gris que ocultaba buena parte de su piel violácea, aunque no los cuernos curvados hacia atrás.
El viaje de los últimos días había dejado polvo en sus botas y una mancha seca junto al borde de la capa; aun así, el cuello de su camisa seguía inexplicablemente recto.
Ridley miró a los hombres que Blaid había señalado.
Uno agitó el cubilete y lanzó los dados.
Ninguno bajó la vista hacia el resultado.
—No parecen guardias.
—El de la izquierda lleva una hoja horizontal debajo de la capa. El otro no ha mirado los dados desde que llegamos.
Ridley corrigió la cuenta y soltó un gruñido. —Diecinueve. Podrías haberlo dicho hace veinte minutos.
Blaid se separó de la columna. —Habrías vuelto a contarlos.
La tenía. Ridley decidió no premiarlo con una respuesta y buscó al resto.
Fïrn estaba sentado sobre un saco de cebada con el diario apoyado en las rodillas.
Escribía deprisa, se detenía para releer una línea y volvía varias palabras atrás para añadir algo entre medias; una piedra sujetaba la esquina superior de la página contra el viento del río, que también le levantaba mechones del cabello rubio sobre los ojos oscuros cada vez que inclinaba la cabeza.
Cuando vio acercarse a Ridley, cerró el cuaderno con una rapidez que habría sido más discreta si no hubiera resultado tan evidente.
—Eso empieza a parecer una confesión.
Fïrn apoyó el diario contra el pecho. —Es prevención.
—Estabas escribiendo sobre nosotros.
—También escribo sobre carreteras y todavía no he visto a ninguna intentando leer por encima de mi hombro.
—Las carreteras no inventan cosas sobre mí.
—Nunca invento nada importante.
Blaid pasó junto a ellos camino de la puerta lateral. —Lo llama así desde que descubrimos que, en su versión de la emboscada de Valdería, había previsto a los seis atacantes.
Fïrn lo señaló con la pluma. —Escribí que tuve un mal presentimiento.
—Escribiste que «el camino se encogió de una forma que solo podía anunciar violencia».
—Era un mal presentimiento bien expresado.
Ridley intentó alcanzar el diario y Fïrn lo apartó antes de que pudiera tocarlo.
No siguió discutiendo. A esas alturas había aprendido que cualquier conversación sobre el cuaderno terminaba produciendo más cuaderno, y Fïrn era perfectamente capaz de convertir una amenaza de confiscación en una nota al margen sobre censura.
Paf Paf estaba junto al burro gris que había transportado parte del equipo durante los tres últimos encargos de Vilar.
Era un animal bajo y ancho de vientre, con un pedazo de la oreja derecha arrancado y una expresión de cansancio permanente.
El goliat sostenía una de sus patas delanteras entre las manos y revisaba el casco con la paciencia que reservaba para animales, herramientas y cosas que podían arreglarse sin necesidad de hablar demasiado.
—No es nuestro —dijo Ridley.
Paf Paf introdujo la punta de un pequeño cuchillo junto al casco, retiró un guijarro y dejó la pata en el suelo. —Ya está.
El burro probó el apoyo dos veces y acercó el hocico al hombro del goliat.
Ridley reparó en que Paf Paf había hecho casi todo con la mano izquierda.
Seis meses habían devuelto buena parte del movimiento al hombro derecho, pero las mañanas húmedas seguían delatando lo que prefería no comentar; Ridley había aprendido a no preguntarle si dolía porque Paf Paf siempre respondía que no justo antes de empezar a mover el brazo todavía menos.
—No va a agradecértelo.
Paf Paf le rascó detrás de la oreja. —Ya lo ha hecho.
Ridley miró al animal y luego al goliat. —Es un burro.
—Sí.
Esperó por costumbre. No llegó ninguna explicación.
El olor a grano que salía del almacén le recordó la granja de sus padres.
No fue un recuerdo completo, solo unas manos hundiéndose en un saco para comprobar la humedad, el golpe de una pala sobre un suelo de madera y Solrrak quejándose porque el polvo se le metía entre las piezas de la armadura.
Ridley apartó la vista antes de que apareciera algo más.
Habían pasado seis meses desde Beregost. El tiempo había sido suficiente para que sus costillas dejaran de doler con cada respiración, para que Paf Paf recuperara casi todo el movimiento del hombro y para que el mundo siguiera funcionando sin pedirles permiso.
Habían dormido en establos, posadas, habitaciones alquiladas con nombres falsos y campamentos donde seguían haciendo turnos de guardia aunque nadie hubiera visto perseguidores en días.
Vilar les había conseguido trabajo escoltando caravanas, desalojando bandidos de un almacén, llevando mensajes por los que pagaba precisamente para que no leyesen y vigilando durante dos noches una casa cuyo propietario nunca apareció.
Ridley había dejado de preguntar por qué algunas tareas necesitaban cuatro personas armadas y había empezado a preguntar cuánto pagaban.
Durante las primeras semanas buscaron supervivientes de Beregost en cada localidad por la que pasaban.
Preguntaban en templos, hospicios y puestos de camino; Fïrn comparaba nombres con las listas que habían conseguido reunir y Blaid encontraba maneras de averiguar cosas sin pronunciar siempre la pregunta directa.
Con el tiempo descubrieron que hablar demasiado de Beregost era una forma eficaz de conseguir que los demás empezaran a interesarse por ellos, así que aprendieron a moverse por rumores, nombres sueltos y noticias compradas a gente que no quisiera saber para qué servían.
Habían encontrado algún rostro conocido y muchas historias falsas repetidas con absoluta convicción.
A Solrrak, no.
A Aria, tampoco.
Ridley había terminado midiendo los meses por encargos de Vilar porque las semanas, si las dejaba sueltas, tenían la mala costumbre de parecerse demasiado unas a otras.
La puerta lateral del almacén se abrió y salió un hombre delgado con una tablilla bajo el brazo. Tenía la cabeza afeitada, los dedos manchados de tinta y una cinta verde anudada alrededor del índice.
—Vilar os recibirá ahora.
Ridley miró el sol, ya por encima de los tejados. —Nos citó al amanecer.
El escribiente también miró hacia arriba, como si necesitara comprobarlo. —Os indicó que estuvierais aquí al amanecer.
—Eso es una cita.
—No exactamente.
Blaid pasó entre ambos. —No malgastes energía. Estoy bastante seguro de que la diferencia entre esas dos cosas sostiene al menos uno de los negocios de Vilar.
El escribiente no sonrió. Les hizo una seña y entró de nuevo.
Atravesaron el almacén entre mesas de inventario, sacos de grano y empleados que trabajaban sin prestarles atención.
La actividad tenía algo de mercado y algo de cuartel: cada cual parecía saber dónde debía estar y cuánto tiempo podía detenerse antes de que alguien preguntara por qué.
En una sala, varias mujeres cosían pequeños compartimentos en el interior de capas de viaje; en otra, tres hombres borraban sellos comerciales de unas cajas con hierros calientes.
Nadie hizo el menor intento por cubrir las mesas cuando pasaron.
Aquello inquietaba a Ridley más que cualquier gesto de ocultación.
Para esconder un delito había que temer a alguien; Vilar llevaba demasiado tiempo trabajando sin necesidad de hacerlo.
En el patio interior, Paf Paf entregó las riendas del burro a un mozo y dio dos pasos hacia la puerta. El animal fue detrás.
—Quieto.
Se detuvo.
Ridley miró primero al burro y luego a Paf Paf. —Llevamos semanas intentando que haga eso.
—Sí.
—¿Qué has hecho diferente?
Paf Paf señaló al animal. —Se lo he pedido.
A su espalda sonó el roce de papel. Ridley no necesitó volverse.
—Ni se te ocurra.
—No pensaba escribir nada —dijo Fïrn.
Ridley lo miró.
Fïrn guardó el diario. —Todavía.