1 #7
La granja tenía un granero, un pozo y una casa de piedra a la que faltaba parte del techo.
Paf Paf examinó las vigas antes de dejar entrar a los heridos y declaró que la principal aguantaba.
Ridley señaló otra y preguntó si estaba seguro.
El goliat respondió que no, pero que también aguantaría.
Ridley decidió que, para aquel día, era una diferencia suficiente.
Se organizaron como pudieron. Quienes estaban en mejores condiciones fueron a buscar agua y leña; quienes sabían algo de medicina atendieron a los heridos; el maestro tomó nombres y Fïrn comparó la lista con la suya para evitar duplicados.
Ridley intentó participar en todas las tareas hasta que las costillas lo obligaron a sentarse.
Blaid se acomodó a su lado y observó que llevaba toda la mañana buscando algo que hacer con las manos.
Ridley señaló que había cosas que hacer.
Blaid respondió que eso no contradecía su observación.
Ridley recogió una piedra y la hizo girar entre los dedos.
Dijo que, mientras esperaban allí, podía haber gente muriendo dentro de la ciudad.
Blaid aceptó. La simpleza de la respuesta lo irritó porque le recordó a Aria, que también podía admitir algo horrible sin envolverlo en consuelo.
Blaid dudó que ella lo hiciera para facilitarlo; probablemente, dijo, solo se negaba a mentir.
—Volveremos —dijo Ridley al cabo.
Blaid tardó unos segundos. Volverían cuando tuvieran una forma de hacerlo que no consistiera en atravesar patrullas y esperar que apareciera otra puerta.
Ridley reparó en el plural. Esperaba una discusión y encontró, en cambio, una condición.
No era una promesa suficiente, pero era más de lo que había tenido unas horas antes.
Preguntó si la voz seguía con él. Blaid respondió que sí y que no había vuelto a hablar.
Cuando Ridley quiso saber si eso lo preocupaba, el tiefling volvió a decir que sí.
No hubo ironía esta vez. Ridley le recordó que esperaba una explicación cuando supiera algo.
Blaid prometió contarle lo que pudiera. Era la misma fórmula de antes y seguía siendo insuficiente, aunque ambos empezaban a reconocerla como el límite provisional de una conversación que tendría que continuar.
Aquella tarde nadie habló de abandonar definitivamente la zona y nadie intentó regresar.
Prepararon turnos de vigilancia. Paf Paf aceptó que le inmovilizaran el hombro solo después de que una mujer del grupo amenazara con hacerlo mientras dormía.
Ridley llevaba una venda alrededor de las costillas que no solucionaba gran cosa, pero le recordaba que no debía cargar sacos.
Blaid tenía quemaduras superficiales en dos dedos por uno de los intentos fallidos de manipular el Tejido durante la huida.
Fïrn conservaba los libros de Aria y comprobaba cada cierto tiempo que siguieran donde los había dejado.
Al anochecer contaban cuarenta y dos supervivientes. Fïrn escribió la cifra junto a la fecha y dejó debajo una línea en blanco. Ridley preguntó qué pensaba poner allí. «Los que encontremos mañana», respondió. Nadie corrigió la formulación.
Comieron pan endurecido, queso y lo que quedaba de las provisiones de dos carros.
Después fueron cayendo donde encontraron sitio, sobre paja, junto a las paredes o debajo de mantas compartidas.
Ridley no consiguió dormir. Desde el granero veía una franja rojiza sobre el horizonte.
Alguien lloraba en la otra punta del edificio; más cerca, Paf Paf respiraba con cuidado para no mover el hombro, Fïrn dormía abrazado a la bolsa de los libros y Blaid estaba tendido de espaldas con los ojos abiertos.
Ridley preguntó si tampoco podía dormir.
Blaid dijo que no. A Ridley se le escapó que eso estaba bien.
El tiefling volvió la cabeza, desconcertado.
Ridley explicó que no quería ser el único.
Blaid comprendió aquello mejor que cualquier otra cosa que se hubieran dicho desde el amanecer.
Pasó un rato antes de que alguno volviera a hablar.
Ridley dijo que buscarían otra vez al día siguiente.
Blaid respondió que sí. Esta vez la palabra no molestó.
Poco antes del amanecer, las campanas de Beregost volvieron a sonar.
No distinguieron el toque. Llegaba demasiado lejos y el viento cortaba unas notas antes de que alcanzaran la granja.
Ridley salió del granero y permaneció junto al camino escuchando.
Oyó tres campanadas, después otra que quizá perteneciera a una torre distinta, luego nada.
Esperó. Una última nota llegó desde la ciudad tan débil que durante un instante no estuvo seguro de haberla oído.
El viento cambió y el silencio volvió a instalarse sobre los campos.
Cuando regresó al granero, Fïrn ya estaba despierto y tenía el cuaderno abierto. Preguntó qué tocaban. Ridley negó con la cabeza. El bardo apoyó la pluma sobre el papel y quiso saber si debía escribirlo de todos modos.
—Sí.
—¿Qué pongo?
Ridley miró hacia la puerta abierta, donde la primera claridad empezaba a dibujar los árboles y los carros abandonados en el patio de la granja.
—Que todavía sonaban.
Fïrn escribió. Fuera, empezaba a amanecer.