Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 1 #6
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Nadie habló durante unos segundos. Blaid preguntó si solo habían salido ellos; Fïrn explicó que los grupos iban a distintos anclajes.

Paf Paf llegó más despacio y preguntó a la estudiante si podía caminar.

Después Fïrn reparó en el brazo del goliat y recibió una respuesta característica: él también podía caminar. La precisión resultó suficiente.

Fïrn preguntó por Solrrak. Ridley bajó la vista hacia el arroyo y contó que había cerrado el rastrillo desde dentro.

Fïrn no preguntó si había muerto. Ridley agradeció que no lo hiciera.

A cambio, el bardo explicó la promesa hecha a Aria: no volvería solo.

Blaid levantó una ceja y calificó la formulación de sospechosamente específica. Fïrn admitió que había negociado.

Ridley dejó claro que, en cualquier caso, nadie volvería entonces.

Solrrak y Aria seguían dentro; sus padres podían seguir allí y la familia de Blaid también.

La lista salió de su boca con más dificultad de la esperada.

Fïrn miró hacia el humo y dijo que marcharse no convertía aquello en correcto.

Ridley aceptó. Volver sin plan tampoco sacaba a nadie. Esta vez Fïrn no discutió.

La muchacha empezó a llorar. Paf Paf se agachó para preguntarle su nombre.

Se llamaba Mera y tenía una hermana que había salido con el grupo anterior.

Paf Paf prometió que la buscarían. Cuando ella quiso saber si la encontrarían, no adornó la respuesta: no lo sabía, pero la buscarían. Fïrn lo observó en silencio.

Entre los árboles próximos a la muralla aparecieron luces cubiertas.

Blaid contó cinco y vio cómo se separaban.

Patrullas. Fïrn recordó los demás anclajes y comprendió que, si los grupos habían aparecido cerca de la ciudad, podían encontrarlos antes que ellos.

Señaló hacia el oeste. El patrón de rutas sugería que habría otros puntos de llegada a lo largo del borde del bosque.

Blaid preguntó cuánto había de cálculo y cuánto de esperanza en aquella conclusión.

Fïrn respondió que prefería no calcular la segunda parte.

El tiefling consideró que, al menos, había distinguido una cosa de la otra.

Se pusieron en movimiento. Ridley tomó la delantera porque alguien tenía que escoger por dónde empezar; Mera caminó junto a Fïrn; Paf Paf cerró la marcha y Blaid se volvió hacia Beregost dos veces durante los primeros cien pasos.

A la tercera, Ridley preguntó si oía de nuevo la voz.

Blaid dijo que no, aunque sabía que seguía allí.

Fïrn quiso saber qué voz. Ridley estuvo a punto de responder por su amigo, pero se contuvo.

Blaid explicó únicamente que algo había hablado con él en la torre y que no pensaba discutir el resto mientras los perseguían.

Fïrn abrió la boca. Ridley señaló hacia delante.

—Después.

Paf Paf habló desde atrás.

—Odio esa palabra.

Fïrn estuvo a punto de sonreír. No llegó a hacerlo. Continuaron bordeando el bosque mientras las luces se extendían detrás de ellos.

• • •

Siguieron el borde de los árboles durante más de una hora.

Las patrullas los obligaron a desviarse varias veces y Ridley eligió los tramos donde la vegetación crecía más cerca del camino, atento a los lugares desde los que podían ver sin ser vistos.

Blaid comprobaba los cruces antes de permitir que avanzaran; Fïrn caminaba con Mera y se detenía cada vez que una voz dudosa llegaba desde la espesura; Paf Paf cerraba la marcha, reservando el brazo derecho y observando el terreno con la paciencia de alguien acostumbrado a saber cuánto peso podía soportar una cosa antes de romperse.

Encontraron al primer grupo cerca de una cantera abandonada: tres estudiantes, un hombre de las cocinas y una mujer con una quemadura extensa en el antebrazo.

Se habían refugiado detrás de una pared de piedra.

Uno de los muchachos reconoció a Mera y la llamó antes de que Ridley pudiera pedir silencio.

La hermana de la muchacha apareció detrás del muro y ambas acabaron de rodillas, abrazadas.

Paf Paf las contempló unos segundos y comentó que ya tenían una persona menos que buscar.

Fïrn entendió que aquello era, en su idioma, una celebración.

Los supervivientes hablaron todos a la vez.

Algunos habían cruzado mediante los círculos y otros por salidas secundarias.

Nadie sabía cuántas rutas seguían abiertas ni cuántas personas continuaban dentro.

Un estudiante aseguraba haber visto a Aria después del último tránsito; otro afirmaba que los círculos habían colapsado antes.

Fïrn dejó que ambos terminaran y preguntó al primero si realmente le había visto la cara.

El muchacho admitió que solo había reconocido una túnica.

Fïrn cerró los ojos un momento antes de corregirse a sí mismo y pedir disculpas por la brusquedad.

Necesitaban distinguir lo que sabían de lo que deseaban que fuera cierto.

Blaid comentó que era una costumbre saludable y, por una vez, Fïrn no encontró nada que añadir.

Ridley preguntó por Solrrak y por sus padres.

Nadie los había visto. Blaid hizo lo mismo con los Caria y recibió respuestas vagas: alguien había oído que el distrito oriental seguía abierto; otro juraba que la Luz Púlida había entrado allí antes del amanecer.

Ninguno lo había comprobado. Blaid dejó de preguntar cuando comprendió que cada nueva versión iba a darle otra forma a la misma ignorancia.

El segundo grupo estaba cerca de un molino, más al norte.

Había dos guardias, varios alumnos y un maestro de primeras letras que intentaba vendar una herida con tiras arrancadas de su camisa.

Ridley se arrodilló a ayudar. Al terminar, quiso incorporarse demasiado deprisa y tuvo que apoyar una mano en el suelo.

Paf Paf observó cómo protegía el costado y le ordenó que se sentara.

Ridley respondió que estaba bien; ante la mirada del goliat corrigió la afirmación y dijo que estaba lo bastante bien. Aquello sí fue aceptado.

Blaid aprovechó la pausa para examinar el hombro de Paf Paf, que seguía hinchándose bajo la ropa.

El goliat repitió que lo mirarían luego.

Blaid empezó a sospechar que usaba la palabra como método para evitar cualquier conversación médica.

Paf Paf sostuvo que funcionaba bastante.

Fïrn ofreció dejar constancia escrita de lo contrario.

El intercambio habría continuado si Blaid no hubiese observado que el bardo hablaba demasiado.

Fïrn se quedó quieto y aceptó que era verdad.

Después guardó silencio durante un buen rato.

El sol terminó de salir mientras descansaban junto al molino.

Desde allí Beregost ocupaba buena parte del horizonte; el humo se extendía hacia el oeste y ocultaba las zonas altas de la ciudad.

De vez en cuando aparecía un destello entre los tejados, imposible de distinguir a aquella distancia: fuego, magia o metal reflejando la luz.

Ridley contó las torres visibles y descubrió que faltaban dos.

Podía ser el humo. Se negó a convertir la posibilidad en certeza.

Blaid fue el primero en decir que tenían que alejarse más.

Nadie discutió. El maestro del segundo grupo conocía una granja abandonada a unas horas hacia el norte, separada del camino principal por una loma baja y un tramo de huertos sin cultivar.

Los supervivientes empezaron a organizarse alrededor de esa posibilidad.

Ridley distribuyó agua; Paf Paf revisó un carro y dictaminó que una rueda podía repararse; Fïrn escribió los nombres de quienes habían encontrado y los de quienes seguían desaparecidos. Blaid se apartó unos minutos.

La presencia seguía dentro de él. No había vuelto a hablar, pero el espacio que había abierto resultaba reconocible, como una habitación cerrada en una casa que uno creía conocer entera.

Blaid intentó ignorarlo y lo consiguió hasta que decidió comprobar deliberadamente si seguía allí.

Lo estaba. No sabía si aquello le tranquilizaba o lo empeoraba.

Cuando regresó, Fïrn tenía el cuaderno abierto.

Preguntó por la familia de Blaid. El tiefling miró el espacio en blanco bajo su nombre y dijo «Radhan y Elenna de Caria».

Fïrn escribió sin comentar. Ridley añadió a Solrrak y después a sus padres.

Cuando llegó el turno de Paf Paf, el goliat negó: nadie de los suyos vivía en Beregost. Fïrn esperó por si quería añadir algo; Paf Paf señaló el carro y explicó que la rueda aguantaría si no la cargaban demasiado. El bardo aceptó el cambio de tema.

Emprendieron la marcha con el sol ya por encima de los árboles y durante las horas siguientes encontraron gente dispersa por caminos secundarios: una mujer que había pasado parte de la noche escondida en una acequia; dos niños acompañados por un escribiente; un anciano descalzo que seguía agarrando una llave cuya puerta quedaba en algún lugar detrás del humo.

No encontraron a Solrrak. Ni a Aria. Ni a los padres de Ridley.

Ni a la familia de Blaid. Al mediodía eran más de treinta.