1 #5
El mundo se volvió blanco.
El traslado lo dejó de rodillas sobre tierra húmeda.
La estudiante cayó a su lado y vomitó entre unas raíces.
Fïrn necesitó varios segundos para aceptar que los árboles eran reales y que el aire ya no olía a humo.
Conservaba los dos libros y el laúd seguía en su sitio.
A través de las ramas se alzaban columnas oscuras. Beregost estaba demasiado cerca.
La muchacha preguntó por Aria. Fïrn respondió que se había quedado.
Ella dijo que la maestra había prometido venir.
Él corrigió, quizá con más brusquedad de la necesaria, que había prometido intentarlo.
Dio tres pasos hacia el humo y se detuvo al recordar sus propias palabras: no volveré solo.
La promesa ya resultaba insoportable. No podía llevar a la estudiante de regreso y tampoco podía dejarla allí.
Le preguntó si sabía llegar al camino de las colinas. Ella negó y se disculpó como si la ignorancia fuera una falta. Fïrn cerró los ojos, contó hasta tres y decidió que Aria no le había pedido que creyera que todo saldría bien; solo que hiciera algo útil con el tiempo que aún tenía.
—Ven. Vamos a buscar a los demás.
La muchacha caminó a su lado durante unos pasos antes de preguntar quiénes eran «los demás». Fïrn miró hacia el norte.
—Gente con la que discuto demasiado.
• • •
Cuando Ridley, Blaid, Paf Paf y Solrrak alcanzaron el almacén, la trampilla del conducto ya estaba abierta.
Los cocineros, los heridos y varios estudiantes descendían por una escalera tan estrecha que solo permitía pasar de uno en uno.
Paf Paf ayudaba con la mano izquierda y mantenía la derecha pegada al cuerpo; cada vez que alguien cargaba demasiado peso sobre él, una punzada le atravesaba el hombro y le endurecía la mandíbula.
Los primeros golpes sonaron en las cocinas cuando quedaban siete personas.
Solrrak ordenó atrancar la puerta. Dos guardias encajaron la barra entre los soportes y el primer impacto desde el otro lado hizo que la madera se combara.
Blaid se asomó a la trampilla y observó que la escalera era estrecha.
Solrrak le recomendó, con una serenidad que no invitaba a discutir, que procurara no ocuparla demasiado tiempo.
El tiefling decidió que había momentos en los que una réplica podía esperar y empezó a bajar.
Paf Paf fue detrás, girando el cuerpo para proteger el hombro.
Ridley permaneció arriba hasta que ambos desaparecieron y entonces vio la cadena.
Descendía por la pared junto a la trampilla y se perdía bajo el suelo.
Conocía el mecanismo: si alguien tiraba de ella, un rastrillo de hierro caería sobre la entrada del conducto y bloquearía el paso desde el almacén. Solo podía accionarse desde allí.
—No.
Solrrak ni siquiera fingió no entender.
—Baja.
Ridley señaló a los guardias. Uno apenas podía sostenerse sobre la pierna atravesada por la flecha; el otro necesitaba mirar a Solrrak para comprender cada orden.
Su hermano no tuvo que explicar por qué ninguno de los dos servía.
Ridley insistió en que bajara primero. Solrrak volvió a negarse.
Al otro lado de la puerta comenzó la liturgia y la presión desagradable que Ridley había sentido en el patio reapareció detrás de sus ojos.
Desde abajo llegó la voz de Blaid preguntando si existía algún motivo extraordinario para que siguieran esperando bajo una entrada que alguien estaba intentando derribar.
Ridley no apartó la mirada de su hermano.
Recordó a Fïrn, a Aria y a sus padres; preguntó por estos últimos.
Solrrak guardó silencio un instante demasiado largo.
—¿Sabes algo?
—No. No sé dónde están. No sé si Fïrn ha salido, ni si Aria podrá cerrar las rutas, ni cuánto va a aguantar esa puerta.
La irritación en su voz resultó más inquietante que cualquier grito.
Ridley había crecido convencido de que Solrrak siempre sabía qué hacer, o al menos sabía fingirlo.
Entonces vio el miedo en una tensión breve alrededor de sus ojos y comprendió que su hermano no sabía cómo salvar Beregost. Solo estaba escogiendo qué hacer primero.
—No somos un apellido —dijo Solrrak.
Ridley conocía la frase. La había oído antes de entrenamientos, después de discusiones y cada vez que recurría al nombre Der como si el linaje explicara por sí mismo lo que se esperaba de ellos.
Cerró los ojos y le dijo que no pensaba despedirse escuchando una lección.
Solrrak respondió que entonces se verían después, lo agarró por la nuca y apoyó la frente contra la suya.
Ridley quiso acusarlo de mentir. Su hermano aceptó que probablemente lo estaba haciendo.
La barra empezó a quebrarse. Solrrak empujó a Ridley hacia la trampilla.
Cuando él se agarró al borde, recibió un golpe con la base de la lanza sobre los dedos, no para dañarlos, sino para hacerle perder el agarre.
Cayó sobre Paf Paf justo cuando la cadena corría por las anillas.
El rastrillo descendió con un estrépito de hierro.
Ridley se incorporó y agarró los barrotes.
Arriba, Solrrak aseguró la cadena alrededor de una argolla.
La puerta del almacén cedió. El primer inquisidor entró con la espada levantada y Solrrak recibió el golpe con la lanza.
Ridley gritó su nombre. Paf Paf lo agarró por la cintura y empezó a arrastrarlo hacia el conducto.
—¡Suéltame! Es mi hermano.
—Lo sé.
Ridley lanzó el codo hacia atrás y alcanzó el hombro lesionado del goliat.
Paf Paf perdió el aire, pero no lo soltó.
Blaid regresó unos pasos y examinó el mecanismo del rastrillo.
Dijo que no había forma de levantarlo desde allí.
Ridley le ordenó que callara. El tiefling respondió que lo había oído perfectamente.
Arriba volvió a chocar el metal. Ridley distinguió la lanza de Solrrak desviando un golpe y luego perdió el ángulo. Forcejeó con más fuerza. Paf Paf lo sostuvo.
—Me lo pidió.
Ridley consiguió girarse y le espetó que no tenía derecho.
Paf Paf aceptó la acusación sin discutirla: derecho no, pero sí fuerza suficiente para sacarlo.
Continuó retrocediendo hasta que la primera curva ocultó el almacén.
Durante un tiempo siguieron oyendo la lucha, metal contra metal, un golpe seco contra madera y una voz que no llegaron a entender.
Después solo quedaron el agua bajo las botas, la respiración de los que escapaban y el arrastre irregular de uno de los heridos.
Ridley no supo en qué momento dejaron de oírse los golpes.
El conducto desembocaba en una zanja cubierta de juncos.
La claridad del amanecer empezaba a extenderse sobre los campos mientras, detrás de ellos, el humo cubría buena parte del cielo.
Junto a la reja exterior estaban las herramientas que Solrrak había mencionado.
Paf Paf soltó a Ridley, cogió un martillo con la mano izquierda y golpeó el cierre.
La primera vez apenas lo movió; en la segunda encontró mejor ángulo.
Al tercer golpe tuvo que detenerse, respirando por la nariz mientras el hombro derecho permanecía inmóvil.
Ridley quiso sustituirlo, pero el goliat negó y afirmó que todavía tenía el otro brazo.
Necesitó dos golpes más para que el hierro cediera.
Los supervivientes salieron a la zanja. Ridley fue el último y, en cuanto estuvo fuera, se volvió hacia el conducto.
Paf Paf se colocó delante. Ridley ordenó que se apartara; él se negó.
Solrrak podía seguir vivo, admitió, y precisamente por eso preguntó qué pensaba hacer Ridley si lograba regresar.
«Lo saco», respondió. Paf Paf quiso saber cómo.
Ridley abrió la boca y descubrió que no tenía nada detrás de la frase.
El rastrillo seguía cerrado desde dentro, el almacén estaba tomado y ni siquiera sabía qué parte de la torre continuaba en pie.
La impotencia encontró una salida más rápida que el pensamiento.
Ridley golpeó a Paf Paf en la mandíbula.
El goliat apenas volvió la cabeza. Blaid avanzó un paso, pero Paf Paf no se defendió.
Aquello detuvo a Ridley mejor que cualquier amenaza.
Bajó el puño y admitió, con una voz que apenas reconoció, que no sabía qué hacer.
Blaid miró la abertura del conducto y respondió que él tampoco.
Volver por allí, añadió, no convertiría la desesperación en un plan.
Ridley señaló al tiefling. Le recordó que había encontrado una puerta inexistente y exigió que encontrara otra.
Se arrepintió antes de terminar la frase.
Blaid se llevó una mano al pecho y explicó que no sabía cómo lo había hecho; recordaba verla y cruzarla, pero no recordaba en qué momento había sabido que podía abrirla.
Ridley mencionó a Elyndra. Blaid corrigió que solo creía que se trataba de ella.
Ninguno obtuvo consuelo de la precisión.
Paf Paf se tocó la mandíbula y observó el puño de Ridley.
—Golpeas mal. El pulgar debe ir fuera.
Ridley lo miró como si acabara de hablar en otro idioma. Blaid soltó una exhalación que estuvo cerca de convertirse en risa. La absurda corrección no resolvió nada, pero permitió que el aire volviera a entrar en los pulmones de los tres. Ridley bajó la mano y prometió tenerlo en cuenta.
Un grito llegó desde el bosque. Ridley reconoció la voz antes de ver a Fïrn y echó a correr hacia los árboles.
El bardo apareció junto a un arroyo con dos libros apretados contra el pecho y una muchacha agarrada a una de sus mangas.
Ridley le preguntó por heridas antes que por cualquier otra cosa.
Fïrn tuvo que mirar su propia ropa para responder que no creía tener ninguna.
Cuando Ridley preguntó por Aria, la expresión cambió.
Estaba viva cuando él cruzó. Se había quedado para cerrar las rutas.