Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 1 #4
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Solrrak miró a los que se acercaban antes de responder.

Había una veintena de personas vivas en el patio, la Luz Púlida ya había entrado en la torre y los accesos inferiores estaban perdidos.

Eso, dijo, era lo que podía decidir ahora.

Paf Paf reconoció la expresión de Ridley: no dudaba de la lógica, sino que la odiaba porque no le ofrecía la respuesta que quería.

Solrrak le dijo que podía enfadarse mientras caminaba.

Blaid se llevó una mano a la sien. Solrrak reparó en el gesto y preguntó si lo habían golpeado.

Ridley respondió por él, diciendo que llevaba un rato hablando con alguien que no estaba allí.

Blaid objetó que aquella descripción sacrificaba matices importantes.

Solrrak no sonrió; quiso saber únicamente si aquello los ponía en peligro.

Blaid tardó demasiado en responder y acabó admitiendo que no lo sabía.

Solrrak aceptó la incertidumbre con una facilidad que sorprendió incluso al tiefling.

—Entonces me lo cuentas cuando lo sepas. Ahora moveos.

• • •

Fïrn había cometido el error de intentar salvar una enciclopedia.

No una enciclopedia completa, porque incluso él reconocía ciertos límites físicos, sino tres volúmenes de una colección sobre resonancias históricas cuya desaparición consideraba una ofensa personal.

Tenía los libros apilados en los brazos cuando Aria pasó junto a él cargando dos cajas pequeñas.

La maestra se detuvo, observó la torre de papel y negó con la cabeza.

—No.

Fïrn asomó la cara por encima del volumen superior.

Era el más menudo de los jóvenes que aún quedaban en el archivo, delgado y de rasgos finos; el cabello rubio, poco obediente incluso en días tranquilos, le caía ahora sobre unos ojos oscuros demasiado atentos para la hora y las circunstancias.

Preguntó cuál de todos sus argumentos había rechazado, puesto que todavía no había tenido tiempo de presentar ninguno.

Aria dejó las cajas sobre una mesa, retiró dos de los libros y sustituyó el tercero por un volumen más estrecho con una quemadura antigua en una esquina.

Fïrn reconoció el lomo. Era uno de los textos que ella guardaba bajo llave.

—Este sí.

No explicó por qué. En circunstancias normales Fïrn habría convertido la omisión en una conversación de diez minutos. El suelo vibró bajo sus botas y un trozo de yeso cayó del techo; decidió posponer la curiosidad por primera vez en mucho tiempo.

El archivo se había transformado en una estación de paso.

Maestros y aprendices cruzaban entre mesas apartadas, cajas abiertas y círculos inscritos en el suelo.

Aria organizaba la evacuación con frases cortas y exactas; la túnica azul medio oscuro que solía vestir estaba manchada de polvo en el bajo mientras revisaba que cada grupo llevara solo lo imprescindible y que nadie cruzara con metal suelto que pudiera alterar los anclajes.

Fïrn obedecía mientras hablaba más de la cuenta.

Ayudó a un muchacho a cerrar una mochila, rescató un cuaderno de debajo de una mesa y discutió con una alumna que quería volver por una jaula de pájaros.

Cuando terminó la discusión, Aria ya estaba a su lado con las hojas del inventario apretadas entre los dedos.

Fïrn vio el temblor antes de que ella lo ocultara y le quitó los papeles con cuidado.

No preguntó si tenía miedo. La respuesta habría sido inútil y probablemente ella la habría considerado una pérdida de tiempo.

Aria señaló el brasero. Había documentos que no podían caer en manos de la Luz Púlida y no había tiempo para seleccionar mejor.

Fïrn arrojó los pergaminos al fuego y la tinta se ennegreció antes que el papel. Prefirió no seguir mirando.

Los cuatro estudiantes del primer grupo ocuparon el círculo principal.

Aria revisó las líneas, corrigió una runa junto al borde y levantó la mano.

La luz recorrió la matriz; el aire pareció tensarse sobre la piedra y los cuatro desaparecieron.

Fïrn continuó mirando el centro del círculo porque algo en el tránsito había llegado tarde.

No habría sabido explicarlo en términos del Tejido.

Aria podía hablar de corrientes, anclajes y derivaciones; él solo percibía que el patrón tenía una fracción de retraso, como una canción en la que uno de los músicos entraba fuera de tiempo aunque nadie más pareciera notarlo.

El segundo círculo empezó a iluminarse mientras el tercero permanecía oscuro.

Aria siguió la dirección de su mirada y le preguntó qué oía.

Fïrn levantó una mano para pedirle unos segundos, se agachó junto al borde de la matriz y marcó con la uña el pulso que percibía en la piedra.

Aria llamó al maestro encargado de los anclajes.

El hombre aseguró que la runa sur estaba completa.

Fïrn estuvo de acuerdo: el problema no estaba en lo que veía, sino en algo debajo que entraba tarde.

Aria recorrió la junta entre dos losas hasta detenerse en una placa desplazada apenas unos milímetros.

El maestro consideró que era demasiado poco para explicar el fallo.

Ella respondió que, con una estructura de tránsito, poco podía ser suficiente.

Corrigieron la placa y el tercer círculo se encendió.

Fïrn sonrió pese al ruido y exigió que alguien dejara constancia de que aquello lo había encontrado él. Aria ya se estaba levantando.

—Sal de aquí y podrás escribirlo tú mismo.

La respuesta borró la sonrisa. El segundo grupo cruzó y un crujido profundo recorrió el techo.

Una grieta avanzó por la pared y el primer círculo se apagó.

A partir de entonces apenas hubo espacio para hablar.

Fïrn ayudó a colocar a los estudiantes, comprobó que nadie cruzara con piezas metálicas sueltas y siguió marcando el pulso cuando percibía que uno de los anclajes empezaba a desviarse.

No alimentaba la estructura ni sabía repararla; se limitaba a indicar el momento en que dejaba de seguir su propio ritmo.

Aquello bastó para que el maestro pudiera corregir dos desajustes antes de activar el siguiente tránsito.

Fue entonces cuando Fïrn comprendió que Aria no se preparaba para marcharse.

Cada vez que un grupo desaparecía, ella retrocedía hacia la matriz o recorría la sala en busca de alguien que faltara.

Esperó hasta que quedaron siete personas antes de preguntarle cuándo pensaba cruzar.

Aria respondió que después. Fïrn conocía aquella palabra y, sobre todo, conocía la manera en que ella la usaba cuando quería cerrar una conversación sin mentir del todo. Insistió.

Aria miró los anclajes. Alguien debía cerrar la matriz desde aquel lado, admitió, aunque existía la posibilidad de enlazar con otro punto después. Fïrn preguntó cuánta posibilidad. Ella no respondió. Él dejó escapar el aire y dijo «perfecto» con una ironía tan evidente que Aria se volvió hacia él.

—No conviertas en broma una respuesta que no te gusta.

Fïrn tenía preparada una réplica y la perdió.

Le propuso que cruzaran juntos en el penúltimo grupo y que dejara el cierre al maestro.

Aria negó; el hombre dominaba la quinta hebra, no las derivaciones de emergencia.

Fïrn sugirió que se las enseñara. Ella señaló el techo y dijo que no había tiempo.

Él observó que llevaban un rato discutiendo y eso tampoco parecía ahorrar demasiado.

Aria lo agarró del antebrazo y lo apartó de los estudiantes antes de contestar.

Si la Luz Púlida entraba antes de que las rutas estuvieran cerradas, podía seguir la resonancia de los anclajes.

No sabían dónde aparecerían los evacuados ni qué refugios quedarían expuestos.

Aria sabía cómo cerrar la matriz desde allí; cualquier otro plan dependía de suposiciones que no podían probar.

Fïrn entendió todo lo que decía y siguió rechazándolo.

—Y después quizá no tengas cómo salir.

Aria no respondió. Ahí estaba el miedo, no en una confesión ni en un temblor de voz, sino en la respuesta que decidió no dar.

Fïrn dijo que se quedaría. Aria abrió una de las cajas, sacó el cuaderno de tapas oscuras que él llenaba de anotaciones y el volumen quemado que había salvado antes, y se los puso contra el pecho.

Fïrn mantuvo las manos abajo. Le dijo que cruzara ella.

Aria volvió a negarse. Cuando él amenazó con quedarse, los dedos de la maestra siguieron sujetando los libros un segundo más de lo necesario.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertir quedarte conmigo en una decisión noble solo porque marcharte te duele.

Fïrn se quedó inmóvil. Había muchas maneras de protegerse dentro de una conversación: podía desviarla, adornarla o esconderse detrás de una observación ingeniosa hasta encontrar una salida.

Aria conocía casi todas. Él terminó agarrando los libros y le dijo que aquello había sido cruel.

Aria aceptó la acusación sin pedir disculpas.

El maestro llamó desde los círculos. Quedaban cuatro personas en la sala: Aria, Fïrn, él y una estudiante de primer año que lloraba en silencio.

El techo volvió a crujir. Aria condujo a la muchacha hasta el círculo y ordenó a Fïrn que cruzara con ella.

Él intentó una vez más arrancarle una promesa útil: que saldría, que buscaría otro anclaje, que no se quedaría allí esperando. Aria solo prometió intentarlo.

—Déjame al menos una mentira pequeña —murmuró Fïrn.

La dureza de la voz de Aria cedió apenas.

—Prométeme que no volverás solo.

Aquello sí podía prometerlo. No significaba que no volvería; ambos eran demasiado precisos para fingir lo contrario.

Fïrn dio su palabra y, a cambio, le exigió que intentara salir.

Aria repitió la promesa. Las líneas del círculo comenzaron a iluminarse alrededor de sus botas.

Fïrn miró a la maestra y encontró una docena de frases posibles, algunas demasiado antiguas y otras recién nacidas. Ninguna servía allí.