1 #3
El frío se extendió bajo sus costillas mientras pronunciaba las condiciones.
Escucharía cuando lo llamara, no apartaría la mano y no cerraría la puerta cuando necesitara paso.
Algo pareció acomodarse dentro de él, no como una segunda mente ni como una voz completa, sino como la certeza física de que existía un espacio donde antes no había nada.
He sido testigo.
Las lámparas se apagaron y la puerta cedió.
Los inquisidores entraron, uno de ellos pasó a menos de un brazo de Blaid y miró directamente hacia él sin reconocerlo.
Su atención resbaló sobre ambos como si la habitación estuviera vacía.
Mientras discutían si los fugitivos habían escapado antes de que cerraran la planta, Blaid vio la puerta en la pared del fondo.
No recordaba haberla visto aparecer. Simplemente estaba allí.
Agarró a Ridley por la muñeca y cruzaron.
Al otro lado había un corredor oscuro. Cuando la puerta se cerró, Ridley recorrió unos pasos antes de exigir saber qué acababa de ocurrir.
Blaid contestó que habían salido. Ridley no encontró graciosa la precisión y le preguntó quién hablaba con él y qué había prometido.
Durante un instante Blaid pensó en mentir; el impulso le molestó más que la pregunta.
—No lo sé. Creo que era Elyndra.
—¿Crees?
—Eso he dicho.
Ridley quería saber qué le había prometido y Blaid le ofreció solo una parte: escucharla.
Su amigo le recordó que había oído bastante más que eso desde el otro lado del aula.
Blaid sostuvo la mirada y respondió que, cuando entendiera lo sucedido, le contaría lo que pudiera.
Era insuficiente, y ambos lo sabían, pero un ruido de pasos al fondo del corredor volvió inútil cualquier discusión más larga.
El pasadizo desembocó en el patio interior. Parte de la galería norte había caído y, bajo la viga principal, había un goliat.
• • •
Paf Paf había llegado a la torre antes de que encendieran los hornos porque prefería entregar el grano a aquella hora.
Era difícil que pasara inadvertido incluso sin intentarlo: un goliat enorme, de piel grisácea cruzada por cicatrices antiguas, cabeza calva y barba cobriza.
Los ojos azules, claros y tranquilos, desentonaban con todo lo que su tamaño hacía esperar.
Las calles estaban vacías, los animales se inquietaban menos y el cocinero principal discutía peor los pesos antes de desayunar.
Había llevado seis sacos de cebada. El cocinero insistía en que eran cinco porque cinco figuraban en el recibo; Paf Paf señaló el carro y le recomendó que firmara otra vez.
Hasta que sonaron las campanas, aquel había sido el problema más complicado de la mañana.
Después un aprendiz irrumpió en las cocinas, alguien habló de fuego y otro de hombres vestidos de blanco cruzando el mercado.
Paf Paf salió al patio y encontró humo, guardias corriendo y un hombre tendido junto al abrevadero.
Reconoció enseguida la forma en que todos buscaban a alguien que supiera qué hacer.
Había pasado años apartándose de aquella mirada.
Eligió tierra, semillas y una cerca cuya esquina sur cedía siempre que llovía demasiado; la primera vez que una vecina le pidió ayuda para levantar un cobertizo descubrió que podía usar la espalda para algo que no terminara con sangre en las manos.
Le había gustado aquella clase de cansancio.
La galería cayó mientras ayudaba a sacar a dos muchachos de las cocinas.
El estruendo llenó el patio de polvo y astillas y, cuando la nube empezó a asentarse, oyó un grito.
Una mujer había quedado atrapada bajo una viga.
Un guardia intentaba levantarla con una palanca demasiado corta, y cada esfuerzo hacía crujir el resto del techo.
Paf Paf examinó la columna partida, el peso que aún descansaba sobre ella y el punto donde la madera se había encajado entre dos losas.
—Ahí no.
El guardia lo miró sin soltar la palanca.
Dijo que no subía. Paf Paf señaló el apoyo roto: si forzaba allí, caería el resto.
Había un banco, dos tablones y suficientes restos de madera para improvisar un puntal que quizá resistiera unos segundos.
Ordenó que pusieran el banco junto a la piedra y explicó que no necesitaba aguantar mucho, solo el tiempo suficiente para sacar a la mujer.
El guardia protestó porque aquello no era una medida.
Paf Paf pensó que, en ese momento, era la única que tenían.
Dos Cazadores aparecieron bajo el arco oriental mientras colocaban el apoyo. El guardia los vio y preguntó si de verdad pensaba seguir con la viga. Paf Paf señaló a la mujer atrapada.
—Ella sigue debajo.
El hombre soltó una maldición, pero obedeció.
Paf Paf encajó el hombro izquierdo bajo el travesaño, colocó los pies y empujó hasta sentir que la madera cedía apenas un dedo.
El primer Cazador entró en el patio con la espada levantada y, durante un instante, regresaron cosas que llevaba años intentando mantener lejos: nieve manchada, hombres gritando, el peso de un arma entre las manos y aquella certeza antigua de que algunos problemas podían resolverse golpeando hasta que dejaran de moverse.
Cuando el atacante se lanzó hacia el sirviente arrodillado junto a la mujer, Paf Paf soltó una mano, giró el extremo libre del travesaño y lo descargó contra su pecho.
No necesitó emplear toda la fuerza. El hombre pisó mal sobre una piedra y cayó de espaldas.
Paf Paf volvió a sujetar la madera y ordenó que sacaran a la mujer.
Lo consiguieron entre dos. Una de sus piernas quedó doblada en un ángulo que el goliat reconoció demasiado bien.
En cuanto estuvo fuera, soltó la viga; el banco se partió y la estructura descendió varios dedos hasta quedar enganchada en los restos del muro.
Una ballesta disparó desde el arco. El virote pasó junto al cuello de Paf Paf y se clavó en la pared.
Podía alcanzar al segundo hombre antes de que recargara.
Sabía cuánto tardaría, dónde golpear y qué parte de sí mismo sería la primera en disfrutarlo.
Dejó el travesaño en el suelo y volvió a entrar entre los escombros porque todavía se oían voces dentro.
Encontró a un niño escondido bajo un escritorio, a un escribiente con una mano rota y a una anciana que se negaba a abandonar una caja de documentos.
Ella sostuvo que los papeles pesaban menos que su vida.
Paf Paf miró la caja y respondió que esperaba que así fuera.
La mujer le pidió ayuda con las dos cosas.
Él cargó los documentos bajo el brazo izquierdo y le ofreció el derecho solo para que se apoyara. El hombro seguía bien entonces.
El techo crujió cuando regresaban al patio.
Paf Paf oyó partirse la madera antes de localizarla y empujó a la anciana.
La viga le golpeó el hombro derecho con un impacto que le vació los pulmones.
Durante unos segundos no supo si había caído o continuaba de pie; después comprendió que una parte de la estructura descansaba sobre su espalda y que, si cedía, alcanzaría a las dos personas que todavía intentaban salir.
Probó el brazo derecho y recibió una descarga de dolor que le subió hasta el cuello.
Los dedos respondían, pero la fuerza casi había desaparecido.
Cambió el peso hacia las piernas, encajó el hombro izquierdo bajo la madera y aguantó.
Los pasos llegaron desde el corredor occidental.
Ridley apareció primero y Blaid detrás. Paf Paf no perdió tiempo explicando.
Indicó el hueco junto al apoyo roto y pidió una cuña.
Blaid localizó un estante cuya madera central seguía entera; Ridley arrancó una tabla de una patada y, entre los tres, consiguieron levantar y apuntalar la viga lo suficiente para que la última mujer saliera.
En cuanto estuvo fuera, la estructura venció el soporte y Paf Paf cayó de lado.
El hombro derecho se desplazó al golpear el suelo y el dolor le arrancó un gruñido que habría preferido ahorrarse.
Ridley se agachó a preguntarle si podía mover el brazo. Paf Paf lo intentó y apenas consiguió separarlo del costado.
—No bien.
Ridley quiso examinarlo allí mismo. Paf Paf respondió que luego, se puso en pie apoyando la mano izquierda contra la pared y preguntó por Fïrn.
Ridley sabía que estaba con Aria, o al menos lo había estado; Blaid añadió que quedarse en el patio para discutir lesiones no mejoraría las probabilidades de nadie.
Paf Paf aceptó el razonamiento porque coincidía con el suyo y no porque le gustara que el tiefling tuviera razón.
Solrrak apareció poco después bajo los arcos orientales.
Había perdido el escudo y lo acompañaban dos guardias, uno con sangre seca en una oreja y otro apoyado en una lanza por una flecha clavada en el muslo.
Examinó al grupo de una sola mirada, reparó en la sangre de la sien de Ridley, el hollín de Blaid y el brazo inmóvil de Paf Paf, y preguntó si podían andar.
Ridley respondió que sí antes de volver a preguntar por Fïrn.
Un aprendiz lo había visto con Aria en el archivo antes de que cayera la escalera.
Ridley quiso regresar. Solrrak explicó que la galería inferior estaba tomada y la sala de mapas había caído.
Cada alternativa que su hermano proponía encontraba una pared, un enemigo o un derrumbe.
Mientras discutían, Paf Paf vio aparecer más supervivientes desde las cocinas: estudiantes, sirvientes y dos heridos que necesitaban apoyo.
Los señaló. Solrrak decidió entonces llevarlos al almacén norte.
—Fïrn sigue dentro —insistió Ridley.