Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 1 #2
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El pasadizo estaba lleno de humo y de personas que intentaban avanzar en direcciones contrarias.

Dos cocineros arrastraban un arcón hacia la despensa, una mujer golpeaba con una manta las llamas que trepaban por un estante de aceite y alguien arrojaba cubos de agua que apenas hacían más que extender el hollín.

Junto a la escalera encontró un cuerpo. Era una de las mujeres de las cocinas; la había visto cientos de veces, aunque no lograba recordar su nombre.

Se agachó por reflejo, buscó pulso y respiración y no encontró ninguno.

Tardó menos en incorporarse que junto al guardia del patio y no quiso pensar en lo que significaba.

La primera planta estaba casi vacía. En la segunda, una parte del techo había cedido y el humo entraba por una puerta abierta.

Páginas sueltas cubrían el suelo; algunas ardían por los bordes y otras se desplazaban con las corrientes de aire.

Ridley oyó voces antes de doblar la esquina.

Un hombre aseguraba que sabían que había alguien dentro y que nadie necesitaba morir allí.

La respuesta llegó desde detrás de una puerta cerrada.

—Eso deberíais haberlo decidido antes de incendiar el edificio.

Ridley cerró los ojos un instante. Blaid.

Había dos inquisidores en el corredor. Uno sostenía un rosario entre ambas manos; el otro golpeaba la puerta con la empuñadura de la espada.

Ridley no vio una buena forma de atraerlos lejos, así que cogió una piedra y la lanzó hacia el extremo opuesto.

El golpe contra la madera consiguió que uno volviera la cabeza.

Ridley corrió, embistió al otro con el escudo y recibió el pomo de una espada en la sien cuando intentaba recuperar el equilibrio.

El segundo golpe le llegó de costado; el escudo absorbió parte del impacto, pero su propio borde se hundió contra las costillas y le vació los pulmones.

Chocó contra la puerta y gritó el nombre de Blaid.

El cerrojo se movió casi al instante y una mano violácea apareció por una abertura suficiente para agarrarlo del jubón y tirar de él hacia dentro.

• • •

Cinco minutos antes, Blaid de Caria había estado intentando decidir qué libros merecían arder, una pregunta que nunca había imaginado tener que formular.

El aula pequeña de teoría contenía más de cuarenta volúmenes, varias cajas de tablillas y dos archivadores con apuntes de alumnos; una estantería se había inclinado contra la pared y, con cada nuevo temblor, alguno de los libros se desplazaba un poco más hacia el borde.

La luz inestable de las lámparas acentuaba el tono morado claro, casi azulado, de su piel.

El cabello negro se le desordenaba alrededor de los cuernos curvados hacia atrás y sus ojos ámbar recorrían los estantes con una concentración que apenas dejaba sitio al miedo.

Blaid tenía una bolsa abierta sobre la mesa.

Había metido tres volúmenes, sacado uno y elegido otro, y estaba empezando a sospechar que morir sepultado bajo una biblioteca por exceso de criterio sería una forma especialmente estúpida de confirmar todas las opiniones que su padre tenía sobre él.

Probó el Tejido. Una presión seca apareció detrás de los ojos, seguida de una sensación desagradable bajo las uñas, y el patrón se deshizo antes de adquirir forma.

Esperó a que el dolor disminuyera y repitió la prueba con una chispa tan sencilla que casi resultaba insultante.

Esta vez el rechazo le alcanzó la mandíbula.

Blaid retiró las manos, respiró despacio y se acercó a la ventana.

Desde allí alcanzaba a ver parte de la plaza y el semicírculo de inquisidores.

Contó seis practicantes, esperó los pulsos de la supresión y volvió a contar.

Había seis hombres, pero percibía siete variaciones en la presión.

Algo más formaba parte de la estructura y, por el momento, eso era todo lo que podía afirmar.

Una explosión en las plantas inferiores interrumpió el análisis y le hizo pensar en su familia.

La casa de los Caria quedaba al otro lado del distrito oriental.

Su padre habría estado despierto mucho antes de las campanas; Radhan no necesitaba ninguna señal para levantarse antes del amanecer.

Su madre probablemente habría pasado buena parte de la noche leyendo y habría recibido el ataque como una interrupción intolerable hasta que alguien consiguiera convencerla de que abandonase los libros.

La imagen le resultó tan familiar que durante un momento dio por hecho que ambos estarían bien.

Los pasos en el corredor le recordaron que no tenía ningún motivo para creerlo.

Guardó un cuaderno pequeño bajo el jubón y dejó los demás libros.

La decisión le dolió más de lo que estaba dispuesto a examinar.

Cuando desde el corredor le ordenaron salir con las manos visibles, respondió que deberían haber pensado en la necesidad de conservar vidas antes de incendiar el edificio.

Entonces pronunciaron su nombre completo.

Le dijeron que la casa de los Caria estaba registrada y que su madre conservaba textos prohibidos.

Blaid contestó preguntando en nombre de quién se habían vuelto prohibidos.

El silencio que recibió a cambio fue breve, pero suficiente.

El primer golpe contra la puerta hizo temblar el cerrojo.

Blaid arrastró un armario para reforzarla y apoyó el hombro contra la madera.

El segundo impacto abrió una grieta junto a la bisagra.

Pensó otra vez en el blasón de los Caria sobre la entrada de una casa que quizá estuviera ardiendo y comprendió, sin disponer de tiempo para convertirlo en una reflexión más elegante, cuánto podían llegar a pesar los símbolos que uno llevaba años defendiendo.

Algo golpeó al fondo del corredor. Hubo una carrera, metal contra piedra y un cuerpo chocando contra la puerta.

—¡Blaid!

Naturalmente. Solo Ridley podía convertir un rescate en algo que sonara a invasión propia.

Blaid retiró el cerrojo lo suficiente para agarrarlo del jubón y tirar de él.

Ridley cayó de rodillas dentro del aula.

Tenía sangre en la sien, protegía un costado y respiraba con demasiado cuidado; los ojos grises, sin embargo, ya recorrían la habitación buscando otra salida.

Blaid volvió a cerrar y empujó el armario contra la entrada.

Le dijo que su concepto del sigilo seguía siendo deplorable; Ridley respondió que también se alegraba de verlo.

La réplica alivió algo que ninguno de los dos tenía intención de nombrar.

El siguiente golpe movió el armario varios dedos.

Ridley explicó que Solrrak quería que fueran al almacén norte.

Blaid preguntó si estaba vivo y oyó su propia urgencia antes de poder ocultarla.

Ridley dijo que sí. De Fïrn solo sabía que Aria estaba evacuando estudiantes y que Solrrak había ido hacia las galerías inferiores.

Blaid no hizo más preguntas porque ninguna respuesta probable iba a servirles dentro de aquella habitación.

Fue entonces cuando oyó su nombre.

No procedía del corredor ni del aula. La voz, si podía llamarla así, apareció detrás de sus propios pensamientos con una serenidad absurda en medio del humo y los golpes.

Ridley seguía sujetando el armario cuando Blaid le preguntó si había dicho algo.

Él negó y recordó, con creciente preocupación, que estaban solos.

Me has llamado durante años.

Blaid sintió frío en el centro del pecho. Había rezado desde niño. Había estudiado las Ocho Hebras, memorizado principios y defendido durante discusiones interminables que la ausencia de respuesta no demostraba ausencia de escucha. Hasta aquel momento todo había sido teoría.

—Elyndra —susurró.

Ridley quiso saber qué había dicho. Blaid apenas lo oyó.

La presencia respondió que así la había conocido y esa elección de palabras, precisamente porque no confirmaba nada, activó en él todas las precauciones que su madre le había enseñado.

Si era quien decía, debía demostrarlo. No recibió una explicación, sino una certeza súbita: había una salida en la pared del fondo.

Blaid conocía aquella aula y sabía que detrás debía encontrarse un almacén sin acceso desde allí.

No había puerta y, sin embargo, supo exactamente dónde estaría.

La presencia podía abrirle un camino. Blaid preguntó si también serviría para Ridley.

Mientras permanezca bajo tu amparo, respondió la voz.

Ridley, que seguía empujando el armario con el hombro, reclamó una explicación.

Blaid le pidió tiempo que ninguno de los dos tenía y preguntó qué se esperaba de él a cambio.

La respuesta llegó sencilla: un lugar. Escuchar cuando pronunciara su nombre; no apartar su mano cuando guiara la suya; no cerrar la puerta cuando necesitara paso.

Blaid conocía suficientes relatos antiguos para reconocer la forma de un pacto incluso cuando ignoraba quién lo ofrecía.

Preguntó por el precio. La voz lo llamó pacto, no precio, y aceptó sin molestarse en suavizar la diferencia.

Otra embestida hizo crujir la bisagra superior.

Ridley desenvainó y lo llamó por su nombre, esta vez sin impaciencia: era una advertencia.

Blaid vio con claridad lo que ocurriría cuando la puerta cediera.

Ridley recibiría al primero; el segundo entraría por su flanco; él intentaría recurrir a un Tejido que no respondía.

Exigió que Ridley saliera con él. La presencia aceptó mientras permaneciera bajo su amparo.

Blaid pensó en su madre diciéndole que una respuesta no debía aceptarse solo porque llegara en el momento deseado y descubrió que aquella era una lección excelente para aplicar cuando uno disponía de tiempo. La puerta volvió a temblar.

Aceptó.