Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1) 1
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Las campanas de Beregost empezaron a sonar antes del amanecer: tres golpes largos, una pausa y otros tres.

Ridley Der abrió los ojos en el camastro de la guardia y se quedó quieto, escuchando la vibración apagarse entre las paredes del barracón.

Conocía aquellos toques desde antes de tener edad para dormir allí, cuando Solrrak se los enseñaba mientras él intentaba sostener un escudo de madera demasiado grande para sus brazos.

Había señales para incendio, asalto, reunión en las murallas, duelo y cierre de puertas.

Tres golpes largos, una pausa y otros tres no significaban nada.

Las campanas llevaban más de doscientos años hablando el mismo idioma y, por primera vez, alguien las estaba obligando a mentir.

Se vistió a medias. Encontró una bota bajo el camastro y la otra junto al arcón de su compañero, se echó el jubón acolchado sobre la camisa y salió al corredor todavía ajustándose una manga.

La prenda le ceñía un cuerpo joven, más fibroso que corpulento; se apartó de la frente el cabello castaño, revuelto por el sueño, mientras avanzaba.

Los demás aprendices no parecían saber mucho más que él.

Se amontonaban frente a la armería con cinturones mal abrochados y correas sueltas; uno preguntaba si debían formar en el patio norte mientras otro trataba de introducir por tercera vez la hebilla en el agujero equivocado.

Ridley agarró del brazo al primero que reconoció y le preguntó por el capitán.

El muchacho respondió que estaba en la muralla, pero cuando Ridley quiso saber en cuál, un estrépito de madera rota llegó desde la planta inferior y la respuesta dejó de importar.

El olor a aceite quemado le alcanzó antes que el calor.

Al desembocar en el patio creyó por un momento que la claridad detrás de los tejados anunciaba el amanecer, aunque el este seguía oscuro; eran los toldos del mercado alto los que ardían al otro lado de la plaza.

El fuego ya había alcanzado los puestos de pergaminos y trepaba por el almacén de especias, y el viento empujaba el humo entre las casas directamente hacia la torre.

Había carros atravesados en las calles, mercancías volcadas sobre los adoquines y comerciantes que corrían hacia cualquier lugar que pareciera alejarse de las llamas.

Ridley buscó uniformes antes que rostros y encontró una línea de hombres de blanco avanzando entre los puestos derribados, algunos con armaduras bruñidas y otros con túnicas claras y rosarios de cuarzo enrollados alrededor de las manos.

La Luz Púlida. Ridley había oído historias sobre sus registros y sus juicios: practicantes que desaparecían después de que un vecino pronunciara su nombre ante la persona equivocada, familias obligadas a quemar bibliotecas enteras, hombres y mujeres marcados por haber empleado el Tejido para cerrar una herida o encender una lámpara.

Solrrak aseguraba que la mitad de esos relatos nacían del miedo y la otra mitad de tabernas donde el vino era demasiado barato.

Ridley nunca le había preguntado qué mitad consideraba cierta.

Ninguna de las historias mencionaba carros cargados de brea.

Alguien gritó que cerraran el portón. Cuatro guardias echaron a correr hacia las hojas principales y una saeta atravesó el patio antes de que alcanzaran el mecanismo.

Se clavó en el cuello de uno de ellos, que se llevó ambas manos a la garganta mientras la sangre empezaba a escapar entre sus dedos.

Ridley se quedó quieto apenas un instante, pero oyó la voz de Solrrak con la claridad de tantos años de entrenamiento: un instante bastaba para equivocarse.

Corrió, levantó el escudo al escuchar el segundo disparo y recibió el virote con un impacto que le entumeció el brazo hasta el hombro.

Luego se agachó, agarró al herido por debajo de los brazos y consiguió arrastrarlo detrás del abrevadero.

Otro guardia cayó de rodillas junto a ellos y quiso sacar la saeta.

Ridley le sujetó la muñeca antes de que tocara el asta.

Le ordenó que presionara alrededor de la herida y que no retirara nada hasta que llegara alguien que supiera hacerlo mejor.

El hombre obedeció, aunque siguió mirando la flecha como si dejarla clavada contradijera todo lo que el cuerpo le pedía.

Cuando preguntó qué debían hacer después, Ridley observó la sangre filtrarse entre sus dedos y descubrió que los vendajes practicados sobre muñecos de entrenamiento no habían incluido gritos, humo ni flechas cayendo a pocos pasos.

—Conseguir que siga respirando —dijo al fin.

El guardia era mayor que él, quizá le doblaba la edad, pero lo miró como si esperara otra instrucción.

Ridley no tenía ninguna. Una explosión sacudió entonces las ventanas de la torre; las vidrieras de la fachada occidental se iluminaron desde dentro y una llamarada azul recorrió la piedra hasta la tercera planta.

Las runas protectoras grabadas alrededor de los arcos brillaron bajo el hollín y después su claridad se contrajo hacia el centro de cada símbolo hasta desaparecer.

Frente a la torre, seis inquisidores habían formado un semicírculo y recitaban una plegaria de Vardren con voces acompasadas.

Ridley reconoció parte de la liturgia. Solrrak la pronunciaba algunas noches antes de las vigilias largas, mientras se ajustaba el peto creyendo que su hermano pequeño seguía dormido.

Las palabras eran las mismas; lo que aquellos hombres estaban haciendo con ellas no.

Una mujer con la túnica gris de la torre apareció en una balconada y extendió las manos en el gesto sencillo con el que Ridley había visto invocar la Llama Etérea decenas de veces.

Nada ocurrió. Lo intentó de nuevo y unas líneas rojizas surgieron entre sus dedos, débiles y quebradas, antes de apagarse.

La mujer cayó de rodillas y se llevó las manos a las sienes mientras la sangre empezaba a brotarle por la nariz.

Los inquisidores siguieron rezando. Uno se encorvó a mitad de una estrofa, escupió un diente sobre los adoquines y recuperó la postura sin interrumpir la letanía.

Aquello también tenía un precio, pensó Ridley, aunque no tuvo tiempo de averiguar qué significaba aquella observación porque una voz conocida gritó su nombre desde el otro extremo del patio.

Solrrak cruzaba entre el humo con la armadura a medio abrochar, una lanza en la mano y un escudo de centinela en la otra.

Era más ancho de hombros que Ridley y llevaba el cabello castaño oscuro mucho más corto; compartían los ojos grises, aunque en los de Solrrak había una dureza que su hermano todavía asociaba con los años de guardia.

Había sangre en la punta del arma y una raya oscura le atravesaba la frente.

Ridley buscó la herida antes de pensar en nada más y preguntó si la sangre era suya.

Solrrak tardó un segundo en comprender; negó y se agachó junto al guardia caído, comprobó que respiraba y evaluó la cantidad de sangre que se acumulaba bajo su cuello.

—Tenemos que llevarlo dentro —dijo Ridley.

Solrrak señaló con la mirada la enfermería. La puerta estaba abierta y dos hombres vestidos de blanco acababan de entrar por ella.

—La sala se ha perdido.

—Entonces a las cocinas. Entre los dos podemos moverlo.

Solrrak lo sujetó por el antebrazo. No alzó la voz, y quizá por eso Ridley lo escuchó mejor que al resto del patio.

—Mírame. Si intentas sacar a todos los que caigan delante de ti, vas a morir en el primer patio.

Ridley sintió que se le endurecía la mandíbula.

Preguntó si esperaba que se limitara a contarlos.

Solrrak inspiró lentamente, no con enfado, sino con el cansancio de quien había esperado tener aquella conversación dentro de algunos años y en circunstancias muy distintas.

Le explicó que debía aprender a distinguir entre alguien a quien podía ayudar y alguien por quien acabaría perdiendo a otros.

Ridley insistió en que aquel hombre podía salvarse; Solrrak señaló que ya había alguien atendiendo la herida.

—No basta.

—Hoy no va a bastar muchas veces.

Otra explosión estremeció la torre y desde las plantas superiores llegaron varios gritos.

Solrrak dejó de mirar al herido. Aria estaba evacuando estudiantes por las galerías inferiores, explicó, y parte del ala occidental había quedado aislada.

La información hizo que Ridley pensara de inmediato en Fïrn.

Solrrak sabía que había estado dentro, pero no podía asegurar dónde se encontraba ahora.

Blaid, en cambio, había sido visto entrando en las aulas pequeñas antes de que cerraran el corredor oeste.

Ridley propuso dividirse: él subiría por Blaid y Solrrak bajaría en busca de Fïrn y Aria.

Su hermano aceptó la parte práctica del plan y rechazó, como de costumbre, la sensación de que Ridley estuviera negociando de igual a igual.

Iría por las galerías del consejo porque la armadura le permitía abrirse paso mejor allí; Ridley conocía las aulas, podía moverse más rápido y debía sacar a Blaid hacia el almacén de grano de la muralla norte, donde un conducto de desagüe ofrecía una salida si perdían la puerta.

—Odio cuando haces eso —murmuró Ridley.

Solrrak corrigió la correa del escudo, torcida por el virote.

—¿Darte órdenes?

—Hacer que parezcan razonables.

Una sonrisa breve pasó por el rostro de Solrrak y desapareció casi antes de existir.

Ridley le preguntó qué haría después de llegar a las galerías inferiores.

Su hermano respondió que se reuniría con ellos.

No era exactamente una respuesta y los dos lo sabían, pero una saeta golpeó la piedra cerca de sus pies y el momento se acabó.

Solrrak levantó el escudo y le ordenó que encontrara a Blaid.

Ridley retrocedió hacia las cocinas después de arrancarle a cambio una promesa igual de insuficiente: haría lo que pudiera por encontrar a Fïrn.