Juramento Cinéreo (Las sombras crecientes 1)
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Prólogo
En Vardhenn, el primer indicio fue un sonido grave que recorrió el barrio de los fundidores poco después de la apertura de los talleres.
No procedía de las campanas ni del golpe de los martillos.
Ascendía desde algún lugar bajo las calles: una vibración profunda que hizo tintinear las herramientas colgadas de los muros y alteró, durante unos instantes, el peso de cuanto descansaba sobre la piedra.
Los herreros fueron dejando de trabajar a medida que clavos, tenazas y barras de hierro comenzaban a desplazarse hacia un mismo punto.
Primero unos centímetros, después lo suficiente para caer de los bancos y arrastrarse por las losas.
En una fundición dedicada a piezas de molino, tres hombres necesitaron todo su peso para impedir que una plancha marcada con el sello del gremio abandonara el caballete y se estrellara contra el suelo.
Fue entonces cuando apareció la primera línea blanca.
Surgió entre dos adoquines y avanzó bajo los edificios sin romper la piedra.
Los arcanistas que acudieron desde otros barrios intentaron contenerla con geometrías trazadas para estabilizar los cimientos, pero los símbolos se deformaron en cuanto alcanzaron la perturbación, plegándose sobre sí mismos.
En algunas calles la gravedad cambió de dirección; en otras, el metal de vigas, puertas y conducciones empezó a retorcerse dentro de la mampostería.
La ruptura alcanzó las manzanas centrales antes de que pudieran evacuarlas.
Varias construcciones se hundieron mientras otras parecían querer separarse de sus propios cimientos.
Las estatuas de piedra permanecieron en pie donde los balcones de hierro se doblaban hacia el pavimento, y las grandes puertas de los talleres, fabricadas para resistir incendios y asaltos, crujieron como si alguien intentara arrancarlas desde el subsuelo.
Durante unos minutos pudieron verse líneas de claridad atravesando la tierra de Vardhenn entre adoquines, muros y cimientos. Después se extinguieron.
Cuando el suelo terminó de asentarse, seis manzanas se habían convertido en una depresión de piedra quebrada, madera y hierro retorcido.
Entre los supervivientes hubo quienes dejaron herramientas ante los pequeños altares de Kharad antes de volver a trabajar y quienes no quisieron entrar de nuevo en una fragua.
En algunos muros, las últimas geometrías arcanas continuaron ardiendo mucho después de que quienes las habían trazado hubieran desaparecido entre los escombros.
En Lythara costó más comprender que algo estaba ocurriendo.
Las primeras anomalías fueron tan pequeñas que algunos comerciantes culparon a los toldos, otros al reflejo del mar y más de uno al vino del desayuno.
Una sombra respondía con retraso al movimiento de su dueño.
Otra adoptaba un ángulo imposible respecto al sol.
Bajo las galerías del mercado, un estibador cruzó una plaza mientras su silueta permanecía unos instantes apoyada contra la pared que acababa de abandonar.
Las bromas terminaron cuando los casos empezaron a multiplicarse.
El mercado de Lythara vivía de la luz casi tanto como del mar.
Los almacenes abrían grandes postigos hacia las calles, las galerías comerciales se cubrían con telas de colores y los corredores de mercancías pintaban sus marcas en fachadas que debían reconocerse desde lejos.
Cuando los magos encendieron luces para estudiar el fenómeno, cada nuevo foco añadió sombras y cada una pareció conservar durante más tiempo una forma propia.
Las figuras proyectadas bajo toldos, carros y balcones empezaron a deslizarse por las paredes sin relación con quienes las habían originado.
Algunas se estiraron hasta ocupar fachadas enteras; otras se encontraron en las esquinas y se fundieron en manchas demasiado grandes para pertenecer a un solo cuerpo.
La gente abandonó los puestos cuando una de aquellas formas cruzó el suelo de una plaza pese a que nadie se movía en la dirección correspondiente.
Desde una de las torres arcanas se intentó contener la propagación mediante círculos de luz y barreras.
La claridad solo generó nuevos límites, nuevos ángulos y nuevas superficies sobre las que el fenómeno podía reproducirse.
Al mediodía, una parte del distrito comercial estaba vacía.
Quedaron carros cargados, pescado pudriéndose sobre hielo y fardos que nadie regresó a reclamar.
El sol caía limpio sobre la ciudad y las gaviotas continuaban girando sobre los muelles, pero por algunas paredes seguían desplazándose formas oscuras que ya no necesitaban un cuerpo que las proyectara.
En Aurenthal ocurrió durante una ceremonia de sanación.
No se trataba de un rito extraordinario.
El hospicio atendía cada mañana a jornaleros, peregrinos y familias llegadas de las aldeas próximas, y las plegarias menores formaban parte de una rutina tan asentada como cambiar vendajes o hervir agua.
Bajo los discos solares de Tareon, el Numen descendió sobre los enfermos como había hecho incontables veces.
Aquella mañana, sin embargo, empezó a responder de otra manera.
Una curación enfrió la carne hasta cubrirla de escarcha.
Una plegaria destinada a aliviar el dolor eliminó por completo la sensación del cuerpo.
Las heridas se cerraron, pero algunas lo hicieron demasiado deprisa, atrapando huesos y músculos en posiciones incorrectas.
Los sacerdotes interrumpieron los ritos en cuanto comprendieron que el problema no pertenecía a un solo oficiante.
Retiraron a los novicios, apagaron los braseros y dejaron de pronunciar plegarias en voz alta.
Las manifestaciones no se detuvieron.
Halos de luz aparecieron alrededor de personas que no estaban rezando.
Dos enfermos comenzaron a elevarse lentamente sobre sus camastros.
El frío avanzó por las baldosas formando caminos de escarcha que doblaban esquinas sin seguir corriente alguna, y las campanas del templo empezaron a sonar aunque nadie tiraba de las cuerdas.
La oleada llegó poco después.
La claridad atravesó el hospicio y salió a las calles cercanas.
Durante unos instantes desapareció el dolor.
Los heridos dejaron de gritar. Los enfermos respiraron con una tranquilidad que algunos no conocían desde hacía meses.
Un hombre con la pierna fracturada se puso en pie y llegó a dar tres pasos antes de que su mujer comprendiera lo que estaba haciendo.
El alivio duró apenas unos minutos.
Cuando comenzaron a revisar a quienes se habían levantado, encontraron heridas abiertas, articulaciones desplazadas y cuerpos que seguían deteriorándose sin emitir una sola advertencia.
La sangre continuaba corriendo; simplemente había dejado de doler.
Al caer la tarde, los sacerdotes habían cerrado varias salas del hospicio.
Algunos rezaban en silencio. Otros evitaban hacerlo incluso ante los muertos.
Tiempo después, en Caldris, todo empezó con un conjuro tan pequeño que en cualquier otra tarde nadie habría tenido motivo para recordarlo.
Una mujer encendió un farol. La llama prendió sobre la mecha y el hechizo terminó.
Unos instantes más tarde se repitió. No hubo palabra, gesto ni fórmula.
La chispa apareció en el mismo lugar y volvió a alimentar una llama que ya estaba encendida.
La tercera repetición fue más intensa. Poco después, todas las lámparas de la calle prendieron al mismo tiempo.
En Caldris, donde el Tejido formaba parte de oficios y comodidades que en otras ciudades se confiaban únicamente a herramientas o sirvientes, no tardaron en aparecer otros casos.
Una curación realizada en una vivienda se reprodujo en habitaciones próximas y alteró cuerpos que nunca habían necesitado ser sanados.
Un encantamiento destinado a reforzar una cerradura reapareció varias calles más allá y selló puertas distintas.
Un conjuro de frío volvió horas después de haber sido lanzado y cubrió de escarcha varios tejados bajo un cielo todavía templado.
Cada repetición conservaba algo del efecto original, pero regresaba con menos precisión.
Los arcanistas dejaron de utilizar el Tejido.
Las escuelas suspendieron las prácticas, los talleres apagaron focos arcanos y quienes podían permitírselo recurrieron a aceite, cuerda, poleas y cerraduras mecánicas.
La renuncia a la magia tampoco sirvió.
Los conjuros continuaron apareciendo donde nadie los había convocado, cada vez más alejados del efecto original.
Un relámpago atravesó un cielo despejado y regresó poco después en dirección contraria.
La tercera vez no descendió del cielo: apareció horizontalmente entre dos edificios y atravesó una galería vacía.
Al cabo de unas horas, las calles afectadas estaban acordonadas y varios practicantes habían sido apartados, detenidos o encerrados por su propia seguridad.
Nadie sabía ya si utilizar magia empeoraba el fenómeno o si dejar de utilizarla servía para algo.
El farol donde había empezado todo volvió a encenderse.
Una chispa surgió sobre la mecha, pequeña y limpia, igual que la primera.
La llama duró apenas unos segundos antes de extinguirse.
Durante las semanas y los meses siguientes, los informes de aquellos sucesos llegaron a archivos, templos y mesas de gobierno.
Se contaron muertos, heridos y edificios destruidos.
También se anotó qué practicantes habían estado presentes, qué corrientes del Tejido habían utilizado y qué ritos se habían celebrado antes de cada desastre.
Los relatos tampoco coincidían entre sí.
Los estudiosos discutieron sobre Ecohechizos y Desgarros; sacerdotes de distintos cultos se acusaron de confundir fe con negligencia; algunos gobernantes reclamaron controles sobre los practicantes mientras otros se resistieron a entregar esa autoridad a sus templos.
Mercaderes y viajeros llevaron versiones deformadas de una región a otra, y en cada ciudad acabó imponiéndose una explicación distinta.
Vardhenn, Lythara, Aurenthal y Caldris estaban separadas por grandes distancias.
No compartían gobierno, culto dominante ni tradición arcana.
Cuando las noticias terminaron por cruzarse, quedó una coincidencia difícil de ignorar: en las cuatro ciudades, algo que hasta entonces había obedecido reglas reconocibles había dejado de hacerlo.