Junto al rey (Arven 2) 38 Hogar
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HOGAR

JULIA

El atardecer en el que se reencontraron en el invernadero había sido el primero de todos los que habían compartido tras su regreso y, sin apenas darse cuenta, o lo que era aún mejor, siendo plenamente consciente de ello, había empezado a sentir Alborea como un poquito suya.

Despertarse al lado de Edward —que sus ojos avellana fueran lo primero que viera cada mañana— se había convertido en un innegociable.

Al igual que lo era cerrar sus días llenando de vida el invernadero.

Por lo que la mayor parte del tiempo que pasaban juntos lo hacían en la Villa, esa que había empezado a mirar con otros ojos y a conocer desde dentro.

Terminaban tan tarde en aquel refugio de forja y cristal, aislados del frío de noviembre, perdidos entre los jazmines y las orquídeas —juntos estaban intentando hacerlas florecer—, que acurrucarse en el área privada, sin necesidad de volver a su apartamento, se había convertido en su plan predilecto.

Aunque a la mañana siguiente regresara a Sweet Garden, al local del que despacio, sintiéndolo como un progreso, se estaba despidiendo.

Pues el momento del comunicado oficial —el que ella había decidido que estaba preparada para dar, aunque ya no intentaran ocultarse— y el de su último catering, que tendrían lugar el mismo día con apenas unas horas de diferencia, ya estaba fijado en el calendario.

El veintidós de noviembre daría el salto con el hombre al que amaba a su lado.

El que jamás había presionado ninguno de sus pasos y, por eso mismo, ella, siguiendo sus propias convicciones, sueños e ideales, estaba siendo capaz de darlos.

Y, con el vértigo que había aprendido a bailar, se permitió sentirlo, abrazarlo y, las horas previas, en las que se encontraba en aquel momento, afrontarlo.

Pues ya se reconocía en aquellos pasillos ornamentados, en los entresijos que había ido descubriendo y sí, también en los lugares públicos de la Villa en los que sostenía con entereza la mano de Ed, como si siempre hubiera tenido un lugar al que volver.

Un hogar entre aquellos muros.

Esa mañana del penúltimo mes del año, mientras cepillaba su corta melena frente al espejo del espacio que había «invadido», casi sin pretenderlo, no solo con más de una planta, también con su cepillo de dientes, sus libros de recetas y, como siempre le decía Edward, con la luz que emanaba —esa que había aprendido a ver—, razonó, durante un instante, todo lo que significaba lo que estaban a punto de hacer.

La nueva catarsis que supondría en su vida.

No titubeó, ya que, cuando sus ojos cristalinos, presos de la emoción, se llenaron de lágrimas, unos brazos que reconocería siempre la abrazaron por la espalda.

—Cala, podemos esperar —susurró en su oído Ed, intuyendo sus dudas.

—No pienso esperar ni un minuto más, Alteza —respondió, perdiéndose en el reflejo de su abrazo en el espejo.

—¿Y si te beso? —preguntó Edward, dejando escapar su cálido aliento en su cuello.

—Edward... —le riñó, cuando su piel, aún erizada, se recuperó de su cercanía.

La carcajada del rey de Arven, que se alejó fingiendo inocencia, ya preparado con un traje de chaqueta azul marino que parecía estar confeccionado a medida por lo increíblemente bien que le sentaba, resonó en todo Liora.

—La prensa podría...

—No voy a llegar tarde a mi primera aparición pública —sentenció, interrumpiéndole, ajustándose la americana del dos piezas de falda y chaqueta en color verde oliva que llevaba.

Su color favorito.

Por más llamativo que fuera —y sí, lo era—, al elegirlo había sentido que aquel tono la representaría frente a los periodistas y que, si perdía la voz ante los medios, también le daría la dosis de valentía extra que podría llegar a necesitar.

Jamás olvidaría quién era y siempre encontraría su ancla en ello.

—July —la nombró Ed, ignorando su reprimenda, porque su tono ligero, tanto como el aire que compartían, la había delatado.

—Te quiero, Edward II de Valera —se adelantó.

Sabía, por el brillo en sus iris, que eso era lo que iba a decirle.

—Siempre un paso por delante —se quejó él, acariciando su mejilla.

—¿Por delante? —cuestionó ella, alzando una ceja, mientras se colgaba de su cuello—. Sabes que prefiero estar a tu lado —añadió, fijando la vista en sus labios.

No pudiendo resistirse, durante apenas un parpadeo, bailó en ellos.

—¿Preparada?

—Preparada —respondió, cuando, recuperando el aliento, se encaminaron hacia la puerta.

Sujetándose al brazo de Ed, llegaron a la sala de prensa en el edificio Lira y entonces él, buscando sus ojos, cogió la mano con la que ella se había estado sosteniendo a su cuerpo y entrelazó sus dedos.

—Juntos —le dijo sin producir sonido alguno.

Leyendo sus labios, con un burbujeo incipiente en su interior, asintió.

Y, tras tomar una última bocanada de aire, caminaron en la misma dirección, hacia el murmullo que, expectante, ya aguardaba su llegada.

EDWARD

El orgullo invadió su pecho por completo aquel día.

Primero, al tener la fortuna de volver a amanecer con ella; después, al ver con la naturalidad con la que se desenvolvió frente a la prensa, ganándose a todos los medios de Arven —era algo que sabía que sucedería— simplemente siendo ella.

Y, cuando pensó que no podría admirarla más, la vio aparecer, desde la cocina de Sweet Garden, con la misma casaca con la que la había conocido tantos meses atrás, portando en una bandeja, junto a Olivia, que sostenía otra, sus mejores recetas.

Esa tarde, en la que dieron la bienvenida al invierno después de hacer pública su historia, se habían reunido todos para la que siempre consideraría la recepción más significativa a la que había tenido el placer de asistir.

Los padres de July, a quienes ya había conocido y quienes ya tenían un hueco en la Villa, la contemplaron exactamente de la misma manera que él, con la emoción vibrando en sus rostros.

—¿Podéis dejar de mirarme así, por favor? —les pidió la protagonista, acercándose a las mesas que habían unificado, en la zona de degustación, para la ocasión.

A puerta cerrada, tendría lugar aquel canónico evento.

La risa de Lewis, que adoraba a la mujer que él amaba, consiguió que todos los presentes se carcajearan.

—No puedo, cala —respondió él, sin importarle en absoluto lo rodeados que se encontraban.

Su madre, que había abandonado Alborea junto a su padre para también acompañarlos, le guiñó un ojo cuando él desvió la mirada.

—¿Podemos empezar ya? —preguntó Ella.

—Impaciente —la llamó Mathew.

Para sorpresa de todos, Julia y él no habían sido los únicos en guardar un secreto, ya que Ella y Mathew llevaban más de un año, sin que nadie lo supiera hasta hacía unas semanas, juntos.

—¡No sé a qué estáis esperando! —exclamó entonces July, sentándose a su lado, estirando el brazo para coger un pedacito de focaccia.

Esa espontaneidad tan suya siempre le pellizcaría por dentro.

Y, atesorando ese momento, vio con sus propios ojos cómo ella, sin renunciar a ser la mujer tan extraordinaria que era, le estaba eligiendo.

Eligiendo una vida a su lado, un mañana que ya estaban dibujando y un reinado que, con ella de la mano, volvió a sentir como el mejor regalo.

—Sé que no debería preguntar —habló Noah, mirándole directamente a él, poniéndole freno al huracán de sensaciones indescriptibles que esa velada le estaban recorriendo.

—Pero vas a hacerlo —contestó, suspirando de forma dramática.

Tenía la confianza suficiente con todos ellos para ser solo Edward.

Aunque sus dos mitades hacía tiempo que parecían haber empezado a fusionarse.

Gracias a la dosis de magia de la mujer que sonreía a su derecha, más bonito de lo que la había visto hacerlo nunca.

—Independientemente de que ya no dirija el proyecto...

Noah había dejado la investigación para construir una vida diferente, más presente, junto a Oli.

—Serás el mejor profesor de Liora —afirmó Valentina, mirándole con cariño.

—Coincido —añadió Ella, apoyándose en su chico.

—A lo que iba... —continuó Noah, detestando, de forma visible, que todos le miraran con tanta atención.

—Lo que mi futuro marido quiere preguntarte, Ed —soltó Olivia, ayudándole—, es que si ya hay fecha para la entrega de las becas.

Buscando la mirada de Julia, que ensanchó su sonrisa, dándole aún más vida a sus pecosas mejillas, cuando sus ojos se encontraron, hablando sin palabras, fue ella la que respondió a lo que todos se estaban preguntando:

—El seis de enero.

Una de las tardes que habían sembrado menta en el invernadero, él, queriendo incluirla, paulatinamente, en cada parte de su vida, le había preguntado si quería ayudarle con aquello y ella, dejándole sin palabras, no solo había aceptado, sino que desde entonces no había dejado de implicarse en su proyecto con Arven.

Tanto que le sugirió esa fecha, que tenía un significado especial en España.

—Será un regalo de Reyes —finalizó Julia, buscando su mano bajo la mesa.

Era imposible no quererla.

JULIA

Fue Edward quien le ayudó a apagar las luces de Sweet Garden la noche en la que su círculo la acompañó en aquel momento que jamás olvidaría.

Y era precisamente aquello lo que estaba rememorando mientras recorría los jardines de palacio, teñidos de ese tono azulado tan característico del invierno, después de ponerle fin a las navidades más extraordinarias que tenía la suerte de recordar.

Esa tarde Ed se había quedado con su colección de sellos, ampliada con cinco nuevos, los que había colocado en la primera página, emocionado como un niño, la primera mañana que despertaron juntos tras su regreso a Liora.

Mientras caminaba, con un abrigo de paño burdeos, por el sendero de grava, sintió que todo lo que le había llevado a cerrar aquel día el local —que al día siguiente abrió solo Olivia— había merecido la pena.

Con todos a quienes amaba esperándola fuera tras darle la vuelta al cartel, había sido uno de los momentos más dulces de su existencia.

Tanto como los postres que, en una cocina diferente, seguía preparando prácticamente cada día.

—Esta noche hago yo la cena —le dijo Edward, alzando la mirada, cuando la escuchó entrar.

Su nariz del color de las cerezas y sus manos congeladas hicieron que el rey de Arven, solo un segundo después, se levantara para envolverla entre sus brazos.

—Siempre tan atento, Alteza.

Poniendo los ojos en blanco, gesto que captó al no poder resistirse a mirarlo.

No obstante, a pesar de su intento por chincharlo, él la acurrucó aún más contra su pecho.

—Qué difícil sigue siendo conquistarte, cala.

—Es para que nunca bajes la guardia —contestó, siendo tan contradictoria como acostumbraba, mientras apretaba con fuerza su cintura.

Demostrando la cercanía que estaban construyendo juntos, decidió que no iba a desperdiciar ni un segundo lejos de él.

Por lo que improvisaron, mano a mano, una lasaña boloñesa y terminaron la noche con el lemon curd, que desde que había vuelto de su viaje por Europa siempre estaba en la nevera.

Horas después, la luna los descubrió aún abrazados.

—Ed, probablemente sea una estupidez, pero... —necesitaba verbalizarlo y quería hacerlo antes de quedarse dormida sobre su pecho.

El deseo se había impuesto en cuanto regresaron a la habitación y estaba a punto de viajar, presa del cansancio, al reino de Morfeo.

—Pero si te preocupa, no lo es —respondió él, trazando círculos en su cabello.

—¿Y si el sábado me quedo en blanco en mitad del discurso? —preguntó, escondiéndose bajo su brazo.

Había sido idea del hombre que seguía acariciándola que fuera ella quien cerrara la entrega de las becas y, aunque había ensayado junto a Harry cómo hacerlo, seguía siendo algo completamente nuevo.

—Todavía puedes arrepentirte, cala, pero si decides hacerlo y, aun así, te quedases en blanco, recuerda dos cosas: la primera, yo estaré allí, sosteniéndote la mano y, la segunda, siempre puedes improvisar.

Efectivamente, su capacidad para la improvisación también tenía cabida en palacio y, con toda su fe puesta en que podría, tal y como estaba haciendo con todo, lograrlo, se quedó dormida con el latido del corazón del rey de Arven acunando sus sueños.

EDWARD

Verla inquieta, revoloteando como un pájaro, era algo digno de toda su atención.

Con un vestido plateado confeccionado por su madre y una capa blanca que cubría su cuerpo, Julia Lorraine estaba casi oficialmente preparada para aquel acto.

Solo le faltaba un pequeño detalle, que él, intentando ser discreto, rescató de su escritorio.

Quién había visto y quién veía aquel espacio.

De la pulcritud a tener un ramo de margaritas adornándolo.

—¿Necesitas ayuda con la corbata, Alteza? —le preguntó July, minutos después, desde la terraza.

Había descubierto que, cuando los nervios se apoderaban de ella, también había encontrado un lugar seguro en esa área.

—Por supuesto.

Era la excusa perfecta para que entrara.

Cuando lo hizo, en cuanto volvió a tenerla frente a él, permitiéndose un segundo para admirarla, con la media melena ondulada, los labios en color fresa y sus pecas brillando, se reiteró en lo bella que era por fuera y, lo que era aún más importante, por dentro.

Volviendo a la realidad, tras olvidarse del mundo contemplando lo preciosa que estaba, abrió ante sus ojos una pequeña caja de terciopelo negro, mostrándole el regalo de Reyes que había estado custodiando.

—Edward de Valera, se suponía que esta mañana habíamos abierto todos los regalos.

Encogiéndose de hombros, le pidió con la mirada su muñeca.

Quería tener el privilegio de adornarla con la pulsera, tan sencilla como delicada, que, con ayuda de Oli y Ella, había elegido para ella.

—Es preciosa, amor —dijo July, admirando, con la ilusión titilando en sus ojos, el charm con forma de orquídea blanca que colgaba de ella.

—Repite eso —le pidió, al escucharla llamarle así por primera vez.

—Es preciosa.

Sabía que estaba intentando picarle.

Poniendo una exagerada cara de pena, mientras se pasaba una mano por el mechón castaño que caía sobre su frente, ella, tocándole la barbilla para que la mirara, volvió a decir, tras hacerle sufrir un momento, alto y claro:

—Mi amor.

Y, con el tintineo de esas dos palabras echando raíces en su interior, cogieron su Mercedes negro.

Él conducía, aunque estuvieran siendo seguidos por un séquito de guardaespaldas, hacia la entrega de las becas que representaban el futuro que siempre había imaginado para Arven.