39 Florecer
FLORECER
EDWARD
El campus de la universidad acogió su llegada arropándolos con cariño.
La biblioteca interior había sido preparada para el acto, también idea de la mujer vestida de plata que tenía a su lado, que había pensado que la entrega sería más excepcional si lo hacían en aquel espacio académico y él, que ya no le tenía miedo a dejarse llevar, había aceptado.
Y, ante sus ojos, tenían el precioso resultado.
Cogiendo su mano, caminaron, como si hacerlo ante los ojos de Arven —más en concreto, ante las cámaras que los habían estado esperando— fuera algo completamente natural entre ellos.
Pues en ningún momento perdieron la complicidad que resumía lo que compartían.
Al entrar en la emblemática estancia, las felicitaciones por la culminación de la iniciativa que casi un año atrás había ideado no tardaron en llegar.
Lo más bonito de recibirlas fue que ninguno de los presentes excluyó de ellas a su pareja, ya que, de una forma tan genuina como extraordinaria, los veían como una unidad.
Incluso cuando se soltaron de la mano y Julia, que ya conocía a varios de los invitados, se mimetizó con el ambiente.
Hablando con todas y cada una de las personas que buscaron su atención, mostrando su entusiasmo —lo leía en sus gestos— cuando hablaba de la educación y de la evolución que ya imaginaba para el país.
Sin embargo, lo que siempre recordaría era tener el privilegio de contemplar su capacidad de escucha.
Manteniéndose al margen, solo caminando a su lado o, mientras él asumía también su cargo, buscándola de soslayo por la engalanada sala que los acogía.
Su empatía y su luz le permitían conectar con cualquier persona que interactuara con ella y, aunque jamás creyó que podría amarla más de lo que ya lo hacía, una vez más Julia Lorraine rompió sus cuadriculadas estructuras.
Porque lo que sentía por ella siempre tendría la capacidad de crecer, llenándolo por completo de una sensación tan única como indescriptible.
JULIA
Se había encomendado a Atenea, repetido todos y cada uno de los mantras que la habían acompañado a lo largo de su vida e intentado imaginar —sin éxito— a todos los que la miraban como un campo con un millar de flores de colores diferentes, todo para intentar acallar el miedo escénico.
Ese que jamás había tenido y había decidido aparecer, de la nada, en el «mejor» momento.
No obstante, ninguna de aquellas brillantes ideas en su primer discurso público —ni siquiera había empezado— estaba funcionando.
El foco de luz estaba iluminando sus mejillas y ella, que había caminado con entereza hasta entonces, tal y como había temido, se había olvidado por completo de lo que tenía que decir.
Entonces, sintiendo la electricidad viajar por cada milímetro de su cuerpo, notó unos dedos entrelazándose con los suyos.
Ed, que estaba a su lado, volvió a apretar la conexión de sus manos para que ella, obviando que estaban ante medio Arven, se atreviera a mirarlo.
Fue en ese instante, cuando se permitió perderse en sus ojos y reconocerse en su mirada avellana, en el que un recuerdo increíblemente oportuno atravesó a la velocidad de la luz su mente.
Aferrándose a él, carraspeó frente al micrófono, logrando que, si alguien no les estaba mirando, lo hiciera.
Y, sosteniendo la mano del rey, recuperando su característico timbre, empezó diciendo:
—Recuerdo la primera vez que escuché a Ed...
«Extraordinario, has empezado por todo lo alto», se reprendió.
—A Edward —se corrigió al momento, desviando los ojos hacia el hombre que le regaló su mejor sonrisa torcida— hablar de estas becas, de la relevancia que tendrían y tengo la certeza absoluta de que seguirán teniendo para nuestro país. Por eso mismo es para mí...
Gracias al cielo su voz había vuelto.
Y no solo eso, también consiguió, contra todo pronóstico, hacer gala de su capacidad para la improvisación, ya que, cuando la recuperó, no dijo ni una sola frase de las que, durante tantas horas, tutelada por Harry, había ensayado.
Tras un largo suspiro con el que dio por finalizado todo lo que le nació decir, asintió al público, que no había dejado de observarla y, como era de esperar, después de la reflexión que de forma espontánea acababa de verbalizar, se sintió —sin juzgarse porque nada había salido como lo había planeado— liviana.
Un aplauso que la llenó por dentro, cuando se apartó del atril, inundó cada milímetro de aquel espacio repleto de libros.
Con el corazón martilleando en el pecho, sin soltarse del lugar seguro que siempre encontraba en la mano de Edward, se alejaron de la vibrante claridad del foco que los había estado señalando.
Las primeras personas en acercarse a ellos para volver a felicitarlos, lideradas por Olivia —su alma gemela recién prometida—, fueron sus amigos, para acto seguido hacerlo sus padres y los antiguos reyes —quienes llevaban toda la noche juntos— y, un parpadeo después, el grupo de químicos inorgánicos, que tras presentar el proyecto en el que Noah y Ella tanto habían trabajado, habían sido seleccionados, por el consejo y por el rey que la estaba contemplando, como uno de los grupos becados.
—Cala, ese ha sido el mejor discurso de clausura de la historia —murmuró Ed, cuando, tras mirarse, se alejaron a una distancia prudente del centro de la sala.
Sus mejillas se sonrojaron, adquiriendo un tono fresa similar al de su pintalabios.
Para no variar, su piel la estaba traicionando, como se empeñaba en hacer cada vez que Edward decidía alabarla.
—Teniendo en cuenta que he utilizado la mitad de lo que tú dijiste, creo que el mérito no es solo mío —afirmó, acercándose, con lo que creyó que era sutileza, hacia él.
«Frena», se recordó, al mirarle los labios.
No debía olvidar que seguían estando en un evento oficial.
—Nunca me habías contado que conocerme te hubiera causado tanto impacto, señorita Lorraine.
Podría haber seguido con ese pique que él, altanero, estaba propiciando, pero decidió que la honestidad le desarmaría mucho más:
—Fue cuando te escuché hablar con tanta convicción cuando entendí que acababa de empezar a admirarte y que... —se acercó un paso más— ya era algo irrevocable.
Ahí estaba.
El rey de Arven completamente fuera de combate.
No estaba dispuesta a ser la única en esa velada en perder la capacidad de articular palabra.
Mientras sonreía por ello, sintiendo como una auténtica lotería que alguien la mirara como él lo hacía, el pequeño momento de intimidad que estaban compartiendo, con la llegada de Adela y del primer ministro, tuvo que ser pospuesto, al menos hasta que terminaran su primer acto siendo un equipo.
—Señorita Lorraine —le tendió la mano el cargo político más importante del país.
Intentando recordar el protocolo, que seguía —y seguiría— resistiéndosele, le devolvió el gesto.
Para su sorpresa, una encantadora sonrisa se dibujó en el rostro del dirigente.
—Disculpad la interrupción —continuó diciendo—, pero le he pedido a Adela que me acompañe a felicitarla personalmente.
Asintió, notando cómo el rubor que había conseguido controlar en sus pecosas mejillas volvía a emerger.
—Gracias —dijo con una voz que no reconoció.
Pues sonó más fuerte y segura de lo que esperaba.
—Me gustaría añadir que sería un honor continuar conociendo su perspectiva sobre la educación y el futuro de Arven.
«Reacciona, July», se tuvo que repetir y, cuando lo consiguió, terminó aquella conversación con una invitación —con la que no contaba— al próximo consejo.
¿En qué momento había sucedido aquello?
Tal vez en el mismo en el que dejó de sentirse ajena en algo semejante o quizá en el segundo en el que se dio cuenta de que sus ideas, las que pensó que solo escucharía Ed —se había equivocado de pleno—, podrían ser relevantes.
—Cala, ¿te he dicho alguna vez que tienes una habilidad innata para nunca dejar de sorprenderme? —preguntó su acompañante, cuando caminaron juntos hacia el Mercedes, dando por terminada aquella noche tan inesperada como reveladora.
Soltando el aire que había estado conteniendo, se puso frente a él, cortándoles el paso, para anclar los brazos en su cuello y darle el beso que llevaba horas guardando.
Fue demasiado breve para lo que estaban acostumbrados y, literalmente, demasiado frío.
Ya que Liora decidió despedir aquel Día de Reyes con los primeros copos de nieve del año.
En cuanto notaron las primeras estrellas de hielo rozarles la piel, corrieron en busca de refugio hacia el vehículo negro que descansaba aparcado a escasos metros de distancia.
Una vez dentro, riéndose a carcajadas ante aquella jugada magistral del clima, tras poner la radio y permitir que Making Love Out of Nothing at All los acompañara, emprendieron el camino de vuelta a casa.
Fue al mirarle y abrazar desde dentro todo lo que sentía por él, la fuente de inspiración que siempre sería para ella, mientras el rey tarareaba, ajeno a ese tsunami de sentimientos que llenaron sus ojos de lágrimas, cuando supo que la burbuja que compartían —esa que habían construido desde el principio— nunca se había ido y que jamás desaparecería.
Pues juntos, no lo dudaba ni un ápice, se encargarían de seguir, como ya hacían, preservándola.
EDWARD
La Villa había despertado del letargo gris del invierno, llenándose de una vibrante luz anaranjada, de colores vivos que decoraban sus alrededores y del suave viento primaveral que invitaba aún más a perderse en sus jardines.
El tiempo había pasado incontenible y él, que estaba sentado en su despacho, cerrando su agenda y también la de la mujer que se había escapado apenas media hora atrás dejándolo solo con su «cuadrado», sonrió embobado ante aquella certeza.
Porque había sido el tiempo, la paciencia y, no podía olvidarlo —jamás lo haría—, el amor, quienes habían conseguido todo lo que había acontecido en los últimos meses.
Desde las becas, que volverían a conceder ese año, hasta la fundación DJ que la persona con la que compartía su vida —y esperaba que muy pronto, de forma oficial, su legado— había creado, sin olvidar todos los proyectos que con ella a su lado estaban intentando llevar a cabo.
No recordaba Alborea sin que Julia Lorraine formara una parte irremplazable de su equipo y la realidad era que tampoco tenía intención alguna de esforzarse en hacerlo.
Una vez que revisó lo que ambos tenían pendiente —solo dos veces en aquella ocasión—, se asomó a los enormes ventanales de la estancia y distinguió, a lo lejos, un destello rubio levitando hacia el invernadero.
Ahí estaba el motivo por el que la señorita Lorraine había huido del despacho que compartían hasta que ella terminara —siguiendo los planos que él había dibujado— con la reforma del que sería solo suyo.
Estaba completamente seguro de que Julia habría cogido uno de los nuevos manuales de botánica que acababan de adquirir para la biblioteca y se habría ido, tras parar a por su dosis diaria de té blanco, a disfrutarlo con los rayos de sol que aquel mes de abril les estaba regalando.
Para perderse en ese lugar que habían hecho suyo, llenándolo y cuidándolo durante infinidad de horas, con la dedicación que aquello requería, para convertirlo en el templo repleto de vida que ya era.
Guiado por el deseo de compartir, una vez más, ese espacio con la mujer que amaba, salió del edificio Lira y, siguiendo su luz, llegó hasta ella.
JULIA
Sabía que Ed iría a buscarla, así que sonrió sin apartar los ojos del tomo de botánica al escuchar sus inconfundibles pasos.
Fue al alzar su mirada cristalina, no pudiendo resistirse más a hacerlo, para tener el placer de verlo frente a ella, cuando sus ojos se desviaron hacia una pequeña flor blanca que estaba justo detrás de él.
Una flor que hasta entonces le había pasado desapercibida.
Edward, siguiendo la misma dirección en la que sus ojos se habían quedado clavados, también vio lo que, siendo la más inesperada de las recompensas, habían logrado.
—Julia... —la nombró, tendiéndole la mano para que se acercara a contemplar de cerca la primera orquídea que nacía en palacio.
Apreciándola, como solo una persona que ha luchado por hacerla florecer es capaz de hacer, sintió en su corazón lo que consideró la felicidad más pura.
Con los dedos de Edward de Valera entrelazados a los suyos, apretó con ternura aquel vínculo para, acto seguido, refugiarse en sus ojos color avellana.
Cuando sus frentes se unieron, la brisa envolvente de la estación más bonita del año le susurró que sus sueños, esos que se habían transformado, se estaban materializando.
Y que lo estaban haciendo, día a día, eligiendo y encontrando su lugar en el mundo, junto a él.
Junto al rey.