37 Refugio
REFUGIO
EDWARD
Una vez que encontró todos los ingredientes —proeza que le llevó más tiempo del que esperaba, ya que el azúcar había decidido jugar al escondite— descubrió que no tenía ni la menor idea de las cantidades que tenía que utilizar, así que, nuevamente, gracias a Julia, tendría que improvisar.
Remangándose la camisa, se dispuso a exprimir diez limones.
Eran todos los que había encontrado.
Mirando el zumo que había logrado obtener, como si de una fórmula química se tratara, pensó en que probablemente necesitaría, como mínimo, otros diez.
Aquello era muy poco líquido.
No obstante, tendría que conformarse.
Por lo que continuó con la ralladura de las cáscaras que había dejado apartadas.
Aferrándose a la precisión milimétrica que solía utilizar en todo lo que hacía, pues la necesitaba.
Ya que no tenía la capacidad innata de la señorita Lorraine para conseguir que crear magia con la comida pareciera el acto más simple del mundo.
«Esto ha sido más fácil», pensó, tras apartar lo que había sobrado, obviando el desastre que estaba organizando.
Y, cuando volvió a posar sus ojos en la receta, viendo con qué ingrediente debía seguir, el leve ruido de unos pasos acercándose consiguió que se diera la vuelta, esperando encontrarse a cualquiera...
A cualquiera menos a ella.
Julia Lorraine Fernández estaba ante sus ojos y necesitó parpadear para confirmar que aquello era cierto.
Su luz dorada, esa que deslumbraba, estaba llenando de vida cada rincón de la estancia.
—¿Es demasiado tarde para ayudarte? —le preguntó ella, llevándose una mano al pelo, sin poder disimular, ante cualquiera que tuviera el privilegio de conocerla, lo nerviosa que estaba.
Fue al escuchar su musical timbre cuando aceptó que quizá su subconsciente no le estaba traicionando.
Era real.
Ella estaba en Alborea.
Más bonita que nunca con una melena al cuello.
Solo tardó un latido más en asimilar que era cierto, el latido en el que sus ojos avellana se encontraron con el azul cristalino de los de ella y, entonces, tras recordar cómo se respiraba, logró responder:
—Llegas justo a tiempo.
Guiado por la conexión que nacía de sus miradas, se atrevió a dar un paso hacia delante, acortando la distancia que los mantenía alejados.
Julia, sin dejar de sostener lo que compartían solo contemplándose, también se permitió dar un paso hacia él.
Al ver ese casi imperceptible movimiento por su parte, no pudo evitar tenderle la mano, mostrándole una media sonrisa genuina y, cuando ella sujetó sus dedos, sin un ápice de duda, fue su corazón quien tomó la delantera, atrayéndola hacia su pecho.
Cuando la tuvo entre sus brazos, enterró la cabeza en su cuello, perdiéndose en la dulzura de su aroma, cerciorándose nuevamente de que era cierto: ella había vuelto.
—Estás aquí —susurró sin poder soltarla, con el miedo a que tenerla frente a él fuera un sueño.
—Sí, Ed, estoy aquí —afirmó ella, acomodándose en el abrazo que él deseó convertir en imperecedero.
No queriendo romper ese momento, en el que sintió que la espera, por más larga que se le hubiera hecho, había merecido la pena, añadió:
—Menos mal, cala —una pausa en la que tomó aire—, porque creo firmemente que la única forma de que esta receta funcione es que la terminemos juntos.
—¿Has conseguido el ingrediente secreto, Alteza?
—¿Otra vez dudando de mí? —cuestionó, aún con ella pegada a su camisa.
Qué difícil fue soltarla cuando ella se alejó, buscando nuevamente su mirada.
—Jamás dudaría de ti, Ed —le dijo con una firmeza en la voz que fue un flechazo directo al centro de su cuerpo—. Ni de nosotros —agregó, noqueándolo de nuevo.
No necesitó escuchar nada más.
Ese «nosotros» era la palabra que condensaba todo lo que estaba sintiendo, todo lo que eran y todo lo que, tras ese abrazo, sintió que podrían llegar a ser.
—Te he echado de menos.
—Y yo a ti —dijo ella, caminando como si flotara, con esa forma suya de fusionarse con cualquier lugar, hacia la caótica encimera.
Lo tenía claro, terminarían aquella receta y después, aunque estuviera sin acabar, aunque aún quedara mucho por construir dentro, le enseñaría el invernadero.
JULIA
El lemon curd ya descansaba en la nevera.
Las flores de Jamaica estaban esparcidas sobre la mesa y el olor cítrico que caracterizaba su receta estrella impregnaba cada milímetro de la cocina.
Volver a tener a su lado a Edward había sido tan sencillo como respirar.
Estaba perdida en ese pensamiento, en que juntos, tal y como él le había dicho, habían logrado el postre perfecto, cuando notó la intensidad de sus ojos avellana sobre ella.
Sus manos se habían buscado en cada uno de los pasos que habían seguido.
Desde mezclar el azúcar hasta integrarlo con los huevos y la mantequilla, pero nada podía compararse con el aleteo que burbujeaba en su interior cuando contemplaba el reflejo de la mujer que era en su mirada.
—Tengo una cosa que enseñarte, señorita Lorraine —pronunció Ed, con una anticipación que ella captó en el timbre de su voz.
Anticipación que la llevó a acercarse a él, en silencio, ese silencio compartido que tanto había añorado, y a entrelazar con fuerza, una vez más, sus dedos.
—Te sigo —respondió, parándose un segundo a apreciar la intimidad que solo con unir sus manos eran capaces de compartir.
Los pasos de Edward les llevaron hasta los jardines de palacio.
Los que recorrieron al atardecer sin soltarse.
Independientemente de que la vida aún bullía en palacio y de que cualquiera que los contemplara caminar así reconocería lo que compartían.
Hecho que le dio exactamente igual. No estaba dispuesta a que se volvieran a ocultar.
Pues el miedo que durante tanto tiempo había oprimido su pecho parecía también dispuesto a hallar su lugar dentro de la Villa.
Al llegar al paseo de los naranjos y ver el banco que había sido testigo de su primer «te quiero», sintió la necesidad de repetírselo, pero algo le decía que él ya lo sabía, que siempre lo había sabido, aunque ella solo lo hubiera pronunciado la noche que durmió acurrucada en sus brazos después de la gala.
Sin embargo, en ese momento, quería gritárselo, susurrado en su oído, al mundo entero.
Y no sabía cuánto tiempo más sería capaz de contenerlo.
Fue en aquel instante, en el que estuvo a punto de pararlos, guiada por ese impulso, para tener el honor de volver a decírselo, cuando lo vio a lo lejos.
Un refugio de forja blanca y cristal, emergiendo, como si levitara, al final del sendero.
Custodiado por las últimas flores de azahar de Alborea.
Su corazón, incapaz de asimilar lo que estaba viendo, sintió el deseo incontrolable de perderse dentro.
Como si Edward pudiera leer sus pensamientos, guio sus manos aún unidas a las puertas de lo que, en efecto, era un invernadero.
—Ed... —murmuró, intentando ser capaz de verbalizar todo lo que significaba para ella aquello.
Él, girándose para ponerlos frente a frente, bañados por las luces anaranjadas que vibraban a través de los enormes ventanales que los habían acogido, acarició su mejilla.
¿Quién necesitaba utilizar palabras si ellos eran capaces de hablarse como lo hacían solo sosteniéndose la mirada?
Mirada en la que ella, perdida en sus iris avellana, le susurró que le amaba.
Que entendía aquel gesto.
Que, contra todo pronóstico, él sí había sido capaz de construir un lugar al que ella siempre podría regresar después de volar surcando el cielo.
Un hogar en el que seguir siendo exactamente quien era.
Porque Edward de Valera, la persona que tenía ante ella, jamás había intentado cambiarla.
Y entonces lo entendió: lo mágico que era entroncar y, en especial, encontrarse junto a la persona correcta.
Acercándose aún más a él, se apoyó en su frente, inhalando el aroma de las flores que había a su alrededor y que aún tenían que colocar.
Pero aquello podría esperar al día siguiente, de la misma manera que tendrían que aguardar los sellos que guardaba en su bolso y, exactamente igual que tendría que hacerlo el reino al que tendría —era algo inevitable— que mostrarse.
Pues en ese momento, lo único que quería era volver a sentir la sensación de paz, de plenitud, que solo había hallado bailando en la comisura de sus labios.
EDWARD
Cuando Julia hizo desaparecer con una sonrisa la distancia entre sus bocas —había sido una tortura mantenerla—, todo el ruido que llevaba semanas acompañándole dejó de existir.
Solo estaban ellos.
La caricia del viento otoñal sobre sus rostros.
Las cajas sin abrir.
El futuro aún por descubrir.
Y sus manos aferrándose a su cintura.
Cintura que no soltó mientras regresaban al interior de palacio.
Lugar que ambos miraron siendo conscientes de que todavía quedaban muchos pasos por dar.
Cuando sus bocas volvieron a buscarse, esa noche en la que ella eligió permanecer a su lado, él supo con una certeza irrevocable que ya no volverían a alejarse.
Y, horas después, aún entrelazados en la calidez de su cuarto, asumieron que había llegado la hora de afrontar la realidad.
Solo que, al ponerse de pie con la claridad de un nuevo día, mientras tomaba nuevamente su mano con entereza, la misma que ella le estaba demostrando, no se permitió —nunca lo había hecho— dudar.