36 Volver
VOLVER
JULIA
Mientras contemplaba desde el otro lado de la calle Sweet Garden, con la mochila sobre su espalda, la maleta en una mano y todas las enseñanzas que había atesorado vibrando todavía en su pecho, entendió que aquel viaje consigo misma, aunque había sido una montaña rusa de emociones, terminaría convirtiéndose en uno de esos recuerdos a los que volver cuando necesitara encontrarse de nuevo.
Porque reencontrarse con la mujer que era, de la forma en la que lo había hecho, sabía que dejaría una huella permanente en su vida.
De la misma manera que la había dejado la última parte de aquella aventura que acababa de cerrar con orgullo.
España.
La sierra toledana.
Las mañanas despertando en la cama que la había visto crecer durante tantos veranos, las risas de sus abuelos resonando desde el salón y las conversaciones, tan necesarias como reparadoras, con sus padres, que le habían recordado, sin pretenderlo, algo importante:
La pequeña Julia que, desde siempre, había soñado con volar jamás había desaparecido.
Solo había cambiado.
Como cambian todos los que se permiten avanzar.
No tenía que elegir entre quien había sido y quien era.
Solo abrazar todas las versiones de sí misma que la vida, el tiempo y sus decisiones habían ido cincelando con el paso de los años.
Probablemente, aceptar que podía querer todas y cada una de ellas era lo que resumía todo.
Aunque aún necesitaba un pequeño empujón, que no tardó en llegar, para ser capaz de actuar.
Y lo encontró nada más cruzar el umbral del local.
Ni siquiera subió primero a dejar el equipaje en su apartamento.
Entró directamente en la zona de degustación y, al inhalar el aroma a albahaca que escapaba del horno y contemplar sus plantas, las que Olivia había cuidado durante su ausencia, sintió aquel golpecito que había estado buscando, recorriéndola por completo.
Entonces su mente viajó, inevitablemente, a las palabras que su madre le había dicho apenas unas horas atrás, en el aeropuerto.
Solo que acababan de cobrar un significado completamente distinto al sentirse en casa.
Uno que terminó de encajar todas las pequeñas piezas que seguían desordenadas en su interior.
—Gracias por todo esto, mamá —le dijo a Valentina, mientras su padre se perdía en busca de una tableta de chocolate entre las tiendas de la terminal.
—Gracias a ti, pequeña, por confiar en nosotros lo suficiente como para contarnos tu historia.
La claridad que le había arrojado Europa la había llevado a admitir, una de las noches que habían hablado frente a la chimenea de sus abuelos, lo que llevaba demasiado tiempo intentando asimilar.
Amaba con cada parte de su ser al rey de Arven.
—Tengo miedo —murmuró, desviando sus ojos del color del cielo hacia los aviones que despegaban a través de los ventanales.
Volver a Liora significaba volver a enfrentarse a todo de lo que había huido.
Y el vértigo seguía allí.
Solo que ya no estaba dispuesta a permitir que la condicionara.
—Yo también lo tuve el día que cogí mi primer vuelo —respondió su madre, tomando su mano con ternura.
Entrelazando sus dedos con los de ella, la invitó, con una mirada cargada de curiosidad, a que continuara.
—Me daba pánico renunciar a mi vida al mudarme con tu padre, July.
Eso no lo sabía.
Siempre había creído que la decisión de su madre había sido guiada por un acto de amor espontáneo.
—Pero debes saber que no fue así, no renuncié a absolutamente nada —añadió su progenitora, conteniendo la emoción—. Con él entendí que amar no significaba dejar de ser quien era, sino descubrir todo lo que también podría llegar a ser.
El nudo que llevaba semanas acompañándola se tensó de nuevo al escucharla.
—¿Y si no sale bien? —preguntó, sintiendo cómo se le quebraba la voz al cuestionarlo.
Su madre, con esa sonrisa capaz de sostener el mundo, respondió:
—Julia Lorraine Fernández.
Ahí estaba.
El tono que siempre utilizaba cuando iba a decir algo importante.
—Todo lo que elegimos con el corazón, independientemente del resultado, siempre será lo correcto.
Y fue precisamente al volver a respirar su ciudad, su vida, cuando terminó de entenderlo todo, de darle el peso que merecía a esas palabras que había intercambiado con su madre antes de coger el último vuelo.
El miedo seguiría existiendo.
Probablemente siempre lo haría.
Pero ya no pensaba seguir escondiéndose detrás de él.
Porque, después de más de un mes intentando descubrir quién era y, sobre todo, quién quería ser, todas las respuestas habían terminado señalando al mismo lugar.
A Edward.
Solo necesitaba ayuda para llegar hasta él.
Precisamente por eso, cuando Olivia apareció corriendo como si no hubiera un mañana hacia ella al escuchar el tintineo de la puerta, tras abrazarla con fuerza, supo que su alma gemela la ayudaría, como siempre hacía, a lograr recorrer el camino que finalmente había decidido tomar.
—Te he echado de menos, florecilla.
—Y yo a ti, amiga mía —respondió, incapaz de contener una sonrisa.
—Estás preciosa —dijo Oli, tras soltarse de sus brazos, admirando su nuevo corte de pelo.
Asintió, notando cómo los ojos se le llenaban de lágrimas.
Ella también sentía que esa nueva versión de sí misma lo era.
—¿Un té y me lo cuentas todo?
Negó casi de forma inconsciente ante su sugerencia.
«No dudes más, Juls», se dijo al darse cuenta de que su subconsciente parecía llevarle la delantera.
No volvería a dudar cuando se tratara de él.
No cuando se tratara del «nosotros» que habían estado construyendo.
Solo esperaba llegar a tiempo.
—Necesito ir a Alborea —susurró, sin apenas voz, pero con la determinación que había estado intentando hallar empezando a emerger con la fuerza de un huracán dentro de ella.
Había infinidad de cosas que por fin tenía claras.
Pero ninguna tanto como aquella.
Quería seguir dibujando su vida y su futuro, por más complejo que pudiera llegar a ser, junto al hombre que vivía en el palacio.
Y, por primera vez desde que abandonó Arven, supo que, si conseguía regresar a la Villa, si conseguía volver a recorrerla, ya no temblaría —si él sostenía su mano— al hacerlo.
EDWARD
Había sido imposible no parar en el vivero de Lena mientras regresaba de Devan.
Su madre —que se había unido a última hora al viaje— ni siquiera intentó disuadirlo.
El maletero de los dos coches oficiales que les seguían, ya que contaban con el doble de seguridad al viajar dos miembros de la casa real, estaba lleno —para sorpresa de la mayoría de su séquito— de cada planta que había escogido para el invernadero.
De toda la vida que quería hacer florecer dentro.
Había sido mucho más sencillo terminar de escogerlas en persona que hacerlo por teléfono, solo que, al recorrer los pasillos llenos de infinidad de colores, embaucado por tantos aromas distintos, se había topado, como si de una señal divina se tratara, con lo que en ese instante, no queriendo separarse de ello, llevaba custodiado en el bolsillo de su americana:
Flores de Jamaica.
Julia.
Y su capacidad de estar en todas partes, de tener un espacio permanente en su siempre tan estructurada cabeza.
Salvo cuando se trataba de ella; entonces parecía que el caos, un caos bonito, reinaba dentro.
Añorarla estaba empezando a pesarle tanto que, en días como aquel, amenazaba con tambalear su tan trabajada entereza.
Por eso mismo, mientras miraba por la ventanilla los árboles anaranjados bañados por las luces del mediodía que decoraban el camino de vuelta a Alborea, decidió que, antes de volver a llamar a Olivia para preguntarle por ella —solo lo había hecho una vez—, obviando la promesa que se había hecho de respetar su espacio, intentaría encontrarla de nuevo de la única forma que sentía que podía hacerlo.
Atreviéndose a intentar recrear su receta.
Lo único que le había dejado y a lo que, aunque intentaba negárselo, se había estado aferrando.
Su corazón seguía pidiéndole que creyera en el poder de todo lo que compartían.
«Paciencia, Edward».
Estaba autoconvenciéndose de que lograría hacer el lemon curd sin provocar un incidente diplomático en la cocina de su área privada en la Villa, mientras One Moment in Time flotaba en el aire, cuando la voz de la emérita llamó su atención:
—Edy, ya sé que te lo he dicho más de una vez durante este mes, pero me parece maravilloso lo que estás haciendo.
—Gracias, mamá —respondió, con honestidad, sabiendo perfectamente a lo que se estaba refiriendo.
Y, sin poder contenerse, añadió:
—Ahora solo tengo que aprender a cuidarlo.
—Lo harás —contestó Katherine, observándolo con orgullo—. Siempre lo haces.
No supo qué responder, pues aunque estaba desprendiéndose poco a poco de su fachada, en momentos como aquel sentía que todavía la necesitaba.
Solo que su madre, como tantas otras veces, supo ver más allá de su armadura.
—Edward, nunca dudes que alguien que te ha marcado así, aunque ahora esté lejos de ti, ha merecido la pena.
Ese «ahora».
No era el único insensato que tenía fe en volver a verla al menos una vez más.
Aunque solo fuera para tener el honor de contemplar la luz que desprendía.
Cuando el coche finalmente atravesó las puertas de su hogar, tras encargarse de que todas las plantas le esperaran en el invernadero, para acto seguido despedirse de su madre y de Hillary, a quien se encontró nada más llegar y a la que dio la tarde libre —no era la primera vez que lo hacía y no sería la última— para que disfrutara con sus nietas, se dirigió directamente a su habitación.
Y, una vez que recuperó la receta que guardaba en su escritorio, sin tan siquiera cambiarse, entró en la cocina.
Desabrochándose la corbata y dejándola sobre la encimera, junto a la americana en gris marengo que le había acompañado durante esa jornada, tomó la nota entre sus manos.
El papel comenzaba a estar arrugado.
Ya que había vuelto a él más veces de las que estaría dispuesto a admitir.
—No puede ser tan difícil —murmuró, buscando los ingredientes entre la alacena y la nevera.
Aunque, tratándose de él y de sus dotes culinarias, sin ella como guía, su intuición le decía que sí que lo sería.
JULIA
Le faltarían vidas para agradecer la velocidad con la que su círculo —qué suerte tenía de tenerlos— se había movilizado para ayudarla.
Olivia había llamado a Noah, que aquella tarde estaba trabajando con Ella, enseñándole cómo dirigir al equipo de la universidad tras su inminente partida.
Noticia que sus amigos tendrían que contarle con más detalle en cuanto volviera de ver a Edward.
Ella, a su vez, había llamado a su hermano y este último les había confirmado, gracias a Harry, que el rey de Arven acababa de regresar a palacio.
En cuanto su alma gemela se lo dijo, explicándole que podría entrar por la puerta que daba al edificio Astra gracias a Lewis —que avisaría a seguridad—, abrió su mochila y, con toda la delicadeza que la adrenalina le permitió, sacó los cinco sellos.
Guardándolos un parpadeo después en el pequeño bolso que llevaba colgado sobre su chaqueta color crema.
Sin darse tiempo para pensar en qué aspecto tendría, pues eso era lo de menos, se colocó una diadema en color chocolate para apartar su renovada melena dorada del rostro y se acercó hasta Olivia para darle un sonoro beso en la mejilla.
Su mejor amiga estaba contemplándola desde el sofá, acariciando al pequeño DJ, con una sonrisa de oreja a oreja ante su más que visible nerviosismo.
En cuanto le había contado su plan, apenas unas horas antes, habían decidido cerrar Sweet Garden y centrarse en lo que Oli había calificado como «lo más importante».
Y en ese momento, mientras bajaba las escaleras a trompicones con el corazón ya palpitándole a toda velocidad, fue plenamente consciente de algo: si para ella aquellas horas habían sido eternas, no quería imaginar lo que habría supuesto para Edward la espera.
Subiéndose a su bicicleta, sintiendo la libertad que siempre le producía montar en ella, pedaleó hasta el hombre del que no volvería a alejarse.
Hasta Alborea.
Hasta su hogar, el lugar que Ed siempre había intentado que sintiera como un poquito suyo.
Y cuando las puertas de la Villa aparecieron frente a sus cristalinos ojos, mientras recuperaba el aliento, se atrevió a alzar el mentón y contemplar la inmensidad del palacio sin miedo.
Porque ya no sentía Alborea como un lugar al que temer.
Es más, si Edward, después de todo —aunque todavía no tenía ni la menor idea de lo que le diría cuando lo tuviera delante— seguía apostando por ellos, quizá la Villa podría terminar convirtiéndose en un lugar en el que quedarse, en el que poder, a su lado, seguir creciendo.