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PUENTES
JULIA
Había sido al aterrizar en Budapest, dos días atrás, cuando sintió en su interior una energía distinta, más honesta consigo misma.
Definitivamente ya no estaba escapando, solo transitando hacia la mujer que quería ser.
Mujer que, mientras pasaba las últimas páginas de Orgullo y prejuicio —por fin, después de meses, lo estaba terminando—, sentada en una cafetería del Mercado Central, se atrevió a mirar con otros ojos a la protagonista.
Parecía que uno de los personajes femeninos más emblemáticos de la literatura y ella compartían más de un rasgo.
Y aquello logró que dejara de juzgarse tanto.
Tal vez amar nunca había consistido en encontrar a alguien con quien encajar a la perfección, sino en descubrir, junto a otra persona, que la magia de todo está en seguir creciendo.
Derramando más de una lágrima silenciosa al cerrar el libro, alzó sus ojos al bullicio que reinaba a su alrededor, del que había sido capaz de abstraerse leyendo.
El murmullo de las conversaciones en húngaro, el tintinear de las cucharillas contra las tazas y el aroma dulce de la canela impregnando el local la envolvieron en una paz que consideró única.
Una que no nacía de intentar cambiar.
Sino de aceptar.
Aún tenía en su improvisado itinerario un par de paradas pendientes, por lo que, guardando la novela en su mochila, con la calidez de la pluma de Jane Austen aún recorriéndole la piel, se puso en marcha.
El Puente de las Cadenas, uno de los más bonitos que había visto nunca, hecho para unir las dos mitades de la capital, y el Castillo de Buda fueron los lugares que, horas después, tachó, fascinada, de su lista.
Mientras regresaba sobre sus pasos, descubriendo símbolos del vínculo que habían sido capaces de forjar en Hungría, convirtiendo en una sola las dos partes de Budapest, sintió que, si el Danubio no había sido un motivo suficiente para mantener alejados dos mundos, quizá ella también sería capaz de tender un puente entre el suyo y el del hombre que reinaba en Arven.
Y, con aquella posibilidad arrojando luz en su interior, en cuanto entró en el coqueto hostal en el que se alojaba, cayó rendida en los brazos del rey de los sueños.
EDWARD
Jamás entendería a quienes no eran capaces de ver la belleza en el otoño y, si por él fuera, permitiría que todos los que dudasen de aquella realidad recorrieran Alborea en un atardecer tan excepcional como aquel.
Quedarse hasta tan tarde tenía sus ventajas; podía permitirse apreciarlo desde la transparencia que otorga estar a solas con tus pensamientos.
Hacía horas que no quedaba nadie a su alrededor, por lo que el ulular suave del viento y sus latidos, desacompasados por el esfuerzo, estaban siendo sus únicos acompañantes.
El invernadero ya estaba casi acabado.
Los cristales que le daban forma se habían terminado de colocar durante aquellos días y lo que empezó como una sugerencia arrojada al aire en Belmar ya se había convertido en una realidad tangible.
Mirando con orgullo lo que sus manos estaban creando, supo que había acertado con el concepto.
Era indescriptible cómo aquel santuario de estructura abierta conseguía ser, al mismo tiempo, un refugio alejado de cualquier estímulo externo.
Las luces violetas despidiendo aquel día habían empezado a filtrarse a través de los paneles, tiñendo todo de un envolvente aura.
Y, por un instante, mientras se apoyaba sobre uno de los cristales que aún tenían que terminar de ajustar, se permitió —algo que se había negado a hacer, no queriendo aferrarse demasiado a la posibilidad de que ella volviera— imaginarla allí.
Escribiendo sus recetas.
Sonriendo.
Respirando en la inmensidad de Alborea.
Incluso creyó poder escuchar el eco de su voz entre las flores que todavía estaban por llegar.
Ojalá hubiera podido elegirlas con ella.
Aun así, mientras lo dejaba atrás durante unas horas, se felicitó.
«Lo estás consiguiendo, Ed».
Estaba empezando a aprender a reconocerse sus pequeños méritos.
Aunque, a juzgar por el cansancio que sentía acumulado en los hombros y por el escozor que se abría paso en sus manos cada vez que cerraba los dedos, aquello hacía días que había dejado de ser pequeño.
Se había acostumbrado al peso de los materiales, al sudor recorriéndole la espalda y a las miradas todavía sorprendidas de los trabajadores cuando veían que se había implicado con todo lo que era en aquello.
Y, paradójicamente, nunca se había sentido tan realizado.
Esa era la huella imborrable que Julia Lorraine le había dejado.
JULIA
Aquel era su último día en la capital húngara y había decidido que únicamente caminaría por ella, intentando guardar en su memoria los detalles que la caracterizaban, aquellos que habían sido parte de su catarsis.
Guiada por un impulso, pues podría decirse que había entrado en todas y cada una de las librerías con las que se había topado en aquel viaje, cruzó la puerta de una más.
Allí, hojeando infinidad de ejemplares, en busca de una nueva aventura que vivir a través de la lectura, encontró, sin buscarlo, un manual que llamó su atención.
No sin antes tomarse un parpadeo para rememorar los últimos que había leído.
Qué bonito había sido tener el privilegio de tener a su lado una persona con la que compartirlos.
Fue al leer las primeras páginas, mientras caminaba bordeando el Danubio, intentando no chocar con quienes avanzaban en la dirección opuesta, cuando sintió la necesidad de enseñárselo.
De, después de semanas sintiéndose perdida, plantearse, de forma consciente, volver a tener frente a sus ojos a Ed.
Aquel tomo que tenía entre sus manos, que había resultado ser de herbología —la rama de la botánica que estudia las propiedades curativas de las plantas— le estaba haciendo ver que el proceso natural de sanación y, sobre todo, de evolución necesita tiempo y que lo mejor que había hecho, comparándose con las flores, era no forzarse a ello.
Por eso, comprendiendo el trasfondo que tenía esa enseñanza, deseó tener el valor suficiente para explicárselo.
Para contarle todo lo que había aprendido.
Y para mostrarle que no se había ido para olvidarle, solo para aprender a aceptar que había sido inevitable amarle.
El único problema era que encontrar la forma de hacerlo no era tan sencillo, así que decidió que tal vez lograría descubrir qué camino debía seguir para conseguirlo en su penúltimo destino.
EDWARD
Podía observarlo desde su despacho, al fondo de los jardines, como una burbuja sostenida en el aire.
Incapaz de esconder una sonrisa, lo contempló maravillado.
El exterior estaba, oficialmente, acabado.
Solo quedaba la parte más complicada: llenarlo de vida.
—No sabes cómo me alegra verte así, Ed —le dijo Lewis, con quien, para no variar, compartía espacio.
No se había dado cuenta de que su gesto y su mirada, perdidos en el horizonte, le estaban delatando.
—Echaré de menos las horas construyéndolo —murmuró, verbalizando sus pensamientos.
Su mejor amigo puso una mueca al escucharle, mientras se sentaba en uno de los sillones del centro de la estancia, sin dejar de mirarle.
—Negaré haberlo dicho y no pretendo darte falsas esperanzas, pero creo que cuando lo vea...
—No lo he hecho para que vuelva —le interrumpió, con más intensidad de la que solía demostrar.
No había nada que deseara más que aquello: volver a tenerla a su lado.
Que en Europa, donde efectivamente ya había descubierto —gracias a una llamada con Olivia— adónde le habían llevado sus alas, hubiera encontrado un motivo por el que seguir creyendo en lo que compartían, pero el invernadero distaba por completo de ser una forma de intentar atraerla.
Era más bien un símbolo.
La prueba de que el amor —jamás creyó que pudiera ser así— tiene la capacidad de cambiarnos para siempre.
Y él quería conservar eternamente la parte de sí mismo que Julia le había ayudado a descubrir.
—Independientemente de por qué me has tenido trabajando horas extras, es de las cosas más increíbles que has hecho, Ed —añadió su amigo, aportando a su conversación la ligereza que a él le seguía faltando.
—No me digas que tú también te estás volviendo un romántico empedernido —respondió, acercándose al sillón contiguo.
—¿Yo? —cuestionó su mano derecha, alzando una ceja y negando con la cabeza—. Jamás, amigo.
Incluso agotado, logró reírse.
—Antes jamás me habría imaginado levantando un invernadero con mis propias manos —afirmó, siendo consciente de todo lo que había sucedido hasta llegar a ese punto.
—Antes no eras esta versión mejorada de ti mismo —respondió su mano derecha, sin ningún tipo de filtro.
Y, con la carcajada que prosiguió a esa afirmación, sintiéndose infinitamente más cansado, pero también más vivo, decidió que por aquella jornada había terminado con su agenda y que era un buen momento para volver a ver de cerca el más especial de todos sus proyectos.
JULIA
Cinco ciudades.
Cinco formas de entender que todos y cada uno de los pasos que había dado le habían llevado exactamente al mismo lugar.
A desear con cada milímetro de su ser volver a casa.
A su «casa».
A la persona que le había demostrado ser capaz de convertir cualquier lugar en un hogar si ella estaba entre sus brazos.
Aquello lo supo perdiéndose en las vistas de los jardines de Mont des Arts, releyendo, como sabía que haría, las notas que cada día habían viajado junto a ella, guardadas en uno de los bolsillos interiores de su mochila.
Antes de marcharse de aquella idílica vista, también se permitió contemplar los sellos que había ido recabando, por si así encontraba el aplomo necesario para dárselos.
El primero, en Copenhague, había nacido de la nostalgia.
El segundo, en Praga, de la contradicción.
El tercero, en Viena, de la aceptación.
Y los dos últimos, en Budapest y en Bruselas... de la esperanza.
¿Sería demasiado tarde para solucionarlo?
¿Sería capaz de afrontar lo que significaría que Edward, en contra de su petición, la hubiera esperado?
Aquel bombardeo de preguntas sin respuestas la estaba asaltando de nuevo, solo que ya no amenazaba con asfixiarla, más bien le recordaba que los sueños —sus sueños— también tenían derecho a transformarse.
Y, de hecho, así había sido.
Había que ser muy valiente para irse, sin mirar atrás, en busca de la mujer que era, pero también había que serlo para encontrar el coraje necesario para elegir quedarse junto al hombre que amaba.
Seguía buscando esa determinación, aunque, aquella noche de octubre, mientras guardaba sus pertenencias antes de ir hacia el aeropuerto, pues su España ya la estaba esperando, las mariposas que nunca habían dejado de revolotear en su interior le dijeron que estaba a un suspiro de encontrarla.