34 Construir y reconstruir
CONSTRUIR Y RECONSTRUIR
EDWARD
Esa madrugada, exactamente cuatro días después de recibir la nota de Julia, con la receta que aún no se sentía preparado para hacer, había dado por finalizados los planos en los que se había sumergido día y noche desde que decidió que necesitaba dar un paso más.
Las luces de un nuevo día ya habían cubierto por completo Alborea y, con aquella claridad, consiguió despejar durante un instante el ruido que parecía vivir de forma permanente en su mente.
Seguía siendo consciente de que aferrarse a aquello no lograría que ella regresara, pero necesitaba construirlo para demostrarle, si terminaba volviendo, que en la Villa existía un espacio que podría hacer suyo, y para demostrarse, independientemente de que no lo hiciera, lo inspirador que era para él amarla.
Con la anticipación recorriendo su musculado cuerpo, después de trotar por la zona sur de palacio, decidió acercarse hasta el área que ya estaba prácticamente reformada.
Por algún sitio tenía que empezar.
Necesitaba encontrar un lugar especial para aquel espacio, uno que le permitiera integrarse de forma natural en la Villa, pero que, a su vez, fuera lo suficientemente privado como para convertirse en un refugio de forja y cristal.
Cruzó aún corriendo la zona principal de los jardines, la que conectaba la entrada con el edificio Astra y, aunque era preciosa, decidió descartarla.
Estaba demasiado expuesta y era demasiado «perfecta».
Continuó avanzando por sus «dominios», negando con la cabeza en cada punto en el que frenaba, mientras intentaba serenarse con las luces cálidas de finales de septiembre que lo acompañaban en aquel paseo.
Descartando, una a una, todas las zonas que no representaban lo que su corazón había dibujado.
Y fue entonces, al llegar a una mucho más apartada, protegida por los últimos naranjos de la gran hilera con la que contaba palacio, que estaba ligeramente elevada sobre el resto del terreno, cuando lo supo.
Ese era el lugar.
Porque desde allí podía verse la esencia de su hogar, pero el ruido que llevaba consigo, bajo aquellos árboles, parecía más contenido.
Y si ella terminaba eligiéndolos, quería que tuviera un pequeño oasis en el que pudiera respirar, incluso cuando el peso de la corona terminara rozándola.
No entendía cómo aquello no se le había ocurrido antes, si Julia, con esa forma tan suya de transformar cualquier idea improvisada en algo extraordinario, se lo había propuesto frente a los nenúfares en Belmar.
Había sido al recordarlo durante esos días, mientras trazaba aquellos planos inspirados en lo que habían imaginado juntos, cuando comprendió que, en el fondo, siempre había sabido que terminaría construyéndolo.
Solo que la idea se había perdido en todo lo que habían vivido en tan poco tiempo.
Y fueron esos trazos los que, horas después, explicó a Logan, un reconocido arquitecto, para acto seguido hacerlo con los trabajadores en los que confiaría para llevar a cabo aquella idea.
Una vez terminó con ellos, le llegó el turno también a los jardineros, aunque tenía claro que quería ser él quien mantuviera vivo el invernadero.
—Todo se basa en que está pensado para que conviva con las plantas, no para dominarlas, por lo que el concepto abierto es clave —comentó nuevamente al equipo, que seguía escuchando con atención cada detalle.
Todos asintieron.
—Está planificado al milímetro —le felicitó Logan, a quien conocía desde sus años como universitario y con el que siempre contaba para contrastar sus diseños.
Ese había sido su objetivo y le congratuló saberlo.
Ya podía visualizarlo, como una imagen nítida, en su ya no tan estructurado subconsciente.
La luz entraría a través de los amplios ventanales inclinados, bañando las plantas trepadoras, las flores y los pequeños árboles cítricos que se encargaría de conseguir en el vivero de Lena.
En el centro, rodeada de orquídeas blancas —encontraría la forma de hacerlas florecer—, buganvillas y jazmines, habría una mesa redonda blanca preparada para tomar el té.
Un lugar para perderse en conversaciones sobre sus sueños.
Y, junto a ella, un banco, para convertir aquel espacio en algo similar a un santuario, en el que deseaba, con una fuerza abrumadora, que Julia se reconociera.
No como figura pública.
Solo como ella.
Como la mujer tan magnífica que era, incluso cuando se sentía perdida.
—¿Cuándo podemos empezar? —cuestionó, sin querer parecer demasiado ansioso.
—Podríamos empezarlo el lunes, Majestad —confirmó uno de los oficiales, intercambiando una significativa mirada con el resto de los presentes.
Todos parecían haber entendido, sin necesidad de que él lo verbalizara, que aquella petición no nacía de un capricho.
Había algo mucho más profundo detrás de aquel proyecto y, aunque probablemente ninguno alcanzara a comprenderlo del todo, sí parecían dispuestos a implicarse en ello.
—Perfecto —respondió, mostrando un atisbo de lo que podría considerarse su primera sonrisa en semanas.
Y, cuando todos creyeron que había terminado, añadió:
—Puedo estar aquí a las cuatro.
—¿Va a supervisar la construcción, Majestad? —preguntó uno de los muchachos, visiblemente sorprendido.
Tomando una bocanada de aire, contestó con convicción:
—No, quiero formar parte del proceso.
El silencio se impuso durante un momento, ante la incredulidad de quienes le habían oído.
No estaban acostumbrados a algo así, a que un rey —que solo era un título, que él portaba con entereza y orgullo— se manchara las manos.
Sin embargo, tan solo un segundo después, descubrió en sus expresiones que acababan de empezar a mirarle de forma diferente y, solo con aquel detalle, ya sintió que estaba haciendo lo correcto.
JULIA
Copenhague, ciudad que hacía dos días que había dejado atrás para continuar con su aventura en Praga, había sido un tónico reparador.
El primero de muchos.
La capital danesa la había recibido con sus fachadas coloridas, el olor a café recién hecho y una calma tan distinta a la que conocía que había terminado aferrándose a ella casi sin darse cuenta.
Pedalear junto a sus canales, perderse entre su gastronomía para deleitarse con nuevos sabores, entrar en librerías sin mirar el reloj o, simplemente, sentarse a contemplar cómo la vida avanzaba sin exigirle absolutamente nada, había conseguido que, por primera vez en demasiado tiempo, existiera sin pensar constantemente en qué vendría después.
Y fue precisamente en ese silencio que había atesorado, recorriendo idílicos jardines y bonitas calles adoquinadas, donde había entendido algo nuevo.
No necesitaba volver a ser quien había sido antes de Edward.
Necesitaba conocer a la mujer —igual de válida, igual de fuerte, igual de leal— en la que el amor le había convertido.
Estaba pensando en ello cuando Praga le recordó, al pasar por el Mercado de Havelská, que debía encontrar el souvenir perfecto, al igual que lo había hecho antes de abandonar Dinamarca.
Porque sí, antes de marcharse de Copenhague, había terminado entrando en una tienda de coleccionismo y pasando más de media hora en ella, escogiendo un sello.
Uno elegante, clásico y perfectamente imperfecto.
Como el hombre para el que lo compró.
Y, aunque había intentado convencerse de que aquello seguía contando como una contradicción, de la misma manera que dejarle la receta del lemon curd —que sabía que sus amigos le habían hecho llegar—, se ignoró por completo.
Tras sentarse en una terraza a disfrutar de una cerveza, cerca de la iglesia de San Galo, no quiso seguir dilatando aquello en el tiempo.
Por lo que, entrando en una pequeña tiendecita local a apenas unos metros de distancia, volvió a detenerse frente a una vitrina buscando un nuevo recuerdo.
Tras pensarlo varios minutos, encontró uno que le hizo detenerse, que sostuvo en sus manos más tiempo del que se podría considerar correcto, aceptando que, incluso intentando reconstruirse, Edward seguía siendo, en la distancia que los separaba, la persona que había amado todos y cada uno de sus matices.
De la misma manera que ella siempre sería la mujer que amaba y, no solo eso, también admiraba, las dos versiones del hombre que él era: Ed y el monarca de su país.
EDWARD
No hay nada más enriquecedor en la vida que tener un propósito y él, mientras alzaba uno de los ventanales ayudado por Lewis, quien, para su sorpresa, se había sumado a su proyecto, entendió que tenía muchos más de los que se había permitido reconocer.
Si sus cálculos y sus brazos —en los que había empezado a confiar de una forma completamente distinta— resistían el ritmo que se había autoimpuesto, tendrían terminada prácticamente toda la estructura antes de marcharse a Devan.
Ignorando el dolor seco que había comenzado a abrirse paso en su cuerpo, con el sudor surcando su frente, abrazó al hombre que aquella mañana de otoño, con su inmaculado traje, había acudido a un pleno, dando voz a la casa real de Arven y, a la vez, al hombre que estaba levantando con sus propias manos el invernadero ante los trabajadores que seguían intentando acostumbrarse a verlo junto a ellos.
Pero no podía hacer menos, teniendo en cuenta que aquello era en honor a la mujer que había cambiado y, algo le decía, que seguiría haciéndolo, su forma de contemplar cuanto le rodeaba.
JULIA
Viena.
La tercera de las cinco ciudades de las que estaba teniendo el honor de enamorarse antes de reencontrarse con su adorada España.
El proceso —su proceso— comenzaba a ser esclarecedor, tanto que ya no sintió como una carga el añorar Liora, con todo lo que eso implicaba.
Porque aceptar cuánto echaba de menos Arven significaba aceptar, también, cuánto seguía echando de menos a Edward.
Y, curiosamente, ya no se sentía tan frustrada por ello.
Aquella ciudad llena de música, arte y elegancia parecía mecerla con suavidad mientras paseaba junto al Danubio observando cómo las luces comenzaban a reflejarse sobre el agua.
Y fue allí, hallándose en ese reflejo cambiante, mientras jugaba con su larga trenza dorada, donde entendió que quizá su abuela tenía razón.
Siempre la tenía.
Porque llevaba desde niña diciéndole que cuando una mujer quiere cambiarse el pelo es porque algo dentro de ella ya había cambiado primero.
Por eso, sin pensarlo demasiado, entró en la peluquería que había visto horas atrás, frente al hotel en el que se alojaba.
La dueña, una mujer mayor de pelo color ceniza y sonrisa amable, le preguntó, mostrándole las tijeras:
—¿Estás segura, bonita?
Ante aquella cuestión, sostuvo sus cristalinos ojos frente al espejo.
La chica que le devolvió la mirada seguía siendo ella, solo que con matices nuevos.
Era alguien que se había permitido querer, en contra de sus propias certezas, que casi se rompe en el proceso y que había huido —aunque ya no lo sintiera tan extremo— para reconstruirse.
—Sí —afirmó, regalándose a sí misma una sonrisa.
El sonido del corte resonó en el pequeño local y, cuando vio su melena dorada caer al suelo, lejos de sentir tristeza, como habría sucedido en otro momento, sintió ligereza.
Por fin, estaba descubriendo cómo aprender a sostener, sin necesidad de revertirlo, aquel cambio.
Solo que hay cosas, y quien dice cosas dice sentimientos, de esos que te llenan el pecho, que están tan arraigados dentro, que no cambian por más que pretendamos alejarnos de ellos.
Y aquello lo descubrió cuando, recuperando un atisbo de la luz que alguien le dijo que siempre parecía desprender, entró en un nuevo anticuario, queriendo que, de alguna manera, él siguiera formando parte de su universo.
—Edward de Valera —susurró al viento al salir, guardando en su mochila el tercer sello.