33 Aprender a volar
APRENDER A VOLAR
JULIA
La última vez que se había dicho la frase que sentía que mejor representaba quién era, estaba pedaleando de camino a casa de Noah para contarle a Olivia que darían una recepción en Alborea.
«Si el cielo es el límite, aprenderé a volar» y, en las últimas dos semanas —o puede que en los últimos meses— había rozado tanto sus propios límites que, efectivamente, la única solución que había encontrado era surcar el cielo.
El sonido del aeropuerto era su acompañante aquel domingo en el que los astros, sus rezos a Atenea o la vida, mostrándole el camino que debía seguir, la habían llevado hasta allí.
Desde que tomó la decisión de poner tierra de por medio, el nudo que seguía oprimiendo su pecho se había destensado lo suficiente como para permitirle razonar.
Primero, habló con Olivia, a quien iba a dejar sola —no sin la culpabilidad que aquello suponía— un mes en Sweet Garden.
Pero su socia, mejor amiga y alma gemela, la abrazó tan fuerte que le hizo ver que entendía que aquello era exactamente lo que necesitaba y que, teniendo en cuenta las fechas y con el equipo que contaban, se apañaría.
Después, habló con sus padres, que apoyaron su decisión, acompañándola a organizar, en tiempo récord, aquella pequeña pero necesaria locura.
Estaban acostumbrados a que viajara sola, aunque nunca lo hubiera hecho con tan poca anticipación y, mucho menos, durante tantos días.
No obstante, gracias a la inestimable ayuda de Umma, una agente de viaje clienta de su madre, había cuadrado cinco capitales, que había elegido de forma aleatoria de entre las que le faltaban por conocer, en veintidós días.
Para después —esperaba haberse encontrado un poco más para entonces— terminar en la sierra toledana, reencontrándose con parte de su familia.
Cogiendo aire, tras rehacerse una vez más la trenza —que estaba planteándose seriamente cortar— y guardar su chaqueta vaquera junto al poco equipaje que llevaba, se puso en pie; aún quedaba un rato para el embarque.
Y fue en aquel momento cuando, después del frenesí que había supuesto organizarse, se tomó un instante para volver a sentir.
«Masoca», se llamó, en cuanto, mirando a través de los enormes ventanales que daban a las pistas, sacó de su mochila verde, casi sin pretenderlo, lo que había decidido llevar consigo:
Las notas de Edward, con las que todo empezó, las que ni había podido —ni había querido— dejar atrás.
Con una sonrisa triste en los labios, acarició aquellos papeles gastados, bañados por las luces del atardecer, que siempre tendrían un hueco incomparable en su corazón.
Quizá por eso mismo, cuando los cogió aquella mañana antes de salir, escribió lo que escribió, sintiendo que, para poder avanzar, había algo que primero debía entregar.
Para cuando quiso darse cuenta, perdida en los susurros del recuerdo de un «te quiero» que para ella seguía sonando como una sinfonía —tan dura como real—, la megafonía anunció:
—Los pasajeros del vuelo AV-201 con dirección Copenhague pasen por la puerta de embarque.
Era el momento.
Intercambiando aquellas notas, que sabía que releería mil veces más, por su pasaporte y su billete, no miró atrás.
Debía volver a sí misma, aceptar que, tal vez, había cambiado y que, no por ello, se había perdido su verdadera esencia.
Esencia que sintió, mientras atravesaba las nubes, que había dejado bajo la custodia de Edward.
Qué contradicción tan grande había entre lo que decía, lo que hacía y, sobre todo, lo que sentía. Y qué necesario era permitirse aquel viaje, obviando los momentos en los que se ahogaba sintiéndose la mujer más cobarde de la tierra por abandonar de aquella manera Arven.
No fue hasta que aterrizó en la capital de Dinamarca, que la recibió con su particular historia reflejada en sus canales, cuando empezó a avistar un ápice de esperanza.
Esperanza que atesoró para empezar a buscarse entre sus pintorescas calles.
EDWARD
Ese septiembre estaba aprendiendo que hay vacíos que no pueden llenarse, solo aprender a convivir con ellos.
Esa era otra de las enseñanzas que Julia Lorraine, con su extraordinaria forma de ver el mundo y la deslumbrante energía que desprendía, había dejado en su vida.
No obstante, no era la única, pues, por primera vez desde que tomó su cargo como rey, se permitió que el hombre que era se antepusiera al que debía ser.
Desde que dio la rueda de prensa días atrás, en la que consiguió disipar el revuelo que había producido que él fuera un hombre enamorado —seguía siéndolo, ni dos semanas, ni mil años lograrían que se cambiara aquel hecho—, se había decidido a mirar su siempre estructurada agenda con unos ojos diferentes.
Podía tomarse la libertad —y lo estaba haciendo— de espaciar las reuniones y los protocolos que requerían su intervención.
No posponerlos, pues jamás dejaría de lado ni su país ni su trabajo, solo que estaba aceptando que hay detalles que merecen más espacio, más tiempo y que seguir una línea recta no siempre era lo correcto.
Habían pasado quince días sin ella, sin su risa, sin la calidez de su mano y, aquella mañana, mientras corría por los jardines, abandonando su fachada de hombre regio, dejó que añorarla, durante un instante, le invadiera por completo.
Era mucho más de lo que se hubiera permitido en otros tiempos.
Recuperándose, mientras dejaba atrás los árboles de palacio, que se habían tornado anaranjados, preparándose para desprender sus hojas, tras una ducha que ya había asumido que no borraría lo que sentía, caminó hasta su despacho.
Aquel lunes no tenía demasiado que solventar, salvo el viaje a Devan —el primero de sus actos oficiales fuera de Liora aquel otoño—, que tendría lugar a mediados de octubre.
Una vez revisado el itinerario —solo era la cuarta vez que lo hacía y sintió que estaba progresando—, apartó aquel papeleo y sacó sus lápices.
Las musas que guiaban su lado arquitecto no estaban colaborando, pero él seguía intentándolo.
Apenas había trazado un par de líneas inconexas cuando llamaron a la puerta.
Dejando su silla, se aventuró a abrir y allí estaban los mellizos más dispares del planeta.
Llevaba sin ver a Ella desde la gala y aquello le supuso un tirón en el pecho al arrastrarlo de nuevo a sus agridulces recuerdos.
Porque la imagen de Julia, convertida en un destello verde, apareció de golpe, noqueándolo por completo.
—Ed —le nombró su amiga, obligándole a estar presente, solo que su tono, cuando él volvió a conectar con la realidad, no le sonó nada alentador.
—¿Qué pasa? —preguntó, tomando posiciones frente a ella.
La conocía lo suficiente como para no ignorar lo que destilaba su voz.
—Tenemos que hablar —dijo su mejor amigo, tomándole el relevo a su hermana y entrando en la estancia.
Aguardando, mientras se desajustaba el nudo de la corbata que amenazaba con dejarle sin oxígeno, se acercó para apoyarse sobre su escritorio.
Necesitaba saber qué estaba sucediendo e intuía —cómo odiaba en ocasiones aquel don— que las noticias que traían sus acompañantes no serían un aliento.
—Se ha ido, Ed —pronunció Ella, sin dilatar el momento.
No necesitó preguntar a quién se estaba refiriendo.
Sus sentidos, en cuanto lo procesó, se apagaron durante un parpadeo y, en Alborea, solo se escuchó el eco de aquellas palabras.
Julia, la mujer a la que no había ido a buscar porque respetaba su libertad por encima de sus propios deseos, se había marchado, convirtiendo el «no me esperes» que él se había negado a aceptar en algo definitivo.
«¿A dónde?», quiso preguntar, esperando que saber dónde se encontraba frenara aquella sensación que amenazaba con consumirlo.
Solo que, cuando estaba dispuesto a mostrar esa cara tan vulnerable de sí mismo a sus mejores amigos, Ella, con un tono más pausado, dijo:
—Te ha dejado esto.
Era un sobre, del tamaño de una carta de póker, con su nombre.
Sus amigos, sabiendo que necesitaba estar solo, una vez que acordaron reencontrarse después en la zona privada de palacio, salieron de la sala, permitiéndole que encontrara la fortaleza para leer la primera carta que ella, a través de su círculo de confianza, le había hecho llegar.
Al abrir el sobre, con la entereza que recabó de su parte como rey, lo primero que halló, siendo un disparo al corazón, fue una flor de azahar seca que tardó un parpadeo en reconocer.
Era la misma que él, meses atrás, le había enviado.
Y, junto a ella, encontró una nota escrita en una de las hojas de sus cuadernos de recetas, los mismos que le había visto utilizar en Sweet Garden, devolviéndole la imagen de Julia en la cocina, llena de harina y envuelta en ese aroma a dulce recién hecho que siempre parecía perseguirla.
Qué difícil estaba siendo aquello.
Ante él, escrito con su caligrafía apresurada y vibrante, estaba el secreto mejor guardado, el que había estado esperando —desde la recepción en la que sus mundos se cruzaron— y que Julia, demostrándole tanto, aun estando separados, le había regalado.
Lemon curd
Azúcar
Ralladura de limón, a ser posible, ecológico
El zumo de ese limón
Mantequilla
Huevos
Flores de Jamaica
Y paciencia, Ed.
No se necesita nada más.
PD: La magia siempre estará en las plantas.
Una vez que leyó la receta, que estuvo a punto de crear un decreto para conseguir, no sintió aquello como una despedida, más bien como un «continuará» al que quiso aferrarse y que comenzó a anidar en su interior, independientemente de que, al entregarle aquello, estuvieran cerrando un ciclo que él hubiera querido que fuera eterno.
Tal vez, si se la había dado en aquel momento, era para que la guardara mientras ella volvía a aprender a volar.
No sabía si regresaría a Arven, si los terminaría eligiendo. Lo que sí tenía claro era que esperar y sostener no estaban a la altura de lo que, dejándose llevar, como había aprendido a su lado, él podría llegar a hacer.
Y si existía, aunque fuera, una posibilidad de construir un lugar para ella en Alborea, uno al que mereciera la pena regresar o que, al menos, a él siempre le recordara que amarla había sido una catarsis en su existencia, estaba dispuesto a intentarlo.
Amar a Julia Lorraine jamás había consistido en pedirle que echara raíces, sino en ofrecerle un refugio en el que poder hacerlo, si es que así lo deseaba.
Por lo que, volviendo a coger sus lápices, empezó, mientras contemplaba en el horizonte sus jardines, repletos de las flores que había aprendido a entender, a dibujarlo.