Junto al rey (Arven 2) 32 El vacío
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32 El vacío

EL VACÍO

EDWARD

En cuanto contempló a Julia, quiso cambiar su deseo, pues si pudiera pedirle algo al universo, lo único que deseaba era ser capaz de borrar las lágrimas que amenazaban con desbordar sus expresivos ojos azules.

Considerando imposible contenerse, sin mediar palabra, dio un paso hacia delante, pidiéndole permiso para acercarse y, en cuanto ella asintió, la acogió entre sus brazos.

Aquel abrazo pudo durar un segundo o toda una eternidad.

Jamás supo el tiempo exacto.

Lo que sí supo con certeza fue que el vacío que sintió cuando la mujer que quería se soltó de su agarre tuvo la fuerza de una bola de demolición.

Y, al contemplar su mirada, se reafirmó.

Sus ojos del color del mar reflejaban una determinación tan triste que le sobrecogió.

Había aprendido no solo a quererla, también a leerla y, por eso, siguiéndola al interior de su apartamento, él fue quien habló:

—Cala, escúchame —le pidió, concediéndole su espacio.

«Por favor», agregó su subconsciente.

—Está todo prácticamente solucionado. Tienes tiempo. Tenemos tiempo —se corrigió al ver su gesto de negación.

Podían arreglarlo.

Ya que no permitiría que nadie decidiera el ritmo que debía seguir su relación.

Entonces, como si el cielo, teñido de gris, augurara lo que podría llegar a suceder, en sintonía con aquella situación, tronó.

Y fue el ruido de un trueno el que pareció aumentar la determinación de Julia, que, enderezándose mientras jugaba con su larga trenza dorada, se puso frente a él.

—No puedo seguir haciendo esto —afirmó, con un casi imperceptible quiebre en su voz.

—Lo entiendo, Julia, claro que lo entiendo —respondió, alzando la mano para acariciar, sin poder evitarlo, su sonrosada mejilla.

Ella, descolocándolo, volvió a negar con la cabeza.

—Cala, podemos sostenerlo.

En ningún momento se había permitido perder la fe en lo que compartían y quería creer que ella también la recuperaría.

No podía culparla por, en un momento así, sentirse abrumada.

—No puedo, Edward. No puedo hacerlo —contestó, acurrucándose un instante en su caricia para, acto seguido, ante sus ojos, levantar entre ellos un muro prácticamente tangible.

—Julia... —susurró él, sin moverse.

—Me estoy perdiendo, Ed. No soy capaz de reconocerme, no sé dónde termina todo esto y tampoco tengo ni la menor idea de dónde empiezo yo.

Aquello fue un golpe demoledor.

Pero nada se pudo comparar al que le siguió:

—Y... —un suspiro cargado de rabia, que remarcó aún más el rubor de sus pecosas mejillas— no ser capaz de encontrarme te está perjudicando a ti.

Ahí fue él quien comenzó a negar con la cabeza.

Nada de lo que ella hiciera podría perjudicarle, salvo lo que le estaba produciendo verla alejarse.

—Tienes todo el tiempo del mundo para encontrarte, Julia Lorraine, para volar surcando el cielo y yo...

No le dejó terminar.

—No puedes esperarme, Alteza. No lo hagas, prométemelo.

La desesperación en su timbre. Su expresión firme. La distancia ineludible.

Terminaron desarmándole.

No podía insistir, no con ella estando tan sumamente bloqueada.

Pero jamás le prometería algo así.

Por lo que entendió que debía marcharse; dejar —por más que le doliera hacerlo— que se encontrara y esperar a que, cuando lo hiciera, volviera eligiéndoles.

Con un nudo creciendo en su pecho, antes de recorrer el breve camino que le separaba de la puerta, buscó una última vez sus ojos.

Necesitaba memorizarlos, pues esa intuición que siempre le acompañaba, al igual que la tormenta que, efectivamente, se había desatado en el exterior, le dijo, dejando su corazón hecho trizas, que tardaría en volver a tener el honor de perderse en ellos.

Una vez que los guardó bajo llave, dejando una parte de él junto a ella, salió exigiéndose no dar la vuelta.

JULIA

Había pasado nueve días en piloto automático.

Lloraba, trabajaba, paseaba, se frustraba consigo misma por no avanzar, volvía a llorar, seguía trabajando, repetía el paseo y se volvía a frustrar al descubrir que seguía igual de estancada.

No sabía convivir con el vacío que el rey de Arven, obligado por ella, había dejado tras de él.

Olivia, su fiel compañera, le había permitido subsistir en aquel bucle, acompañándola en las cocinas de Sweet Garden durante el día y dejándole su espacio durante las noches, custodiada por su ahijado felino, quien no se había alejado ni un instante de su lado.

Sin embargo, aquel miércoles de mediados de septiembre, su día de descanso, cuando creyó que podría pasar todo el día en la cama intentando entender en qué momento su mundo se había desmoronado —necesitaba primero ser capaz de procesarlo, para después poder convivir con ello—, su mejor amiga, que debería haber estado abajo preparando la zona de degustación, entró como un torrente en su habitación.

—Julia Lorraine Fernández, ha vuelto a llamar tu madre y... —vaciló—. Te quiero con todo mi corazón, pero tienes que levantarte.

Era consciente de que no se estaba refiriendo a que moviera su cuerpo —que sentía como una losa— del colchón.

—Oli... —susurró.

Su alma gemela tenía razón, pero era duro asumir que aquella situación, en gran medida, la había provocado ella.

Independientemente de que también lo hubiera hecho para proteger a Edward.

Él merecía mucho más de lo que podía darle en aquel momento, por eso creyó que la única solución era poner un punto y final a lo que con tanto amor —que no había sabido sostener— llevaban meses construyendo.

No podría perdonarse que sus temores dejaran huella en la vida del rey de Arven.

—Te entiendo, florecilla, y estoy aquí —dijo su mejor amiga, al contemplarla devastada, acercándose para abrazarla.

Sabía que Olivia siempre estaría para ella.

Aun así, se había autoimpuesto intentar ubicarse sola en su nueva y contradictoria realidad.

—Debería hablar con mis padres, ¿verdad? —preguntó, cuando un pedacito de su corazón, uno chiquito, al acurrucarse en su amiga, se reconstruyó.

Aquello había sido un abrazo salvavidas.

—Deberías —le confirmó Olivia, cuando se alejó unos minutos después hacia la puerta.

Su socia había estado sorteando las llamadas de sus padres, regalándole tiempo, pero ya era hora de dejar de esconderse —jamás volvería a hacerlo, eso lo tenía muy presente— y debía asumir con entereza lo que sea que, después de alejarse del hombre al que quería, casi tanto como se había alejado de sí misma, estuviera por venir.

Cogiendo su bicicleta, tras vestirse con cierta reticencia que decidió que no permitiría que se impusiera, al comprobar lo marcadas que ya estaban sus ojeras, pedaleó, sintiendo la suave brisa de los últimos resquicios del sol de verano, que le devolvió algo de luz a sus apagadas pecas.

Luz que no llegó a su interior.

Recorrer el paseo marítimo por primera vez desde que la burbuja había explotado y enfrentarse a sus padres, supo que no serviría de nada, pues en cada rincón que recorría, recordaba una sonrisa torcida, una cita a escondidas, una mejor versión de sí misma, que solo parecía existir cuando la había compartido con él.

EDWARD

Convivir con el silencio estaba poniéndole a prueba.

Poniendo a prueba su capacidad de contención.

No obstante, que alguien le explicara cómo ser capaz de lograrlo, si lo único que quería era retroceder el tiempo y hacerlo todo mejor.

Podría haber hecho más para que Julia sintiera que Alborea podría llegar a ser su sitio, para demostrarle que en su mundo siempre encontraría un lugar seguro.

Y, aunque hacerlo a esas alturas —había pasado más de una semana desde aquel día en su apartamento— quizá ya no tuviera sentido, la protegería —por más caballeresco que pudiera sonar— hasta su último aliento.

Por eso mismo, abotonándose la americana negra que había elegido esa mañana, salió hacia una de las salas contiguas a su despacho —la que utilizaban en exclusividad para dar comunicados oficiales— y se enfrentó a la prensa.

Las cámaras de televisión comenzaron la emisión en directo y los periodistas, a los que había conseguido mantener en vilo hasta entonces, con su esperado bombardeo de preguntas.

Preguntas a las que no respondió.

Tenía claro lo que quería decir y su cuadriculado tesón no le haría cambiar de opinión.

—El respeto es un derecho —comenzó explicando...

Mientras su corazón esperaba que, con aquello, el foco, que no había logrado eclipsar por completo —aunque nadie sabía exactamente quién era la mujer que abrazaba en la fotografía que guardaba en su bolsillo—, se alejara de una vez por todas de quien siempre le robaría el aliento.

JULIA

Si el abrazo de Olivia había reparado un ápice la herida que palpitaba en su pecho, el de sus padres, que no juzgaron sus actos y tampoco pidieron una sola explicación, surtió el mismo efecto.

Lo había necesitado, ya que recorrer aquella zona de la capital había mermado todavía más —pensó que no sería posible— su determinación.

Estaba en la cocina, sintiendo el reconfortante efecto del té rojo, junto a un trozo de bizcocho que había preparado su madre, cuando lo escuchó.

En el salón, donde estaba Mason, quien había considerado oportuno que Valentina y ella tuvieran un momento madre e hija, emergió la voz del hombre al que ni en cien vidas —aunque pudiera, tampoco lo haría— lograría borrar.

—Por lo que, siendo conocedor de vuestra buena fe, os pido que os mantengáis al margen de...

Sus pasos, inconscientes, la habían guiado frente al televisor.

Los ojos cansados de Edward, su semblante serio, su regia posición. Estaba dando un discurso que ella, conteniendo las lágrimas que amenazaban con volver a surcar su rostro, leyó entre líneas.

Ed, pese a todo, seguía intentando «custodiar sus murallas».

Y fue en ese latido, mientras se perdía sin querer en el tono avellana que tanto adoraba de sus ojos, cuando lo entendió.

No bastaba con quedarse quieta esperando volver a hallarse.

Porque llevaba días intentando recomponerse aferrándose a la rutina y, por más que lo había intentado, seguía sintiéndose completamente perdida.

Arven siempre sería su hogar.

El lugar donde había nacido, donde estaban todas las personas a las que quería, junto a la vida por la que tanto había luchado.

Pero también era el lugar en el que estaba Edward y dondequiera que mirase —era un hecho que había confirmado de camino— no dejaba de encontrarle.

Quizá ese era el problema.

Que, mirándole a él, a lo que había perdido, no era capaz de regresar a sí misma.

Sus padres y su mejor amiga estaban intentando regalarle comprensión, un atisbo de la paz que tanto deseaba recuperar, y el rey seguía protegiéndola a pesar de su decisión.

Sin embargo, nada de aquello era suficiente.

Todo residía en ella, en su identidad y en cómo el temor a perderse y a perderle la había desdibujado por completo.

Por eso, mientras seguía oyendo su voz a través de la televisión, comprendió que necesitaba, al menos durante unas semanas, marcharse.

Respirar lejos de allí. Viajar, volver a hacer del mundo su refugio particular, tal y como hacía antes de conocerle.

No se iría para dejar de querer a Edward II de Valera.

Nunca dejaría de hacerlo.

Sino porque, si quería encontrar el camino de vuelta, tal vez a los jardines de Alborea, asumiendo el riesgo de que él, tal y como le había pedido, no la esperase, primero tenía que ser capaz de reconocer frente al espejo a la mujer en la que enamorarse de un rey —o amar, como jamás creyó que sería capaz de hacerlo— la había transformado.