Junto al rey (Arven 2) 31 La realidad
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31 La realidad

LA REALIDAD

JULIA

No recordaba la última vez que había dormido tan bien.

Y fue al envolverse, todavía con los ojos cerrados, aún más entre la suavidad de las sábanas, cuando cayó en la cuenta de dónde estaba.

La ausencia de los brazos de Edward logró que paulatinamente abriera los ojos, que con lentitud se fueron adaptando a la luz que entraba a través de los ventanales del palacio de Alborea.

No lo había soñado.

Se había quedado con él.

Había dado otro pequeño gran paso.

Rememorando cada detalle de la noche anterior, sonrió, escondiéndose bajo la almohada.

Sin embargo, el murmullo lejano de unas voces que conocía la trajo de vuelta al presente.

Somnolienta, se tapó con las sábanas y se puso en pie, siguiendo aquel sonido.

—No puedes permitirte esto, Edward —fue lo primero que escuchó cuando agudizó su oído.

—Eso ahora no es lo importante —respondió él, con un tono tan cortante como el hielo.

Algo —jamás supo qué— la llevó a caminar hacia la voz de Edward, ignorando que la ropa que debería estar cubriéndola yacía en el suelo.

El rey de Arven y su madre, Katherine, giraron sus rostros hacia ella en cuanto la vieron aparecer frente a la puerta, envuelta en las sábanas blancas.

Primero miró a Ed, a sus ojos avellana, que le devolvieron la mirada con un gesto triste, gesto que deseó con todo lo que era no volver a ver jamás y que sintió, sin esperarlo, como una bofetada de realidad.

Acto seguido, observó a la emérita, que la contemplaba con congoja.

Y entonces, se permitió posar sus ojos en lo que él sostenía, con la mano derecha, con demasiada fuerza.

Acercándose, sin apenas ser consciente de ello, tomó el periódico que Edward soltó con cierta reticencia.

—Encontraremos la forma de solucionarlo —le prometió.

Pero ella ya estaba en otra dimensión.

Con sus cristalinos ojos abiertos de par en par, leyó:

«El rey de Arven, enamorado, abandona la gala con una misteriosa acompañante».

Y, junto a aquel titular, una foto en la que él, de espaldas a la cámara, sostenía su cintura.

La imagen había sido tomada justo después de que Ed, horas atrás, le prestara su americana al salir de la gala.

Era la representación perfecta de lo que compartían, de la innegable confianza que existía entre ellos, capturada en cómo ella apoyaba la cabeza sobre su hombro, en cómo él agarraba con firmeza su cuerpo.

Aquello era una invasión directa a su intimidad, el punto y final a la burbuja que con tanto amor —ya era algo irrevocable que le quería— había intentado sostener.

Sin embargo, lo que partió su corazón en dos, en contra de lo que creyó que sentiría cuando sucediera —siempre había sido consciente de que estaban jugando con fuego y terminarían quemándose—, no fue el hecho de que acababan de ser descubiertos, sino el sentido que cobraron las primeras palabras que había escuchado aquella mañana de domingo.

Edward no podía permitirse aquello.

—Julia, mírame —le pidió Ed, buscando sus ojos.

En algún momento, en el que ella se había perdido abriendo las puertas de su vida al miedo, se habían quedado solos.

—Necesito salir —logró pronunciar con la voz rota.

Necesitaba oxígeno.

El que el peso de sus acciones le estaba robando.

EDWARD

«Reacciona», se obligó, al contemplar a Julia vestirse con aquel hipnótico vestido de gasa verde a escasos centímetros de distancia.

Contemplarla desmoronarse, sin poder evitarlo, por el peso de su legado, estaba siendo lo más duro que recordaba haber vivido hasta la fecha.

La impotencia recorría su cuerpo.

Le resultaba insoportable saber que, por más que había intentado protegerla, no había sido capaz de hacerlo.

No obstante, ya se ocuparía de gestionar la frustración que le estaba oprimiendo, ya que en aquel momento lo único importante era ella.

Podría bailar a la prensa.

Sabía que podía hacerlo.

Tomando su mano, sin pronunciar palabra, salieron a los jardines que habían sido testigos de sus sentimientos la noche anterior.

Maldijo en silencio que no hubieran tenido más tiempo para disfrutar de aquello.

—Háblame, por favor —murmuró cuando llegaron al que ya consideraba su banco.

—Yo... —Julia titubeó.

Entrelazando sus dedos con más firmeza, quiso demostrarle que lograrían sortear aquello.

Y, aunque quiso centrarse única y exclusivamente en sostenerla —cosa que jamás dejaría de hacer—, su cabeza empezó a valorar las opciones con las que contaban.

Tenían tiempo.

No se reconocía a Julia en la fotografía.

—Necesito procesar esto, Ed —terminó de decirle con apenas un hilo de voz.

Apretando con fuerza la unión de sus manos, consiguió que sus ojos cristalinos, hasta entonces ausentes, se encontraran con los suyos.

Ante él estaba la mujer a la que amaba y no permitiría que aquella piedra en el camino dinamitara lo que llevaban meses construyendo.

Pese a que era consciente de que el problema residía en que su vida no cambiaría, mientras que la de ella, si aceptaba quedarse a su lado de forma oficial, daría un giro de ciento ochenta grados.

—Dime qué puedo hacer, cala —pidió, buscando alargar el vínculo que nacía en cuanto sus ojos conectaban.

Julia no llegó a contestar.

—Ed, July —los llamó Lewis, a una distancia prudente.

Si su mejor amigo había salido a buscarlos, sabía que sería para valorar los «daños» y ayudarlos a solucionarlo cuanto antes.

Aferrándose a la rapidez con la que podrían intentar solventarlo, permitió que la esperanza batiera las alas en su interior.

No podía permitirse que cualquier otro sentimiento nublara su razón.

Cuando su mano derecha llegó a su lado, no los juzgó, se limitó a mirarle a él, buscando su aprobación.

Le conocía y empezaría a gestionarlo todo con la prensa en cuanto él asintiera.

Por lo que así lo hizo.

Lewis, consciente de que había interrumpido una conversación, mostrándole su cariño a Julia con un apretón en el hombro, se marchó.

—Quiero irme a casa —susurró Julia, mirando a las nubes que bailaban en el horizonte.

Deseó, más que nada en el mundo, pedirle que se quedara.

Sin embargo, lo entendió y, sin soltar su mano, entraron de vuelta a la zona privada de Alborea.

—Creo que deberías ir con Lewis, Ed —le dijo ella, con una entereza con la que no contaba.

—Quiero acompañarte, cala —respondió, recogiendo, como siempre hacía, uno de sus mechones dorados.

—No es lo más prudente.

Tenía razón.

Probablemente hubiese cámaras esperando su comunicado —no sabía cuándo lo daría— fuera.

—Julia Lorraine —añadió, alzando su mentón—, me reitero: tú y yo, juntos, encontraremos la solución.

—No sé cómo actuar, Edward. No tengo ni la menor idea de qué hacer con todo esto —confesó ella, levantando una distancia que odiaba entre ellos.

Por eso quería marcharse.

—No me alejes de ti y yo me ocupo del resto —pronunció él, con toda la determinación que fue capaz de demostrar.

Era lo más lógico y coherente que ella estuviera sobrepasada con lo que estaba sucediendo.

Uniendo sus frentes, se permitió rozar durante un instante la comisura de sus labios, buscando ser su aliento.

Aquel beso fue tan breve como incierto, pero no se dejó abatir por ello.

—Le pediré a Mathew que te lleve.

—Gracias —contestó ella, caminando hacia la habitación que habían compartido.

Minutos después, tras hablar con su chófer sobre que debía actuar con discreción, regresó a buscarla.

Cada persona que trabajaba en palacio, que compartía espacio con él, tenía su confianza y jamás dudaría de ellos, pero había necesitado recordárselo a sí mismo, y también a su fiel conductor, en vista de los últimos acontecimientos.

Acompañó a la persona más mágica que conocía a los garajes de la Villa.

Cuando sus ojos volvieron a chocar, al frenar el paso, antes de llegar hasta donde les aguardaba Mathew, la fortaleza que le mostró su mirada cristalina amenazó con rebasarle, algo le decía que ella, a su manera, también estaba intentando ser su soporte.

Solo que, cuando besó sus labios como despedida, un atisbo de amargura se instaló en su pecho.

Más intenso que el que había sentido cuando rozó su boca en la habitación.

Aquel beso sonaba a despedida, a algo roto.

O quizá era el aluvión de emociones contradictorias que no estaba siendo capaz de ordenar. Pero no tuvo tiempo para procesar aquello, ya que, soltando su mano, Julia se alejó de su lado, como solía hacer, sin decirle adiós.

Y él tenía que buscar, tal y como le había prometido, una solución.

No permitiría que una fotografía pusiera en jaque su relación.

Encontraría, de cualquier forma, otorgarle a Julia el espacio que necesitaba, para que, si decidía caminar junto a él —como le había demostrado la noche anterior—, no fuera por culpa de la presión.

JULIA

Una vez que le dio las indicaciones a Mathew, quien asintió con un leve atisbo de preocupación al mirarla desde el retrovisor, sintió la necesidad de bajar la ventanilla mientras se dirigían hacia Sweet Garden.

El cielo se estaba tornando gris y ella necesitaba el cortante viento en la cara para intentar asimilar lo que estaba sucediendo.

Fue el recuerdo de la sonrisa torcida de Ed, esa que había sido su ancla, lo que oprimió su pecho durante el trayecto.

Era su temor a perderse, a no hallar un lugar en un palacio en el que no había nacido, lo que estaba perjudicando a Edward y ella no podía consentirlo.

Quererle como lo hacía parecía no resultar suficiente, pues el miedo —su miedo— parecía dispuesto a imponerse.

Debía tomar una decisión.

Tenía que ser sensata, consecuente.

Y, permitiendo que las lágrimas que se habían acumulado en sus ojos recorrieran sus pecosas mejillas en silencio, se alejó de la Villa, con el sonido de It Must Have Been Love, que acababa de empezar a sonar a través de la radio, enfatizando la ironía de todo lo que sentía.

EDWARD

En las cinco horas que había pasado reunido con su equipo, con sus padres y también con varios miembros de la prensa, no pudo dejar de pensar ni un solo segundo en Julia.

En si ella estaría bien.

En que, si pudieran concederle un deseo, sería estar a su lado en aquel momento.

—Edy, en vista de lo presente, lo más coherente sería dar un comunicado y hacerlo oficial —le dijo su padre, cuando en su despacho solo quedaban él, los antiguos reyes y Lewis.

—Harry tiene razón, Ed. Ignorarlo, aunque podríamos hacerlo, no creo que sea la mejor opción.

Apoyándose sobre su escritorio, dejando caer el peso invisible que sostenía sobre los hombros, habló:

—No puedo obligarle a que elija esto.

Sus temores materializados en siete palabras.

—Te quiere, Edy —añadió su madre, regalándole una dosis de optimismo, acercándose a su lado.

—Tenemos que ganar tiempo —respondió con su tono más serio.

El tiempo suficiente para que Julia pudiera procesar y decidir.

—Quiero hacer las cosas bien —continuó explicando, más sereno— y la prensa, después de lo que hemos hablado antes con Charles y Paul, sé que nos dará margen.

Ante todo, aunque pudiera parecer lo contrario por el robado con el que se habían despertado, los medios respetaban a la casa real y habían acordado que no serían invasivos con ellos.

Lo que respondieron sus padres y su mejor amigo a su férrea convicción de esperar, nunca llegó a saberlo.

Porque, en cuanto tomó aquella decisión, su cabeza, de la mano de su corazón, viajó hasta Sweet Garden.

Dejándose llevar por sus sentimientos, ante seis pares de ojos incrédulos, salió de la estancia y, obviando la sensatez, cogió uno de los antiguos vehículos oficiales —que él nunca había utilizado— y condujo, deseando encontrar la paz que solo le producía tener July a su lado, hasta las puertas de su apartamento.

JULIA

No había pronunciado palabra alguna desde que había llegado a su hogar y Olivia y Noah, quienes habían respetado su espacio, hacía unos minutos que se habían marchado.

Tampoco había respondido al teléfono, pues sabía que, aunque nadie reconocería que era ella la mujer de la fotografía, sus padres sí lo harían.

Acariciando a DJ, volvió a permitirse empapar sus mejillas con el agua salada que no estaba sanando ninguna de sus recientes heridas.

La determinación se estaba abriendo paso a trompicones y, cuando escuchó el sonido de la puerta, el aire volvió a escaparse de sus pulmones.

Edward.

Sabía que era él.

Por eso mismo, abrió.

Ante sus ojos tenía a la única persona que quería ver y, a su vez, a la única persona a la que no quería enfrentarse.

Se sentía tan cobarde.

Al contemplar su mirada avellana —en la que había hallado su refugio particular— al otro lado del umbral, supo que, para hacer lo que consideraba correcto, iba a necesitar una dosis extra de valor.

No obstante, ¿dónde encontraría el aplomo necesario para ser capaz de hacer algo semejante?