30 Ineluctable
INELUCTABLE
JULIA
Apenas le dio tiempo a que su piel notara el frío, ya que Edward, en cuanto la vio aparecer por la puerta trasera, se acercó a ella con una sonrisa en los labios.
Tendiéndole su americana, la posó sobre sus hombros y apoyó una mano en su cintura, borrando los últimos restos del protocolo.
Dejando caer la cabeza sobre su hombro, caminaron los escasos metros que les separaban de uno de los vehículos oficiales —el último que quedaba— en un silencio suave, que consideró la mejor de las sinfonías después del ruido de la gala.
En cuanto entraron en el coche, alzó los ojos hacia Ed y, como si de algo tan natural como respirar se tratase, él acogió su cara y unió sus labios.
Nunca se cansaría de probarlos.
Aquel fue un beso dulce, íntimo, lleno de promesas que terminó con sus frentes unidas durante un instante.
Instante en el que ambos se permitieron soltar el aire que hasta entonces habían estado conteniendo.
—¿Estás bien, señorita Lorraine? —le preguntó Edward, acariciándole la mejilla.
—Mucho mejor de lo que creía, Alteza —respondió, dejándose caer en el asiento del copiloto, para, acto seguido, ante su atenta mirada, desabrocharse las sandalias.
Esas trampas doradas le estaban matando.
Ed —ya que el rey de Arven parecía haberse quedado en el escenario del gran Auditorio— sonrió ante el gesto de alivio que no pudo evitar poner cuando sus pies, después de horas enjaulados, respiraron.
—¿Seguro? —volvió a preguntarle, después de ajustar a su altura los espejos retrovisores.
Era imposible no valorar cómo se preocupaba por ella, por lograr que en su mundo no se sintiera tan ajena.
—Seguro —contestó, con franqueza.
Durante semanas, se había permitido imaginar monstruos más grandes de lo que en realidad eran.
Y, cuando sus miradas, un parpadeo después, se volvieron a encontrar, Edward, con una seguridad que la desarmó, añadió:
—Siempre estaré ahí para custodiar tus murallas, cala.
Días atrás, unas de las noches que se había acurrucado en sus brazos, le había hablado de lo que suponía para ella bajar la guardia y él, con aquella afirmación, sumada a todo lo que había admirado durante la velada, consiguió que su fe en la humanidad se recuperara.
—Ha sido un regalo poder asistir a algo así y compartir, aunque haya sido desde lejos, todo esto contigo —logró decir cuando la emoción le dio algo de tregua, ya cerca de los garajes de Alborea.
—Gracias por hacerlo, Julia, por seguir avanzando...
—Ey —le interrumpió—, no vuelvas a darme las gracias por creer en esto.
Se refería al «nosotros», como él siempre decía, al que no tenía intención alguna de renunciar.
Con aquella verdad vibrando bajo la luna creciente de septiembre, recorrieron el inicio de los jardines de la Villa.
Caminaron despacio, sin soltarse, dejándose acompañar por los aromas nocturnos de las flores, más intensos, más envolventes, y que, no sabía en qué momento, había dejado de sentirlos como desconocidos.
Aceptando, tras enlazar sus dedos, que estaba empezando a hallar la paz en aquel universo que nunca pensó que pudiera sentir como suyo, hablaron sobre lo extraordinario de la velada que, desde perspectivas tan diferentes, habían vivido.
¿Esa noche significaría que estaba volviendo a encontrarse o solo sería un espejismo?
EDWARD
Las palabras que habían estado guardando, con cada paso que daba con Julia al lado, amenazaban con volverse ineluctables.
Y fue al sentarse frente a los naranjos, mientras la mujer más única que había conocido observaba los árboles de palacio, cuando se concedió el permiso para, por fin, decirlas en voz alta:
—July —la nombró, carraspeando.
Necesitó aferrarse a todo lo que era —incluido el orgulloso rey de Arven— para reunir el coraje necesario para verbalizar lo que en su corazón llevaba meses creciendo.
Y lo consiguió, porque todo, durante aquel latido, se redujo a ella.
—Probablemente este sea el discurso más importante y difícil que he dado nunca —comenzó diciendo, ante su atenta mirada azul.
Alzando una ceja, Julia, curiosa, aguardó a que continuara.
Perdido en la inexplicada conexión que siempre encontraba cuando sus ojos se encontraban, logró hacerlo.
—Y eso que he pasado prácticamente toda mi vida preparándome para hablar frente al mundo. Pero contigo todo es diferente —inhaló una bocanada de aire increíblemente necesaria—. Incluida mi incapacidad para expresar lo que siento.
—Ed... —le nombró ella, de esa forma que lograba que todo lo que siempre había sido encontrara su lugar al escucharla.
—Espera, señorita Lorraine —le pidió—. Necesito que lo sepas. Necesito que esa cabecita tuya entienda lo que siento por ti.
«Ojalá sea capaz de transmitírselo», pensó antes de añadir:
—Lo muchísimo que te admiro.
Los ojos cristalinos de Julia, mientras le escuchaba, se tornaron diferentes, más vivos.
Y, cuando sintió cómo sus alientos volvían a entrelazarse, pues ella se había acercado a un escaso centímetro de distancia, su entereza para continuar con aquello se magnificó hasta niveles desorbitados.
—Julia, admiro tu sensibilidad y la forma tan única que tienes de sentirlo todo sin pedir jamás perdón por ello.
Admiro tu fortaleza, incluso cuando eres tú quien cree que está derrumbándose.
Admiro el caos precioso que traes contigo y la forma tan bonita con la que miras al mundo, como si habitarlo mereciera siempre la pena.
Y, por encima de todo, admiro cómo la luz que irradias, esa que desprendes en cada paso, transforma en algo extraordinario todo cuanto alcanza, sin que ni siquiera seas consciente de ello.
Volvió a llenar los pulmones de oxígeno, mientras atrapaba entre sus dedos las lágrimas, que supo que eran de dicha, que recorrían sus pecosas mejillas.
—Seguiré respetando tus tiempos, dándote tu espacio, pero necesito decirte que...
Era el momento.
Sin embargo, ella, incontenible, descolocándolo, susurró:
—Te quiero, Edward de Valera.
El tiempo se detuvo. Las palabras que había estado ensayando una y otra vez en su mente se disolvieron con la brisa tibia de la noche, volviéndose completamente irrelevantes.
El silencio reinó entre ellos durante tan solo un segundo, mientras él sentía cómo el corazón le galopaba en el pecho, procesando que Julia, tan fiel a sí misma, se le había adelantado, haciendo volar por los aires, una vez más, sus cuadriculadas y regias estructuras.
Y qué afortunado se sentía que no dejara de hacerlo.
Riéndose, no fue capaz de evitarlo, pues sabía que ella siempre le recordaría quién había confesado sus sentimientos primero, respondió:
—Yo también te quiero, cala. Mucho más de lo que podría llegar a expresar.
Y, como supo que todo lo que pudiera decirle jamás estaría a la altura, intentó demostrarle lo que sentía como nunca antes lo había hecho, besándola con lo que podría considerarse la más absoluta adoración.
JULIA
Sin soltar la boca del rey de Arven, entraron a tientas en su habitación, perdidos en las caricias que no habían dejado de entregarse tras confesarse lo que ambos ya sabían.
Era la primera vez que recorría aquel umbral —nunca se había permitido entrar en su cuarto—. La primera vez que dormiría en palacio, que se elegía quedarse a su lado en Alborea. Y no vaciló.
Siguió deleitándose con el deseo que estaba tomando posiciones en su interior, despojándose, sin soltarse de su boca, de la americana azul marino que aún descansaba sobre sus hombros.
Mientras él desabrochaba, con celeridad y una evidente falta de paciencia, uno a uno, los botones de su camisa.
No podía negar que le encantaba provocar esa falta de entereza en el rey de Arven cuando estaban a solas.
Distraída con las vistas que él le estaba ofreciendo, se olvidó de seguir disolviendo las barreras que mantenían alejados sus cuerpos.
Edward, al darse cuenta, una vez que se deshizo de la prenda que había cubierto su cincelado abdomen, se acercó a ella, mirándola con esa intensidad que parecía nacer del mismísimo centro de la Tierra.
Fue la forma en la que él soltó el alfiler que sostenía su melena dorada, dejándola caer sobre su espalda, la que logró que aumentara el fuego incontenible que le provocaba el más mínimo roce de sus dedos.
Y, apenas un parpadeo después, continuó poniendo a prueba su cordura, desabrochando su vestido de gasa verde agua, deslizándolo por su piel, para finalmente dejarlo decorando el suelo.
Edward se alejó apenas un paso, como si necesitara admirarla desde la distancia y su piel, traicionera, clamó nuevamente por sus caricias, anhelando fundirse con el hombre que, ante su mirada de desaprobación —medio milímetro de distancia ya lo sentía como un abismo— volvió junto a ella, recorriendo con veneración desde los lunares que nacían en su nuca hasta su ombligo.
El rey de Arven ya había aprendido a leerla y, haciendo gala de tales conocimientos, la llevó hasta las puertas del cielo solo con sus besos.
No podía seguir resistiéndose a tenerlo.
Por lo que, guiada por ser también conocedora de todo lo que él deseaba, tomó su mano y los condujo hasta la enorme cama adoselada.
Hallando su lugar sobre Edward, que la contemplaba tan hechizado como ella, acompasó sus movimientos a todo lo que sentía dentro.
A la plenitud que suponía para ella quererlo.
Y el hombre que seguía el ritmo incesante de sus movimientos fue quien, consiguiendo que su conexión se intensificara, anclando las manos en su cintura, los llevó al unísono de vuelta a lo más alto del universo.
Repitiendo su nombre, hasta que sus latidos consiguieron acompasarse, sintió que nada podría compararse a aquello.
A sentir cómo encajas, no cómo hacen las piezas de un puzle, sino de una forma mucho más humana, más imperfecta, con la persona que se enorgullece de verte alzando el vuelo.
EDWARD
El primer domingo de septiembre emergió mostrándole a Arven la delicadeza que esconden los matices anaranjados que preceden a la salida del sol.
Dejando a la mujer de la que estaba irremediablemente enamorado bajo las sábanas blancas de su cama, hecha un ovillo, como siempre se acurrucaba cuando él se despertaba antes, salió a la terraza de su habitación.
Nunca antes había compartido aquella estancia con nadie y, mientras se asomaba para admirar Alborea, una realidad «aterradora» le invadió por completo: ya no podía imaginarse su hogar sin Julia Lorraine dentro.
Sonriendo ante aquella idea, horas después —que había invertido en seguir dibujando sus planos, con la luz de un nuevo día como inspiración—, se acercó dispuesto a despertar a la persona con la que había compartido una de las noches más inolvidables de su existencia.
Otra más que añadir a la lista.
Aunque ya había dejado de contar cuántos momentos imborrables habían compartido con ella.
Sin embargo, el sonido del teléfono logró que desviara sus pasos.
Encaminándose hacia él, que aguardaba sobre su escritorio, una sensación de inquietud se apoderó de sus sentidos.
Era demasiado temprano.
Y, cuando alzó la muñeca para comprobar su reloj, lo confirmó.
Acababan de dar las diez.
—Edward, sal a la puerta —escuchó que le decía su madre, antes siquiera de que él se hubiera pronunciado al descolgarlo.
Sus pies caminaron hasta el final de la estancia, con una pesadez que no quiso catalogar.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó, cuando la antigua reina apareció minutos después ante él, con el semblante apesadumbrado.
Un silencio atronador.
Y, tendiéndole el periódico local, Katherine se limitó a añadir:
—Salís en la portada.