29 La admiración
LA ADMIRACIÓN
JULIA
Sus ojos del color del mar de Nova seguían intentando adaptarse al contraste de luces entre el interior del Auditorio, tan cálidas como envolventes, y los flashes que le habían fotografiado, junto a sus mejores amigos, como recibimiento.
Y, ojalá solo fuera aquello a lo que tenía que habituarse, pues subir aquellas escaleras eternas, custodiadas por una alfombra en un tono ocre, con las sandalias doradas que Olivia le había regalado, estaba suponiendo el primer gran reto de la noche.
Sin embargo, cuando alzó los ojos, al final de la larga escalinata, halló el motivo por el que sabía que cada paso que daría aquella velada merecería la pena.
Con su particular sonrisa torcida, mirándola directamente a ella, estaba el rey de Arven.
Notando cómo el calor de septiembre se imponía y le recorría el cuerpo desde el moño deshecho que recogía su melena dorada hasta la punta de los pies, avanzó centrándose en los ojos color avellana del que, para ella, era el protagonista de la gala.
Cuando llegó ante él, recibirlos formaba parte de su trabajo como anfitrión e, intentando recordar cómo debía actuar, le tendió la mano:
—Alteza —saludó, y qué extraño se le hizo no utilizar aquello como apelativo.
Puede que Majestad hubiera sido más correcto.
—Julia Lorraine —murmuró Edward, sosteniendo con una mezcla entre calidez y firmeza sus dedos—. ¿Recuerdas que una vez me dijiste que el blanco no era tu color?
Hilando, mientras intentaba mantenerse regia, rememoró el día que prepararon los tiramisús en la cocina de Sweet Garden.
Asintió, con una sonrisa pícara que no pudo contener al visualizarlos llenos de harina.
—Tenías razón cuando me dijiste que el verde era tu color —afirmó, alargando el momento en el que sus manos tuvieran que soltarse.
El rubor se instaló en sus mejillas cuando musitó su nombre:
—Ed...
Sí, acababa de llamarlo por su diminutivo, en mitad de la gala del año, pero no había podido resistirse, ya que frente a sus ojos estaba solo él: el hombre que estaba reescribiendo junto a ella todas y cada una de sus, hasta entonces, inquebrantables certezas.
Solo había pasado un minuto y ya estaban dinamitando el protocolo.
No obstante, no le dio tiempo a reflexionar sobre ello, porque una voz que no reconoció logró que desviara la mirada hacia su derecha.
—Eres muy guapa —le piropeó una niña de pelo castaño y mejillas tan pecosas como las suyas.
Tendría unos seis años.
—Creo que tienes toda la razón, Amelia —respondió Ed, mirando directamente a la pequeña.
—Tú también eres preciosa —contestó ella, agachándose a la altura de la cría, intentando ocultar el tono cereza que seguía instalado en su rostro.
Con la sonrisa que Amelia le regaló, siguió caminando, tendiendo la mano al resto de integrantes que acompañaban a Edward, con una familiaridad que, a excepción de quienes creyó que eran los padres de la niña, si alguien se fijaba, no pasaría inadvertida.
«Tranquila, Julia», tuvo que recordarse cuando entró, seguida por sus dos mejores amigos, a la sala principal.
No quería, más bien no podía, llamar la atención.
Un sentimiento hasta entonces desconocido —el vértigo a no estar a la altura, a no encajar— se había propuesto intentar aplacar su ya frágil entereza.
Sin embargo, no se lo permitiría.
Había llegado hasta allí y nada podría ponerle freno a lo orgullosa que se sentía de aquel hecho.
Un cuarteto de cuerda, junto a una melodía que reconoció —gracias a que su padre sentía predilección por la música clásica— como una de las pocas obras de cámara de Debussy, fueron quienes terminaron de apaciguar sus más que evidentes nervios y, tras ello, apareció la fascinación ante todo lo que comenzó a observar a su alrededor.
El suelo de mármol, con baldosas blancas y negras, el dorado de las ribeteadas paredes, los lirios que custodiaban el escenario; al verlos, un burbujeo, similar al del champagne francés que acababan de ofrecerle, nació en su corazón.
Edward había seguido su consejo en cuanto a las flores que decoraban la estancia.
Y fue entonces, mientras escuchaba el murmullo de las voces de los más de cien invitados, cuando una mirada, a varios metros de distancia, le reafirmó que entre ella y el rey de Arven existía una conexión inexplicable.
EDWARD
Por más atento que estuviera a los invitados: desde ministros hasta artistas, su cuerpo —era imposible evitarlo—, guiado como un imán, buscaba de forma autómata a Julia por cada rincón de la sala.
Incluso lo había hecho al subir al escenario para darles la bienvenida y explicar que la velada, salvo la entrega de premios y el discurso final, se basaría en apreciar el arte de Arven que habían recopilado en las tres salas adyacentes, dejando que cada persona lo viviera y sintiera de forma diferente.
Era incapaz de no sonreír contemplándola, custodiada por Oli y Noah.
Y lo que hinchó su pecho de orgullo era tener el privilegio de verla disfrutar, aunque fuera desde lejos.
Julia se estaba mimetizando con todos los presentes y, al igual que había sucedido con él, los estaba deslumbrando con la luz que irradiaba en cuanto pasabas un instante cerca de ella.
—Es extraordinario cómo has mezclado política y arte con tanta elegancia, Majestad —le felicitó el primer ministro.
—El mérito no es solo mío —respondió, señalando a Lewis, que junto a Ella y Sebastian estaba con el resto de los miembros de su equipo.
Asintiendo ante su humildad, que era de corazón, pues sabía que sin su red él no sería nada, aquel miembro tan importante del gobierno le hizo ver que la gala estaba siendo un éxito.
La analizaría después, ya que un hilo invisible consiguió, al igual que la primera y última vez que había compartido un acto con Julia, que sus ojos —había perdido la cuenta de las veces que ya lo habían hecho— volvieran a encontrarse.
El gesto de sus labios elevados, la naturalidad de sus movimientos y el guiño que le regaló estuvieron a punto de ser tentación suficiente como para que recorriera a zancadas el salón y la besara sin pensar en las consecuencias.
Pero le había prometido respetar sus tiempos y, como que se llamaba Edward de Valera, eso haría.
Y, al pensar en el tiempo, comprobó su reloj: habían pasado más de dos horas y tenía que preparar, junto a la emérita y su padre —que siempre estaba junto a la antigua reina—, como era tradición, los premios.
Dichoso por cómo todo estaba funcionando, con esa precisión que tanto le congratulaba, volvió a ser únicamente el rey y se dispuso a continuar con todo lo que, cuadrado al milímetro y con tanto respeto hacia su país, había organizado.
JULIA
Aquella noche estaba siendo todo un descubrimiento.
Rodeada de algunas de las personas con más relevancia de su país, estaba disfrutando al descubrir que sus conversaciones no eran lo que había esperado.
Tras los títulos y los reconocimientos, guiada por Olivia —que tenía la capacidad innata de interactuar con una piedra—, había tenido la oportunidad de conocerlos.
De ver que eran mucho más que la fama o los honores que ostentaban.
El ejemplo más claro había sido Adela, quien era ministra y, a la vez, madre de familia, u Oliver Turner, que aparte de ser uno de los escritores más reconocidos de Arven, también sentía predilección por la cocina y lo habían invitado a Sweet Garden.
Pero la mayor sorpresa había sido contemplar, a la distancia que habían acordado, al rey de Arven.
Lo natural que le nacía ocupar aquel lugar.
Cómo se paraba con cada persona que quería hablar con él, entregándoles su atención y su tiempo; cómo lograba que todo el mundo se sintiera visto y, sobre todo, la elegancia serena con la que parecía sostener sobre sus hombros el peso de una institución entera.
Su corona no le impedía ser amable, atento, gentil y se dio cuenta de que admirarle se equiparaba a —aunque aún no lo hubiera verbalizado— quererle.
Mientras se recuperaba de la última vez que se habían buscado entre tanta gente, regalándose gestos que significaban tanto para ella, reparó en que el murmullo se había suavizado y en que todos los presentes, antes esparcidos por las diferentes salas, se estaban conglomerando frente al escenario.
La entrega de premios se convirtió en un acto emocional.
Se sintió llena de una felicidad genuina por los galardonados, que no se contuvieron en sus discursos, logrando que las lágrimas, ante los logros tan extraordinarios de otros, se acumularan en sus cristalinos ojos.
Alguna, sin poder ponerle freno, mojó sus mejillas, ante la sonrisa —por lo sensible que podía llegar a ser— de Noah y, aunque estaba igual que ella, de Olivia.
Entonces, le llegó el turno a las palabras de clausura.
Bajo un foco de luz blanca estaba Ed, nervioso, dato que solo quienes le conocían, como lo hacía ella, podrían percibir, ya que acababa de pasarse la mano, buscando calmarse, por el mechón rebelde que caía sobre su frente.
En cuanto captó ese gesto, deseó poder estar junto a él, ser su soporte y, de alguna forma, lo fue, porque cuando el rey comenzó a hablar, se encontraron entre tantos rostros y pareció narrarle, solo a ella, lo afortunado que se sentía al formar parte de la cultura de Arven.
Ahí fue cuando en su pecho estalló, rebasándola por completo, el sentimiento que llevaba meses creciendo: la admiración.
Admirar a quien también quieres...
No podría describirlo, solo sabía que aquella gala, en la que se había permitido entrar un poquito más en su mundo, había sido una catapulta a lo que ya sentía.
—Por eso, os agradezco a todos los presentes que sigáis creyendo en el futuro, en las posibilidades y en todo lo que aún está por construir —dijo Ed, dando por finalizado el evento.
Y el eco de sus palabras se quedó bailando en su pecho, instalando la esperanza en su interior.
Puede, solo puede, que el futuro con su mano entrelazada a la de un arquitecto que estaba permitiéndole seguir su propio ritmo ya no le diera tanto miedo.
Solo necesitaba diez o quince galas más como aquella para sentirse preparada para que lo que compartían fuera descubierto.
EDWARD
Una melodía envolvía a los últimos invitados de la gala.
What a Wonderful World de Louis Armstrong.
Qué canción más épica para aquel momento en el que decidió, dejando de lado su papel, que la corona ya había liderado lo suficiente por aquella noche.
Sus pasos, guiados por el popurrí de emociones que lo asaltaban, todas inconmensurables, lo llevaron a ponerse frente a la invitada más especial de la noche, que le miró, incrédula, al tenerlo, sin previo aviso, ante sus ojos.
—Julia —susurró su nombre, como un mantra.
—Alteza —respondió ella, llevándose una mano a la cintura del precioso vestido verde que llevaba.
Acortando las distancias más de lo que sería prudente, se atrevió a decir en su oído:
—Esto ya está llegando a su fin, señorita Lorraine, y sería un honor que me acompañaras el resto de la noche.
«Eres un temerario, Edward», se dijo, dándose cuenta de que había sonado demasiado directo.
—Para comentar los detalles —añadió.
Pudo ver cómo el vello de su nuca se erizaba y, dejando que la cordura, no sin esfuerzo, se impusiera, no se permitió acariciar su piel.
Solo aguardó, recuperando su posición frente a ella, a que le respondiera.
Tal vez fuera demasiado pedirle, pero no había podido resistirse a querer terminar algo tan grande para él con ella.
—¿Sería demasiado tarde para dar un paseo por los jardines de la Villa? —le preguntó July tan solo un segundo después.
Noqueándolo, para no variar, con su respuesta.
Quería ir a Alborea con él y, ante aquello, supo con una certeza absoluta que nada podría impedirle que la besara en cuanto pusieran un pie fuera.
—Le diré a Mathew que regrese con mis padres —le explicó, pensando en voz alta.
A lo que Julia asintió, rozando la manga de su americana.
Qué revelador era que ella tampoco pudiera dejar de buscar la electricidad que nacía de su contacto.
Y, una vez que se despidió de Olivia y Noah, con quienes acordó verse la tarde siguiente, ante la sonrisa de la mujer que estaba deseando abrazar, se dirigió a terminar con el protocolo y a esperar, en la zona trasera del Auditorio, a lo que sabía que sería la mejor parte de aquel sábado tan magnífico de primeros de septiembre:
Volver a ser Edward, un hombre orgulloso de su trabajo, con la persona que tanto quería —debía decírselo— entre sus brazos.