28 Preparativos
PREPARATIVOS
JULIA
Mientras admiraba la gasa verde agua —de todas las tonalidades del color más bonito del mundo, esa era su favorita— caer con naturalidad sobre su piel, se permitió volver a abrir el cajón de las dudas, el que emergía cuando menos lo esperaba.
Su madre, a quien Olivia había llamado solo cinco minutos después de recibir su invitación a la gala, era quien, en tiempo récord e ignorando lo que compartía con el rey de Arven, había confeccionado sus vestidos.
No es que quisiera ocultarle la verdad.
Solo se trataba de que necesitaba gestionar todo lo que estaba sucediendo en su vida por partes.
Primero tenía que superar el impacto que le estaba provocando verse nuevamente vestida de etiqueta, sintiéndose tan ajena a sí misma, para después encontrar el valor, que sabía que hallaría, de ir a aquel evento, por Edward, por todo lo que él significaba para ella.
Y ya entonces, llegado el momento, encontraría la forma de explicarle a su familia el giro tan vertiginoso como inevitable que había tomado su vida, desde que su corazón había decidido, en contra de la razón, sentir por Ed todo lo que se había prometido tantas veces no hacer.
—Estás espectacular, cariño —afirmó Valentina mientras colocaba una tanda de alfileres desde la sisa hasta la cintura.
Si de alguien había sacado el afán de perfeccionismo en sus recetas, era de ella.
Por eso mismo, ese miércoles, su día de descanso y tres días antes de la gala, estaba en la cuarta, y esperaba que última, prueba del vestido.
Aunque sabía que hasta que no estuviera exactamente como su progenitora había visualizado, no le dejaría llevárselo.
Con Olivia había sido más sencillo, ya que su alma gemela había ido a visitar a su madre seis días seguidos, emocionada como estaba por acudir como invitada de honor —así la había nombrado Edward una de las noches que habían cenado todos juntos— a aquella celebración en conmemoración al arte.
—Gracias, mamá —murmuró, acariciando con suavidad el sutil vuelo que tenía la parte de la falda.
—Me sigue pareciendo increíble que vayáis a asistir a una gala.
Cómo agradecía que su madre no hubiera cuestionado más allá de lo estrictamente necesario su repentina asistencia.
—Papá y yo la veremos desde la televisión —añadió, llevándose una mano al pelo, mientras miraba de «lejos» su creación.
Esa era otra cuestión más que añadir a la lista de sus quebraderos de cabeza.
La velada sería retransmitida en directo y, aunque no iba a entrar colgada del brazo del rey de Arven —no había nacido para verse reducida a ser un simple adorno—, tanto protocolo le oprimía el pecho.
Y, Dios, con cada pincelada que había ido descubriendo sobre los detalles, su estabilidad le había amenazado cada vez más con desmoronarse.
No obstante, para ello tenía la mano del rey de Arven, en la que había encontrado su refugio cada día durante esas semanas.
Y no solo había encontrado un soporte en él que jamás creyó necesitar, también había encontrado su lugar dentro del pequeño círculo —cada vez más grande, desde que los antiguos reyes, Lewis, Ella y Hillary se habían enterado— que conocía su relación.
Ya era algo real, tangible y que no cambiaría por nada: Ed y ella estaban juntos, juntos de verdad.
Habían llegado hasta aquel punto de no retorno sin apenas darse cuenta.
Como si todo hubiera seguido el curso perfecto hasta convertirlos en lo que ahora eran.
No se arrepentía, aunque había tenido que asumir, solo ante Olivia, que se había equivocado, pues siempre había creído que el amor no estaba hecho para ella.
Aunque el peso del secreto, de la corona y, aunque no lo hubiera expresado en voz alta, de su identidad —a la que no quería renunciar— siguiera al acecho.
No quería ni imaginar qué sucedería cuando la privacidad que tanto atesoraba, si seguían aquella senda, dejara de ser un derecho.
Estaba a punto de bajarse de la silla, en la que su madre le había pedido que se subiera para hacer su trabajo, mientras ella se perdía en sus divagaciones, cuando escuchó la inconfundible voz de su padre:
—Pequeña —la nombró, con una nota de emoción en la voz.
—Papá —le respondió con una tímida sonrisa.
Y, ante el gesto de disgusto de su madre, tomó su mano y la hizo girar por el salón del que había sido su hogar.
—Si se pincha será culpa tuya, Mason —le riñó Valentina, suspirando.
Su progenitor decidió no hacer caso de las advertencias de su mujer y siguió admirándola.
—Val, tenemos la hija más...
—Calla, por favor —le interrumpió.
Echándose a reír, su padre se encogió de hombros; sabía que ella no tenía capacidad alguna para encajar los piropos.
—Cuando terminéis con esto tenemos que hablar —soltó con seriedad, logrando que tanto ella como Valentina lo miraran con curiosidad.
Pensando en cómo podría haberse enterado su padre de lo que no sabía cuánto tiempo más podría seguir ocultando, perdió la capacidad de inhalar aire durante un instante.
—Si queremos encontrar buenos vuelos, tenemos que empezar a preparar el viaje —les recordó, cuando ella estaba a punto de necesitar abanicarse.
«España», pensó en silencio, tras volver a respirar.
La temporada de eventos llegaría a su fin en nada, prueba de ello era que ya solo tenían un catering programado para ese viernes, y no había organizado ni visitar a su familia ni el mes que había soñado pasar recorriendo cuatro o cinco capitales que tenía pendientes de Europa.
¿Cómo podía habérsele pasado por alto lo que tanto había deseado hacer?
Este hecho hizo que se replantease, por trigésimo novena vez, si realmente se estaba perdiendo en aquel proceso.
No encontró una respuesta, ya que, cuando aparcó su bicicleta frente a su apartamento, un apuesto hombre de ojos avellana la abrazó hasta que, durante aquella velada, todos sus miedos volvieron a verse reducidos a la nada.
Qué agotadora era aquella dualidad.
Y qué ganas tenía de que su mente y su corazón —si es que existía aquella posibilidad— hallaran un ápice de armonía.
EDWARD
Había pasado los dos últimos días saltando de la Villa al Auditorio sin apenas parar.
Querer gestionar todo de primera mano tenía sus desventajas, y la más evidente era que no había podido tomarse ni un segundo para procesar la magnitud del evento.
La gala ya era un hecho inminente.
Su trabajo para que el mundo viera que aquello no era solo una gala en honor a las Bellas Artes, sino un reflejo de todo lo que su país quería ser —historia, belleza y futuro entrelazados— estaba llegando, por segundo año consecutivo bajo su tutela, a su fin.
Habían sido las llamadas de Julia en las últimas cuarenta y ocho horas, junto a la inestimable ayuda de su madre —con un legado que siempre la precedería— y su equipo, las que le habían recordado por qué era tan importante su implicación en aquel acto.
Y, por ende, la huella que con él quería dejar como rey.
Junto con las becas que había promovido en cuanto fue coronado, que estaba deseando entregar, pocas cosas le enorgullecían más.
Siempre había deseado ser más que la imagen de la casa real de Arven.
Quería influir, que ser un altavoz público tuviera sentido, al igual que lo habían logrado todos sus antepasados con sus acciones.
Ya ataviado con su traje de americana cruzada de color azul marino, tan intenso que parecía negro, paseó por los jardines de Alborea antes de subirse al coche que le llevaría hasta las puertas de la gran estancia que los acogería esa noche.
Al llegar hasta Mathew, quien le aguardaba en los garajes, deseó, mientras recorría las calles de Liora mirando a través del cristal tintado, que el protocolo no le hubiera obligado a llegar el primero.
Porque, si hubiera existido la opción de que su burbuja con Julia no estallara al ir a recogerla y presentarse ante todos de su mano, habría elegido aquel camino sin dudarlo.
Sin embargo, lo habían hablado, aquello era demasiado.
Demasiado grande, demasiado abrumador.
Y aquel salto que ella estaba dando al acompañarlo —aunque fuera desde la distancia— ya era digno de toda su admiración.
Aunque sabía que su relación terminaría saliendo a la luz, por más que quisieran seguir jugando a esconderse.
Ocultar lo que compartían no se podría seguir dilatando mucho más, pero entendía que lo que para él era normal, para Julia, era un abismo.
Abismo que juntos —no la dejaría atrás— debían sortear.
En ocasiones sentía cómo estaba trastocando su vida y cómo seguiría haciéndolo si ella decidía —esperaba, aun a riesgo de sonar egoísta, que lo hiciera— continuar con su historia.
Hasta que le sonreía, llenando de una deslumbrante luz todo a su alrededor y, entonces, se recordaba por qué había sido imposible no querer apostar por un mañana con ella.
Esperaría una eternidad a que se sintiera preparada, si eso le llevaba a no tener que renunciar a quererla.
Las luces de las cámaras se impusieron a sus pensamientos en cuanto salió del vehículo y la parte de rey que habitaba en él, que siempre había sido la mitad de lo que era, tomó la delantera.
Recibió a los primeros invitados, tendiéndoles la mano, junto a sus padres, que llegaron acto seguido.
No sin poder evitar desviar los ojos constantemente hacia la puerta, aguardando, con una ilusión inconmensurable, verla aparecer.
Lewis y Ella también tomaron posiciones a su lado y, un parpadeo después, lo hicieron Adela, la ministra de Cultura, su marido, Charlie, y sus dos hijos, Amelia y Duncan.
Le encantaba el desparpajo de esos niños y cómo, saltándose cualquier norma, le dieron un enorme abrazo.
Todo, salvo aquel gesto tan espontáneo como bonito, estaba siguiendo el plan establecido.
Permitiéndose un minuto para admirar dónde se encontraba, analizó con precisión de arquitecto la estructura que tan bien conocía.
El interior del Auditorio de la capital era un espectáculo: la calidez de la madera de roble se mezclaba con las decoraciones doradas, envolviendo cada rincón en el que mirase en una armonía perfecta entre tradición y modernidad.
Estaba centrado en aquel espacio que, bajo la tenue luz del atardecer, parecía vibrar, cuando algo —una especie de electricidad— le invitó a alzar la mirada hacia las escaleras.
Subiéndolas, como si flotara, etérea, estaba ella.
Julia Lorraine.
Y el destello verde —como sus plantas— de la mujer tan extraordinaria que era.