Junto al rey (Arven 2) 27 Semillas
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SEMILLAS

EDWARD

Solo tenía que meter la invitación dentro del sobre y ya estaría lista para Julia.

Con la anticipación burbujeando en su interior, miró lo que había preparado.

No recordaba la última vez que se había parado a hacer algo así.

Enviar las invitaciones, salvo contadas excepciones, no formaba parte de su trabajo y mucho menos hacerlo con una nota escrita a mano —una más para la señorita Lorraine— que no había podido evitar incluir.

Mientras contemplaba el sobre, antes de sellarlo, se reiteró en que debía invitar a Olivia y Noah también.

Así que, en cuanto regresara de la reunión con Will, quien había sido nombrado a principios de año general del ejército de Arven —a quien consideraba un amigo— en la base militar de Kalver, dejaría preparada su invitación.

Quería llevárselas a July esa misma tarde, aunque seguía pensando en la forma perfecta de entregárselas y quizá la clave fuera hacerlo sin demasiada pomposidad, como algo natural.

Dejando lo que sí tenía organizado sobre su escritorio, con una sonrisa dibujada en el rostro —no podía evitarlo—, salió hacia la sala de reuniones del edificio.

Su meticulosa jornada acababa de empezar.

Cuando regresó horas después, ya terminadas todas sus diligencias, entró en su despacho con Lewis, con quien tenía que cerrar un par de detalles, en privado, sobre su asistencia al consejo la semana siguiente.

Entretenido, desabrochándose el chaleco —independientemente de que unos minutos después fuera a ir a su habitación para cambiarse—, cuando quiso darse cuenta, lo que había dejado aguardando en su mesa ya había captado la atención de su mejor amigo.

—¿Estás preparando tú las invitaciones? —cuestionó Lewis sin ocultar su tono incrédulo.

Su mano derecha las conocía de sobra; elegir los detalles del papel les había tomado una mañana entera.

Girándose hacia su escritorio, incluso a la distancia a la que estaba, pudo leer el nombre de la dueña de Sweet Garden escrito sobre el sobre que aún no había cerrado.

—Solo una —afirmó.

No tenía sentido seguir guardando aquel secreto con su mejor amigo.

Había llegado el momento de que Lewis supiera lo que significaba Julia para él.

A fin de cuentas, aunque no fuera como su pareja —qué bien le sonaba—, no tenían intención alguna de ocultarla en la gala.

«Ni en la gala, ni en ningún lugar», bramó su mente con convicción.

Era la persona que, aunque aún no había tenido el valor para decírselo, estaba eligiendo.

—Bueno, dos —se corrigió, pensando en que no podía olvidarse de incluir a sus mejores amigos.

Sabía que tenerlos junto a ella lo haría todo más fácil.

En el transcurso de los diez segundos que tardó en ponerse frente a su escritorio, Lewis, curioso, ya tenía el sobre en la mano.

—Julia Lorraine —leyó su mejor amigo.

Jamás se sonrojaba, pero si pudiera hacerlo, su piel habría adquirido el tono de un rubí.

—Es una de las dueñas de Sweet Garden —afirmó Lewis, mostrándole una vez más que tenía una memoria prodigiosa, desviando su mirada hacia él.

Tal vez fue la mueca que se dibujó en su rostro o el leve asentimiento —involuntario— con el que miró el sobre, pero su mano derecha no necesitó mayor confirmación.

—Su Excelentísima Majestad, creo que aún me tienes mucho que contar —dijo, tendiéndoselo.

—Hoy no voy a contarte nada más —respondió él, intentando recuperar su porte regio.

Algún día le contaría cómo había sucedido aquello, pero no sería aquella tarde.

Tenía una cita ineludible: unas macetas le esperaban después de cerrar Sweet Garden.

Y, antes de atreverse a sentarse con su mejor amigo y abrir su corazón —eso, en contrapunto, le sonaba terrible—, quería intentar descubrir el momento exacto en el que todo había cambiado.

¿En qué momento se había enamorado de la señorita Julia Lorraine?

—Entonces tendré que preguntarle a ella cómo te aguanta —contraatacó Lewis, haciéndole regresar a la realidad.

Sentenció a su mano derecha con la mirada y, en cuanto sus ojos chocaron, ambos empezaron a reírse a carcajadas.

—Ed, qué feliz estoy por ti.

Carraspeó, pensando en todo lo que había vivido hasta entonces con ella.

No podría describir la forma en la que July había irrumpido en su vida, arrojándole infinidad de matices que hasta entonces desconocía, demostrándole que la persona correcta eleva lo que eres a la máxima potencia.

Y, con la ilusión —ese sentimiento que ella había teñido de verde—, tras despedirse de Lewis y cerrar las invitaciones, salió de palacio dispuesto a volver a enfrentarse a la incontenible menta.

JULIA

Trasplantar las macetas les había llevado más tiempo de la cuenta.

El rey de Arven y la suavidad de sus caricias habían sido, era imposible negarlo, la distracción perfecta.

De ahí que aquella mañana de viernes estuviera con ella en su cocina, aprendiendo a saborear el té blanco.

Aunque su cara de circunstancia le dejó claro que no lo estaba logrando.

Despedirse no había entrado entre sus planes la noche anterior y, aunque ambos trabajaban aquel día, no habían desaprovechado la oportunidad de amanecer juntos.

Tenía que abrir Sweet Garden en —para ser exactos— siete minutos, ya que Olivia le había avisado la tarde anterior de que pasaría a hablar con uno de sus proveedores cuando regresara de casa de Noah.

Su apartamento en los últimos tiempos parecía que no era compartido, salvo su innegociable noche de chicas semanal y, aunque añoraba a su mejor amiga, sabía que tarde o temprano se mudaría.

DJ maullaba a su alrededor buscando la atención de Edward. Y ella, mientras los admiraba —adoraba verlos juntos—, omitiendo que aún esperaba su invitación oficial, de la que no habían vuelto a hablar, no podía sentirse más en paz.

Qué sencillo era todo en su pequeño y luminoso apartamento.

—Dante Jovi, esto es alta traición —pronunció mirando a su ahijado felino, que, cuando intentó acariciarlo, la ignoró deliberadamente, volviendo al regazo de Ed.

—Lo siento, señorita Lorraine —respondió él, acariciando al pequeño—, pero este chiquitín me prefiere a mí.

Entornando los ojos, se sentó en la encimera de la cocina y empezó a trenzarse el pelo.

Ni siquiera tenía intención de mirarlos; quería seguir con su dramática actuación, independientemente de cómo le pellizcaba el corazón verlos interactuar.

—¿Te he dicho alguna vez lo bonita que estás con el pelo así? —le preguntó Edward, que se había puesto en pie para ponerse frente a ella.

Enroscándose en él, olvidando que quería seguir fingiendo indignación, lo atrajo hacia sus labios y, cuando quiso darse cuenta, ambos estaban corriendo hacia las escaleras que unían su hogar con Sweet Garden.

No iba a permitirse abrir tarde por distraerse con la boca del rey de Arven.

—¿Quién necesita salir a correr por los jardines de Alborea si puede empezar el día así contigo? —le dijo Ed, recuperando el aliento, intentando contener una carcajada.

Le había obligado a seguirla, pues no había soltado su mano.

No obstante, omitió que estaba intentando chincharla, ya que, increíblemente, en tan solo treinta segundos, habían conseguido bajar y abrir el local.

Por lo que las luces de Sweet Garden se encendieron con la puntualidad inglesa que ella tanto valoraba.

Entonces, se acercó a darle un último beso; había llegado el momento de dejarle marchar y de regresar a su realidad como una de las dueñas del catering.

Una vez que lo hizo, lo vio salir por la puerta de la zona de degustación y, con una sonrisa que ya no quería ocultar, se puso el delantal.

El tintineo de la puerta, solo un par de minutos después, logró que alzara la mirada, pensando que sería Oli, pero era el hombre que se estaba convirtiendo en su norte quien volvía a estar frente a ella.

—Se me había olvidado esto —pronunció Edward, con su tono pausado, haciendo aparecer en su mano, como por arte de magia, dos sobres sellados.

A estas alturas, reconocería la insignia del apellido Valera en cualquier circunstancia.

Asintió, dando un paso hacia delante.

Aquello contaba como una invitación formal, la que ella misma había exigido; sin embargo, que fuera real logró que un nudo se instalara en su pecho.

¿Qué podría cambiar su asistencia —aunque fuera con Oli y Noah, sabía que la otra invitación era para ellos— a aquella gala?

«Nada», se dijo, tomando ambos sobres, tras volver a acurrucarse durante un instante en los brazos de Edward.

Solo que, al quedarse sola y abrir el que llevaba su nombre, las palabras que el rey de Arven había escrito para ella cambiaron su respuesta.

«O todo», afirmó, tras leer:

Cala,

En esta vida todo tiene más sentido cuando se comparte.

Gracias por aceptar compartir tu tiempo conmigo.

PD: La gala solo es un añadido.

Ed

EDWARD

Las semanas habían pasado en lo que él sintió como un latido.

Agosto había emergido con sus noches más tibias, recordándole que el verano, el más inspirador desde que tenía memoria, pronto llegaría a su fin y que daría paso a su estación favorita del año.

Deseando saber qué le depararían los meses siguientes, de la mano de la mujer en la que, mientras su chófer conducía por las afueras de Pola, tras regresar de la inauguración de un museo conmemorativo, no podía dejar de pensar, y se dijo que ya no era tan reticente a improvisar.

Y, gracias a ello, había descubierto una predilección que desconocía: ser él quien sorprendiera a los demás.

Por eso, tras divisar un cartel que llamó su atención, hizo cambiar de dirección a Mathew y bajó, junto a su séquito de escoltas —en un viaje oficial eran su sombra—, al vivero de la ciudad.

El dueño, que se quedó paralizado al ver entrar al rey de Arven, cuando logró recuperarse, lo atendió con amabilidad.

Y, omitiendo que tal vez aquella parada suya pudiera convertirse en noticia, compró todas las semillas que creyó que a Julia le podrían gustar, dándole completamente igual lo que la prensa pudiera intuir de aquello, ya que se salía de todo lo que él acostumbraba a mostrar.

Él lo único que tenía en mente era dónde encontraría la señorita Lorraine un lugar para utilizarlas, porque en su apartamento ya no cabía una planta más.

Cuando esa noche, llamándola por teléfono desde la bonita hacienda que habían reservado para su visita, se lo contó, supo, por la emoción que destiló su voz, que había merecido la pena.

—Creo que esta ciudad te encantaría, cala.

—Si el vivero es tal y como me cuentas, necesito ir a conocerlo.

«Edward, no», se tuvo que recordar cuando estuvo a punto de proponerle ir a buscarla.

Las cinco horas de coche, recorriendo casi de punta a punta Arven, serían lo de menos.

No obstante, si volvió a ponerse freno fue porque sus esperanzas —las que habían florecido en cuanto le entregó la invitación de la gala— estaban puestas en aquel evento y en la corazonada de que, si Julia veía que su mundo, aunque los expusiera, no los limitaría, quizá fuera el catalizador perfecto.

Solo quería seguir avanzando, hasta el infinito —por más romántico que sonara aquello—, a su lado.