Junto al rey (Arven 2) 26 La invitación
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26 La invitación

LA INVITACIÓN

JULIA

Inesperada.

Así podría describir la comida que estaba viviendo.

Tenía la clara intención de poner una queja a las productoras de todas las películas de princesas que había visto a lo largo de su vida, pues la parte privada de la Villa del Amanecer distaba bastante de lo que se había imaginado.

El salón-comedor en el que se encontraba no era como el de La Bella y la Bestia, lleno de vidrieras, con una mesa de cinco metros de largo y colgando a su alrededor un millar de candelabros, ni tampoco como el que había tenido el honor de conocer el día de la recepción en el edificio Astra.

No, era completamente diferente.

La estancia en la que, junto a Edward, estaba disfrutando de una comida con los antiguos reyes de Arven era, dejando de lado su magnitud, un hogar.

Una mesa preciosa de madera clara para seis. Un sofá en color café. Unos ventanales llenando de luz el lugar.

Incluso la cocina había sido una sorpresa, ya que, aunque estaba perfectamente equipada y en una zona aparte, no abrumaba.

Cuando Edward se levantó en busca de las panacotas, pidiéndole con una sonrisa que esperara, no pudo evitar pensar en cómo había sido crear «un menú completo» junto a él.

La forma en la que se habían coordinado para elegirlo y, después, mano a mano —literalmente—, prepararlo.

Cada beso que se habían robado.

Y el resultado, que parecía haber encantado primero a Hillary, quien había aparecido cuando lo estaban terminando y, acto seguido, a Katherine y Harry.

—Sigo sin creerme que hayas conseguido que Edy prepare todo esto —le dijo su padre, con una sonrisa.

—Negaré haberlo dicho, pero Ed es muy bueno en la cocina —respondió ella, devolviéndole el gesto.

En las horas que habían compartido, desde el primer instante en el que se había puesto frente a ellos, le habían demostrado que aquello era una comida «familiar» y que el protocolo, al que tanto temía, había quedado olvidado.

Los padres de Edward la habían integrado en cada conversación que surgía y habían intentado, de forma genuina, conocerla.

Hecho que le haría tomarse una noche en vela —o más de una— para asimilar.

Katherine, ante aquella interacción con su marido, asintió divertida, desviando la mirada hacia la puerta por la que estaba entrando Edward, y sus ojos siguieron el mismo recorrido.

Contemplarlo de lejos se había convertido en una de sus formas predilectas de invertir el tiempo.

Con la camisa blanca remangada y el chaleco sin abrochar, el mechón de pelo castaño cayendo desenfadado sobre su frente y aquella barba incipiente, estaba teniendo el privilegio de contemplar a Edward.

Solo Edward.

Él, al captar su mirada, le guiñó un ojo, juguetón, antes de anunciar, visiblemente orgulloso:

—He aquí la guinda del pastel —una pausa premeditada—: nuestro postre.

«Nuestro», pensó.

Y el aleteo que ya se había quedado a vivir en ella se despertó, como cada vez que pensaba en un «nosotros».

—Si está en el mismo nivel que los solomillos, os quiero cocinando aquí a los dos todos los días —dijo Katherine, observándolos de una manera que no supo descifrar.

Y, efectivamente, así fue. Si por la emérita fuera, habrían quedado contratados y les exigió, tras terminarlo, que le contaran la receta.

—Eso es cosa de la señorita Lorraine, mamá —pronunció Edward, mirándola a ella—. No es de las que revelan sus secretos culinarios a la ligera.

Sus mejillas adoptaron el color de las cerezas.

Ese ataque directo pensaba devolvérselo.

—Estaré encantada de contarte todos mis trucos a ti, Katherine —respondió, alzando el mentón, haciendo hincapié en el «a ti».

—Con lo que me ha costado a mí que me contaras alguno... —murmuró Edward, poniendo los ojos en blanco.

Ante tal «disgusto» por parte del rey de Arven, todos se carcajearon.

¿Sería posible que la presión en el pecho que la invadía cada vez que pensaba en todo lo que conllevaría seguir conociendo palacio se estuviera, por fin, disipando?

No le dio tiempo a sopesarlo, ya que la conversación que estaba manteniendo Ed con su padre llamó su atención.

—El primer fin de semana de septiembre, sí —le estaba confirmando Edward a Harry.

Si su intuición —más bien memoria— no fallaba, estaban hablando de la gala que Ed presidiría.

—Nuestra familia lleva más de cincuenta años siendo mecenas de las Bellas Artes —le explicó Katherine, al darse cuenta de que ella estaba escuchándolos con atención.

Respondió con un gesto de cabeza y una sutil sonrisa. Edward se lo había contado.

Volver a escucharle hablar sobre los detalles consiguió que se reafirmara en lo que, desde que se había permitido conocerlo, estaba empezando a apreciar con otros ojos: su trabajo como miembro referente de la casa real de Arven era digno de admiración.

—Estamos muy orgullosos de ti, Edy, ya lo sabes —añadió la emérita.

Y, ante aquella afirmación tan espontánea, ella sonrió con franqueza.

Podía ver a su madre en la antigua reina y la sensación de familiaridad, con la que desde luego no había contado, la acompañó hasta los jardines de Arven, con Edward caminando a su lado.

Su mente y, también su corazón, después de aquella visita a Alborea, parecían caminar al unísono, encajando... o quizá solo fuera una ilusión y estuvieran haciéndolo antes de volver a chocar.

Esperaba que no, pues no había nada que anhelase más, en contra de su reticencia al compromiso, que encontrar, junto a él, el equilibrio.

EDWARD

La brisa que el palacio les estaba otorgando, mientras veía a Julia perderse entre los naranjos, la consideró un regalo.

Igual que lo estaba siendo aquel día.

La mujer que, con aquel vestido rosa, parecía una pequeña elfilla del bosque, paseando por los caminos de grava de Alborea con naturalidad, a unos metros de él, se estaba abriendo paso en su mundo y no podía sentirse más feliz por ello.

Guiado por ese sentimiento, acortó la distancia que los mantenía alejados.

—Sigo diciendo que podría estar horas y horas aquí —susurró Julia, inhalando el aroma de las flores de azahar que pululaba en el aire.

—Ya te lo dije, podemos estar tantas horas como quieras, cala —le confirmó, entrelazando sus dedos.

Estaban solos, así que no se puso freno al hacerlo.

—¿Dónde está la fuente que vimos desde la biblioteca? —le preguntó July, mirando hacia ambos lados, intentando ubicarse.

La zona exterior de la Villa era tan grande que, o llevabas años recorriéndola o era increíblemente fácil perderse en ella.

—Déjame guiarte —respondió, con una sonrisa.

El gesto con el que contestó July logró que la risa volviera a brotar entre ellos.

Mientras caminaban hacia la zona en proceso de restauración, hablaron sobre su inminente viaje y una parte de él, la que no medía en absoluto, deseó poder compartirlo con ella.

Sin embargo, fue capaz de contenerse.

Era consciente de la magnitud que tendría una propuesta como esa.

—Esos días DJ te echará de menos, Ed.

—¿Solo DJ? —preguntó, cuando se sentaron en uno de los bancos de piedra, frente a la fuente que Julia había querido ver de cerca.

—Puede que yo también —murmuró, acercándose a él.

Cuando creyó que iba a deleitarse con el dulzor de su boca, la dueña de Sweet Garden le dejó con la miel en los labios y, con una sonrisa que sería capaz de poner el universo a sus pies, cambió de tema.

Era tan suyo saltar de una conversación a otra que ya se había empezado a acostumbrar.

Y era un matiz que, teniendo en cuenta lo regio que él era, adoraba en ella.

—Podrías contarme más detalles de cómo son las galas —sugirió, mirándole con curiosidad.

La conocía lo suficiente como para saber que no había ningún doble sentido en su interés.

No obstante, él, que siempre se jactaba de saber contenerse, como lo había hecho con la idea de compartir con ella su viaje a Pola, no fue capaz de hacerlo en aquella ocasión.

—Podrías venir conmigo y descubrirlo.

Los ojos cristalinos de Julia se abrieron de par en par ante su invitación.

Definitivamente, se había extralimitado, dejándose llevar por lo mágico que estaba siendo aquel miércoles, así que, intentando arreglarlo antes de que ella pudiera responder, añadió:

—También podrían venir Oli y Noah, creo que...

—Ed —le interrumpió July.

En su tono notó lo mucho que a ella le estaba costando procesar su propuesta.

«Por esto no actúas sin pensar, Edward», le reprochó su fuero interno.

Y, no queriendo salir de la burbuja que compartían, fue él quien, mirándole a los ojos, volvió a intentar ponerle solución.

No entraba en sus planes meterle ningún tipo de presión.

—Piénsatelo, señorita Lorraine.

—Gracias —susurró ella, recuperando el color que había desaparecido de sus pecosas mejillas.

—Tú marcas el ritmo, Julia —dijo cuando se pusieron de pie.

Se había hecho tarde y ya era la hora a la que habían planeado volver a Sweet Garden.

Con la incomodidad que él mismo había propiciado, llegaron a los garajes.

Detestaba que su realidad como soberano —aunque entendía lo mucho que podía llegar a imponer— fuera la traba que les impidiera seguir con su historia tal y como le habría gustado.

JULIA

Hazlo.

No lo hagas.

Hazlo.

No lo hagas.

Ese había sido el bucle en el que había estado metida todo el camino de regreso, mientras miraba de soslayo a Edward.

Quería que él supiera que no descartaba su invitación.

Solo que ir a una gala, la primera de su vida, era un paso demasiado grande, incluso aunque no lo hiciera de su mano.

Cuando aparcaron, acarició su nuca, buscando su mirada avellana, dispuesta a explicárselo.

—Ed... —intentó llamar nuevamente su atención.

Pero él, dejándose llevar por la caricia con la que ella le estaba obsequiando, se volvió a poner a un milímetro de sus labios.

Y si de algo estaba segura era de que no renunciaría a besarlo.

Una vez que sus alientos se separaron, no sin más de un suspiro cargado de deseo de por medio, bajó del Mercedes, olvidándose por completo de lo que quería decirle.

Era el «efecto Edward». Otra vez.

—¿Nos vemos mañana cuando cerréis? —le preguntó Ed, que se había asomado a través del cristal para mirarla.

Al girarse para contestar, comprobó que ya se había puesto las gafas de sol y, lo que era aún más importante que seguir de incógnito, el rey de Arven había recuperado su característica sonrisa torcida.

«Deberían canonizarla», pensó, admirándola.

—¿Intentamos volver a trasplantar la menta? —respondió, rememorando el último intento—. Oli duerme en casa de Noah.

Su mejor amiga, en las últimas semanas, pasaba cada hora que podía con el mejor químico de Arven, que estaba enfrascado en su investigación en la universidad y no podía culparla de querer aprovechar cada minuto que tenían libre —la temporada de eventos estaba siendo caótica— con él.

Solo había que verla a ella.

Ed asintió y, después de lanzarle un beso, algo se apoderó de ella y, antes de que arrancara, sabiendo que su chófer particular estaría eligiendo una emisora para escuchar música de vuelta a Alborea, llamó a la ventanilla.

—Ya lo he pensado —soltó, prácticamente a la velocidad de la luz, en cuanto él la bajó.

Ante su afirmación, el rey de Arven, que mantenía su deslumbrante sonrisa, perdió su capacidad para articular palabra.

Lo supo por cómo aguardó a que ella continuara.

Y la calidez con la que siempre la esperaba fue suficiente para que no se acobardara:

—Eso sí —añadió, mordiéndose el labio inferior—, espero recibir una invitación oficial.

—¿Para la gala? —cuestionó Edward, necesitando reiterarse.

—Para la gala —confirmó, dándose la vuelta y encaminándose, sin saber qué le depararía aquella decisión, hacia las escaleras de Sweet Garden.