Junto al rey (Arven 2) 25 Fluir
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FLUIR

EDWARD

Aunque adoraba recorrer el camino hacia Sweet Garden disfrutando de la música, aquel domingo el eco de su conversación con Lewis, mientras corrían por los jardines de Alborea, fue quien le acompañó.

—Dejando de lado que ayer me pusiste al día de lo más importante, te falta explicarme a qué se deben tantos cambios en tu rutina —pronunció su mejor amigo, tal y como había esperado, mientras trotaba a su lado.

—¿Qué cambios? —preguntó, alargando aquel momento a propósito.

No quería evitar darle una respuesta, ya era hora de hacerlo, pero sacarse de quicio era un pasatiempo mutuo que compartían desde hacía años.

—Ed, siempre has sido la persona más reservada que conozco y, aunque no me cuentes los detalles, como tu mano derecha y, más aún, como tu mejor amigo, merezco que me confirmes la evidencia.

Se mantuvo en silencio deliberadamente, pensando en lo melodramático que podía llegar a ser la persona con la que tantas aventuras había compartido.

—Vale. No me lo cuentes —se quejó Lewis, malhumorado, ante su falta de respuesta apenas ciento cincuenta metros después.

«No te rías», le recordó su subconsciente, congratulándose de lo fácil que era chincharlo.

—Ya está —añadió su mejor amigo, frenando su avance medio segundo más tarde—. Si no confías en mí —utilizó su tono más teatral—, dimito.

Incapaz de contenerse ante tal «amenaza», comenzó a reírse a carcajadas.

—Ríete todo lo que quieras, su Excelentísima Majestad, pero deberías saber que esa cara de bobo enamorado con la que llevas más de dos meses te está delatando.

Recuperando las formas, chocó el hombro de Lewis.

—¿Tanto se nota? —le preguntó, dispuesto a contarle, como había previsto, al menos por el momento, lo justo y necesario.

No quería abrumar a Julia y primero tenían que sobrevivir —aunque no dudaba que lo harían— a la comida del miércoles con sus padres.

Esperaba que, paso a paso, lo que tenían siguiera su curso.

—Para mí, que te conozco, está más claro que el agua —respondió Lewis, sentándose, de cualquier manera, en uno de los bancos de piedra que decoraban los jardines.

Tragó saliva.

—¿Puedo preguntar por qué este secretismo, Ed?

Ante aquella pregunta, solo fue capaz de entornar los ojos al cielo.

Era demasiado complejo de explicar.

—No hace falta que me digas más —continuó su mano derecha, que no había dejado de mirarle con atención—. Esa chica te importa de verdad.

—Es más que eso —respondió, honesto con lo que sentía, antes de seguir trotando.

Mucho más.

—Estaré aquí cuando quieras contármelo todo, lo sabes ¿verdad? —añadió Lewis, siguiéndole el ritmo.

Volvió a asentir.

Se consideraba afortunado por cómo su pequeño círculo de confianza había respetado siempre sus espacios.

«Espero poder hacerlo pronto», pensó cuando regresó al presente.

Acababa de aparcar su coche frente al apartamento de Julia y estaba imaginando la cara de su mejor amigo cuando descubriera quién era la mujer que se había convertido, sin previo aviso, en su persona favorita.

JULIA

Estaba asomada a la ventana de la habitación de Olivia, ya que el calor aquel domingo de finales de julio era abrumador y la habitación de su mejor amiga era la más fresca, cuando vio el inconfundible Mercedes negro que la estaba esperando.

Dejando de lado que ni siquiera tenía puestas unas zapatillas, salió a las escaleras a buscarlo.

Escaleras que habían sido testigos de cómo se habían ido conociendo noche tras noche.

Ante la sorpresa del rey de Arven, al verla aparecer, no dudó: se lanzó a sus brazos y él, reaccionando al instante, la acogió en ellos.

Y fue en ese abrazo en el que se dio cuenta de cuánto había añorado la calidez de su contacto.

—Hola, pequeño koala —la saludó Edward, con una sonrisa.

¿Por qué todas sus dudas se convertían en algo insignificante en cuanto la veía?

—No me sueltes, Alteza —le pidió, a un centímetro de distancia.

—Nunca, cala.

Podría culpar a la espontaneidad de aquel acto o a las ganas incontrolables que sintió de besarlo de lo que sucedió en su pequeño salón en cuanto sus bocas se rozaron.

—Podríamos pasar así cada domingo —le dijo Edward, acariciándole con suavidad la espalda desnuda.

Ella, perdida en los dibujos que estaba trazando en los lunares que recorrían su piel, solo fue capaz de murmurar algo ininteligible.

—Me lo tomaré como un sí —le respondió Ed, regalándole un beso en la nuca.

Horas después, la luna llena los encontró aún enredados en el sofá, contándose, al detalle, cómo habían pasado los últimos días.

Si él siempre le demostraba, sin necesidad de palabras, que todo lo que decía importaba, ella no podía evitar corresponderle.

Le seguía pareciendo fascinante —e inesperado— descubrir su estructurada rutina como rey de Arven.

No era solo una sucesión de actos oficiales, como siempre había imaginado.

Su trabajo como figura pública iba mucho más allá.

Había un compromiso constante, una responsabilidad que no se detenía y algo en la forma en la que él lo asumía que le resultaba imposible no valorar.

—¿Estás preparada para el miércoles? —le preguntó Ed, cuando decidieron que era un buen momento para levantarse.

«Aún no, pero lo estaré», se prometió, encontrando un ancla en su mano.

No obstante, obviando aquel titubeo al pensar en su nueva aventura en palacio, dijo:

—¿Estás tú preparado para el martes?

Lo tenía claro.

Aquella noche debía dejarle marchar, pero el martes dormir con él era algo que no estaba dispuesta a negociar.

—¿Para cerrar Sweet Garden?

—Eso también, Alteza —respondió, acercándose a la cocina para preparar agua caliente.

Necesitaba reponer su dosis de teína, aunque no fuera lo más correcto teniendo en cuenta la hora que era.

Mirándola con atención, Ed esperó a que le contara qué rondaba por su inquieta mente.

Y, cuando lo hizo, la forma en la que él la contemplaba —como si cada vez que ella le demostraba que creía en lo que tenían fuera un aliento— le hizo sentir que intentar entrar en su mundo, aunque no fuera sencillo, era, sin temor a empezar a aceptarlo, un acierto.

EDWARD

Ahí estaban otra vez, en los pasillos de su hogar, solo que aquel miércoles estaban siguiendo una ruta diferente.

Julia, preciosa con un vestido largo en un tono «rosa empolvado», como le había aclarado mientras se vestían juntos aquella mañana en su apartamento, le daba aún más luz a Alborea.

Tampoco caminaron de la mano aquel día, aunque no hizo falta; la electricidad que compartían era casi tangible y su vínculo, cada vez más presente, latía en torno a ellos.

—¿Preparado para sorprender a tu madre, Alteza? —le preguntó July, cuando estaban llegando a la cocina privada de la Villa.

Queriendo que ella se sintiera, en la medida de lo posible, como en «casa», había obviado seguir enseñándole el palacio a la luz del día y los había conducido directamente a lo que consideraba una zona segura.

Si alguien era feliz entre flores —no podían preparar un postre en los jardines, así que ir a ellos lo había descartado— y fogones, era Julia.

—¿Preparada para enseñarme, cala?

A su acompañante no le dio tiempo a responder, pues en cuanto entraron en la amplia estancia, Hillary, quien teóricamente tenía las primeras horas de la mañana libres, apareció ante ellos.

No podía culparla.

Aquella mujer le conocía bien y, en cuanto le explicó que necesitaba la cocina, había hilado fino.

—Buenos días —los saludó, fingiendo inocencia, mientras se quitaba el delantal.

Estaba seguro de que se lo había puesto mientras esperaba a que llegaran.

—Buenos días —saludó Julia, con la dulzura vibrando en su voz.

A diferencia del momento en el que conoció a su madre, su tono y la sonrisa que descubrió dibujada en sus pecosas mejillas al mirarla distaban bastante de la tensión —que agradeció infinitamente lo poco que había durado— en la biblioteca.

Aliviado, hizo las presentaciones y Hillary asintió con una sonrisa, casi de forma imperceptible, cuando salió de su territorio.

No sin dejarles claro que se lo cedía por tiempo limitado.

—Es maravillosa —le dijo July cuando se quedaron solos.

—Es quien me ayudó con la cena en los jardines —le explicó, remangándose la camisa.

El brillo del recuerdo se instaló en sus ojos azules y le demostró que también había sido un paso significativo para ella, dándole un beso, demasiado breve, en la comisura de los labios.

—Ed —le nombró cuando se separaron, apoyándose en una de las esquinas de la encimera de mármol—, estoy pensando...

¿Por dónde le saldría Julia en aquella ocasión?

—Que deberíamos hacer las cosas bien —agregó, jugando con su larga trenza, ya prácticamente deshecha.

Enarcando una ceja, mientras daba un paso hacia ella, ya que el único beso que se habían dado desde que habían llegado a palacio le había sabido a poco, le dio a entender que no tenía ni la menor idea de a qué se estaba refiriendo.

—Aunque mi receta de las panacotas es extraordinaria, creo que deberíamos dar un paso más.

—Dime que estás pensando en las tartaletas de limón —pronunció, esperanzado, sin poder resistirse a tomarla de la cintura y atraerla hacia sus brazos.

Ella negó con la cabeza.

Tendría que seguir esperando para descubrir el secreto mejor guardado de la historia.

—¿Te atreves con un menú completo? —le sugirió, posando los brazos en su cuello.

El brillo turquesa titilaba en sus expresivos ojos.

Y él no necesitaba nada más.

—Contigo me atrevo a todo, señorita Lorraine —afirmó.

Y, después de besarla, aunque no lo suficiente —nunca lo era—, dejó que todo fluyera.